Un viaje al corazón del barrio Las Flores, el testimonio de Jair Murillo, un floreño comprometido con las necesidades de su barrio.

Un viaje al corazón del barrio Las Flores, el testimonio de Jair Murillo, un floreño comprometido con las necesidades de su barrio.
-No puedes entrar sola hasta allá.
Es lo primero de lo que me advierten al llegar al barrio Las Flores.
La bodega queda en la Calle 113 entre 82 y 86 por el parqueadero de las mulas, ese es el lugar de encuentro con mi entrevistado, pero al no conseguir un bicicoche de confianza que me transportara hasta la dirección, decido invitarlo a charlar en uno de los restaurantes ubicados en el corredor principal del barrio. En un segundo piso y ubicada en una mesa con vista al río Magdalena empiezo a contar los quince minutos de espera que el entrevistado me solicita para encontrarnos.
Con cinco minutos de adelanto un mensaje de texto interrumpe el estudio de preguntas, que a manera severa vuelvo a leer, antes de que llegue el invitado.
-Ya estoy afuera, ¿dónde te encuentras tú?
Jair Murillo, un hombre de 53 años y estatura baja, a quien veo desde la acera de al frente, uniformado, con gorra y en confianza de caminar por las calles que lo vieron crecer.
-Tengo 50 años de vivir en el barrio Las Flores, he vivido casi toda mi vida acá.
Su llegada no solo me genera empatía entre las personas, sino que también revela su vínculo con el lugar: es reconocido por los meseros y recibido con un abrazo por su sobrina, quien trabaja en el restaurante.
-Yo vivo con mi familia, nosotros somos seis personas, mi esposa, yo y mis cuatro hijos. Pero actualmente habemos siete en la casa porque tengo tres nietos. Y toda mi vida he vivido en la actividad del reciclaje.
La gestualidad de sus manos y su camiseta blanca que lleva el logo de la JAC en la parte superior izquierda, acompañan la historia de sus inicios en el barrio.
-Mi historia como persona inició desde que estaba muy niño. Aquí en el barrio había un basurero que se llamaba Empresas Públicas Municipales, este era un basurero a cielo abierto, del que en su momento no estaba formalizado, donde no había la ideología o el aprecio con el planeta. Era un basurero a cielo abierto y no había entes ambientales que regularan el medio de las disposiciones de los residuos y de la basura como tal.
-¿Por qué desde muy niño empezó a trabajar como reciclador? – Le pregunto a Murillo.
-Empiezo a trabajar desde niño por cuestiones económicas, mi mamá se separó de mi papá y después se separó de mi padrastro, entonces me tocó asumir como hermano mayor, la responsabilidad de buscar el sustento de mi familia, y ser reciclador fue la primera opción que tomé.
Como el señor Jair Murillo, muchos habitantes del barrio Las Flores empezaron una historia de vida desde la labor de reciclador. Así fue el caso de Juan Carlos Buitrago, un hombre joven y trabajador en el centro turístico de Puerto Mocho que días atrás me lo encontré en el centro turístico y me platicó sobre su accidente en el basurero cuando era muy niño.
-Yo trabajaba de forma ilegal en el basurero que estaba aquí en el barrio, me ganaba mis pesos para llevárselos a mi familia, era la forma que había de trabajar en ese tiempo, pero un día me corté con una lata de metal y tuve que salir corriendo para el centro de salud del barrio.