Jenny Pineda Fernández: bailar para no olvidar

Jenny Pineda Fernández

—El Carnaval de Barranquilla es único.

Y no lo dice gritando ni con alardes. Lo dice bajito, como quien habla de algo sagrado. En sus ojos verdes aceituna se le enciende un brillo antiguo, de esos que solo aparecen cuando la memoria se cruza con el orgullo.

—Esto no es porque yo sea barranquillera o costeña. Es que por más vueltas que le des al mundo, nunca encontrarás un Carnaval tan bacano, tan nuestro.

En Barranquilla, el carnaval no comienza en febrero. Comienza cuando naces. Jenny Pineda Fernández lo aprendió así, sin que nadie se lo explicara. Desde que tiene memoria, entendió que durante esos días la ciudad se convierte en familia: sin importar si vienes del sur o del norte, sin distinguir el estrato. El carnaval no tiene fronteras. Borra las distancias y junta a todo el mundo alrededor de un mismo tambor, gaita y trompeta. Son cuatro días de fiesta, sí, pero también son siglos de historia bailando al mismo tiempo.

Creció en una casa donde el arte no era un evento, sino una costumbre. El carnaval no se guardaba en un armario hasta que llegara la temporada: se vivía todo el año. Tan pequeña empezó a bailar, que los recuerdos se le confunden con el sonido de la música. Antes de saber escribir, ya sabía moverse. Antes de entender la historia, ya la estaba contando con el cuerpo.

Fue cofundadora y bailarina del Ballet Folclórico Vallenato, y más tarde hizo parte de la Escuela de Danza Folclórica de Barranquilla. Allí conoció a Carlos Franco, un maestro de esos que no enseñan pasos, sino sentido. Un hombre que entendía el folclor como se entienden las raíces: desde abajo, con respeto y paciencia. Antes de eso, estuvo viviendo en Neiva, donde fue profesora de la Universidad Surcolombiana. Y aunque tiene una enorme trayectoria, llena de historias asombrosas, prefiere no dar tantas fechas para no delatar su edad.

Jenny recuerda con cariño los viajes que hizo con él a San Martín de Loba, Palenque, Guapi; pueblos donde el folclor no se aprende en salones con espejos, sino en las calles polvorientas, en los patios de las casas de palma, escuchando a los viejos. Franco no llevaba a cualquiera. Había que estar dispuesto a dormir y comer poco, a sudar, a ensuciarse los pies. Ella dejó atrás la comodidad y se lanzó a esa travesía que le enseñó que cada baile guarda una historia, y que cada ritmo es una memoria que se resiste a morir.

Entre el golpe seco del tambor y las voces sabias del pueblo, Jenny entendió que el carnaval no es solo alegría. También es resistencia, dolor transformado en belleza, herida vuelta movimiento. Es la cara más profunda del Caribe.

—¿Cuál es su danza favorita?

Jenny mira a un punto incierto antes de responder. Pasa la mano por su cabello negro, que no alcanza a rozarle los hombros. Siempre erguida, firme, seguro por todos esos años perfeccionando la postura en sus bailes. No tiene canas y en su voz, descansa una juventud aún no marchita.

—La cumbia —responde finalmente—. La practico desde muy pequeña. Claro, cuando yo era más chiquita yo movía los pies pa’ acá y pa’ allá.

Ella se ríe, recordando aquellos tiempos.

—Es más, te voy a echa’ una anécdota —dice—. Cuando yo estaba en el Ballet Folclórico Vallenato, yo me creía la mejor bailando cumbia. Yo marcaba con el pie derecho, imagínate tú… y aún así, yo era la reina de la cumbia. Hasta que llegó Carlos Franco y me bajó de esa nube.

Le puso una pañoleta en el piso, un libro en la cabeza, y le enseñó que la cumbia se baila con elegancia, con aire, marcando con el pie izquierdo. Que no es solo moverse: es contar una historia de enamoramiento, de cortejo lento, de respeto. Desde entonces, Jenny habla de la cumbia como se habla de un amor viejo: con cuidado, con admiración, pero, sobre todo, con conocimiento.

De la Norte al Carnaval
En enero de 1986 recibió una llamada que le cambiaría el rumbo. Desde la Oficina de Bienestar Universitario de la Universidad del Norte la citaron a una entrevista para liderar el Grupo Folclórico Uninorte. Nerviosa, con el corazón acelerado, se sentó frente a Alfonso Freidel, director de Bienestar Universitario, y habló de sueños, de tradición, de identidad. Desde ese día, Jenny no ha dejado de sembrar carnaval: como directora, como profesora y como guardiana de una herencia que se transmite paso a paso.

En 2010 creó la comparsa De la Norte al Carnaval, integrada por funcionarios de la universidad. Ocho años, ocho Congos de Oro. Ocho veces tocar el cielo del carnaval. A la par, estudió historia del arte, porque Jenny no habla desde el orgullo ciego, sino desde el conocimiento profundo. Un conocimiento que puedes leer en cada una de sus arrugas, una manifestación del esfuerzo por conservar sus raíces.

Por eso dice que todo barranquillero tiene “autoridad” para bailar una cumbia, un mapalé o un garabato. Porque el carnaval se aprende viéndolo, viviéndolo, gozándolo desde pelao.

—Es muy lindo ver la creatividad del coreógrafo barranquillero —dice—. Tú te diviertes viendo la variedad de pasos, la sonrisa del bailarín. Ahí está la esencia.

El carnaval también le ha devuelto mucho. Desde el 2000 hasta el 2024 ha sido jurado de comparsa de cumbia, mapalé, congo, garabato, danzas y fantasía durante carnavales. Ha visto pasar generaciones enteras frente a sus ojos, bailando lo que un día aprendieron en un salón, en un ensayo, en una tarde cualquiera que terminó siendo historia.

—¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?

—Ver a mis estudiantes en el carnaval. Eso es un orgullo. Saber que lo que un día soñé se está haciendo realidad.

Para Jenny, el carnaval educa. Enseña valores, historia, identidad. Les recuerda a los jóvenes de dónde vienen y por qué es necesario seguir bailando, seguir tocando, seguir contando estas historias con el cuerpo.

—El carnaval es un espacio para conocernos. Es un recorrido de lo que significa ser colombiano.

Y entonces uno entiende que el Carnaval de Barranquilla no se baila solo cuatro días al año. En personas como Jenny Pineda, el Carnaval se baila toda la vida.