Ricardo Aragón Gómez: hay gente que es carnaval

Ricardo Arango Gómez

—El Carnaval de Barranquilla es pasión.

Sus ojos oscuros se encienden antes que la voz. Ricardo Aragón Gómez no solo sabe que significa el Carnaval, lo siente en cada fibra de su cuerpo. Su voz es grave, profunda, de esas que parecen salir desde el pecho. “Pasión”, repite, y en la repetición no hay énfasis, hay certeza. La pasión en el Carnaval de Barranquilla no es un arrebato; es constancia. Es el voluntario que organiza el desfile de niños. Es la madre que cose lentejuelas hasta la madrugada. Es el músico que ensaya después del trabajo. Es el migrante en Nueva York que recibe a las reinas con lágrimas en los ojos porque, por un instante, la distancia desaparece.

Ricardo nació en Santa Marta, Magdalena en 1988, es contador público, magíster en gestión pública, doctor en ciencias gerenciales. Pero cuando habla del carnaval, los títulos se vuelven accesorios. “Yo bailo desde que tengo memoria”, dice. Y esa frase no es un dato biográfico: es una declaración de pertenencia. Recorrió más de 500 festivales en el país, compitió en cumbia, ganó reconocimientos. Vivió en Nueva York, llevó la tradición a otros escenarios. Fue Capitán del Carnaval en Nueva York en 2023; y en 2024, ya instalado en Barranquilla, asumió como Rey Cívico.

—El Carnaval de Barranquilla es un puente. Un puente entre el pasado y el presente, entre el barrio y el mundo, entre el dolor y la esperanza—dice con convicción, porque, aunque no sea barranquillero de nacimiento, lo es en el corazón.

El Carnaval fue declarado Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2003. Pero para los barranquilleros esa declaratoria llegó tarde: ya lo sabían, desde hace más de 100 años. Sabían que en Barranquilla convivían todas las razas, orientaciones, credos y acentos. Sabían que en el desfile caben todos.

Todos de reunieron en ese soleado territorio caribeño, mejor conocido como “La Arenosa”. Mientras, la ciudad aprendió a mirarse en el espejo del río Magdalena y a reconocerse diversa. Y así fue como el Carnaval de Barranquilla se volvió en la excusa perfecta para abrazar al desconocido, para que el ejecutivo baile al lado del obrero y para que la niña de tres años desfile con la misma dignidad que una reina.

El sentir de una tradición

Barranquilla tiene algo particular: aquí el arte no es un adorno, es un lenguaje cotidiano. En otras ciudades, dice él, ser bailarín puede parecer un capricho; en Barranquilla es una identidad. Durante cuatro días oficiales, y muchos más no oficiales, la ciudad entera se reconoce en la cadencia de una cumbia, en el golpe de un tambor, en el color de una marimonda.

—Cuando solía decir en otros lugares que soy bailarín, no me tomaban muy en serio. Aquí en Barranquilla, te admiran y te motivan a seguir haciéndolo.

Ricardo recuerda una visita a un pabellón infantil oncológico en el 2024, cuando fue Rey Cívico del Carnaval. Tenía que entrar bailando y sonriendo, a pesar de estar en un lugar que lo hacía sentir sensible. Un pequeño, inmovilizado por la quimioterapia, lo miraba sin entender del todo la fiesta. “Tienes que tener la palabra perfecta para la familia y entrar sonreírle al niño”, dice. Y allí el carnaval dejó de ser espectáculo y empezó a ser sinónimo de esperanza. Bloquear la tristeza para regalar luz. Esa es otra cara de la tradición.

El Carnaval es una industria cultural que mueve millones, que activa oficios, que dignifica saberes. Pero reducirlo a cifras sería una injusticia. El verdadero movimiento es interno. “Más allá de la ingesta de licor.”, aclara, “es ese sentir que te dan las tradiciones”. Y cuando lo dice, no está pensando en la tarima ni en la multitud. Está pensando en su madre llevándolo de niño todos los años a la Batalla de Flores.

—Ahí entiendo que la tradición viene dentro de cada uno—afirma.

Después de más de veinte años como bailarín, su relación con el carnaval ha cambiado. Al principio deseaba figurar, salir adelante, ganar. Con el tiempo, lo que quiere es guardar memoria. Entender que la cumbia no es solo un paso sino una herencia afroindígena que viajó por el río Magdalena hasta hacerse industria cultural en Barranquilla. Entender que tradición no es quedarse en el pasado, sino reconocerlo y vivir el presente con nuevas interacciones.

Cuando desfila, siente algo que lo quema por dentro y necesita soltar. Y lo hace, en forma de energía. A veces no va adelante, no es la figura central, pero contagia. La gente aplaude, aunque no esté en primera fila. Y ahí está la clave: el carnaval no se trata de protagonismos individuales, sino de un sentimiento que vibra al mismo tiempo en todos los que viven el carnaval.

El Carnaval de Barranquilla no le pertenece a un rey ni a una reina, ni siquiera a la ciudad. Le pertenece a esa emoción colectiva que transforma dolor en danza y memoria en movimiento.

Ricardo sonríe de nuevo.

—Mueve algo que no sabes explicar.

Y si luego de presenciar tan solo un día de Carnaval realmente entendiste todo, sabrás que en Barranquilla el carnaval no se explica: solo se vive.