Joyce Lambuley Jimenez: el arte que nos mueve a todos

Joyce Lambuley Jiménez

—El Carnaval de Barranquilla es ritmo y color.

Así lo define Joyce Lambuley Jiménez mientras cierra sus ojos color chocolate, como si intentara atrapar una sensación antes de que se le escape. Nació un viernes de Guacherna en Barranquilla, hace 28 años, cuando Liliana Hoyos era la soberana de estas fiestas. Entre risas cuenta que su padre, apenas ella llegó al mundo, salió corriendo a la Guacherna a celebrar. Como si su nacimiento y el Carnaval fueran un mismo acontecimiento.

No sabe con exactitud cuándo empezó ese amor. Intuye, eso sí, que su padre tiene buena parte de la culpa. Él es cachaco, pero se siente más barranquillero que nadie. “Juniorista a morir”, dice ella con orgullo. Tal como lo resumió alguna vez el periodista Juan Gossain: “el barranquillero nace donde le da la gana”.

Joyce pudo haberse ido. Estudió maquillaje en Canadá, vivió en Alemania, pasó temporadas en Estados Unidos. Pero siempre regresaba en carnavales. “Barranquilla siempre será un lugar que quieres tener cerca”, dice. Hoy es psicóloga, maquilladora profesional, ilustradora por impulso y carnavalera por convicción. Por eso, unió sus dos amores: el maquillaje y el Carnaval. Asi fue como empezó a pintar rostros con garabatos, cumbias, máscaras y negritas Puloy, su maquillaje favorito.

Mientras habla, juega con un pequeño anillo de marimonda que adorna su dedo del medio. Joyce no solo vive el carnaval: lo lleva puesto.

—Siento que el carnaval define cómo va a ser el año de Barranquilla. Quién vino, quién no vino, cómo se celebró, qué hizo la reina… todo eso marca a cada uno de nosotros los barranquilleros.

Una ciudad que se permite sentir

En Barranquilla, el año no empieza en enero sino cuando suenan los primeros tambores. La ciudad se estira, se sacude el polvo, cambia la piel. Se siente cómo la ciudad late al mismo tiempo.

“Me ponían un disfraz y no me lo quería quitar por semanas”, Joyce recuerda su primer carnaval consciente, pero, sobre todo, el desfile de Joselito. Se vestía de cumbia, de garabato, de lo que fuera. Espuma en el pelo, que no podía faltar nunca, y maicena en las mejillas.

—Lo que siempre he notado desde muy niña, es esa pasión y dedicación que le pone cada persona que participa en el desfile. Todo el año ensayando, aguantándose el sol… Eso siempre va a ser arte.

En esa palabra, arte, se resume otra capa del significado. El Carnaval de Barranquilla no es solo recocha. Es disciplina. Es unión. Es amor. Es resistencia. Es pasión. Es maximalismo de emociones.

En el Carnaval, todo se puede

Joyce lo dice sin rodeos: “En el Carnaval todo se puede”. Y esa frase, que podría sonar superficial, encierra una revolución íntima. La niña que dudaba si su falda era “muy extravagante” aprendió que los colores son declaración. Que el negro con fluorescente puede ser una postura. Que vestirse es narrarse. Que el carnaval es identidad. Es por eso, que hoy, en sus párpados se dibuja un delineado naranja con verde con orgullo.

Si uno camina por Barranquilla en esos días, nota el cambio: más música en las esquinas, casas decoradas de carnaval, personas vestidas de muchos colores a la vez, negocios vendiendo artesanías, más extranjeros mezclándose con locales. En una época donde el mundo parece fragmentado, el carnaval ofrece comunidad y esperanza.

—Aunque tú no sepas quién es la persona que tienes al lado, siempre vas a tener un apoyo. Es como: “¿Necesitas algo? Dale”. Se siente el cariño de todos.

Porque el Carnaval de Barranquilla son cuatro días en los que la ciudad deja de sobrevivir y empieza, simplemente, a vibrar.