Milena Morales canta junto al coro de la iglesia de Usiacurí

Crónica · Semana Santa en Usiacurí

El esplendor que venció las tinieblas

El milagro de Milena · Por Karen Domínguez Dávila

Milena Morales lloraba. No de alegría, no de emoción como tantas veces frente al altar: lloraba de duda. Ella, que había entregado su voz a Dios desde los quince años, que cada domingo convertía un salmo en oración cantada, sintió por primera vez que el cielo estaba mudo. Su cuerpo no respondía, los médicos no daban certezas, y el hijo que tanto pedía no llegaba. Entonces hizo algo desesperado y hermoso: le pidió a su primer hijo, apenas un niño, que rezara con ella. Que le pidiera a Dios un hermanito.

Por Karen Domínguez Dávila · Semana Santa 2026

Sonido ambiente Escucha a Milena y el coro de Usiacurí mientras lees

Milena creció en Usiacurí entre ocho hermanos por parte de padre —de padre y madre, solo dos— y con una devoción a la Virgen María que le venía de adentro, como la voz. En agosto de 2010, a los quince años, se paró por primera vez frente al coro de la iglesia católica del pueblo. Cantó un salmo. No sabía todavía que ese momento le iba a definir la vida, ni que entre esas bancas iba a conocer al hombre que años después tocaría la guitarra a su lado: su esposo, con quien hoy comparte también un grupo vallenato.

De profesión es odontóloga. Se graduó hace nueve años, tiene su consultorio particular y trabajó en el hospital como odontóloga general. Pero si le preguntan qué la sostiene, no habla de resinas ni de radiografías: habla de alabanzas. La música es su refugio. Cuando los días se ponen difíciles, Milena pone una canción de adoración y siente algo que no sabe explicar con palabras clínicas. Una conexión, dice. Algo que la libera de toda carga. Canta porque le nace, y lo que nace no se negocia.

“Canta porque le nace, y lo que nace no se negocia.”

Lo que sí negoció —con Dios, con su propio cuerpo, con la angustia— fue su segundo embarazo. Fue de alto riesgo. Fue traumático. Fue un camino de lágrimas y preguntas sin respuesta. Hubo noches en que Milena dudó de su propia fe, ella que nunca había dudado de nada. ¿Cómo podía Dios pedirle que cantara si no le concedía lo que más le dolía? Le rogaba a su hijo mayor que orara, que le pidiera al cielo un hermano. Y el niño rezaba.

“No era en el tiempo mío, era en el tiempo de Dios”, cuenta Milena una tarde en Usiacurí, mientras le da de comer a su hijo menor —ese que ella llama milagro, ese que tardó en llegar como tardan las cosas de Dios—. El niño abre la boca con esa confianza ciega que solo tienen los hijos que se saben amados, y ella le acerca la cuchara con una mano y con la otra se seca el sudor que le brota de la frente. Usiacurí arde. El calor del pueblo se mete por las ventanas como un invitado que nadie llamó, espeso, inmóvil, y le perla la piel mientras habla. Pero no se detiene. Sigue contando. Es como si el relato también le quemara por dentro y necesitara sacarlo, igual que saca la voz cada domingo frente al altar: no porque sea cómodo, sino porque no puede guardarlo.

Le limpia la boca al niño con la misma delicadeza con que acaricia una nota alta en los salmos. Lo mira como quien mira una carta que esperó durante años y que por fin llegó con el sello correcto. Ese niño, dice, es la prueba de que Dios no estaba mudo: estaba esperando. Y a ella le tiembla la voz al decirlo —la misma voz que llena la iglesia, la misma que nunca se quiebra en un coro— porque una cosa es cantar sobre la fe y otra es haberla perdido y recuperarla con las manos vacías y el vientre cerrado.

“El esplendor del Rey destruyó las tinieblas.”

Hay un verso que el coro de la iglesia de Usiacurí canta y que Milena siente como propio, como si alguien lo hubiera escrito mirándola a los ojos: “El esplendor del Rey destruyó las tinieblas”. Eso fue lo que pasó. Las tinieblas eran reales —la duda, el miedo, el llanto a solas, el calor de un pueblo donde hasta respirar cansa—, pero el esplendor era más fuerte. Milena Morales sigue cantando cada domingo. Sigue proclamando. Sigue siendo la voz que, cuando se levanta en esa iglesia de Usiacurí, le recuerda a todo el que la escucha que a veces la fe no es certeza: es seguir cantando cuando el cielo parece mudo.