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La vida según cada mangle

La vida según cada mangle

Luis Duncan Carpio, líder ambiental de La Playa, guía un recorrido por las cuatro especies de mangle que protegen la Ciénaga de Mallorquín y sostienen la pesca, el turismo y la vida de quienes habitan su orilla.

El agua está quieta, color café oscuro, y en medio de las raíces no cabe ni una mano. Luis Duncan camina despacio sobre el sendero de madera, señala hacia abajo y dice: "ahí mismo, en esas raíces, es donde desovan los peces." No hay que esforzarse mucho para entenderlo. Solo hay que mirar. Debajo del follaje espeso, en ese espacio húmedo que el mangle construye entre el agua y la tierra, está ocurriendo algo que la ciénaga necesita para seguir viva.

Duncan lleva más de veinte años caminando este ecosistema. Lo conocen como Boris —un apodo que viene de otras épocas— pero su nombre oficial, el que repite con tranquilidad al presentarse, es Luis Duncan Carpio. Es líder ambiental comunitario del corregimiento La Playa, en la zona norte de Barranquilla. Se dedica a la reforestación de manglar, la educación ambiental en instituciones educativas y la zonificación y caracterización de flora y fauna en la Ciénaga de Mallorquín.

Su trabajo empezó hace más de dos décadas, cuando la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA) impulsó proyectos comunitarios de educación ambiental en la zona. De ahí en adelante, Duncan formó parte de un grupo de 25 personas que recibieron formación técnico-práctica. Después hizo un diplomado con la Universidad del Atlántico y obtuvo competencias laborales en estudios de impacto ambiental con el SENA.

Hoy guía recorridos ambientales por el ecoparque, la barra marina y Puerto Mocho. Los grupos llegan, escuchan una charla, y después caminan. "Llegan vacíos y se van muy contentos con el conocimiento del manglar", dice Duncan. La mayoría no sabe lo que tiene al frente.

Un ecosistema que no es un árbol, sino cuatro

En Mallorquín no hay un solo tipo de mangle. Hay cuatro. Y cada uno ocupa un lugar distinto dentro del sistema, como si el manglar se hubiera organizado solo para sobrevivir mejor. La Alcaldía de Barranquilla los identifica por nombre científico: Rhizophora mangle (mangle rojo), Avicennia germinans (mangle negro o salado), Laguncularia racemosa (mangle amarillo) y Conocarpus erectus (mangle Zaragoza). Duncan los conoce de memoria y los explica de otra manera: "todos son importantes porque uno depende del otro."

La Ciénaga de Mallorquín tiene alrededor de 824 hectáreas de bosque de manglar, según datos de la Universidad Simón Bolívar publicados en una investigación sobre cambios en humedales costeros del Caribe colombiano. La especie dominante es la Avicennia germinans, que ocupa cerca del 67% del área; le sigue la Rhizophora mangle con un 30%, y el resto se distribuye entre Laguncularia racemosa y Conocarpus erectus.

El mangle rojo: la primera barrera

El recorrido con Duncan casi siempre empieza por el borde. Ahí está el mangle rojo (Rhizophora mangle), el que crece sobre el agua con sus raíces arqueadas, ramificadas, metidas en el fango. Esas raíces tienen forma de arco o de patas de araña, y Duncan las señala con familiaridad: "es el que llamamos mangle de borde u orilla de cierre."

Su función es la más visible. Está en la primera línea: recibe los vientos alisios, amortigua las mareas y actúa, según Duncan, como un espolón natural. "Cuando hay marea grande, las raíces minimizan el impacto del agua. Evitan que llegue directo al terreno." Según la Alcaldía de Barranquilla, el mangle rojo tolera mayor salinidad que otras especies y sirve de refugio para animales acuáticos y terrestres. Sus raíces son también el principal sitio de desove: ahí los peces, crustáceos y moluscos crían sus nuevas generaciones. De ahí parte, según Duncan, la cadena alimentaria.

El mangle rojo, Rhizophora mangle, con sus raíces arqueadas en la Ciénaga de Mallorquín

Foto: Isabella Osío

El mangle negro: el que absorbe la sal

Unos metros más adentro, el terreno cambia. Ya no está cubierto por agua permanente, pero tampoco es tierra firme del todo. Ahí aparece el mangle negro, también llamado mangle salado (Avicennia germinans). No tiene las raíces arqueadas del rojo. En cambio, tiene neumatóforos: pequeñas proyecciones que salen del suelo como dedos y le permiten respirar en terrenos con poco oxígeno.

Duncan lo explica en términos más directos: "absorbe el salitre y la sal. Toda esa salinidad que produce el rocío del mar, él la absorbe, la retiene y le entrega nutrientes a las demás especies del entorno." La ciencia lo confirma: la Avicennia germinans es la especie más tolerante a la salinidad entre los manglares del Caribe. Según una investigación publicada por el Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY), este mangle expulsa la sal activamente a través de sus hojas, un mecanismo que le permite crecer incluso en suelos hipersalinos donde otras especies no sobrevivirían.

El mangle amarillo: el que sostiene el terreno

La Laguncularia racemosa, conocida localmente como mangle amarillo, suele aparecer entre las dos especies anteriores, en zonas con salinidad media. Duncan dice que su papel es diferente al de los otros: "da fortaleza al terreno del área para que los demás se mantengan."

Eso tiene una explicación física. Según el Real Jardín Botánico de España, esta especie también posee neumatóforos y contribuye a la fijación de sedimentos y a la estabilización del suelo. Es, en términos prácticos, la especie que consolida el sustrato donde crecen las demás. También tolera rangos amplios de salinidad —entre 0 y 45 partes por mil— y crece frecuentemente en orillas de lagunas salobres o desembocaduras de ríos con influencia de marea. En Mallorquín, donde el río Magdalena, el mar Caribe y la ciénaga se encuentran en el mismo punto, esa capacidad de adaptación es clave.

El mangle Zaragoza: el continental

El cuarto mangle es el que menos aparece cerca del agua. El Conocarpus erectus, al que aquí llaman Zaragoza, prefiere zonas más secas. "Es más continental", explica Duncan. "Aparece donde ya el terreno es más seco y también se puede usar de forma ornamental, en bulevares o jardines, pero cumple su función dentro del ecosistema."

En Colombia, la especie se conoce también como mangle bobo o botoncillo, y es frecuente en los límites del manglar con zonas terrestres. Según el EPA de Cartagena, generalmente no supera los 10 metros de altura. Su presencia marca la frontera del ecosistema: donde termina el manglar y empieza la tierra firme. No por eso es menos importante. Como dice Duncan, si uno falta, al otro le va mal.

El manglar como sustento ecológico y económico

La relación entre el manglar y la pesca en Mallorquín no es metáfora. Es literal. "Si no hubiera mangle no habría ciénaga", dice Duncan, "y si no hubiera ciénaga no habría peces, ni crustáceos, ni moluscos." Las raíces del mangle rojo son el criadero. Ahí se cría lo que después nada mar adentro y llega a las redes.

Alrededor del manglar hay una economía entera. Duncan habla de viveros comunitarios donde mujeres cabeza de hogar y adultos mayores producen plántulas que se comercializan a empresas y voluntariados que llegan a sembrar. Habla de lancheros que llevan grupos en recorrido, de pescadores que se han reconvertido. "Muchos compañeros de la comunidad pasaron de pescar a sembrar mangle", cuenta, "porque la pesca ya no es tan buena. Pero si a través del manglar mejoran las condiciones del ecosistema, también mejora la pesca."

El turismo también gira en torno al manglar. Los recorridos ambientales que lidera Duncan incluyen paradas en el ecoparque, la barra marina y Puerto Mocho. El trabajo es informal pero no menor: "si hay cinco lanchas, se dividen los recorridos. La muchacha que está aquí también vende el coco a los turistas. Todos participamos."

Uno de los problemas más serios del ecosistema no viene de adentro. Viene arrastrado. Los residuos sólidos que llegan desde el suroriente de Barranquilla —por la escorrentía de los arroyos y el río— terminan atrapados en las raíces del mangle. Duncan lo señala como la principal amenaza que enfrenta el ecosistema hoy. "Nos perjudica. Hay mucha basura, mucho residuo que de verdad causa problema."

La respuesta ha sido el voluntariado: el Ejército, la Armada y la CRA han apoyado jornadas de limpieza. "Logramos minimizar algo, pero no alcanzamos, porque el ecosistema es muy grande." Duncan también menciona la posibilidad de instalar trampas para atrapar los residuos antes de que lleguen a las raíces. Pero la solución de fondo, dice, está en la fuente: en el manejo de residuos sólidos en la ciudad.

La vida según cada mangle - Ciénaga de Mallorquín

Foto: Isabella Osío

"Si sembramos mangle hay vida"

Hay una frase que Duncan repite al cerrar los recorridos, la que usa cuando le preguntan por qué vale la pena todo esto. No es una consigna vacía. Viene de alguien que lleva dos décadas metido en el barro, que formó a sus vecinos, que vio a pescadores convertirse en sembradores de mangle porque el mar ya no les daba lo suficiente.

"Río, mar y ciénaga juntos en el mismo lugar", dice Duncan cuando habla de Mallorquín. "Eso es aprovechable. Vengan a respirar un ambiente sano y aporten su granito de arena sembrando un mangle. Porque si sembramos mangle hay vida."

El manglar no es solo árbol. Es criadero, barrera, filtro, despensa y sustento. Y mientras haya personas que lo conozcan de raíz —en todos los sentidos—, hay una ciénaga que todavía puede sostenerse.

Por: Isabella Osío

Crónica de Vida

Edgardo: el hombre que le habla al manglar

La primera vez que conocí al señor Edgardo fue en la preproducción del documental. Desde que llegamos, nos abrió las puertas de su casa como si fuéramos conocidos de toda la vida. Nos presentó a su esposa con orgullo y no paraba de hablar bien de su cocina. Ese día terminamos comiendo arepas con huevo y empanadas, y lo más chistoso es que cada vez que dábamos un bocado, él nos preguntaba si nos había gustado. Pero no una vez, sino todo el tiempo. Literal, cada bocado.

Éramos siete, y aun así trataba de aprenderse nuestros nombres. Creo que el mío nunca se lo aprendió porque siempre me decía “señorita”, pero igual se sentía bonito, como cercano.

Desde el principio me cayó bien. Se sentía como una persona muy noble, de esas que no tienen malicia.

Algo curioso es que me recordó mucho a una señora que me ayudó a criarme cuando yo era chiquita en Cartagena. No sé explicarlo bien, pero era por su forma de hablar. Decía palabras “mal dichas”, como “emprestame” en vez de “préstame”, pero no sonaba mal, al contrario, tenía como su propio estilo. Cada cosa que decía me hacía acordar a ella.

Retrato de madera, sol y sal

Físicamente, Edgardo es alto, moreno, pero más que todo por el sol. Tiene la piel como quemada de tanto tiempo trabajando afuera. Siempre anda con los ojos medio chiquitos, como entrecerrados, y tiene el pelo con canas grises, medio desordenado. Pero hay algo que no le falta nunca: la gorra. Esa gorra es parte de él. Una vez le pedimos que se la quitara y fue como si le estuviéramos quitando algo importante, no la soltaba.

También tiene algo muy particular: sonríe hacia abajo, como con calma. Y casi siempre está con las manos entrelazadas, sobre todo cuando hay cámara. Se nota que no está acostumbrado a eso. Pero cuando ya está tranquilo, cambia completamente. Se relaja, se suelta, y ahí es donde uno ve cómo es de verdad.

Es un señor súper tranquilo. No se acelera para nada. Habla con calma, camina con calma, hace todo a su ritmo.

La escuela de la atarraya

Y algo que me gustó mucho es que tiene como vibra de profesor. No de colegio, sino de esos que enseñan desde la experiencia. Cuando hablaba de la pesca, se le notaba la emoción. Y cuando me enseñó a tirar la atarraya, tuvo una paciencia increíble. No le molestaba repetir, ni explicar otra vez. Se notaba que le gustaba enseñar.

Su vida no ha sido fácil. Él mismo lo decía: hay días en los que no se gana ni para un café. Imagínate levantarte a trabajar todo el día y no conseguir nada. Aun así, sigue.

"Y todo en su vida gira alrededor del manglar. Para él, el manglar no es solo un árbol o un paisaje. Es literalmente lo que le da de comer. De ahí sale el pescado, de ahí depende todo. Y él lo sabe."

Lo cuida porque entiende que, sin eso, no hay nada. Me impresionó mucho porque, aunque no tuvo estudios, sabe muchísimo. Sabe cómo funciona todo ahí, cómo se mueve el agua, cómo crecen las cosas. Lo explica a su manera, pero uno entiende perfectamente.

Mientras él hablaba, yo pensaba en cosas totalmente distintas. Por ejemplo, en cómo hacen para tocar peces crudos como si nada, o caminar descalzos en el manglar sin asco. Para mí eso era dificilísimo. Pero para él es normal, es su día a día.

El eco de la resiliencia

Hubo momentos en los que me quedé callada, sobre todo cuando hablaba de su familia. Ahí se le notaba algo diferente, como más suave.

También cuando hablaba de las cosas malas, como cuando los sacaron de donde estaban antes, no gritaba ni nada, pero se le sentía la tristeza. No era una rabia fuerte, era más como resignación. Como cuando ya te tocó aceptar algo que no querías.

Y, aun así, siguió.

Eso fue lo que más me marcó de él. No solo lo que ha vivido, sino que nunca se quedó ahí.

Si tuviera que describirlo en una frase, diría que Edgardo es una persona que, a pesar de todo lo que le ha pasado, sigue adelante sin rendirse.

Y después de conocerlo, entendí algo:

que hay personas que no necesitan estudios para ser sabias,

porque la vida ya les enseñó todo.

La otra orilla: volver a empezar
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Playa Tranquila — La otra orilla

La otra orilla: volver a empezar

La playa no es una sola; se arma poco a poco con casas pegadas unas a otras. Tablas, techos de tela, materiales reutilizados e improvisados, pero que junto forman un vecindario. Cada caseta queda donde se pudo construir.

En estos espacios pasa todo. Se cocina, se descansa, se trabaja, se baila, se ríe. Las mesas plásticas se hunden en la arena, las hamacas cuelgan amarradas de lado a lado, las redes quedan extendidas junto a sogas gruesas que se cruzan entre sí. Muchas cosas no están terminadas, pero se usan. Nada sobra.

Al lado, una mujer y su hijo mayor construyen con tablas una nueva caseta.

Playa Tranquila — Imagen 1

Foto: Isabella Osío

Playa Tranquila — Imagen 2

Foto: Isabella Osío

La arena está llena de huellas. Tres perros juegan enredados en las mallas de pesca. Un gato se acerca a una mesa, se queda mirando y maúlla antojado de algo, como todos aquí. Con una ternura cautiva a uno de los habitantes y le da un poco de pescado.

En el mar los niños entran y salen con los pies llenos de arena, no se la quitan ni les molesta. Se empujan, se salpican, se meten bajo el agua y salen riéndose.

Niños jugando en el mar

Foto: Isabella Osío

En el agua las raíces salen del barro y la arena, pegadas unas a otras. El agua es oscura y se mueve todo el tiempo, marcada por el viento y el paso de las lanchas. Una canoa pequeña queda amarrada al borde esperando a ser utilizada. La orilla, las raíces y el agua se juntan y crean un paisaje para admirar. Eso es lo que recibe a cualquiera que llega a Playa Tranquila.

Raíces del manglar y el agua

Foto: Isabella Osío

En una silla, una mujer permanece sentada, con las manos sobre las piernas, mirando hacia el agua, esperando. Está pendiente de algo que todavía no aparece. De vez en cuando levanta la cabeza. Esa espera no es casual. Es la espera de una lancha.

Se llama Nely Gutiérrez. Dice que es "playera" sin pensarlo mucho, no hay otra forma de nombrarse.

Para los habitantes de Playa tranquila cada llegada importa. No es solo visita. Es trabajo. Es la posibilidad de que ese día sí deje algo. Por eso cuando una lancha se acerca, el movement cambia: alguien se levanta, otro se acomoda, alguien más mira hacia la orilla. Significa que van a cocinar, que van a vender, que va a circular algo de plata.

Nely Gutierrez se inclina sobre la mesa.

—¿Qué quieres comer?

—Lo que haya —le responden los clientes.

Ella asiente, como si esa respuesta fuera la más común.

—Hoy salió róbalo… también hay raya —dice, mientras ya empieza a mover lo que tiene sobre la mesa.

Aquí nadie pregunta por una carta. Se come lo que hay. Lo que el mar permitió ese día.

Detrás de ella, la cocina no está separada del resto del lugar. Es un cuarto al frente de las mesas donde la gente se sienta a comer, armado con pedazos de madera, algunos más gastados que otros, juntados con clavos. En las uniones quedan espacios en los que entra la claridad del día en líneas finas que caen sobre la mesa.

El mesón es una superficie armada con tablas sostenidas sobre bases con una estufa de dos puestos junto a ollas, cuchillos y trapos que parecen estar tirados, pero que ella encuentra sin buscar.

En una esquina, los utensilios cuelgan o se apilan: tazas de colores distintos, coladores, cucharones, platos que no hacen juego. Todo viene de sitios diferentes, pero funciona.

Utensilios de cocina en Playa Tranquila

Foto: Isabella Osío

Afuera, el viento mete arena y el calor se queda adentro, mezclado con el olor del aceite y del pescado. Y aun así salen platos que la gente espera con ansias por el olor de la cocina que llega.

Nely sonríe apenas cuando entrega uno.

—Quedó bueno, ¿no? —dice.

Y vuelve a lo suyo.

—A mí me gusta esto —agrega después—. Cocinarle a la gente, verlos comer.

Mira hacia afuera, hacia las mesas, hacia el movimiento.

—Aquí uno se siente bien.

En Playa Tranquila.

Lo que Nely pone en el plato no empieza en la cocina. Empieza unos metros más allá: la arena se vuelve más blanda y el agua cambia de color.

Ahí está Edgardo. Tiene 54 años y toda la vida ha sido pescador. Trabaja desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Lleva comida, descansa un rato al mediodía, vuelve al agua. Hay días en que regresa con algo. Hay días en que no.

—Hay días que no cogemos ni para un tinto —dice, con la mirada clavada en el mismo punto. —Hoy casi no salió nada.

La red cae, sube, vuelve a caer.

—Antes uno se metía y sacaba más.

Se queda callado un momento.

—Ahora toca buscar más adentro… o meterse al manglar.

Señala hacia el punto en que el agua se oscurece y el suelo deja de ser firme. Las raíces del mangle se levantan unas sobre otras, apretadas, dándole a ese borde importancia. Ahí, los peces pequeños se meten, se alimentan y crecen antes de salir.

En el manglar todavía queda algo de pescado. Crece antes de salir, y de ahí todavía se logra sacar algo, aunque no siempre alcanza.

Ese lugar ya no es el mismo: en el Caribe colombiano se ha perdido más del 80 % de los manglares, según la Universidad Nacional de Colombia. En los últimos 40 años, se han perdido cerca de 50.000 hectáreas, de acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Esa pérdida se nota en la pesca: menos peces y más días sin sacar nada.

—Ahora no se está cogiendo nada… la ciénaga está muy maltratada —dice.

El deterioro también se queda pegado a las raíces: el 83 % de los residuos que se acumulan son plásticos que trae la corriente, según el Proyecto Manglar Mallorquín.

—Además el trasmallo acaba con todo. Agarra el grande y el chiquito. Ese pescadito pequeño lo dañan desde ahí.

Ese tipo de red no distingue tamaños. Saca peces que todavía no han crecido lo suficiente, cortando el ciclo antes de que se reproduzcan.

Hace un gesto corto con la mano, soltando algo.

—Mucho de eso se pierde… se pudre.

La cuerda se tensa entre sus manos.

—Y la brisa tampoco ayuda. A veces no deja trabajar bien.

El agua se mueve, pero no es suficiente.

El viento cambia. Las temporadas cambian. A veces el grupo es grande, otras trabaja solo. Todo se ajusta a lo que toque.

Jala la red con un tirón seco.

—El agua ha cambiado… eso se siente.

De catorce especies de peces que antes se registraban en la ciénaga, hoy quedan apenas tres, de acuerdo con un diagnóstico técnico sobre la Ciénaga de Mallorquín. La salinidad subió y la contaminación hizo el resto: cada vez se saca menos.

En esa orilla, al inicio del cierre del manglar, queda lo poco que todavía alcanza a llegar a la mesa. Edgardo no lo dice así, pero cada vez que lanza la red y sale casi vacía, se nota.

No siempre trabajó en este lado. Antes estaba en Puerto Mocho, en Playa Tranquila 1. Tenía su espacio armado con lo necesario para pescar y vender, como el resto de los que vivían de esto.

La salida no fue una decisión propia. Les avisaron que tenían que irse por un proyecto turístico. No había documentos que respaldaran lo construido y eso lo definió. En poco tiempo empezaron a desmontar todo.

—Nos dijeron que venía un proyecto grande.

Las estructuras que habían levantado con los años no duraron mucho. Llegaron con herramientas a tumbar lo que había.

—Entraban con motosierra… todo lo que uno tenía.

A cambio, le dieron cinco millones. La cifra no alcanzó para reconstruir lo que había perdido ni para empezar en condiciones similares.

—Eso no alcanzó ni para hacer una pared.

El desplazamiento no solo significó moverse de donde estaban. También implicó perder una forma de trabajo ya establecida y tener que reorganizar todo desde cero. Durante ese tiempo, la pesca dejó días sin resolver.

La decisión de empezar otra vez no fue colectiva al inicio.

—Si ustedes no van… yo sí lo voy a hacer.

Llegó a esta parte de la orilla y comenzó a levantar lo necesario para trabajar. La intención no era únicamente seguir pescando, sino activar el lugar para que llegara gente. La dinámica cambió con el tiempo. Empezaron a llegar visitantes desde el muelle, y con eso apareció otra fuente de ingreso.

—La idea era que fuera un turismo para la gente.

El día ya no depende solo de lo que salga en la red. También de quienes llegan, comen y se quedan.

—Nos estamos manteniendo del personal que nos están trayendo.

Playa Tranquila está sostenida por dos familias. Mantienen una relación cercana y colaboran de forma constante. Las tareas se distribuyen según lo que se necesite: pesca, cocina, atención y construcción. Las funciones no son fijas y se ajustan a lo largo del día.

Edgardo lo dice sin rodeos: toca trabajar. Después de salir de donde estaban antes, empezaron otra vez con lo que tenían. Lo demás se fue armando con el tiempo.

Playa Tranquila — Imagen 6

Foto: Isabella Osío

Playa Tranquila — Imagen 7

Foto: Isabella Osío

No es un lugar cómodo ni completo. Falta de todo y nada está asegurado. Aun así, es donde decidieron quedarse, donde trabajan y donde vuelven a empezar cada día. Viven con lo que tienen, y lo disfrutan.

Playa Tranquila es eso.

Nada es perfecto, pero para ellos sí lo es.

POR: ISABELLA OSÍO
01 — Personaje Principal

Edgardo Mendoza

Edgardo Mendoza es pescador y vive en la Ciénaga de Mallorquín, un lugar donde el agua, el manglar y la pesca hacen parte de la vida diaria de muchas familias. Desde hace años, sus días comienzan antes del amanecer, entrando al agua y recorriendo un ecosistema del que depende no solo su sustento, sino también gran parte de su historia.

Como él, muchas personas han construido su vida alrededor del manglar. Allí trabajan, pescan and sostienen sus hogares mientras enfrentan los cambios de un entorno que poco a poco deja de ser el mismo. Menos peces, más esfuerzo y una creciente incertidumbre hacen parte de una realidad que rara vez es vista fuera de estas comunidades.

02 — ORIGEN

¿Qué son los manglares?

Los manglares son ecosistemas costeros únicos que habitan la zona de transición entre el mar y la tierra firme. Compuestos por árboles y arbustos halófilos —tolerantes a la sal— crecen en aguas tropicales y subtropicales de todo el mundo.

Su nombre proviene del portugués mangue, y su característica más visible son sus extraordinarias raíces aéreas, que surgen del agua como dedos de la tierra que abrazan el océano. Estas raíces crean hábitats tridimensionales de una riqueza biológica sin igual.

Detalle de Mangles

150+

Países con manglares

80

Especies de manglar

147M

Hectáreas en el mundo

Playa Tranquila 2
03 — Locación principal

Playa Tranquila 2

Playa Tranquila es una comunidad ubicada a pocos minutos de la Ciénaga de Mallorquín, un territorio donde muchas familias han construido su vida alrededor del agua, la pesca y el manglar. Aunque para muchos es solo un lugar de paso o un paisaje cercano a la ciudad, para quienes viven aquí representa trabajo, memoria y permanencia.

Sus habitantes conviven diariamente con los cambios del entorno. El deterioro ambiental, la disminución de peces y las dificultades económicas hacen parte de una realidad que afecta directamente su forma de vivir. Aun así, la comunidad continúa sosteniéndose desde prácticas y oficios que han pasado de generación en generación.

Ecosistemas de la Ciénaga de Mallorquín
Especies de Mangle en el Caribe
04 - ecosistemas

Donde el agua y la tierra se encuentran

Los ecosistemas costeros cumplen una función clave en el equilibrio ambiental de las ciudades cercanas al mar. Espacios como la Ciénaga de Mallorquín reúnen agua dulce y salada, creando hábitats donde conviven distintas especies animales y vegetales. Dentro de estos ecosistemas, los manglares actúan como una barrera natural frente a la erosión, las inundaciones y el aumento de las temperaturas.

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En el Caribe colombiano predominan especies como el mangle rojo, el mangle negro, el mangle blanco y el mangle zaragoza, cada uno adaptado a diferentes condiciones del terreno y fundamentales para la estabilidad ambiental de la zona.

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05 — CRISIS

Las amenazas que enfrentan

01

Deforestación y urbanización

El desarrollo costero, la expansión agrícola y los complejos turísticos han destruido el 35% de los manglares del mundo en las últimas décadas.

02

Acuicultura intensiva

La industria del camarón y otros cultivos marinos han arrasado millones de hectáreas, especialmente en Asia y América Latina.

03

Cambio climático

El aumento del nivel del mar, el incremento de temperaturas y eventos climáticos extremos comprometen la supervivencia de estos ecosistemas.

04

Contaminación

El vertido de aguas residuales, plásticos y productos químicos agrícolas envenenan lentamente estos ecosistemas y la vida que sostienen.

Perdemos el equivalente a un campo de fútbol de manglar cada hora. Cada árbol que cae se lleva consigo siglos de vida acumulada.

— Alma Anfibia
Dato Urgente

Desde 1980 se han perdido más de 3.6 millones de hectáreas de manglares. Si la tendencia continúa, podrían desaparecer completamente en menos de 100 años.

Créditos

Fabian Cantillo

Realizador audiovisual y líder de diseño de página

José F. Fuentes

Coordinador audiovisual y lider de diseño de pagina

Sharina Torres

Gestora de comunidades virtuales

Valeria Ibarra

Jefa de redaccion

María F. Sotomayor

Editora general

Isabella Osio

Fotografa

Alejandro Cepeda

Community manager

Este trabajo periodístico fue presentado como parte de la asignatura de Periodismo V, del Programa de Comunicación Social y Periodismo de Uninorte, bajo la tutoría de la profesora Andrea Cancino.