QUIENES DAN VIDA A NUESTRO RELATO

Rose, seguida de su padre Waleed y su madre María Teresa, conforman una familia Palestina que ha construido un hogar en Colombia mientras resguarda el eco de su origen.

conoce un poco más

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Imagen principal

Waleed Khbeis

María Teresa María
María Teresa María.
Rose Khbeis María
Rose Khbeis María.
Zuleima Slebi

Zuleima Slebi

José Abuchaibe y familia

José Abuchaibe y familia

Familia David

Familia David

Juan José Slebi Slebi

Juan José Slebi Slebi

Isaac Slebi y Leonor Moisés

Isaac Slebi y Leonor Moisés

Elias Muvdi Chajuan

Elias Muvdi Chajuan

Documental

Imagen del documental Cuerpos que emigran, almas que regresan

El documental explora la vida de la familia Khbeis y su proceso de emigración al Caribe, combinando memoria, territorio e identidad a través de generaciones.

Ver documental completo

Protagonistas

Waleed Khbeis

Waleed Khbeis (Papá)

Memoria viva que conecta Palestina con el Caribe.

María Teresa María

María Teresa María (Mamá)

Guardiana del hogar, tanto cultural como emocional.

Rose Khbeis Maria

Rose Khbeis Maria (Hija)

La voz de la generación que vive entre dos mundos.

Podcast

Episodio 1 – Bienvenida

Introducción al proyecto.

Episodio 2 – La tierra prometida y la tierra arrebatada

Identidad, territorio y memoria entre Palestina y el Caribe.

Episodio 3 – Lo que este proyecto hizo en nosotras

Cómo transformó nuestra forma de ver la comunicación.

Episodio 4 – Historias que no nos pertenecen

Hablar de memoria palestina desde el respeto y la responsabilidad.

Conócenos

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Nuestro grupo

Somos un equipo dedicado a contar historias profundas, combinando periodismo, investigación y creación audiovisual para dar voz a memorias poco narradas. Trabajamos con sensibilidad y rigor para honrar a las comunidades que comparten sus vidas con nosotros. Buscamos conectar generaciones, visibilizar identidades y tender puentes entre culturas. Creemos en el poder transformador de narrar lo que permanece en la sombra.

SOBRE NOSOTROS

Mariana Hernández

Directora

Isabella Gutiérrez

Guionista | Redactora

Ariana López

Periodista | Fotógrafa

Daniel Cordero

Editor

Valentina Logreira

Redactora

Tere Medina

Community Manager

Arena Romero

Diseñadora Multimedia

Gabriela Abello

Iluminación | Estética

COLOMBIA Y LA MIGRACIÓN PALESTINA:

ENTRE LA SOLIDARIDAD Y LA LIMITACIÓN

Imagen Migración Palestina

Imagen de Hosny Salah en Pixabay

Texto con Seguir leyendo
Por: Ariana López Murillo

No todos los refugiados cruzan mares; algunos, como los palestinos, cruzan siglos de historia buscando un lugar donde la guerra no los alcance, a veces, a la vuelta de su hogar. Colombia no es la primera opción de los palestinos para la migración, porque no es el país próximo para socorrer a los migrantes. Los palestinos que pueden llegar a Colombia lo hacen porque tienen los recursos para hacerlo o tienen familias que ya estaban establecidas en el país, en este caso, en Barranquilla.

Los palestinos están pasando por un momento crítico en su historia y, como colombianos, aunque quisiéramos darles más oportunidades y refugio, es difícil por la posición geográfica y política en la que se encuentra nuestro país.

Para nadie es un secreto que Colombia es subordinada de Estados Unidos. Tampoco es un secreto que Estados Unidos, en alianza y protección a Israel, no permitiría que uno de sus países “aliados”, como Colombia, permita el refugio y el libre flujo de palestinos hacia el país. Esta es una situación desafortunada, pues las políticas migratorias colombianas (según el Decreto 2840 de 2013 y el Ministerio de Relaciones Exteriores) establecen que toda persona que solicite refugio en Colombia puede recibir un salvoconducto de permanencia gratuito y prorrogable mientras se resuelve su solicitud ante el Ministerio (art. 9).

Es un hecho lamentable que, teniendo esta política, no seamos la primera opción de los refugiados. El economista Pedro de la Puente, de la Universidad del Norte, explica que la situación actual en Medio Oriente no genera un flujo migratorio significativo hacia América Latina ni hacia Colombia, debido a que el país está fuera de esa red migratoria desde hace varios años. En Colombia ya existen comunidades árabes establecidas (cristianas y musulmanas) principalmente en Maicao, Barranquilla y Cartagena. Sin embargo, aunque estas comunidades ya estaban conformadas en el país, no significa que sean el primer destino de aquellos que provienen de las mismas raíces.

La teoría de migraciones del conflicto, expuesta en el libro Escape from Violence de Aristide R. Zolberg, Astri Suhrke y Sergio Aguayo, explica que estas migraciones derivan de las relaciones políticas fracturadas en los territorios afectados. Más allá de eso, se entiende que los refugiados son los síntomas humanos de los conflictos políticos internos y de las fracturas del sistema internacional”, según Zolberg. En ese sentido, el conflicto palestino-israelí representa un claro ejemplo de esta teoría: los palestinos no solo se han desplazado hacia los países fronterizos o más cercanos, como Egipto, sino que además han sufrido el usufructo político de su territorio.

Colombia, aunque no es un país clave para la migración palestina, sigue siendo una opción viable para migrantes y refugiados. Sin embargo, es imposible ignorar que en nuestro propio territorio vivimos una pesadilla similar: las secuelas del conflicto armado interno y la persistente corrupción.

Así, la solidaridad con el pueblo palestino no solo debería ser una aspiración diplomática, sino también una reflexión sobre nuestras propias fracturas sociales y políticas. Porque comprender el dolor del otro, desde la distancia y la empatía, también es una forma de reconocer nuestras heridas y aspirar a una paz más justa y universal.

IDENTIDADES QUE CRUZAN EL MAR:

LOS PALESTINOS EN EL CARIBE COLOMBIANO

Por: Arena Romero Mejía

El calor en Maicao tiene algo de abrazo y algo de prueba. A media mañana, el aire vibra entre los puestos de telas, los perfumes árabes y las voces que regatean precios en distintos acentos. En medio de ese bullicio, Yusef Abumaher levanta la estera de su tienda y saluda con un “assalamu alaikum” que suena a costumbre y a raíz.

Tiene 67 años, la piel curtida por el sol guajiro y una mirada que se pierde a veces entre recuerdos. Su acento no se ha ido del todo; las “r” arrastradas y las pausas largas delatan la tierra que dejó atrás.

“Cuando llegué aquí, no sabía ni donde estaba. Solo sabía que estaba lejos del ruido de las bombas”.

Un viaje sin regreso

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Yusef nació en Belén, en una casa sencilla con patio y olivos. Habla de su infancia con cuidado y cariño. “Allá la vida era muy bonita, hasta que empezó a oler a guerra. Uno aprende a vivir con miedo, pero eso no es vida.”

En 1978, su madre le pidió que se fuera. Le entregó una foto familiar, un poco de pan envuelto en una tela y la bendición de una madre preocupada.

“Me dijo que buscara un lugar donde pudiera dormir sin sobresaltos. Yo no sabía a donde ir, solo que tenía que irme.”

Luego de tanto pensar emprendió su viaje, llegó primero a Jordania, luego a Venezuela. En Caracas escuchó hablar de un pueblo en Colombia donde vivían otros árabes: Maicao. El nombre le sonó extraño, pero fue en ese desierto guajiro encontró algo que reconoció: el polvo, el sol y el silencio de la tarde.

“Cuando me bajé del bus, sentí el mismo calor que en Belén. Pensé que tal vez el desierto no tiene nacionalidad.”

Raíces nuevas

Los primeros años fueron duros. Dormía en un cuarto pequeño que quedaba detrás del almacén donde trabajaba. Aprendió español escuchando a los clientes y repitiendo frases. A veces lo confundían con venezolano, otras con libanés. Nadie sabía de donde había salido ese joven callado con la mirada llena de nostalgia.

Con el tiempo conoció a María del Pilar, una mujer Maicaera de ascendencia Wayuu. “Ella me enseñó a bailar vallenato sin miedo a pasar pena, dijo riendo, y yo le enseñé a cocinar falafel.”

Se casaron, abrieron su propio negocio y tuvieron dos hijos: Sami y Lina, quienes crecieron escuchando vallenato y canciones árabes, comiendo arepa con hummus y aprendiendo a moverse entre dos mundos que no siempre se entienden, pero que en su casa conviven sin conflicto.

En las paredes del negocio están colgadas fotos de su familia, una bandera palestina y un calendario del 2003 que Yusef nunca ha querido quitar. “Ese año abrí mi tienda. Ese año sentí que por fin tenía un lugar en el mundo.”

La tierra compartida

Hoy, cuando el calor aprieta y las calles de Maicao se llenan aún más de polvo, Yusef sale a la puerta con un café pequeño y fuerte. Saluda a sus vecinos, conversa con los pelaos que se paran a pedirle consejos sobre el negocio. Tiene la serenidad de quien ha aprendido que las raíces no se miden en kilómetros.

“A veces sueño con mi madre, con su voz. Pero cuando despierto y oigo la radio sonando vallenato, siento que también estoy en casa.”

En Maicao, los palestinos y sus descendientes son parte del paisaje y la cultura. Abrieron tiendas, construyeron la mezquita Omar Ibn Al-Jattab, una de las más grandes en América latina y tejieron lazos con los pueblos wayuu. Sus hijos estudian en los mismos colegios, hablan el mismo idioma y llevan apellidos que suenan a mezcla.

“Nos miran raro al principio”, dice Yusef , hasta que oyen mi historia. Entonces entienden que todos, de alguna forma, estamos buscando lo mismo: un lugar donde pertenecer.”

Un mar que une

Cuando cae la tarde, Yusef cierra el negocio y se sienta frente a la puerta. Se fuma un cigarrillo y mirando el cielo Maicaero dice en voz baja:

“Mi corazón tiene dos mitades: un en Belén y otra en Maicao. El mar que las separa no me divide, sino que me completa.”

En la calle pasan los motocarros, niños hablando wayuunaiki, un vendedor ambulante ofreciendo verduras y demás. La vida sigue, como un puente entre sus dos mundos.

Yusef sonríe, recoge los últimos hilos de tela y apaga la luz.

“El desierto es el mismo, solo cambió el lado del mar”.

En esa frase breve y luminosa cabe toda una historia, la nostalgia de lo dejado atrás, el peso del pasado y el impulso del comienzo. La travesía de un pueblo que cruzó el mar y encontró, en el Caribe, un lugar para volver a empezar.

BARRANQUILLA, CIUDAD DE UN

NUEVO COMIENZO

Por: Valentina Logreira Nieto

Cuando se habla de migración, solemos pensar en pérdida, desarraigo y nostalgia. Pero en Barranquilla, la historia de los migrantes palestinos demuestra que también puede ser sinónimo de buenas oportunidades. Es entender que pocos fenómenos sociales han aportado tanto a la identidad laboral y cultural de esta ciudad como la llegada de quienes, huyendo del conflicto en su tierra, encontraron en la Arenosa un nuevo punto de partida.

Los palestinos no solo trajeron sus maletas y sus historias, también aportaron una forma distinta de entender el trabajo. El trabajar no se trata solo de una actividad económica o de un medio para obtener ingresos, también es una forma de realización personal, de aporte social y de construcción de identidad o comunidad. El trabajo define gran parte de quiénes somos, pues a través de este encontramos propósito, estabilidad y sentido de pertenencia dentro de la sociedad.

Barranquilla posee un carácter laboral marcado por la creatividad. Su economía ha mostrado un crecimiento constante en sectores como el comercio, la gastronomía y los servicios. Sin embargo, persisten problemáticas relacionadas con la informalidad y la desigualdad en el acceso a empleos formales. Aun así, la ciudad se sostiene en su diversidad y en la capacidad de adaptación de las personas migrantes.

Nacer y crecer en Barranquilla es, para muchos, motivo de orgullo. La ciudad ha dejado atrás aquella imagen del pasado para convertirse en un territorio de progreso y oportunidades. Hoy, Barranquilla no solo crece en infraestructura, sino también en proyección económica. Su transformación urbana y turística ha despertado el interés de inversionistas nacionales y extranjeros, que ven en la capital del Atlántico un lugar estratégico para establecer negocios, generar empleo y dinamizar la economía local. La apuesta por proyectos emblemáticos como el Gran Malecón, el ecoparque de la Ciénaga de Mallorquín y las playas de Puerto Mocho no solo impulsa el turismo sostenible, sino que refuerza una economía basada en la cultura, los servicios y la hospitalidad, pilares que hoy sostienen gran parte del desarrollo barranquillero.

Del Jordán al Magdalena, del
Mediterráneo al Caribe
Foto tomada en el plantón 7 de octubre 2025, Barranquilla

Por: Mariana Hernández Hernández

A las cinco de la tarde, se empezó a llenar la plaza de la paz con colores rojos, verdes, negros y blancos. El sol se fue suavizando con el pasar de los minutos y las banderas del pueblo palestino ondeaban en el aire sostenidos por la brisa que subía desde el río Magdalena. Un grupo muy diverso de personas: estudiantes, descendientes y personas de la diáspora árabe, profesores, miembros de la comunidad musulmana, personas de la comunidad LGTBIQ+, artistas, activistas y simpatizantes de diversas causas sociales acompañaron en este plantón a quienes ellos llaman sus hermanos. La plaza no estaba llena, pero en el ambiente se sentía que algo transformador ocurría.

Con un micrófono compartido los discursos, las historias y las consignas de las diferentes personas se escuchaban y retumbaban en las paredes con un eco que hacía imposible ignorarlas. “Desde el río hasta el mar”. Una consigna que quedó grabada en mi cabeza. ¿Cuál río? ¿Cuál mar? Acompañada de frases como “Palestina vencerá” o “Palestina será libre”.

Raíces

Raíces

El Medio Oriente es una región geopolítica amplia y diversa donde convergen Asia, África y Europa, destacando por su importancia histórica y cultural, y donde conviven países árabes y no árabes. En contraste, el Mundo Árabe se define principalmente por criterios culturales y lingüísticos, abarcando 22 países desde el Océano Atlántico hasta el Mar Arábigo, en el norte de África y el suroeste de Asia, unidos por la lengua común del árabe...

Palabras árabes del diario

La lengua árabe sigue siendo un lazo cultural para los descendientes de libaneses, sirios y palestinos, incluso sin ser musulmanes. Aunque lamenten no dominar el idioma, conservan algunas palabras y gestos heredados que usan en familia porque expresan emociones y matices difíciles de traducir, algunas de ellas son:

Bienvenido hola
Bienvenido / hola
Gracias a Dios
Gracias a Dios
Provecho
Provecho
Ojalá
Ojalá
Insulto coloquial
Hijo de puta
Mi amor
Mi amor

La cocina de la memoria: un reportaje sobre la gastronomía palestina

Por: Tere Medina Carrillo
La gastronomía palestina es un cruce de historias campesinas, urbanas y migratorias, que ha permanecido y se transforma entre la casa, las plazas de mercado y la diáspora. Sus ingredientes básicos como aceitunas, trigo, lentejas, hierbas silvestres, sésamo, sumac y tahini, cuentan la historia de un paisaje agrícola y de unas prácticas culinarias que han servido tanto para nutrir familias como para fijar identidad política y cultural. En las últimas décadas los libros de cocina, chefs en la diáspora y proyectos de documentación han convertido platos tradicionales en símbolos de resistencia cultural.
La cocina palestina se forma en la intersección de la cocina levantina y las herencias imperiales. Además de influencias mediterráneas y locales. La repetición de prácticas como la recolección de hierbas salvajes (za’atar, láudanos locales), el uso del aceite de oliva y la conservación de alimentos (mooneh) forman un repertorio común que conecta al campo con la mesa familiar. Estudios y artículos recientes subrayan que esas prácticas no son sólo culinarias: son prácticas de transmisión de memoria y modos de resistencia frente a la pérdida de tierra y recursos.

ENTRE BORDADOS Y MAREAS: UN VIAJE DEL CARIBE A PALESTINA

Por: Arena Romero Mejía

Este video es una muestra que entrelaza las historias de las tradiciones textiles de dos regiones geográficamente distantes, Palestina y el Caribe colombiano, revelando cómo el acto de tejer y bordar se convierte en un lenguaje compartido de identidad cultural, resistencia política y memoria ancestral.

Odette Yidi: Una cultura que temía ser olvidada

Imagen Migración Palestina

Odette Yidi en la entrega de cartas credenciales como Embajadora de Colombia ante el Ministro de Estado para Asuntos Exteriores en Catar, Sr. Sultán bin Saad Al-Muraikhi. Fuente: Instagram

Texto con Seguir leyendo
Por: Daniel Cordero

Así comenzó la historia de la familia Yidi, una familia palestina que llegó a Barranquilla a principios del siglo XX, buscando tierra firme en medio de un mundo que se desmoronaba pero que, con mucho esfuerzo, florecería. Años después, de esas raíces crecería Odette Marie Yidi David; una mujer que creció mirando hacia el Caribe, pero convirtiéndose en una de las voces más visibles del diálogo entre Colombia y el mundo árabe, tras ser nombrada embajadora de Colombia en Catar, la primera representación diplomática residente del país en ese Estado.

El legado Yidi en Barranquilla.

Matrimonio de Sabat Slebi y Emilio Yidi

Matrimonio de Sabat Slebi - Emilio Yidi, lo acompañan su tío Jorge Yidi (izquierda) y su hermano Teófilo. Fuente: Panorama Fundanense.

Fue en 1911 cuando Emilio (o Yamal) Yidi decidió partir de Belén buscando huir del reclutamiento otomano al ser seleccionado para formar parte de la milicia en Turquía a sus escasos 15 años. Su embarcada en el puerto de Yafa tendría por resultado su llegada al caribe a través de Puerto Colombia y con ayuda de un tío, permitió el asentamiento del apellido Yidi en la ciudad de Barranquilla gracias a múltiples negocios ambulantes hasta el surgimiento de Industrias Yidi, una de las empresas pioneras en la fabricación de cremalleras en Suramérica.

Una vez radicado en Barranquilla y con el paso del tiempo, los Yidi no solo prosperaron en los negocios, sino que también echaron raíces profundas en la vida cultural barranquillera, pues Emilio conoció a Sabat Slebi con quien contrajo matrimonio y tuvo 9 hijos, entre esos Enrique Yidi; ingeniero, administrador de empresas y creador del “Taller Palestina” que busca preservar el arte del nácar y rendir homenaje a sus orígenes y conservar su cultura desde 1998.

Enrique conformó una familia con Karen David y en una herencia mezclada entre lo palestino y lo caribeño tuvieron 3 hijas; Sheryn, Layla y Odette siendo esta última una figura destacada en el fortalecimiento de los lazos entre América Latina y el mundo árabe.

Familia Yidi David

Enrique, Odette, Sheryn, Layla Yidi y Karen David. Fuente: El Heraldo.

Años atrás, Enrique Yidi reflexionaba con Shadya Karawi Name en su trabajo de grado “Nosotros, los colombo-árabes” sobre la pérdida cultural entre las nuevas generaciones de descendientes árabes en Colombia. Decía que, más allá de los apellidos y la comida, poco había quedado de aquella herencia que alguna vez llegó desde Palestina, y que la “parte débil” de esa migración había sido la cultura. Sin embargo, la historia de Odette parece contradecir suavemente esa idea: en ella, la memoria que su padre temía desvanecida ha encontrado una forma de permanecer, ahora transformada en conocimiento, gestión y diplomacia.

La primera embajadora colombiana en Catar

Inauguración de la embajada de Colombia en Catar

Inauguración de la embajada de Colombia en Catar. Fuente: Cancillería.

Odette en sí misma es un árbol con bastantes ramas, cada una de ellas representa una etapa de su vida en cuanto a su formación personal para ser el tronco que hoy tiene más firmeza que nunca; gestora cultural, educadora, investigadora, escritora, entre otras.

Es profesional en Relaciones Internacionales de la Universidad del Norte y magíster en Estudios del Próximo y Medio Oriente por la School of Oriental and African Studies (SOAS) de la Universidad de Londres, institución reconocida por su enfoque en Asia, África y Medio Oriente. Además de eso, también ha realizado estudios en lengua árabe, derechos humanos, curaduría y gestión cultural; campos que le han permitido articular el conocimiento académico con la acción diplomática y la práctica cultural.

Sin embargo, su paso por Uninorte no fue solo como estudiante, sino también como docente, así mismo en instituciones como EAFIT y la Universidad Autónoma del Caribe, donde ha dictado cursos en las áreas de relaciones internacionales, humanidades y sociales.

Esta trayectoria profesional de más de una década ha estado marcada por el trabajo en la intersección entre cultura, educación y política exterior. En 2013 fue asesora del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia para los temas de Medio Oriente y África del Norte, donde participó en el diseño de estrategias de cooperación bilateral y en programas de fortalecimiento de vínculos diplomáticos con países árabes, durante el primer gobierno de Juan Manuel Santos.

Exactamente una década después de su labor en el gobierno de Santos, en 2023, trabajó como asesora para el fortalecimiento de la gestión y gobernanza migratoria y en la formulación del Centro Intégrate de Barranquilla durante la Alcaldía de Alex Char, cargo en el que participó en formulación de políticas locales enfocadas en la integración social de comunidades migrantes y refugiadas. Su experiencia y su conexión con el mundo árabe fueron pasos determinantes para su posterior nombramiento en 2025 como Embajadora de Colombia en Catar, dentro de la política del actual presidente Gustavo Petro. Su designación marcó además la apertura de la primera sede diplomática residente de Colombia en Catar con el objetivo de fortalecer los vínculos bilaterales en los ámbitos político, económico, educativo, cultural y de cooperación internacional.

Odette también es la cofundadora y exdirectora ejecutiva del Instituto de Cultura Árabe de Colombia (INCACO), una organización dedicada a promover el diálogo cultural y académico entre América Latina y el mundo árabe. Desde allí lideró programas de intercambio, proyectos educativos y actividades de divulgación que rescatan la historia y los aportes de las comunidades migrantes árabes en el Caribe colombiano. De igual forma ha tenido la oportunidad de participar como ponente en foros globales, como la Cumbre Mundial de Innovación para la Educación (WISE) en Doha, la UNESCO en París y la Oficina de las Naciones Unidas en Ginebra.

“Creemos que un mundo más incluyente y tolerante es posible y también necesario. Creemos en el poder del diálogo para construir paz y en el poder transformador de la educación. Creemos en la necesidad urgente de acabar con el racismo y la discriminación. Queremos contribuir a repensar y cambiar narrativas, y acercar al mundo árabe y las Américas”
—Odette Yidi, Instituto de Cultura Árabe en Colombia.

De igual forma, Odette expresa su pasión por la educación y la investigación. Además de su paso por la docencia en las instituciones mencionadas anteriormente, tiene varias publicaciones a su nombre tanto en medios nacionales como internacionales; La República, El Espectador y This Week in Palestine. Entre sus textos más destacados se encuentran “Los árabes en Barranquilla”, “Colombia y Palestina: una relación problemática pero prometedora” y “En defensa de la humanidad”, donde aborda temas relacionados con la diáspora palestina, los procesos migratorios y las representaciones culturales del mundo árabe en América Latina.

En la actualidad enfrenta uno de los desafíos más importantes de su trayectoria diplomática ya que su labor como embajadora se desarrolla en un contexto de gran complejidad y sensibilidad para el conflicto entre Palestina e Israel, marcado por tensiones políticas y humanitarias que han exigido de la comunidad internacional esfuerzos constantes de mediación y diálogo. Desde Doha, un país que históricamente ha desempeñado un papel clave en la búsqueda de acuerdos y negociaciones, Yidi representa la posición de Colombia a favor de la diplomacia, la cooperación y el respeto por los derechos humanos.

Las nuevas ramas

Matrimonio Gabriel Abuchaibe y Odette Yidi

Gabriel Abuchaibe y Odette Yidi en su matrimonio. Fuente: La Revista Actual.

Más allá de los espacios oficiales y las mesas de diálogo, la vida de Odette también está tejida por raíces y afectos. Desde el Caribe hasta Catar, ha llevado consigo la memoria familiar que tanto preocupaba a Enrique que se perdiera: la historia de quienes partieron de Palestina buscando tierra firme y la herencia cultural que la formó. Un legado que encuentra continuidad en su propia familia.

Casada con Gabriel Abuchaibe, con quien tiene una hija, Odette vive en Doha la prolongación de una historia que no se detiene. Su hija crece acompañada por la memoria barranquillera de sus abuelos, pero también por la herencia cultural que conecta a Palestina con el Caribe: dos geografías que, aunque distantes, comparten una raíz común.

Como los árboles que extienden sus ramas en busca de luz, la ahora familia Yidi-Abuchaibe sigue creciendo entre dos tierras, nutriéndose del pasado sin dejar de mirar hacia el futuro. En ellas, las raíces que una vez se aferraron al suelo barranquillero ahora florecen en otra latitud, recordando que la identidad, como los árboles, no se define por el lugar donde nace, sino por la fuerza con que resiste y continúa creciendo.

Familia Abuchaibe Yidi

Gabriel Abuchaibe, Odette Yidi y su hija. Fuente: Instagram.

CUANDO LA MEMORIA TIENE NOMBRE PROPIO

Por: Isabella Gutiérrez Domínguez
Imagen Migración Palestina

Llegué a su casa un jueves nueve de octubre a las cinco de la tarde y sin mayores anuncios, me abrió la puerta como recibiendo a alguien de la familia, sin formalidades y con la certeza de que la casa y el tiempo se prestan. La sala estaba habitada por una luz inmensa que se colaba sin reparo alguno por la ventana, revestida de un aroma a papel viejo como de biblioteca de antaño. Aroma que fue desplazado por el del café árabe que pronto nos ofrecería y que, por la intensidad de la conversación que ya habíamos iniciado, se quemó tres veces. Un momento que terminó pareciendo una broma intima entre nosotras.

La observé en silencio y pensé en la frase que mi madre suele repetir como si fuera un dogma "los ojos son la ventana del alma". Los suyos son azules y hondos como el mar y con ellos cuenta historias sin palabras. No es ajena a los conceptos de amabilidad y paciencia, tiene una ternura que no se disimula y una nostalgia que no se niega. Hija de madre libanesa y padre palestino, Zuleima Slebi de Manzur reúne en su cuerpo la geografía del Próximo Oriente y la calidez del Caribe colombiano y en esa mezcla, más que en la genealogía, parece residir su fuerza y la convicción de que la identidad no es una pieza rígida sino un tejido unido.

Habló despacio, midiendo las sílabas como si cada una llevase adherida la memoria de un pueblo. A veces reía con ternura, otras, la voz se le quebraba cuando nombraba los comienzos del movimiento que ella ayudó a construir. "Eso tú no lo sabes. Somos mezclas de todos en uno y algo de mi cultura está en la tuya", me dijo en un tono que no exigía acuerdo sino reconocimiento. La frase hizo clic en mí. Allí, en la cocina de su casa, sentí una especie de milagro chiquito que me hizo entender que pertenecer no depende de etiquetas, sino de lo que compartimos.

La conversación duró dos horas con quince minutos exactos y en ese tiempo desfiló la biografía pública y privada que no cabe en una hoja de vida. Su presidencia en la Fundación Encuentro Cultural Colombo Árabe, la postulación por la Cancillería colombiana al premio UNESCO Sharial; gestión que, en marzo de 2012, ayudó a que el Ministerio de Cultura proclamara la tetra etnia, reconociendo los aportes de los árabes al desarrollo de Colombia. Pero más que logros me habló de procesos, de insistencias, de viajes, de reuniones en barrios que nadie señalaba en los mapas culturales y de la paciencia de quien reconoce que el cambio se cose con tiempo y constancia.

Después del 11 de septiembre de 2001, cuando la estigmatización cayó como un peso sobre su comunidad, Zuleima transformó la indignación y el dolor en investigación. "Ese día me encontré abrazada por la indignación, la rabia y el dolor...como si nos acusaran por existir”. Decidió entonces documentar los aportes árabes a Colombia y al Caribe. Veinte años de archivos, historias y memorias después, nace el libro Haciendo visible lo invisible que me regaló al final de la tarde.

Zuleima Slebi

"Fue la primera vez que se produjo un espacio generoso, un espacio que nos reuniera, que cumpliera un doble propósito: hacia la sociedad que nos recibió y hacia el interior de nuestra comunidad", me dijo. Y ofreció una explicación resumida sobre que cada encuentro de esa iniciativa fue pensado con ejes conceptuales. Uno a uno, aportaron a hacer visible lo invisible. "Cada evento tuvo unos ejes conceptuales que se derivaron de mi tesis de maestría, en la que acuñé dos nuevos conceptos: redescubrirse y efervescencia identitaria." No hablaba de conceptos para impresionar, hablaba de herramientas para sostener procesos colectivos.

Hay en ella algo de gestora y algo de militante. "Viajé el país entero, ubiqué las comunidades árabes y me reuní con todos para que se sintieran parte del proceso. Fue divino. Lloré lo que no está escrito", me dijo con una sonrisa que venía con lágrimas. Esa insistencia le permitió transformar el activismo, a menudo visto como improvisado, en una propuesta académica estructurada. "Era un hecho que éramos activistas en calidad de humanistas", afirmó y aseguró que “el tema árabe pasó de ser algo social a un proceso académico."

Lo que llamó mi atención no fue solo la acumulación de títulos y reconocimientos sino la manera en que articula la ética de la familia con la política cultural. "Para los árabes, la familia es sagrada. Dejar a los pelados tirados no es un ejemplo que se haya visto con buenos ojos", dijo en voz alta como enunciando una regla moral. Esa sacralidad no es tradicionalista, es práctica comunitaria, red de sostén y razón de ser para su trabajo. Me quedó claro que su activismo nació de ese imperativo de cuidado.

No evita hablar del costo. Nombra colegas, agradece rostros y evoca ausencias. Entre ellos, Alfredo Correa, compañero de lucha. Su dedicatoria en el libro suena, más que a agradecimiento protocolario, a un gesto de memoria compartida. Mientras agradecía uno a uno a quienes la acompañaron, recordé que poco antes habló de cómo lloró sin medida. Entonces entendí que no era dramatismo, sino la emoción genuina de una familia y una comunidad que volvía a encontrarse.

Su metodología fue concreta, se dedicó a localizar comunidades, convocarlas, generar marcos conceptuales y desde ahí impulsar reconocimiento institucional. Es decir, transformar historias privadas en política pública. "Cuando tu trabajo es vocacional y lo haces con devoción, con responsabilidad, no estás ahí para ejercer un protagonismo miserable sobre una causa tan dolorosa... estás ahí para provocar elementos de transformación", dijo. Y esas palabras resonaron como un manifiesto de su propio ser ético.

En Barranquilla, dice, la arabidad y el Caribe se abrazan "Aquí en el Caribe colombiano tú compartes el ser árabe con la población caribe. Somos inmigrantes. Nadie nos colonizó. No tenemos ningún descubridor aquí." Habló del mestizaje no como simple cruce de sangres sino como sentido de pertenencia y de intercambio cultural que hace que los tambores del Caribe y las cuerdas del laúd árabe dialoguen y convivan sin choques artificiosos.

Pequeñas escenas en ese encuentro dieron forma al retrato. El café que se quemó por la conversación, las manos de Zuleima moviéndose con cuidado señalando entre páginas de su propio libro, la manera en que miraba las fotos o subrayaba un pasaje. Su cuerpo, moderado en gestos y firme en el discurso, parecía a la vez aula y taller, donde se aprende y se hace. Y cuando la voz le temblaba al recordar el inicio de su gestión, la fragilidad no restaba autoridad, sino que la humanizaba.

Al despedirnos y con su libro en mis manos, me quedé con la sensación de que la memoria que importa no se conserva en vitrinas sino en encuentros, en cafés, en asambleas, en hojas y en nombres que se repiten hasta volverse cotidianos. Salí con las manos ocupadas por la edición y con la cabeza llena de historias que piden ser contadas. Miré otra vez sus ojos antes de que la puerta se cerrara, seguían guardando esa esencia del mar en calma, capaz de acaparar tormentas y aun así brillar.

En mis manos, aquel libro latía como una pequeña vida que debo cuidar. Y en la cabeza, la certeza de que la pertenencia es un oficio de cada día. Bordar la historia, nombrar a los invisibles, crear espacios que inviten a reconocerse. Zuleima me enseñó que la resistencia también puede ser una tarea del diario, una conversación a las cinco de la tarde, una postulación o un viaje de provincia. Y que la rabia e indignación, cuando se ponen al servicio de la memoria, pueden convertirse en gesto de reparación.

Yo conté apenas los bordes de su historia, ella se esforzó por abrirme durante ese espacio de tiempo el tejido que rodea la inmensurable historia de generaciones que aún siguen latiendo bajo los pasos firmes de su gente. Y mientras caminaba de regreso a mis labores, pensé en lo que queda después de las grandes declaraciones: esa constancia que crea redes, un café quemado tres veces y un libro entregado como semilla. En su mirada, en sus palabras y en su obra repleta de memorias, Zuleima Slebi dejó claro que hacer visible lo invisible es, al fin y al cabo, un acto de amor y pasión sostenidos.

Las miradas de Fals Borda, Vega y Siman

El proyecto busca narrar la verdadera cara de la migración forzosa de comunidades árabes (palestinas, libanesas y sirias) hacia Colombia, particularmente en regiones como Barranquilla y La Guajira. A través de historias personales y familiares, se pone en evidencia el dolor, la nostalgia y el desarraigo que experimentan quienes nunca quisieron emigrar, pero se vieron obligados por la guerra y la supervivencia. El relato rescata la voz de segundas generaciones que, entre la melancolía y la resiliencia, reconstruyen su identidad en un territorio que sienten ajeno, pero en el que han levantado nuevos legados culturales, económicos y sociales.

El recorrido de las comunidades árabes en Colombia

Familia Slebi - comunidades árabes en Colombia
Familia Slebi, primera, segunda y tercera generación (origen palestino). Foto: Fundación Encuentro Cultural Colombo-árabe. Fuente: Libro "Haciendo visible lo invisible”.
Legado Migrante Árabe en Colombia

Desde finales del siglo XIX, Colombia recibió una migración significativa proveniente del Líbano, Palestina y Siria, impulsada por las persecuciones políticas y religiosas, las crisis económicas y la desintegración del Imperio Otomano. Muchos de estos migrantes, en su mayoría cristianos, llegaron al país escapando de la guerra y la pobreza, con el propósito de reconstruir sus vidas en un territorio desconocido. Traían consigo una fuerte ética de trabajo, un espíritu comercial notable y un profundo sentido de familia que se convertiría en el eje de su adaptación.