Jessica Gutiérrez Sanchez: memoria y bordillo

Jessica Gutiérrez Sánchez

—El Carnaval de Barranquilla es amor.

Lo dice con una sonrisa de oreja a oreja, mientras sus grandes ojos marrones se humedecen, dejando ver un brillo que solo hablar del carnaval le puede provocar.

—Desde la reina hasta el man que coloca la silla a las seis de la mañana, todo se hace por amor. Amor al cansancio. Amor por madrugar. Amor a ensayar todo el año para bailar cuatro días. Amor a una tradición que no se hereda con papeles, sino con memoria.

Jessica Gutiérrez Sánchez no sabe cuándo empezó su amor por el carnaval, solo sabe que corre por su sangre desde hace 22 años. Es comunicadora social, estudiante en prácticas de la Universidad Autónoma de Barranquilla, bailarina desde pelá—así lo dice ella— y, sin mucho alboroto, terminó manejando las redes sociales de una reina que le dio la vuelta completa a una tradición: Lex Estarita, reina del Carnaval de la 44 en 2025. Pero antes de eso, y después también, Jessica ha sido público, bailarina, estratega digital, espectadora, trabajadora invisible y testigo de lo que no siempre sale en las fotos bonitas.

El carnaval no es solo fiesta ni guachafita, es la forma en la que el mundo ve a Colombia. Barranquilla se explica mejor en febrero que en cualquier discurso. Lo dice la UNESCO, que declaró esta fiesta Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad en 2003, pero lo dicen sobre todo las calles: la Vía 40, la 44, los bordillos, los barrios, los disfraces cosidos a mano, los bailes que mezclan África, España, indígenas, árabes, negros, mestizos… todo junto, sin pedir permiso de nadie.

En Barranquilla la cultura no está solo en la danza, está en los disfraces, en las reinas populares, en cada barrio que representa algo distinto. El carnaval no se cuenta solo desde el escenario central, también desde el pueblo.

Por eso la 44.

El Carnaval de la 44
La 44 es el Carnaval del bordillo, el que no cobra entrada. El que históricamente fue sostenido por la gente, aunque muchas veces con las uñas. Hasta que llegó Lex. Y con ella, una narrativa distinta. Fue una reina que le dio un giro de 180 grados al Carnaval de la 44. No solo por el presupuesto, sino por la forma de entender el reinado: visibilidad, dignidad y estrategia.

—Cuando tú no vives el carnaval, lo único que tienes son las redes. Y lo que ves ahí es lo que crees —dice Jessica. Y ahí está la magia: contar bien una historia también es salvaguardar una tradición.

Pero si algo la tiene enamorada del carnaval, y lo dice sin pena, es el amor con el que se hace todo.

Una forma de contar nuestra historia

Entre todas las historias que ha visto, hay una que no podría olvidar. Un payasito de la 44, de esos que llevan años saliendo en los desfiles. Su nombre era José Fernando Herrera, mejor conocido como el payaso “Cara Sucia”, un ícono del Carnaval de la 44 durante más de 50 años, al que Lex decidió hacerle un homenaje.

—Eso es visibilidad — dice Jessica—. Que alguien que siempre estuvo ahí, pero que nadie miraba, sea visto.

Por eso cree que el carnaval es resistencia cultural. Porque mientras el mundo se globaliza y muchas tradiciones se diluyen, aquí todavía se prende una Guacherna, todavía baila el Congo Grande después de más de 150 años, todavía un niño sueña con ser rey o reina sin entender del todo qué significa… pero sintiéndolo en su cuerpo. Las nuevas generaciones no están rompiendo el carnaval: lo están transformando. La reina infantil, Sharon Acosta, que baila folklore y después mete un paso de K-pop. TikToks virales. Millones de vistas. Nuevos lenguajes. Ellos le están poniendo su granito de arena, sin soltar la raíz. Y ahí está el equilibrio.

Algo que Jessica no podría tener más claro, es el rol que desempeña la reina. La Reina del Carnaval de Barranquilla es una figura que decreta alegría antes de empezar los carnavales, que une a un pueblo. No solo es un título en un letrero, es la sonrisa que contagia esperanza y el corazón que late al ritmo de su gente.

—¿Estuviste en la coronación de Valeria Charris?

—Si, y lloré—admite—. Recuerdo estar tan cerca de ella que la podía ver temblar. Yo la entiendo, porque ser reina es el sueño de muchas. Es mi sueño.

El Carnaval de Barranquilla no es solo la fiesta más grande de Colombia. Es memoria viva. Es mezcla. Es pueblo. Es pantalla y calle. Es resistencia. Y personas como Jessica —que lo bailan, lo cuentan y lo sienten— son prueba de que esta fiesta no se sostiene sola. Se sostiene porque hay gente que, sin corona ni tarima, lo lleva metido en el pecho.

Porque en Barranquilla hay gente que va al Carnaval… y hay gente que es Carnaval. Ella es de las segundas.

Jenny Pineda Fernández: bailar para no olvidar

Jenny Pineda Fernández

—El Carnaval de Barranquilla es único.

Y no lo dice gritando ni con alardes. Lo dice bajito, como quien habla de algo sagrado. En sus ojos verdes aceituna se le enciende un brillo antiguo, de esos que solo aparecen cuando la memoria se cruza con el orgullo.

—Esto no es porque yo sea barranquillera o costeña. Es que por más vueltas que le des al mundo, nunca encontrarás un Carnaval tan bacano, tan nuestro.

En Barranquilla, el carnaval no comienza en febrero. Comienza cuando naces. Jenny Pineda Fernández lo aprendió así, sin que nadie se lo explicara. Desde que tiene memoria, entendió que durante esos días la ciudad se convierte en familia: sin importar si vienes del sur o del norte, sin distinguir el estrato. El carnaval no tiene fronteras. Borra las distancias y junta a todo el mundo alrededor de un mismo tambor, gaita y trompeta. Son cuatro días de fiesta, sí, pero también son siglos de historia bailando al mismo tiempo.

Creció en una casa donde el arte no era un evento, sino una costumbre. El carnaval no se guardaba en un armario hasta que llegara la temporada: se vivía todo el año. Tan pequeña empezó a bailar, que los recuerdos se le confunden con el sonido de la música. Antes de saber escribir, ya sabía moverse. Antes de entender la historia, ya la estaba contando con el cuerpo.

Fue cofundadora y bailarina del Ballet Folclórico Vallenato, y más tarde hizo parte de la Escuela de Danza Folclórica de Barranquilla. Allí conoció a Carlos Franco, un maestro de esos que no enseñan pasos, sino sentido. Un hombre que entendía el folclor como se entienden las raíces: desde abajo, con respeto y paciencia. Antes de eso, estuvo viviendo en Neiva, donde fue profesora de la Universidad Surcolombiana. Y aunque tiene una enorme trayectoria, llena de historias asombrosas, prefiere no dar tantas fechas para no delatar su edad.

Jenny recuerda con cariño los viajes que hizo con él a San Martín de Loba, Palenque, Guapi; pueblos donde el folclor no se aprende en salones con espejos, sino en las calles polvorientas, en los patios de las casas de palma, escuchando a los viejos. Franco no llevaba a cualquiera. Había que estar dispuesto a dormir y comer poco, a sudar, a ensuciarse los pies. Ella dejó atrás la comodidad y se lanzó a esa travesía que le enseñó que cada baile guarda una historia, y que cada ritmo es una memoria que se resiste a morir.

Entre el golpe seco del tambor y las voces sabias del pueblo, Jenny entendió que el carnaval no es solo alegría. También es resistencia, dolor transformado en belleza, herida vuelta movimiento. Es la cara más profunda del Caribe.

—¿Cuál es su danza favorita?

Jenny mira a un punto incierto antes de responder. Pasa la mano por su cabello negro, que no alcanza a rozarle los hombros. Siempre erguida, firme, seguro por todos esos años perfeccionando la postura en sus bailes. No tiene canas y en su voz, descansa una juventud aún no marchita.

—La cumbia —responde finalmente—. La practico desde muy pequeña. Claro, cuando yo era más chiquita yo movía los pies pa’ acá y pa’ allá.

Ella se ríe, recordando aquellos tiempos.

—Es más, te voy a echa’ una anécdota —dice—. Cuando yo estaba en el Ballet Folclórico Vallenato, yo me creía la mejor bailando cumbia. Yo marcaba con el pie derecho, imagínate tú… y aún así, yo era la reina de la cumbia. Hasta que llegó Carlos Franco y me bajó de esa nube.

Le puso una pañoleta en el piso, un libro en la cabeza, y le enseñó que la cumbia se baila con elegancia, con aire, marcando con el pie izquierdo. Que no es solo moverse: es contar una historia de enamoramiento, de cortejo lento, de respeto. Desde entonces, Jenny habla de la cumbia como se habla de un amor viejo: con cuidado, con admiración, pero, sobre todo, con conocimiento.

De la Norte al Carnaval
En enero de 1986 recibió una llamada que le cambiaría el rumbo. Desde la Oficina de Bienestar Universitario de la Universidad del Norte la citaron a una entrevista para liderar el Grupo Folclórico Uninorte. Nerviosa, con el corazón acelerado, se sentó frente a Alfonso Freidel, director de Bienestar Universitario, y habló de sueños, de tradición, de identidad. Desde ese día, Jenny no ha dejado de sembrar carnaval: como directora, como profesora y como guardiana de una herencia que se transmite paso a paso.

En 2010 creó la comparsa De la Norte al Carnaval, integrada por funcionarios de la universidad. Ocho años, ocho Congos de Oro. Ocho veces tocar el cielo del carnaval. A la par, estudió historia del arte, porque Jenny no habla desde el orgullo ciego, sino desde el conocimiento profundo. Un conocimiento que puedes leer en cada una de sus arrugas, una manifestación del esfuerzo por conservar sus raíces.

Por eso dice que todo barranquillero tiene “autoridad” para bailar una cumbia, un mapalé o un garabato. Porque el carnaval se aprende viéndolo, viviéndolo, gozándolo desde pelao.

—Es muy lindo ver la creatividad del coreógrafo barranquillero —dice—. Tú te diviertes viendo la variedad de pasos, la sonrisa del bailarín. Ahí está la esencia.

El carnaval también le ha devuelto mucho. Desde el 2000 hasta el 2024 ha sido jurado de comparsa de cumbia, mapalé, congo, garabato, danzas y fantasía durante carnavales. Ha visto pasar generaciones enteras frente a sus ojos, bailando lo que un día aprendieron en un salón, en un ensayo, en una tarde cualquiera que terminó siendo historia.

—¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?

—Ver a mis estudiantes en el carnaval. Eso es un orgullo. Saber que lo que un día soñé se está haciendo realidad.

Para Jenny, el carnaval educa. Enseña valores, historia, identidad. Les recuerda a los jóvenes de dónde vienen y por qué es necesario seguir bailando, seguir tocando, seguir contando estas historias con el cuerpo.

—El carnaval es un espacio para conocernos. Es un recorrido de lo que significa ser colombiano.

Y entonces uno entiende que el Carnaval de Barranquilla no se baila solo cuatro días al año. En personas como Jenny Pineda, el Carnaval se baila toda la vida.

Carnavacracia: el sentir de un pueblo

Carnavacracia: los ojos de un pueblo

Publicado 18 febrero, 2026

Desde hace más de un siglo, el Carnaval de Barranquilla vive en el corazón de los barranquilleros. No es solo una fecha marcada en el calendario, sino una herencia que late durante todo el año.

A través de las voces de Jenny (directora del Grupo Folclórico Uninorte), Jessica (comunicadora social), Ricardo (Rey Cívico en 2024) y Joyce (maquillista), esta fiesta se revela no solo como una celebración, sino como una verdadera forma de vida.

PERFILES

Jenny Pineda Fernández
Jenny Pineda Fernández

“El Carnaval es un espacio para conocernos. Es un recorrido de lo que significa ser colombiano.”

Jessica Gutiérrez Sánchez
Jessica Gutiérrez Sánchez

“Yo la entiendo, porque ser reina es el sueño de muchas. Es mi sueño.”

Ricardo Arango Gómez
Ricardo Aragón Gómez

“El Carnaval de Barranquilla es un puente. Un puente entre el pasado y el presente, entre el barrio y el mundo, entre el dolor y la esperanza”.

Joyce Lambuley Jimenez
Joyce Lambuley Jimenez

“Yo convierto en carnavalero a todo el que conozco, es una de las formas en la que aporto a la mejor fiesta del mundo.”

CRÉDITOS

Arytsha Aholibama
Arytsha Aholibama

Editora General
y Redactora

Charlotte Blanco
Charlotte Blanco

Fotografía y
Diseñadora

Miguel Castaño
Miguel Castaño

Diseñador Web