Sacrificio - Tradición y Fe

Sacrificio

La devoción llevada al límite físico en Santo Tomás: El rito, la carne y la redención.

Documental

Secciones de Sacrificio

El traje del flagelante

Infografía del Traje del Flagelante

Secciones de Sacrificio

1. Documental 2. El traje del flagelante 3. Crónica 4. Recorrido

El peso de una promesa:
Sangre y fe bajo el sol de Santo Tomás

Por: Nicolás González

Caminar por la vía de la ciénaga en Santo Tomás un Viernes Santo es entender que aquí la fe no se reza, se suda. El aire es pesado, el calor sofoca y el silencio solo se rompe por un sonido seco que se queda grabado en la memoria: el golpe del látigo contra la espalda. No es un espectáculo para cualquiera, pero para quienes están allí, es el lenguaje crudo con el que hablan con su divinidad.

En medio del camino, bajo un sol inclemente, avanza un hombre cubierto de pies a cabeza con una túnica blanca. A pesar del polvo y el esfuerzo físico evidente, mantiene una dignidad que impresiona a los presentes. Al hablar con él entre sus descansos, su voz revela una mezcla de cansancio extremo y una paz inexplicable. Confiesa que su motivación es pura penitencia; no es un acto impulsivo, sino un compromiso que cumple cada dos años. Para este hombre, el dolor de las heridas abiertas parece ser lo de menos cuando lo que está en juego es una promesa que solo él y su fe conocen.

Sin embargo, el camino de la Santa Cruz no está pavimentado únicamente con devoción. Mientras el equipo de producción seguía el rastro del penitente, la tensión en el ambiente se hacía evidente. No todos los que observan lo hacen con respeto o fe. Entre la multitud, las voces de rechazo se escuchan con claridad: "No estoy de acuerdo con esto", comentan algunos espectadores, quienes ven en la flagelación una práctica dolorosa que debería pertenecer al pasado.

Esa fractura entre la tradición ancestral de los abuelos y la sensibilidad moderna es lo que define hoy a Santo Tomás. Al final de la jornada, cuando el flagelante se retira a sanar sus heridas en la intimidad, queda en el aire una pregunta que el pueblo aún no resuelve: ¿Hasta dónde llega el límite entre la cultura y el sacrificio personal? Lo que es seguro es que, mientras existan promesas por pagar, el látigo seguirá sonando sobre el polvo de la ciénaga.

Procesión y Fe en Santo Tomás

El Paso del Penitente

Secciones de Sacrificio

Tradición y Fe - Santo Tomás

Milagro

Crónicas de fe, penitencia y tradición en Santo Tomás.

Entre la fe y el límite:
La historia de Sergio Guete

Por: Jennifer Acosta

Sergio Guete

El calor cae pesado sobre la calle de la ciénaga, en el municipio de Santo Tomás, Atlántico. A lo lejos, entre el canto intermitente de los pájaros y el zumbido constante de las motos, la vida transcurre con normalidad. Nada, en apariencia, delata que, en ese mismo recorrido polvoriento, cerca del llamado puente Brooklyn, durante años un hombre caminó descalzo, golpeando su espalda hasta hacerla sangrar como acto de fe.

A pocos minutos de allí, en una casa modesta, vive Sergio Manuel Guete de la Hoz, de 76 años. Viste una camiseta de la selección Colombia y habla con una calma que contrasta con la dureza de su historia. No es un desconocido en el barrio: todos saben quién es, todos saben lo que hizo.

Llegar hasta él no fue inmediato. Fueron cuatro visitas, tres en marzo y una a comienzos de abril, antes de que su relato comenzara a fluir con mayor confianza. La primera vez, el silencio pesaba más que las palabras. Con el tiempo, y quizá con la familiaridad, Sergio fue abriendo fragmentos de una vida marcada por la penitencia.

“Yo comencé a flagelarme porque mi papá era penitente”

Su historia no inicia como una decisión individual, sino como una herencia que no eligió del todo, pero que terminó asumiendo. Tras la muerte de su padre, no solo quedó el recuerdo, sino también una deuda espiritual: las mandas que no alcanzó a pagar.

En su casa, esa deuda no era un asunto menor. Era una responsabilidad que parecía flotar en el ambiente, como algo que alguien debía asumir. Su hermano se negó. Él no. “Si tú no te vas a picar, yo sí le voy a pagar la manda a mi papá”. Recuerda Sergio su dialogo con el hermano.

No se trató únicamente de fe, sino de una mezcla de lealtad, temor y compromiso. En su relato se percibe que no cumplir no era una opción tranquila. Había una idea latente de consecuencia, de algo pendiente que debía cerrarse. La flagelación, entonces, no solo era un acto de devoción, sino una forma de responder a una ausencia, de honrar lo que su padre dejó inconcluso.

Pero esa primera decisión no fue la única. Con el tiempo, las mandas dejaron de ser solo una herencia y se convirtieron en un recurso. Cuando la enfermedad tocó a su familia, volvió a acudir a lo mismo. “Le pedí a nuestro Señor Jesucristo que le arreglara la boca a mi hijo… y que yo pagaba la manda de por vida”.

Ahí la práctica dejó de ser pasado y se volvió presente. Ya no era solo por su padre, sino por su hijo, por su familia, por la esperanza de que el dolor pudiera transformarse en alivio. Y así, casi sin darse cuenta, la fe se convirtió en un camino del que no era fácil salir.

Cada Viernes Santo, Sergio recorría descalzo la ruta entre El Caño de Las Palomas y La Cruz Vieja. Siete cruces marcaban el camino. En cada una, una penitencia. Cuarenta credos rezados mientras la arena caliente quemaba la planta de sus pies. La disciplina, un instrumento de flagelación, golpeaba su espalda una y otra vez.

“Los primeros golpes se sienten… después ya la carne se duerme”, explica sin dramatismo. Pero el dolor no era solo físico. Antes de empezar, el cuerpo temblaba. “Le dan nervios a uno… el corazón se acelera”, recuerda Sergio. Aun así, avanzaba: dos pasos hacia adelante y uno hacia atrás. Un ritmo que, más que caminar, parecía una forma de resistir.

Con el tiempo, algo cambió. La pandemia interrumpió la tradición. Funcionarios de salud del municipio prohibieron la salida y realizaron visitas puerta a puerta a quienes practicaban la penitencia. Dos años después, aunque la práctica volvió, Sergio ya no se sintió parte de ella. “Antes eran ocho o diez… ahora son veinte, treinta. Eso ya no es penitencia”, afirma con seriedad.

Lo que para algunos sigue siendo devoción, para él perdió sentido. Habla de desorden, de gente que, según su percepción, ya no paga promesas, sino que participa por dinero. La fe dejó de ser el centro.

Pero hay silencios que su voz no llena… Al terminar la conversación, su hija revela lo que él no mencionó: Sergio ha estado perdiendo la visión en un ojo. La dificultad para ver, sumada a su edad, hacía cada vez más riesgoso el recorrido. Sus hijos, preocupados, tomaron una decisión silenciosa pero firme: esconder sus vestimentas de flagelante. No querían arriesgarlo más.

En un barrio que para muchos puede parecer inseguro, pero que para él es hogar, Sergio guarda aún sus implementos. No los ha soltado del todo. Habla de la posibilidad de volver, de las consecuencias de no cumplir una manda. La fe, en él, no se apaga con facilidad. Sin embargo, su cuerpo ya no responde igual.

Hoy, su historia queda suspendida entre lo que fue y lo que ya no puede ser. Entre la devoción heredada y el límite inevitable del tiempo. Entre la herida abierta de la fe y el silencio de quien, después de 40 años, dejó de flagelarse.

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Mauricio Castellanos

Entre la fe y la promesa:
La historia de Mauricio

Por: Jennifer Acosta

La brisa sopla con fuerza en la plaza principal de Santo Tomás. El cielo amenaza con lluvia y el ambiente parece contenerse en una calma extraña. La gente pasa, mira de reojo, pero no interrumpe. En medio de ese movimiento silencioso, Mauricio Castellanos Cerpa habla con serenidad, como si el ruido del mundo no lograra tocarlo. Viste una camiseta clara, de tonos sobrios, propios de quien viene de un velorio. Aun así, su voz no se quiebra. Es firme, cercana, segura.

“Aquí uno promete una manda… uno le pide a Jesús de Nazaret por un familiar”, dice, como quien ha repetido esa explicación muchas veces. Para Mauricio, la fe no es un discurso abstracto, sino un compromiso que se asume con el cuerpo. “Yo me flagelé diez años… siete primero y tres que terminé el año pasado”, añade, sin énfasis, pero con la certeza de quien cumplió.

Su historia comienza en un hospital, en medio de la incertidumbre. “Mi hermana la operaron de corazón abierto un lunes y la iban a volver a abrir el martes. Yo le pedí a Jesús de Nazaret que si se salvaba… yo me flagelaba seis años”. Hace una pausa breve, como si aún midiera el peso de esa promesa. Luego aclara una regla que, para él, es incuestionable: “Pero esto no puede terminar en par. Si uno pide uno, paga tres. Si pide cinco, paga siete. Yo pedí seis… y pagué siete”.

Años después, la historia se repitió con otro matiz. “Mi compañera tenía cáncer de garganta. Yo le pedí que si se mejoraba… me flagelaba dos años. Pero me tocó pagar tres. Gracias a Dios, ella está bien”. En su voz no hay dramatismo ni orgullo, solo una tranquilidad que parece venir del deber cumplido.

“Nunca se entra ni se sale de espalda”

La preparación para la flagelación comenzaba mucho antes del Viernes Santo. Desde el domingo de Ramos, Mauricio iniciaba un proceso de ayuno y disciplina personal. “Desayunaba a las diez u once… para que cuando llegara el viernes no sintiera ansiedad. Ni un tinto pasaba por mi estómago”, explica. El día del ritual empezaba de madrugada. “A las cinco de la mañana me levantaba, me bañaba, organizaba todo… el pollerín, el capirote, la disciplina, el alcohol”. Colocaba cada elemento sobre la cama con el mismo cuidado con el que un estudiante organiza sus útiles.

A las siete y media ya estaba listo. “Cogía mis cosas y me iba a pagar la manda”. El recorrido iniciaba en el Caño de las Palomas, donde el ambiente cambiaba de inmediato. “Uno llega allá, encuentra la cruz, se cambia… yo hacía un calentamiento, me echaba alcohol, me movía… ya después me ponía el capirote, rezaba y salía”. Todo tenía un orden preciso.

El trayecto, de aproximadamente dos kilómetros, se realizaba descalzo sobre la arena caliente. No era un caminar cualquiera. “Son cuatro pasos hacia adelante y tres hacia atrás… ahí uno va”, explica, describiendo un ritmo que ralentiza el avance y prolonga el esfuerzo. Detrás, siempre, el guía: “El guía va indicándole a uno cómo va, si va bien, si se está desviando… el guía es primordial”.

A lo largo del camino aparecen las siete cruces, cada una cargada de simbolismo. “Las siete cruces representan los siete viernes de la cuaresma… todo es siete”, repite. En cada una, el cuerpo se detiene, se arrodilla, reza. Sin embargo, llega un punto en el que la resistencia física cede ante la exigencia del ritual. “Cuando los lomos están inflamados, a uno lo cortan… una sola vez”. No hay titubeo en su explicación: “Son siete cortadas. Cuatro de un lado y tres del otro. Todo es siete”.

Y aunque ya no camine descalzo ni golpee su espalda, su vínculo con la práctica permanece intacto. Porque, para Mauricio Castellanos Cerpa, las promesas no son palabras que se lleva el tiempo. Son compromisos que se cumplen, incluso cuando el cuerpo ya no vuelve a sangrar.

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La Tradición de los Flagelantes:
Una herencia que continúa

Por: Isabella Losada

Tradición flagelantes

Cada Viernes Santo, en el municipio de Santo Tomás, Atlántico, en Colombia, se lleva a cabo una costumbre que representa sacrificio físico, recorriendo sus calles y generando un debate entre el mundo sobre el ritual religioso. Los flagelantes, hombres y mujeres que se golpean públicamente como un acto de penitencia, representan una de las manifestaciones más fuertes de devoción popular en el Caribe Colombiano.

Mientras que algunos defienden esta costumbre como una muestra profunda de fe, otros la critican desde la perspectiva religiosa y la visión actual. Lo cierto es que, en lugar de desaparecer, esta práctica permanece presente, sostenida por la convicción de quienes la practican y por la conexión cultural en la comunidad.

Desde muy temprano, el ambiente en el municipio empieza a cambiar. Las calles se llenan de personas que esperan que comience el recorrido, algunos por devoción y otros por curiosidad. El silencio se combina con murmullos hasta que finalmente, llegan los penitentes. Muchos de ellos ocultan su rostro, protegiendo su identidad, mientras sostienen los objetos con los que se autoinfligen y cumplen su promesa.

El camino avanza con lentitud, y con cada paso, el sonido de los golpes interrumpe la rutina del lugar. No es un acto improvisado, por el contrario, es una práctica con un profundo significado para los que la llevan a cabo, representando a lo largo del camino, el mismo sufrimiento que llevó a Jesús hasta su muerte.

Los participantes afirman que la flagelación es un "manda", una promesa hecha a Dios en tiempos difíciles o como agradecimiento por favores recibidos. En este contexto, el dolor no se ve como un castigo, sino como una vía de conexión espiritual hacia Dios. Así, la práctica se convierte en un lenguaje simbólico mediante el cual los creyentes manifiestan su fe, su culpa o su deseo de liberación.

Joaquín Arturo García, exflagelante, recuerda su experiencia y la decisión muy personal que lo llevó a tomarla, influenciada por la fe y la tradición. Durante varios años formó parte de la procesión, repitiendo un ritual que había visto desde pequeño, por su padre y que, en su momento, eligió hacer propio. "No lo haces para mostrarlo, lo haces porque lo sientes. Es una promesa que le haces a Dios y que debes cumplir, aunque duela", asegura. Para él, el acto de flagelarse era un compromiso religioso que iba más allá de lo físico.

Sin embargo, su elección también tuvo repercusiones en su entorno familiar. Aunque es una práctica personal, no se lleva a cabo de manera aislada. La familia, los vecinos y la comunidad son parte de la experiencia, ya sea como espectadores, acompañantes o críticos.

Jesús Enrique Hernández, primo de Joaquín, vivió esta situación desde una perspectiva diferente. "Para la familia no es sencillo. Uno entiende que se hace por fe, pero verlo lastimándose genera preocupación. Mi tía sufría mucho cada vez que él participaba”, cuenta Jesús. Con el tiempo, este ritual también provocó charlas en la familia sobre los límites entre la religión y el bienestar personal.

A lo largo de los años, la tradición de los flagelantes ha sufrido tensiones con las instituciones religiosas. En 1968, el entonces arzobispo Germán Villa Gaviria intentó prohibir esta práctica, argumentando que la penitencia no debería incluir daño físico ni realizarse de manera pública. A pesar de los esfuerzos por erradicarla, la costumbre siguió viva, reafirmando su arraigo cultural y devocional en el municipio de Santo Tomás.

Hoy por hoy, la tradición de Santo Tomás sigue desafiando el paso del tiempo y las posturas de la modernidad. Para los penitentes, no se trata de dolor sin sentido, sino de un canal profundo de expiación, una marca imborrable en el cuerpo que da testimonio del poder indomable de sus creencias.

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La voz de:
un ex guía de los flagelantes

Por: Vanesa Bravo

El sol se siente más fuerte de lo normal en las calles de Santo Tomás, Atlántico. El calor es casi insoportable y hace más lento el paso y en medio de ese ambiente pesado, los flagelantes avanzan. No hablan, solo caminan, marcando un ritmo que no todos logran entender.

Manuel Pérez Mendoza, ex guía del recorrido de los flagelantes, lo explica desde la experiencia. Ha visto de cerca esta tradición y sabe que no hay una sola manera de interpretarla. “La forma del flagelante se visualiza diferente”, dice, dejando claro que el significado depende de la fe de cada persona.

Los llamados siete pasos no son una repetición exacta de las procesiones católicas. Aunque recrean el camino de Cristo, aquí tienen otro valor. “Yo lo veo más como un concepto de fe”, afirma Manuel. En esa idea se sostiene la práctica, cada flagelante camina su propia creencia, su propia forma de entender el sacrificio.

El movimiento del cuerpo también habla. Los pasos hacia adelante y hacia atrás recuerdan el viacrucis, ese camino de Jesús hacia la crucifixión. “Eso sí lo hacía Jesucristo en su marcha”, señala Manuel, pero aclara que el recorrido del flagelante es distinto. No es una copia, sino una interpretación.

“Nadie les enseña a caminar así. No hay reglas escritas ni instrucciones formales. Esto es empírico”

Cada persona aprende desde su experiencia, observando y sintiendo, construyendo su propia manera de recorrer el camino.

Pero no todo es simbólico. El cuerpo también sufre. El sol, el calor y el paso del tiempo hacen del recorrido una prueba física exigente. Muchos inician sin haber comido, con el cuerpo debilitado. Caminan durante horas en esas condiciones. “El cuerpo está deshidratado y débil”, dice Manuel, recordando cómo incluso los más experimentados pueden perder la coordinación. A veces, la mente quiere continuar, pero el cuerpo no responde.

Aun así, siguen. Porque lo que los mueve no es solo la resistencia, sino la fe. Una fe que, según Manuel, suele ser malinterpretada. “Que se refleje no como un acto de barbarie, sino como un acto de contrición y de fe”, insiste.

En ese intento por comprender la tradición, también aparecen voces del mismo municipio, como la de Pedro Conrado Cudri, sociólogo y poeta de Santo Tomás, cuyos apuntes (mencionados por el propio Manuel) ofrecen otra forma de interpretar esta práctica desde los saberes del pueblo. Este personaje, defiende que la actividad de los penitentes no es simple masoquismo, sino una manifestación colectiva de fe y un "sacrificio individual" enfocado en pagar mandas (promesas por la salud o milagros familiares) que define la identidad de la banda oriental del departamento del Atlántico.

Al final, el recorrido de los flagelantes no es solo un acto que se observa, sino una experiencia que se vive. Cada paso, cada pausa y cada gesto encierra una historia distinta. Y en medio del cansancio, del calor y del silencio, permanece lo esencial que es la necesidad de creer.

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Juicio

Perspectivas, voces y el posicionamiento de la iglesia frente a la tradición.

Miradas:
identidad, flagelantes y Santo Tomás

Conversación con Blas Mejía y Pedro Conrado sobre Santo Tomás, la identidad ligada a los flagelantes y a distintas perspectivas (desde la sociología, antropología y teología) sobre la tradición.

Voces del pueblo:
¿qué opina Santo Tomás de sus flagelantes?

Bajo el ojo de la iglesia:
Institución vs Tradición

Todos los Viernes Santos en Santo Tomás se ven pasar por las calles los flagelantes o penitentes, personas que, en medio de su religiosidad, creen pertinente autoinfligirse dolor en nombre de un milagro cumplido, para saldar una deuda o, por su nombre, una manda.

Es una práctica que tiene sus raíces en la religión. Fue traída desde Europa y en Santo Tomás se practica desde el año 1773. Según la Radio Nacional de Colombia, llegó de la mano del sacerdote Sebastián Balocco.

A pesar de su origen religioso, desde hace bastante tiempo la Iglesia, como institución, desaprueba fervientemente esta práctica, llegando incluso a ser prohibida por el obispo de Barranquilla en 1968, según Señal Memoria.

Incluso con la prohibición, los flagelantes, en búsqueda de redención y milagros, han logrado mantenerse hasta la actualidad, mientras la Iglesia sigue buscando la manera de redireccionar estos esfuerzos.

Adalberto Reales es el padre a la cabeza de la parroquia Santo Tomás de Villanueva, una de las iglesias del pueblo. En 2026 cumple su quinto año en Santo Tomás. A pesar de no haber nacido allí, estaba al tanto de las actividades de los Viernes Santos y menciona que dentro del municipio existe una especie de matrimonio entre los carnavales y las cuestiones religiosas.

Lo que le sorprende es que la práctica continúe, a pesar de ser desaprobada por la Iglesia: “la Iglesia nunca aprobó ese tipo de prácticas”. También añadió que la Iglesia propone una ascesis cristiana auténtica, como el ayuno, las penitencias o pequeñas mortificaciones, pero nunca al extremo de la flagelación.

Tanto el ayuno como las pequeñas mortificaciones son prácticas incómodas, pero, a diferencia del flagelamiento, son percibidas como una ascesis positiva, pues están encaminadas al dominio de sí mismo. El padre también menciona que estas prácticas son compartidas con otras religiones, como la musulmana y la judía.

El límite, según el padre, recae en no caer en los excesos, y recalca que ninguna de las actividades que realizan las personas para acercarse a Dios es esencial ni debe percibirse como una deuda: “Porque al final Dios nos conoce, conoce nuestros corazones. El Señor lo que quiere es que la gente vaya a Él, primero que todo con libertad, con voluntad y con una apertura de corazón. Pero Él no necesita nada de nosotros, o sea, que nosotros tengamos que pagarle algo. No, Él no necesita absolutamente nada”.

Menciona igualmente que el cristiano no es sadomasoquista. En cambio, el sufrimiento que padecen las personas cristianas viene de las consecuencias de “vivir con radicalidad el evangelio”: sacrificios asociados a la fidelidad y al seguir la voluntad de Dios que, según el padre, muchas veces implican críticas, sorna y persecución. De esta forma, el lazo del cristianismo con el sufrimiento debería vivirse de una manera más espiritual, en lugar de manifestarse como dolor físico.

Estas manifestaciones también representan un riesgo para la Iglesia. El religioso expresó su inconformidad con que las personas continúen en la creencia errada de que la Iglesia aprobaba o incluso promocionaba este tipo de comportamientos, y señaló que conllevan a una “deformación de la fe”. Con esto, el padre se refiere a que, en su experiencia, la mayoría de los flagelantes activos no lo hacen en búsqueda de un milagro propio, sino en nombre de alguien más: “Es como algo comercial, es como un servicio… es decir, es como una labor que ellos desempeñan… ciertas personas que ya se han graduado de flagelantes o de flagelados para ofrecerse a quien requiera de su servicio”.

Desde la parroquia vienen trabajando año tras año para que la práctica cese. Se busca hacer acompañamientos desde lo pastoral para que la persona “purifique su fe”. El padre comentó que desde las homilías se trabaja en la predicación para dar una dirección espiritual: “Desde cada celebración que hacemos, no solamente en el templo, sino también en los sectores, aprovechamos todas las oportunidades posibles para ir haciéndole ver a la gente que estas prácticas no son queridas por el Señor, que no tienen fundamento bíblico, que distorsionan su fe y que incluso generan un daño al cuerpo, que es querido por el Señor”.

Si bien la iglesia sigue buscando que esta practica baje, las personas que lo practican se sienten con promesas a cumplir y una muestra de devoción. Puede saber más sobre este punto de vista en:
Entre la fe y el límite: la historia de Sergio Guete

Iglesia de Santo Tomás

Parroquia Santo Tomás de Villanueva.

Que nunca llegue la semana

Por Laura Martínez

Imagen Crónica Andrés

Para la mayoría de los niños, la Semana Santa es un tiempo en familia, de descanso y vacaciones. Para Andrés Buriticá, de 22 años, tenía otro significado: era la semana más trágica del año.

Andrés creció en Barranquilla, pero su familia de parte de papá es de Santo Tomás, un municipio del Atlántico donde cada Viernes Santo un grupo de personas se cubren el rostro con un velo blanco y dándose latigazos recorren la Calle de la Amargura mientras las personas ven su espalda hasta sangrar. Su padre y su abuelo hacían parte de esto durante años.

Lo que un niño no asimila

Cuando Andrés era pequeño, no entendía todo lo que estaba pasando, ya que todo lo veía desde su inocencia. Él recuerda que su papá iba a Santo Tomás en Semana Santa y sabía que era algo importante en su familia, ya que antes de su padre irse hablaba con ellos como familia y les explicaba acerca de la fe y los sacrificios. Pero aun así ellos todavía no terminaban de comprender. Su padre le explicó, luego de que ellos le hicieran una pregunta incómoda, a lo que él les respondió que lo hacía por fe. Para Andrés, esa respuesta no lo tranquilizaba del todo. Ver a alguien de tu familia elegir el dolor voluntariamente es difícil de asimilar a cualquier edad, pero especialmente cuando eres un niño.

El abuelo de Andrés había comenzado a flagelarse hace muchos años cuando era joven por una razón distinta a la devoción. En ese entonces pagaban dos pesos por hacerlo, y él utilizaba ese dinero para comprarse, como lo describe el propio Andrés, "sus cositas". Con el tiempo, al adentrarse más en la religión y tras hablar con el cura de su iglesia, que en esa época él lo impulsó a hacerlo, dejó a un lado el interés económico y comenzó a hacerlo por fe. Esa transformación fue la que le dio peso a la flagelación dentro de la familia. Sin embargo, cuando la familia se mudó a Barranquilla, se perdió la costumbre. La distancia y la nueva vida en la ciudad complicaron las cosas. Andrés nunca ha presenciado un Viernes Santo en Santo Tomás. Por parte de su familia materna, cuenta, el tema ni siquiera se aborda.

Lo que dice la Iglesia

Si miramos dentro de la iglesia, el padre Alfonso, de la parroquia Inmaculado Corazón de María nos da una reflexión:

"El dolor no acerca más a Dios, pero sí revela hasta dónde una persona está dispuesta a llegar por lo que cree."

Esa frase resume lo que Andrés fue entendiendo con los años. Su papá no elegía el dolor por masoquismo ni por tradición vacía. Elegía el dolor porque era su forma de decir algo que las palabras no alcanzaban.

Actualmente

Hoy, con 22 años, Andrés puede hablar de esto con madurez y sin emociones encontradas. Ya no es el niño que no entendía por qué su papá elegía el dolor cada Semana Santa. Ahora sabe que detrás de cada látigo hay una historia, una promesa y una familia entera que transmitió algo que consideraba sagrado. No tiene que haberlo vivido en carne propia para entender que eso también lo formó.

En la familia Buriticá, la tradición llegó hasta una generación que creció en otra ciudad. Pero la memoria, esa sí, no se fue a ningún lado.

Origen

Raíces y significado de la flagelación en Santo Tomás.

Contexto e Historia:
Video Explainer

Evolución de la Fe:
Línea de Tiempo

1258–1260

El origen

En una Italia devastada por el hambre y la peste, surgen en Perugia los primeros grupos que se azotan públicamente para expiar pecados colectivos.

1296

La expansión

El movimiento se extiende a Austria y Alemania con procesiones de hasta 10.000 personas que recorren ciudades flagelándose hasta sangrar.

1347–1348

La Peste Negra

La Peste Negra, que mató a un tercio de Europa, dispara el número de flagelantes. Creían que el sufrimiento físico autoinfligido purificaba los pecados que causaban la epidemia.

1349–1418

La herejía

El papa Clemente VI los declara herejes con la bula "Inter sollicitudines" (1349). El Concilio de Constanza les da la condena absoluta en 1418, aunque grupos ortodoxos persisten en Italia y Francia.

1492

La llegada a América

Con el inicio de la evangelización española, dominicos, franciscanos y jesuitas introducen la autoflagelación como práctica de penitencia. Llega primero a México y Nicaragua, luego a Suramérica.

1661

El Caribe colombiano

La orden agustina administra la Diócesis de Cartagena e introduce las mandas en municipios del Atlántico como Malambo, Tubará y Usiacurí.

1773

Santo Tomás

El sacerdote agustino Sebastián Balocco llega a Santo Tomás e implanta la flagelación en Semana Santa. Los primeros en flagelarse habrían sido Tomás Berrío y Tomás Manotas. Desde entonces la procesión no ha parado.

1968–hoy

La tradición viva

La Diócesis de Barranquilla prohíbe los flagelantes y suspende actos religiosos por 7 años. Esto dispara su popularidad. Hoy más de 20.000 visitantes llegan cada Viernes Santo a la Calle de la Amargura.

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