Salud en trabajadores del área de la salud en horarios nocturnos

Realizado por Wilmer Ortiz, Azucena Rubiano, Juan Sánchez y Jotan Mercado · Vigilia

El trabajo nocturno se ha convertido en una pieza fundamental de las economías modernas. Sectores como la salud, la seguridad y los servicios dependen de jornadas que obligan a miles de trabajadores a romper con el ciclo natural del día. Barranquilla cuenta con una amplia red de profesionales de la salud que sostienen la atención médica durante las madrugadas, entre ellos María Camila Paternina Mendoza, estudiante en prácticas de medicina, quien ha experimentado de primera mano los efectos físicos y emocionales de estas jornadas.

¿Qué conlleva trabajar en estos horarios para los trabajadores de la salud?

El reloj biológico

El cuerpo humano está regulado por el ritmo circadiano, un sistema biológico que sincroniza funciones como el sueño, la temperatura corporal y la secreción hormonal con el ciclo de luz y oscuridad. Alterar este ritmo, como ocurre en el trabajo nocturno, genera desajustes fisiológicos importantes que afectan tanto el bienestar físico como el desempeño laboral.

La ansiedad

La ansiedad se ha convertido en uno de los indicadores más claros del deterioro de la salud mental entre los profesionales de la salud que trabajan en horarios nocturnos. Lejos de ser un efecto aislado, los datos muestran que se trata de un fenómeno estructural asociado a las condiciones propias de este tipo de jornada.

En un estudio aplicado a personal sanitario en Ecuador (Guamán y Manzano, 2024), el 34,78% de los trabajadores nocturnos presentó niveles significativos de ansiedad , según la subescala de Goldberg.

Aunque más de la mitad de los encuestados no se identificó inicialmente como “nervioso” o “irritable”, los síntomas físicos y conductuales revelan otra realidad. Entre las principales manifestaciones aparecen los dolores de cabeza (30,43%), la dificultad para dormir (21,74%) y las manifestaciones vegetativas (13,04%), evidenciando una ansiedad que muchas veces permanece invisibilizada dentro de las dinámicas laborales y que aparecen como expresiones concretas de esta ansiedad latente.

La distribución de la ansiedad tampoco es homogénea. Los datos evidencian una concentración en los perfiles más exigidos del sistema: médicos y enfermeros representan el 60,87% de los casos , lo que sugiere una relación directa entre responsabilidad clínica, carga laboral y afectación emocional.

A esto se suma una variable generacional clave: casi el 70% de los casos se concentra en trabajadores entre 25 y 29 años , un grupo que, paradójicamente, se encuentra en las primeras etapas de su vida profesional y aún así debe enfrentar exigencias físicas y psicológicas en un momento determinante de su desarrollo laboral.

María Camila al estar en sus prácticas profesionales ha expresado los diversos efectos que le genera el hecho de tener que trabajar en un horario como el nocturno en el que el agotamiento físico, fatiga, cansancio mental están presentes en su rutina diaria y que ha tenido que saber solucionar para poder ejercer su trabajo.

El componente de género también marca diferencias importantes. Las mujeres reportan mayores niveles de ansiedad (22%) frente a los hombres (17%), lo que puede estar vinculado tanto a factores biológicos como a la doble carga laboral y doméstica que enfrentan muchas trabajadoras del sector salud.

A esto se suma un entorno laboral altamente exigente. El 91,30% de los trabajadores reporta una alta carga laboral , mientras que la falta de equipos estables y el irrespeto por los ciclos de descanso profundizan el desgaste psicológico asociado a estas jornadas.

En este contexto, la ansiedad no aparece como un trastorno individual, sino como una respuesta lógica a condiciones laborales que tensionan de forma constante al trabajador.

El precio del trabajo nocturno

Realizado por Alejandra Castro, Ana Venegas e Isabella Puerto · Vigilia

El mercado laboral nocturno en Barranquilla (y en Colombia) no solo implica un cambio de ritmo, sino una estructura de costos y beneficios definida por la ley. Durante toda la noche, miles de trabajadores operan bajo un régimen de recargos que busca compensar el desgaste físico y mental. Sin embargo, detrás de esos porcentajes hay personas que pasan sus madrugadas trabajando mientras la ciudad duerme. Al analizar los datos de diferentes sectores, desde el clínico hasta el informal, se observa una brecha significativa en la formalización y la remuneración extra.

A sus 53 años, Pedro Pablo Mariota Rodríguez, el portero de un edificio residencial, sabe que trabajar de noche implica permanecer alerta durante horas. Aunque recibe los recargos establecidos por la ley, asegura que el desgaste va más allá de lo económico; sin embargo, también destaca que los recargos nocturnos han representado un alivio para su economía. Gracias a ese ingreso, ha podido brindar una mayor estabilidad a su familia y afrontar con más tranquilidad los gastos del hogar.

¿Cuánto vale la noche?

De acuerdo con la normativa vigente, el trabajo nocturno se define y remunera bajo los siguientes parámetros:

  • Horario nocturno: Es aquel comprendido entre las 19:00 y las 6:00 del día siguiente.
  • Recargo ordinario: Por el solo hecho de ser nocturno, el trabajo se remunera con un recargo del 35% sobre el valor del trabajo diurno.
  • Horas extra nocturnas: Si el trabajador supera su jornada ordinaria en este horario, el recargo asciende al 75% sobre el valor ordinario diurno.

Análisis por sectores: Salarios y beneficios

La siguiente tabla desglosa cómo se aplican estos recargos en profesiones y revela que, mientras los sectores de salud y seguridad mantienen una estructura formal, el sector de reciclaje opera totalmente al margen de estos beneficios.

ProfesiónEmpresaContratoSalario mínimo (aprox.)Recargo nocturnoHoras extra nocturnas
Médico de urgenciasHospitalFormal$2.353.910 / mes35%75%
EnfermeroHospitalFormal$4.072.884 / mes35%75%
PorteroSeguridad privadaFormal$1.218.154 / mes35%75%
Recogedor de basuraEmpresa de aseoFormal$1.114.554 / mes35%75%
Reciclador informalInformalInformal---

Trabajar de noche no vale lo mismo para todos.

Los datos del Observatorio Laboral y Computrabajo, junto con la visualización de salarios en SMLMV, muestran una realidad clara.

En el sector de la salud se evidencia una alta dispersión salarial.

  • Un médico puede ganar entre 1 y 9 salarios mínimos, dependiendo de su especialización y experiencia.
  • Una enfermera se mueve aproximadamente entre 1 y 5,1 salarios mínimos.
  • Sin embargo, un enfermero (hombre) varía entre 1 y 2,7 salarios mínimos.

Esta diferencia, visible en la visualización de datos, refleja que incluso dentro de un sector formalizado como el de la salud, las condiciones económicas no son homogéneas. Factores como el nivel de formación, la especialización y la trayectoria profesional amplían en una gran escala la brecha entre los ingresos mínimos y máximos, evidenciando una priorización interna de estos trabajos.

Por fuera de este sector, la situación es aún más restrictiva.

  • Un portero suele mantenerse alrededor de 1,14 salarios mínimos, con muy poco margen de crecimiento.
  • Lo mismo ocurre con los recogedores de basura, cuyo ingreso también se concentra en el mínimo, con 1,06 salarios mínimos.
  • En el caso del reciclador informal, ni siquiera existe un rango claro en las bases de datos; sus ingresos son variables, inestables y sin protección legal, lo que los deja completamente por fuera del sistema de recargos y beneficios.

El análisis de estos datos revela que la noche en Colombia no se experimenta de la misma manera para todos. Aunque la ley establece recargos del 35% y 75% como una forma de compensación, su impacto real depende directamente del nivel salarial y del tipo de empleo.

Las diferencias entre los ingresos de las ocupaciones analizadas permiten dimensionar cuánto puede representar realmente el trabajo nocturno en términos económicos. Sin embargo, también dejan en evidencia un vacío importante: la escasa información sobre las condiciones salariales en el sector informal.

El caso del reciclador informal, en particular, pone de relieve esta falta de datos y la dificultad de medir con precisión el impacto de la jornada nocturna en estos trabajadores.

Perfil

Código azul: La noche de una enfermera en urgencias

Mientras Barranquilla duerme, Luisa Márquez enfrenta noches marcadas por la urgencia. A través de su experiencia como enfermera jefa se revela el lado humano y emocional de quienes sostienen la atención médica cuando la ciudad parece detenerse.

DESLIZA

Realizado y fotografiado por Isabella Puerto Montes · Vigilia

El silencio de la madrugada en el pasillo de un hospital no es un silencio de calma, es un descanso frágil, en cualquier momento se puede quebrar y derrumbar, para Luisa, este descanso termina en el minuto que escucha el monitor, un pitido constante rompe el silencio.

“¡Código azul!”, gritan.

De inmediato el equipo de urgencias actúa con rapidez, ya todos saben que hacer y se dedican a realizar su labor de manera automática. Aunque pareciera que todos ya tienen memorizado los pasos como si fuera una coreografía, es un procedimiento que toma años de experiencia y de esfuerzo.

Luisa Márquez, enfermera, lleva ejerciendo su profesión desde hace 6 años y medio como la enfermera jefa del área de urgencias en el Hospital Juan Dominguez Romero. En cada turno, que empieza a las seis de la tarde y termina a las siete de la mañana, su primera tarea no es atender a los pacientes, sino entenderlos.

“Recibo a cada uno, reviso indicaciones, identifico pendientes y armo mentalmente el mapa de lo que será la noche”.

En su área todo cambia en cuestión de segundos, así que lo esencial es la preparación.

Su trabajo ocurre en movimiento constante. No hay pausas claras ni rutinas fijas. Puede haber momentos de relativa calma, pero basta la llegada de un herido o un paciente en estado crítico para que todo se transforme. En la noche todo se mueve con un ritmo diferente, lo que en el día pareciera que es “sencillo”, en la noche se transforma. Mientras la ciudad duerme, el equipo de urgencias se prepara para recibir todo tipo de emergencias, forzando a su cuerpo a estar en constante alerta y estrés crónico.

“El trasnocho siempre pasa factura. Son doce horas despierta, en movimiento constante”.

La urgencia exige habilidades específicas: paciencia para lidiar con pacientes alterados, rapidez para tomar decisiones inmediatas y resistencia para sostener turnos de doce horas sin descanso real. Y aunque en la noche todo es más complicado y se presentan más casos de alto riesgo no todo es malo, “en la noche uno alcanza a ver más la esencia de las personas. Hay más tiempo para observar, para entender al paciente”. Llega un punto en el que el cuerpo ya no da más, pero eso no impide el nivel de atención que Luisa se empeña en brindar.

Más allá del cansancio, el estrés y la paciencia que exige cada turno, este trabajo arrastra una carga emocional que no desaparece por más experiencia que se tenga.

“El caso que más me marcó fue el de un bebé de cuatro meses. Llegó con dificultad respiratoria y murió en la madrugada, bajo mi servicio”.

Y aunque sean casos duros e injustos, no hay mucho tiempo para detenerse y procesar lo que acaba de suceder: la rutina sigue y la noche vuelve a empezar.

Desde el área de urgencias del Hospital Juan Domínguez Romero, Luisa Márquez narra lo que significa trabajar de noche y lo que pocos alcanzan a ver de ese particular espacio de la ciudad donde pareciera que todo avanza más lento.

Su historia no está marcada por un solo turno, sino por noches acumuladas de cansancio, decisiones rápidas y emociones contenidas. En cada código azul, en cada paciente que llega al límite, no es solo un simple un procedimiento: es una prueba de resistencia y valentía. A pesar de todo habla de su trabajo con una mezcla de firmeza y sensibilidad, consciente de que, aunque muchas historias se apagan, son esas mismas noches las que le dan sentido a lo que hace.

Crónica

Sandoval: El peso de la seguridad nocturna

En la noche, cuando el silencio cubre las calles y todos en el conjunto duermen, Sandoval ejerce su trabajo como guardia de seguridad permaneciendo despierto en la portería mientras vigila todo lo que pasa.

DESLIZA

Realizado y fotografiado por Azucena Rubiano Mier · Vigilia

Uniforme sin arrugas, pantalón negro, camisa manga larga gris, una corbata negra con rayas amarillas en forma diagonal, pelo bajo, ojos redondos, una sonrisa encantadora, pero sobre todo no puede faltar un “Dios me lo bendiga”.

Él es Sandoval.

Aproximadamente a las 9 de la mañana es una hora donde las personas prefieren salir del conjunto en el que trabaja como guardia de seguridad y lo solicitan cuando llega un pedido que dejaron en la recepción. La atención al cliente es esencial porque, una palabra mal dicha, y habría gente enfurecida. Este no es el caso.

Regularmente las personas lo saludan y le dicen:

- “Buenaas”
- “¡Ey!, ¿todo bien Sandoval?”
- “Firme Sandoval”
- “¡Ohhh Sandoval ya supiste la nueva!”
- “¡Ohh! mi amigo Sandoval”

Expresiones así que te hacen pensar que es una persona muy dada con la gente. De esas personas que conoces, sientes su carisma y siempre les gusta estar alegre.

Hoy a las nueve de la noche el turno nocturno de Sandoval comienza. El ambiente frío en portería es común a esta hora; el viento mueve los árboles con fuerza, se escucha la puerta abrirse cada treinta minutos por algún residente, hasta que, después de un tiempo, todo está en silencio y Sandoval dice:

“A esta hora no pasa mucho, es un poco tediosa, aburrida.”

Todo estaba cerrado y lo que se escuchaba era el sonido del walkie-talkie por donde su jefe le daba instrucciones de mirar por las cámaras de seguridad e inspeccionar que no haya accidentes o intrusos.

Su mirada se enfocaba en hacer bien su trabajo a esta hora porque solo se le podía preguntar cosas puntuales para indagar más sobre él y luego se ponía a mirar cada una de las cámaras. Sandoval es un hombre cumplido con lo que hace y, si hay un problema, él va a solucionarlo.

Él ingresó como guardia de seguridad en el año 2021 tras haberse quedado sin su trabajo. Siguió buscando ofertas de empleo, pero no consiguió, hasta que un familiar le propuso ingresar a la compañía de seguridad en la cual se preparó y logró convertirse en guardia de seguridad.

“Desde ese momento hasta hoy me he sentido muy cómodo, acogido y no me veo en otro lugar mejor que acá.”

Los turnos de rotación nocturnos se los reparten entre los cuatro guardias que trabajan en el conjunto por dos días consecutivos desde las 6 p. m. hasta las 6 a. m. del siguiente día y después pueden tomarse un tiempo para descansar, y volver en otra rotación. Horarios de este tipo son los que muchos trabajadores deben de cumplir por un propósito de servicio a las personas. Sandoval utiliza el tiempo libre que le queda para descansar y visitar a su familia cuando puede.

Detalles en su estilo de vida tan estructurado muestran cómo muchos hacen sacrificios para cumplir con sus obligaciones laborales, ganar lo suficiente para ellos mismo, tener tiempo para actividades personales diferentes a las del ambiente de trabajo y mostrar una sonrisa al público ante la adversidad. A él le gusta dar y, asimismo, recibe de la gente sin compromiso alguno.

Sin más que agregar, así como Sandoval saluda o se despide de cada persona que sale o ingresa del conjunto en el día, a las seis de la mañana que termina su jornada tras haber iniciado en horario nocturno, puede ver al primer residente salir del conjunto, lo mira, levanta la mano, saluda y finaliza siempre con un:

“Dios me lo bendiga.”

Columna de opinión

Juventud nocturna

Hoy en día la mayoría de los jóvenes ven a los Call Centers como una gran oportunidad laboral, pero reflexionemos un poco sobre estos lugares y cómo los turnos nocturnos pueden afectar sus vidas.

DESLIZA

Realizado y fotografiado por Jotan Mercado Loaiza · Vigilia

Usualmente cuando se piensa en alguien que trabaja en horarios nocturnos uno se suele imaginar a adultos que ya tienen que mantenerse a sí mismos o a su familia, por lo que por lo general se ignora a la gran cantidad de jóvenes que también laboran en esta franja horaria.

Yo fui uno de estos jóvenes que tenían que cumplir turnos por la noche, hace ya casi un año trabajé un par de meses en un call center bastante reconocido de la ciudad, mi turno empezaba a las 5 de la tarde y terminaba a las 3 de la mañana.

Éramos un grupo de unos 10, ninguno pasaba de 30 años, la mayoría de nosotros trabajaba para poder cumplir alguna meta a corto plazo, solo un par necesitaba el trabajo para mantenerse. El ambiente de trabajo era bastante tranquilo, todos se trataban con confianza a pesar de que se acababan de conocer, una actitud que la verdad considero necesaria para sobrellevar una jornada que transcurre en estas horas.

Los primeros días fueron los más pesados, recuerdo la batalla constante para no quedarme dormido durante el entrenamiento, solo me animaba el hecho de que la mayoría estábamos iguales, tratando de acostumbrarnos a tanto trasnocho. Y algo que no me esperaba es que con el tiempo me di cuenta de que el día me rendía más viviendo de esta manera, me sentía con más tiempo para hacer el resto de las cosas, aunque la verdad la mayoría del tiempo tenía sueño y también empeoró mi humor. La mayoría de mis compañeros estaban de acuerdo conmigo, pero aun así queríamos seguir en el turno nocturno, siempre hay que ocuparse de otras cosas durante el día, además que el pago era mejor.

Una vez acabado el entrenamiento y pasar a piso la carga laboral fue menos de lo que esperaba, aparentemente no había muchas llamadas a esas horas, aunque también era la época, según el supervisor en otros momentos del año las líneas estarían reventadas. La gran parte del turno me la pasaba hablando con mis compañeros, la mayoría de las conversaciones eran quejas de queríamos dormir o que nos pagaban muy poquito y que nos habían prometido más en la publicidad de Instagram donde aplicamos. Y a pesar de que con el tiempo nos acostumbramos más a los horarios la verdad es que la moral del grupo se mantenía bajando, casi todas las semanas alguien renunciaba lo que me hacía preguntarme si valía la pena seguir en el trabajo, porque, aunque lo que había que hacer no era muy difícil y sentía que tenía más tiempo para otras cosas, mis ánimos se mantenían muy bajos y llego a afectar mis relaciones con algunas personas.

Creo que hoy en día es innegable decir que los call centers son una de las fuentes de ingresos más importantes para los jóvenes de la ciudad, pero lo que también es innegable es el nivel de desgaste físico y mental al que se puede llegar trabajando en ellos, más cuando estas en horario nocturno. Por lo que es necesario preguntarse ¿Hasta qué punto es válido romantizar el esfuerzo cuando este compromete la salud y el bienestar? Claro, no se trata de negar la importancia del trabajo y como estas empresas ayudan a subsistir a muchas personas, pero como jóvenes debemos pensar en si darle prioridad a el dinero inmediato o quizás pensar en nuestra salud y planes a largo plazo.

Perfil

Serenatas en pausa

Un mariachi barranquillero que espera clientes pasada la medianoche en el Parque de los Músicos, sostiene a su familia entre la informalidad y una media pensión, y sueña con abrir la música a quienes menos tienen.

DESLIZA

Realizado y fotografiado por Wilmer Ortiz Torres · Vigilia

En Barranquilla, la noche no solo pertenece al descanso. También es el territorio de quienes trabajan cuando la ciudad se apaga, de los que esperan clientes en una esquina, de los que sostienen una familia con ingresos inestables y de los que convierten la incertidumbre en oficio. En el Parque de los Músicos, pasada ya la medianoche, Ariel Vega Diezgranados permanece atento junto a su guitarra. Viste una camisa blanca de manga larga y un pantalón negro de vestir, sobrio y elegante, lejos del traje tradicional de mariachi. En la funda del instrumento, una palabra bordada insiste sobre todas las demás: Shalom.

Ariel trabaja con el nombre de un trío de mariachis que también se llama Shalom. Antes de conocerlo, esa misma palabra ya aparecía en sus mensajes, escrita en mayúsculas, casi como una marca de identidad. No es solo un saludo ni una fórmula repetida por costumbre. En su caso, funciona como una señal que une su oficio musical, su vida espiritual y la manera en que se presenta ante los demás. Ese rasgo, tan visible como la funda de su guitarra, ayuda a entender que su historia no se reduce al trabajo de una noche, sino a una forma particular de habitar la ciudad.

El parque, a esas horas, está tranquilo. Ya no circula el mismo flujo de personas que en la tarde o al comienzo de la noche. Ariel y sus compañeros esperan a los clientes que llegan con una serenata en mente, un cumpleaños, una celebración o un gesto amoroso que todavía se cree mejor cuando se acompaña con música en vivo. Pero la espera ya no es la de antes. “Últimamente hay poca gente”, dice Ariel, y la frase resume un cambio que también afecta a otros oficios nocturnos. La demanda cae, los ingresos se vuelven impredecibles y el trabajo depende cada vez más del azar.

Ese tipo de incertidumbre no es ajeno a la realidad laboral de Barranquilla. La ciudad ha mostrado avances en la reducción de la informalidad, pero sigue siendo un escenario donde una parte importante de la población trabaja sin estabilidad plena. En ese contexto se inscriben oficios como el de Ariel: labores de noche, ingresos variables, jornadas largas y una relación directa entre el esfuerzo cotidiano y el sustento del hogar. La noche, para él, no es un escenario simbólico; es una condición de trabajo.

Ariel Vega Diezgranados
Fotografía por Wilmer Ortiz Torres.

Ariel sostiene a su esposa y a sus dos hijos con lo que logra reunir en esas jornadas nocturnas y con una media pensión que recibe a través de Asomuatlan, la Asociación de Músicos del Atlántico, gracias a una gestión vinculada con el Ministerio de Cultura. Ese apoyo no resuelve todo, pero sí marca una diferencia en una economía doméstica que depende de múltiples esfuerzos. La música, en su caso, no es solo arte: es ingreso, rutina y responsabilidad familiar.

Pero Ariel no vive únicamente de la música nocturna. Durante el día también se dedica a las artes plásticas. Pinta, experimenta con colores y construye imágenes que, según explica, nacen del mismo impulso que la música. Para él no hay una separación tajante entre ambas prácticas. Son formas distintas de expresar lo mismo, dos lenguajes que le permiten sostener una identidad creativa más amplia. Esa doble vocación le da densidad al personaje y evita reducirlo al papel de mariachi que espera clientes en un parque.

Su conversación, además, revela otra de sus características más marcadas: habla mucho, insiste, repite ideas y vuelve sobre ellas con una convicción que termina por volverlas centrales. En especial, hay un asunto al que regresa una y otra vez: el proyecto que quiere impulsar a través de Asomuatlan. Ariel cuenta que la asociación atraviesa dificultades y que su presidente ha tenido problemas, pero en vez de quedarse en la queja, plantea una alternativa. Quiere liderar iniciativas para enseñar música a personas de escasos recursos, a habitantes de calle y a familias que no pueden pagar formación artística. Repite que no se trata de cobrar mucho, sino de abrir una puerta.

“Así sea un aporte pequeño”, insiste, porque para él lo importante es la oportunidad.

Esa idea no la menciona una sola vez. La retoma, la desarrolla y la vuelve a poner sobre la mesa durante la conversación, como si tuviera miedo de que se pierda entre otras palabras. Y en esa insistencia hay algo más que entusiasmo: hay urgencia. Ariel no habla desde la teoría, sino desde la experiencia de alguien que conoce de cerca lo difícil que resulta vivir de la música y sostener un hogar con ingresos variables. Por eso insiste también en que el proyecto necesita visibilidad. No quiere que quede como una intención más, sino como una propuesta real con impacto social.

El contexto que rodea su vida ayuda a dimensionar esa apuesta. En una ciudad donde la informalidad laboral sigue siendo un rasgo importante del mercado de trabajo, los oficios de noche forman parte de una economía que se sostiene en la adaptación y en el esfuerzo diario. El caso de Ariel no es una excepción aislada, sino una ventana a ese mundo laboral que se mueve entre la necesidad y la creatividad. La música nocturna, los trabajos por encargo y los ingresos irregulares son parte de una trama urbana que rara vez aparece con claridad, pero que sostiene a muchas familias.

Mientras tanto, el Parque de los Músicos permanece casi en silencio. No hay clientes en ese momento, pero Ariel sigue allí. Su postura es firme, su guitarra está lista y su ropa impecable lo distingue sin necesidad de extravagancia. En él, la elegancia no se expresa con un traje de mariachi, sino con la sobriedad de quien entiende que el oficio también se defiende con presencia.

La palabra Shalom vuelve una y otra vez. Está en el nombre del grupo, en la funda del instrumento y en la manera en que Ariel organiza su identidad. No parece un adorno ni una simple costumbre verbal. Funciona como una síntesis de su mundo: fe, música, permanencia y deseo de construir algo que no se agote en la noche. En medio de la espera, esa palabra adquiere un sentido más amplio, casi como una promesa de calma en una vida marcada por la incertidumbre.

Ariel Vega Diezgranados habita un oficio que depende del encuentro y de la noche, pero no se queda en la supervivencia. Canta, pinta, sostiene a su familia y piensa en proyectos que puedan abrir caminos a otros. Su perfil no es el de un músico que simplemente toca para vivir, sino el de un hombre que convierte la precariedad en impulso y la espera en posibilidad. En un parque casi vacío, mientras Barranquilla descansa, él sigue trabajando por una idea más grande que una serenata: la de hacer de la música una puerta para quienes nunca han tenido una.

Perfil

Urgencias en la noche

En un hospital donde una estudiante de medicina cumple con sus turnos diarios de trabajo, especialmente cuando llega la noche, enfrenta las dificultades que conlleva su profesión en la cual debe de ayudar a pacientes y presenciar casos clínicos de riesgo.

DESLIZA

Realizado y fotografiado por Azucena Rubiano Mier · Vigilia

A sus veinticinco años, es estudiante en práctica de medicina de la Universidad del Norte, hija de German Gregorio Paternina, médico internista, y Diva Mendoza, psicóloga y docente universitaria. Nació el 4 de mayo del 2001 en un hogar donde la relación con sus seres queridos es estrecha, cercana y de apoyo ante sus preocupaciones y momentos más importantes de su vida.

Ha hecho parte de proyectos de investigación como autora, siendo uno de sus más destacados “Dieta cetogénica VS ayuno intermitente: una revisión de la literatura entre los años 2019-2025”. Su interés por su profesión como médico viene desde el servicio y la proximidad a las personas, buscando el componente humano donde pueda brindar ayuda a quien lo necesite; su nombre es María Camila Paternina Mendoza.

Personas de su círculo cercano la describen como alguien tímida, responsable, comprometida, ambiciosa, perseverante y sobre todo dada a ayudar a las personas, una cualidad con la que ella se siente identificada.

“Siento que es una carrera muy completa, me gusta sentir que ayudo, que estoy acompañando a alguien en un momento difícil y es una de las razones por las que la escogí, la conexión.”

En sus prácticas cumple con los turnos asignados en donde presencia la realidad de Barranquilla, especialmente en urgencias y a altas horas de la noche. Casos de heridas en adolescentes en partes sensibles como el tórax (el pecho) por arma blanca, familiares preocupados o en espera, llanto, tensión, es el panorama diario al cual María Camila se tiene que enfrentar como estudiante y que pasado un tiempo ejercerá como profesional.

Toma de muestra
Toma de muestra - Fotografía por Azucena Rubiano Mier.

El cansancio físico, la monotonía, la fatiga, la falta de sueño o alimentación son uno de los principales retos a superar en los turnos nocturnos. María Camila busca estar en movimiento en sus actividades en el hospital, como responder interconsultas, atender a pacientes, hacer diagnósticos, entre otros, y para reponer las noches más demandantes, toma un tiempo para descansar, y, asimismo, volver al hospital.

La dedicación que se debe tener para llevar a cabo un turno nocturno en un lugar como un hospital conlleva diferentes factores que pueden intervenir en el estado de un estudiante en prácticas y que María Camila está dispuesta a recorrer para cumplir con su labor de servicio por los demás.

Perfil

Andrés Álvarez, el estudiante que cierra el bar

Andrés Álvarez es un joven soledeño que atiende la barra de un famoso bar de rock. Entre estudios universitarios, jornadas nocturnas y largos recorridos de regreso a casa, construye una rutina marcada por el esfuerzo y la pasión por la música.

DESLIZA

Realizado y fotografiado por Jotan Mercado Loaiza · Vigilia

Andrés Camilo Álvarez Lozano no se define como bartender. Lo aclara con naturalidad: estudia comunicación, y lo del Templo del Rock es una cosa que pasa "a veces". Pero esas noches en que pasa tienen una densidad particular. Son las noches en que el nicho barranquillero del rock, ese universo que es grande en pasiones, pero pequeño en caras, se congrega en un solo punto, y Andrés es quien pone los tragos, cobra las mesas y, de paso, comparte turno con su amigo el administrador.

El Templo es un lugar donde la informalidad tiene sus propias reglas. El ambiente, dice Andrés, es chévere en general. Los que van se conocen entre sí, lo que hace que la dinámica sea más de comunidad que de servicio al extraño. “Nunca me ha tocado lidiar con borrachos ni problemas”, cuenta, y eso tiene sentido: cuando el público es básicamente conocido.

"El ambiente es chévere en general porque disfruto del rock, y el administrador es amigo mío de hace años."

Hay, eso sí, una variable que distorsiona la atmósfera: la presencia del dueño. Cuando el jefe aparece, algo cambia en el aire. No es hostilidad, es simplemente la tensión que genera quien tiene la última palabra en un espacio donde todos los demás se mueven con confianza ganada. Andrés lo describe con una carcajada escrita, esa clase de risa que solo se produce cuando algo es incómodo, pero tampoco tan grave.

Lo que sí es grave, o al menos lo que tiene aristas más serias, es el regreso a casa. El Templo cierra alrededor de las dos. Pero cerrar el bar no es apagar las luces y salir: hay que organizar el negocio, cuadrar cuentas, dejar todo en orden. Para cuando Andrés sale a la calle, son las tres de la mañana o más, y vive en Soledad. El camino más directo es coger la Murillo, que a esa hora no es exactamente un paseo relajante.

"A esa hora toca o coger Murillo derecho, que es cule peligro, o coger moto o carro, que es cule peligro también. Pero siempre he cogido moto, porque el carro sale como en 40k."

El mototaxi cuesta 18 mil pesos. El carro, 40 mil. Su pago por noche ronda los 45 o 50 mil, más una propina que comparte con el administrador y que suele quedar en unos 20 mil para cada uno. La matemática es precisa y no deja mucho margen: la propina se va en transporte, y el sueldo base queda como diferido para pasajes a la universidad y almuerzos entre semana. No es un ingreso para salir ni darse gustos. Es, como lo describe él mismo, un colchón para los gastos extras que siempre aparecen.

Hay un último detalle que Andrés menciona con la misma naturalidad resignada con que se cuenta todo lo que no tiene solución fácil: después de las once de la noche, la normativa de Barranquilla restringe el parrillero hombre en moto. Él lo sabe. Lo hace de todas formas. No porque no le importe la regla, sino porque la alternativa —quedarse o pagar el carro— no entra en el presupuesto. Es la clase de decisión que toma alguien que estudia de día, trabaja de noche y vive al otro lado de una avenida que a las tres de la madrugada cobra su propio carácter.

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Un proyecto donde la noche es la protagonista y por medio ella expandimos ese mundo que muchos desconocen cuando la luz es nula y el silencio esta presente. Los productos en esta página buscan dar un panorama amplio, enriquecer la narrativa y brindar un experiencia inmersiva de aquellos personajes que a altas horas de la noche, como personal de seguridad o profesionales de la salud, cumplen con una jornada de trabajo. Asimismo, presentamos sus historias, singularidades, y desafios en el camino. Navega por nuestras secciones para descubrir testimonios, podcasts, análisis, perfiles, contenido audiovisual y escritos sobre la vida nocturna activa.

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Aquí tendrás acceso a nuestras historias más destacadas que nos ayudarán a dar visibilidad y relevancia a diferentes personajes o situaciones de la vida nocturna en la ciudad. En general, el objetivo es aproximarte a una experiencia enriquecedora en Vigilia.

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Una galería que muestra cómo Barranquilla también se trabaja de noche, entre oficios informales, música, vigilancia y jornadas que sostienen la ciudad mientras la mayoría duerme.

Fotografías tomadas por Wilmer Ortiz Torres

Datos

La noche también puede leerse a través de cifras, salarios y condiciones laborales. Estos artículos reúnen datos, visualizaciones y análisis para comprender cómo viven y trabajan quienes sostienen la ciudad cuando la mayoría descansa.

Artículo de datos periodístico

El precio del trabajo nocturno

Un análisis sobre los recargos nocturnos, los beneficios laborales y las diferencias económicas entre trabajadores formales e informales. A través de datos y visualizaciones, este artículo explora cuánto vale realmente trabajar mientras la ciudad duerme.

Por: Alejandra Castro · Ana Venegas · Isabella Puerto
📊 Datos laborales 📈 Visualización 🌙 Trabajo nocturno
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Artículo de datos periodístico

Salud en trabajadores del área de la salud en horarios nocturnos

Detrás de cada turno nocturno existen historias de cansancio, adaptación y resistencia. A través de datos y experiencias de trabajadores de la salud, este artículo analiza cómo las jornadas nocturnas impactan el bienestar físico y emocional de los trabajadores de la salud que permanecen activos mientras otros descansan.

Por: Azucena Rubiano · Wilmer Ortiz · Juan Sánchez · Jotan Mercado
🏥 Salud laboral 📊 Datos comparativos 🌃 Jornada nocturna
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Voces

En esta sección encontrarás todas aquellas personas que iluminamos en Vigilia para conocer más de cerca sus realidades y cómo enfrentan desafíos en horarios nocturnos.

Podcast Informalidad laboral
Podcast

Informalidad laboral

En este podcast dirigido por los estudiantes Juan Sánchez y Ana Venegas nos contarán sobre cómo la noche guarda temas sobre la legalidad del trabajo nocturno y la situación de la informalidad.

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Entrevista Seiber Ramírez
Entrevista

Informalidad laboral: La historia de Seiber Ramírez

En esta entrevista conversamos con Seiber Ramírez, un vendedor informal ubicado en Plaza del Parque, en Barranquilla. Habla de sus desafíos, historia de vida y las estrategias que utiliza para mantener a su familia a pesar de su discapacidad.

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Documental

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Vigilia

Cuando cae la noche en Barranquilla, la ciudad parece detenerse. Las calles se vacían, las puertas se cierran. Sin embargo, bajo la oscuridad emerge otra ciudad: una que trabaja, celebra, espera y sobrevive mientras la mayoría duerme.


Este poema visual convierte la noche en su protagonista. A través de una serie de estrofas, recorre distintos momentos antes de amanecer: el regreso al hogar, las jornadas de quienes sostienen la ciudad durante la madrugada, los espacios de encuentro y celebración, y las vidas que permanecen en las calles cuando todo parece haber terminado.


Luces artificiales, sobras, conversaciones y silencios; la noche transforma todos los espacios y altera la manera en que se percibe la ciudad. Lo cotidiano adquiere otro significado, y cada estrofa se convierte en una observación distinta. Si la ciudad nunca deja de moverse, ¿Qué revela la noche sobre la forma en que vivimos y atravesamos el mismo territorio? ¿Qué historias aparecen cuando la luz desaparece?

"La ciudad parece dormir, pero la noche continúa escribiendo historias en sus calles, sus esquinas y sus silencios."

Comentarios

Detente un momento y piensa: ¿cómo sería tu vida sin las personas que trabajan mientras otros descansan o sin quienes sostienen la economía desde la informalidad?

Escribe un comentario contando qué crees que cambiaría en tu día a día y por qué consideras importantes —o no— estos trabajos para la ciudad.

💬 5 reflexiones compartidas

Cada comentario es una mirada distinta sobre quienes mantienen viva la ciudad cuando otros descansan.

Voces de la ciudad

Sin los vigilantes me sentiría mucho menos seguro cuando regreso tarde a casa. Son personas que suelen pasar desapercibidas, pero hacen parte de nuestra tranquilidad diaria.

— Andrés

Nunca había pensado en quién recoge los residuos durante la madrugada. Si dejaran de hacerlo, la ciudad sería muy diferente al amanecer.

— María

Los vendedores informales forman parte de la vida cotidiana de Barranquilla. Muchas veces son quienes permiten resolver necesidades rápidas durante el día y la noche.

— Camila

Trabajo de noche algunas veces y sé lo difícil que es mantenerse despierto mientras otros descansan. Por eso valoro mucho a quienes lo hacen todos los días.

— Juan

Sin el personal de limpieza muchas zonas de la ciudad simplemente no funcionarían igual. Son trabajos esenciales que rara vez reciben reconocimiento.

— Laura

Equipo de trabajo

Alejandra Castro Cure

Editora general

Azucena Rubiano Mier

Diseñadora web

Juan Sánchez Mercado

Diseñador gráfico

Ana Venegas Garcia

Community manager

Jotan Mercado Loaiza

Realizador audiovisual

Isabella Puerto Montes

Gestora de comunidades virtuales

Wilmer Ortiz Torres

Fotógrafo

Crónica

Código Azul

Mientras la ciudad duerme, Luisa Márquez permanece despierta enfrentando el cansancio, la presión y las emociones de cada emergencia en una sala de urgencias.

DESLIZA

Por: Isabella Puerto Montes · Vigilia

El silencio de la madrugada en el pasillo de un hospital no es un silencio de calma, es un descanso frágil, en cualquier momento se puede quebrar y derrumbar, para Luisa, este descanso termina en el minuto que escucha el monitor, un pitido constante rompe el silencio.

“Código azul!”

gritan. De inmediato el equipo de urgencias actúa con rapidez, ya todos saben que hacer y se dedican a realizar su labor de manera automática. Aunque pareciera que todos ya tienen memorizado los pasos como si fuera una coreografía, es un procedimiento que toma años de experiencia y de esfuerzo.

Luisa Marquez, enfermera, lleva ejerciendo su profesión desde hace 6 años y medio como la enfermera jefa del área de urgencias en el Hospital Juan Dominguez Romero.

En cada turno, que empieza a las seis de la tarde y termina a las siete de la mañana, su primera tarea no es atender a los pacientes, sino entenderlos.

“Recibo a cada uno, reviso indicaciones, identifico pendientes y armo mentalmente el mapa de lo que será la noche”.

En su área todo cambia en cuestión de segundos, así que lo esencial es la preparación.

Su trabajo ocurre en movimiento constante. No hay pausas claras ni rutinas fijas. Puede haber momentos de relativa calma, pero basta la llegada de un herido o un paciente en estado crítico para que todo se transforme.

En la noche todo se mueve con un ritmo diferente, lo que en el día pareciera que es “sencillo”, en la noche se transforma.

Mientras la ciudad duerme, el equipo de urgencias se prepara para recibir todo tipo de emergencias, forzando a su cuerpo a estar en constante alerta y estrés crónico

“El trasnocho siempre pasa factura. Son doce horas despierta, en movimiento constante”.

La urgencia exige habilidades específicas: paciencia para lidiar con pacientes alterados, rapidez para tomar decisiones inmediatas y resistencia para sostener turnos de doce horas sin descanso real.

Y aunque en la noche todo es mas complicado y se presentan más casos de alto riesgo no todo es malo,

“en la noche uno alcanza a ver más la esencia de las personas. Hay más tiempo para observar, para entender al paciente”.

Llega un punto en el que el cuerpo ya no da más, pero eso no impide el nivel de atención que Luisa se empeña en brindar.

Más allá del cansancio, el estrés y la paciencia que exige cada turno, este trabajo arrastra una carga emocional que no desaparece por más experiencia que se tenga.

“El caso que más me marcó fue el de un bebé de cuatro meses. Llegó con dificultad respiratoria y murió en la madrugada, bajo mi servicio”.

Y aunque sean casos duros e injustos, no hay mucho tiempo para detenerse y procesar lo que acaba de suceder: la rutina sigue y la noche vuelve a empezar.

Desde el área de urgencias del Hospital Juan Domínguez Romero, Luisa Márquez narra lo que significa trabajar de noche y lo que pocos alcanzan a ver de ese particular espacio de la ciudad donde pareciera que todo avanza más lento.

Su historia no está marcada por un solo turno, sino por noches acumuladas de cansancio, decisiones rápidas y emociones contenidas.

En cada código azul, en cada paciente que llega al límite, no es solo un simple un procedimiento: es una prueba de resistencia y valentía.

A pesar de todo habla de su trabajo con una mezcla de firmeza y sensibilidad, consciente de que, aunque muchas historias se apagan, son esas mismas noches las que le dan sentido a lo que hace.