Perfil

Tras el mostrador

Pedro Pablo Mariota Rodríguez trabaja como portero en un edificio residencial de Barranquilla. Este perfil explora su rutina laboral, los desafíos del trabajo nocturno y la responsabilidad que implica velar por la seguridad de los residentes.

DESLIZA

Realizado y fotografiado por Alejandra Castro Cure · Vigilia

A las nueve de la noche, cuando el edificio empieza a vaciarse de ruido y llenarse de silencios, el turno empieza y Pedro Pablo Mariota Rodríguez toma su puesto. A sus 53 años, este portero —que lleva un año vigilando la rutina del edificio Rincón de la 55 en Barranquilla— ha aprendido a organizar su vida en función de ese vaivén. No siempre le toca la labor nocturna, explica:

“Dos días en la mañana, dos días en la tarde y dos días en la noche”

El señor Pedro habla pausado, con timidez y precisión. Lleva un año trabajando como portero en aquel edificio, desde mayo de 2025. Antes de eso, su historia ya estaba ligada al mismo lugar: se desempeñaba en el área de mantenimiento. Y antes aún, cruzó el océano para trabajar en Italia, en la ciudad de Pavia, donde también se ocupaba de arreglar lo que otros no notan hasta que falla. Su trayectoria no es una línea de cambios abruptos, sino más bien una continuidad de cuidar, vigilar y mantener.

La noche, vista desde su puesto, no es necesariamente un territorio de peligro, sino del movimiento. “Varía según el día”, dice. Entre semana, el edificio se apaga temprano y el trabajo fluye con cierta calma. “Los fines de semana hay más movimiento y aparte nos toca hacer aseo en cada piso durante la noche, entonces es más complicado porque tenemos que estar pendientes. Hay gente que sale a divertirse, entonces tenemos que estar bajando y subiendo”, añade.

Esa doble carga revela una de las tensiones invisibles del trabajo nocturno: no solo se trata de estar despierto cuando otros duermen, sino de multiplicar funciones en un horario donde el margen de error es más estrecho. Hay menos personal, pero no necesariamente menos tareas. Personas que entran, salidas tardías, llamadas desesperadas al notar que no hay nadie en el primer piso. “Es lo más complicado”, insiste, refiriéndose a esa mezcla de vigilancia y limpieza. “Podría haber una persona encargada del aseo para no dejar el puesto solo”.

Sin embargo, el señor Pedro no describe su vida como una carga constante; dice que el cambio ha sido “muy poco”. En los días de descanso intenta recomponer su tiempo al salir con su esposa, llevarla a restaurantes, y aprovechar un ingreso que mejoró esa forma de vida en familia, comenta:

“Tengo dos hijos, niña y niño”

El cuerpo, por su parte, es el primer lugar en el que se sienten los efectos de la noche. Dormir de día no es lo mismo que dormir de noche, y el señor Pedro lo sabe. “En mi casa trato de dormir lo más posible”, dice. Para sostener ese ritmo y su salud, recurre a vitaminas, magnesio y Neurobión. No hay prescripción médica, solo intuición y necesidad.

A pesar de las dificultades que conlleva, hay gestos que hacen más llevadero el trabajo. El trato de los residentes es uno de ellos. “Algunos valoran la labor que hacemos aquí. Algunos están pendientes, a veces nos regalan la merienda. Son muy agradecidos”, dice con un pequeño suspiro. Un reconocimiento cotidiano, pequeño, suficiente para marcar la diferencia en jornadas complicadas y largas.

Cuando se le pregunta por aquello que la gente no ve de su trabajo, no habla de cansancio ni de horarios exagerados: habla de responsabilidad. “La seguridad ante todo”, responde y continua:

“Evitar que entren desconocidos, vigilar los apartamentos cuyos dueños están fuera, estar pendiente incluso de la basura.”

La portería no es solo un lugar de paso. También se crea y cuida una confianza. Los residentes delegan en el señor Pedro —y en sus otros dos compañeros— la tranquilidad de sus hogares, incluso cuando no están presentes. Y esa responsabilidad no siempre es visible. “Uno se acostumbra a verlos ahí todas las noches, pero pocas veces uno piensa en todo lo que hacen”, dice Walter Sarti, uno de los residentes del edificio. “El señor Pedro es muy colaborador, siempre está pendiente de uno”, agrega.

El señor Pedro no se presenta como un protagonista, no dramatiza su historia ni exagera sus dificultades. Quizá lo más llamativo del señor Pedro no sea lo que dice, sino cómo lo dice. No hay énfasis en el sacrificio, aunque lo haya; no hay queja constante, aunque existan dificultades.

Pedro Pablo Mariota Rodríguez habita ese lugar donde casi nadie se detiene. Su trabajo consiste en que todo parezca normal. Y tal vez por eso pasa desapercibido. Pero en las noches su presencia habla por sí sola:

Alguien está despierto, aunque nadie lo esté mirando.

Columna de opinión

Mientras dormimos: El trabajo invisible que sostiene la ciudad

Mientras la ciudad duerme, miles de trabajadores mantienen en funcionamiento hospitales, porterías y servicios esenciales. Este texto reflexiona sobre el costo humano del trabajo nocturno y la invisibilidad de quienes sostienen la vida urbana durante la noche.

DESLIZA

Realizado por Juan Sánchez Mercado · Vigilia
Fotografía por Wilmer Ortiz Torres · Vigilia

Mientras la mayoría de la ciudad duerme, hay una realidad que permanece aún despierta. En hospitales, porterías, empresas de seguridad y múltiples de empleos, miles de personas sostienen el funcionamiento de la vida urbana durante las noches. Sin embargo, ese esfuerzo constante parece ser condenado a la invisibilidad, como si trabajar mientras otros descansan fuera una obligacion natural y no una situación que debería incomodar.

El trabajo nocturno no solamente es una cuestión de horarios invertidos. Es una alteración directa al cuerpo y la vida cotidiana. Dormir de día no reemplaza el descanso nocturno, y las consecuencias se acumulan: la fatiga crónica, dificultades de concentración y las afectaciones en la salud física y mental. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el trabajo nocturno puede afectar significativamente el sueño y la salud mental, y una parte significativa de quienes trabajan de noche desarrollan problemas del sueño persistentes, lo que confirma que no se trata de casos aislados, sino de un fenómeno estructural. En sectores como la salud, donde cada decisión puede ser crucial, estas condiciones no solo impactan al trabajador, sino también a quienes dependen de su atención.

Aun así, la ciudad parece haber normalizado estas dinámicas y se asume que siempre habrá alguien dispuesto o que estará forzado a trabajar de noche. Esta naturalización oculta una pregunta incómoda: ¿Por qué el funcionamiento continuo de la sociedad depende del desgaste silencioso de unos pocos? No es casualidad que quienes trabajan en estos horarios enfrenten de manera constante el cansancio, el estrés y una sensación de agotamiento que va más allá de lo físico. No se trata solo de trabajar, sino de aceptar condiciones que afectan directamente la calidad de vida.

Además, de acuerdo con estudios publicados en el American Journal of Preventive Medicine, el impacto del trabajo nocturno no es solo inmediato, sino acumulativo. Con el paso del tiempo, el cuerpo y la mente empiezan a resentir la falta de descanso adecuado y la ruptura constante del ritmo natural. Este desgaste sostenido no solamente se refleja en la salud física, sino también en la capacidad de concentrarse, tomar decisiones y mantener un equilibrio emocional adecuado. Trabajar de noche, durante años, deja de ser una rutina y se convierte en una forma silenciosa de deterioro mental y físico.

El trabajo nocturno atraviesa distintas realidades. Desde jóvenes que intentan sostener sus estudios, hasta adultos que cargan con la responsabilidad económica de sus hogares, todos comparten una misma constante: El gran sacrificio. La noche se convierte en un espacio de resistencia, donde el cansancio deja de ser excepcional y pasa a ser cotidiano.

Lo preocupante no es solo que esto ocurra, sino que se celebre o se ignore. En muchos discursos, el esfuerzo extremo se presenta como algo admirable, cuando este en realidad debería ser motivo de cuestionamiento. Trabajar sin descanso no es un logro, es una señal de que algo no está funcionando como debería.

Entonces reconocer el trabajo nocturno implica ir más allá del agradecimiento simbólico. Significa preguntarse por las condiciones en las que se realiza, por las garantías que existen o que faltan y por el tipo de sociedad que estamos construyendo cuando normalizamos el agotamiento como parte del día a día.

Porque al final, una ciudad que funciona las 24 horas no es solamente un signo de progreso. También es el reflejo de una deuda de quienes sostienen ese ritmo a costa de su propio descanso.

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