Las redes sociales han transformado radicalmente la forma en que circula la información política. Temas que antes parecían lejanos para muchos jóvenes ahora llegan a través de videos cortos en TikTok, Instagram o YouTube, mientras uno desliza la pantalla casi sin darse cuenta. Esta cercanía es una gran oportunidad para democratizar el acceso a la política, pero también genera dudas sobre la calidad y la responsabilidad de lo que consumimos. Como estudiante de Comunicación Social, es imposible ignorar este cambio. Las plataformas digitales han desplazado en gran medida a los medios tradicionales como principal fuente de noticias para las nuevas generaciones. Según el Digital News Report 2024 del Reuters Institute for the Study of Journalism de la Universidad de Oxford, los jóvenes de 18 a 24 años recurren principalmente a las redes sociales para informarse, y en plataformas como TikTok, Instagram y YouTube prestan más atención a creadores individuales de noticias (51 %) que a las marcas periodísticas tradicionales (39 %). Y el informe más reciente de 2025 del mismo instituto confirma que esta tendencia sigue creciendo: el 44 % de los jóvenes de 18 a 24 años ya consideran las redes sociales y plataformas de video como su principal fuente de noticias. El problema aparece cuando la familiaridad y la autenticidad que transmiten estos creadores se confunden con credibilidad. Seguimos a influencers porque hablan de forma sencilla, generan empatía o parecen cercanos, y terminamos valorando más su opinión por la conexión emocional que por la rigurosidad de la información. Aunque las redes facilitan la participación democrática al permitirnos conocer distintos puntos de vista de manera accesible, también pueden priorizar la viralidad por encima del contexto y la responsabilidad. Este fenómeno se vio con claridad en las elecciones presidenciales de Colombia en 2022. La campaña de Rodolfo Hernández, quien se autodenominó “rey del TikTok”, demostró el poder de las redes para conectar directamente con el electorado joven mediante un lenguaje directo y sin intermediarios, como lo reportaron BBC News el 30 de mayo de 2022 y la revista Nueva Sociedad en su edición de mayo de ese año. Sus videos cortos y cercanos lograron millones de interacciones, algo que los formatos tradicionales casi nunca alcanzaban. Desde mi perspectiva como estudiante de comunicación, creo que es fundamental hacernos una pregunta clave: ¿hasta qué punto estamos tomando decisiones políticas basadas en un análisis profundo y no solo en la emoción o la familiaridad que generan estos creadores? No se trata de rechazar a los influencers. Al contrario, es positivo que haya nuevas formas de hablar de política y que más jóvenes se interesen por ella. El verdadero desafío es que el impacto y la rapidez no desplacen al contexto ni a la verificación. La política no puede reducirse a contenido desechable. Sus decisiones tienen consecuencias reales y tangibles en la vida de las personas. Por eso, el reto no recae solo en quienes producen el contenido, sino también en nosotros, la audiencia: desarrollar la capacidad de cuestionar, contrastar fuentes y no conformarnos con la primera versión que aparece en la pantalla. En definitiva, en las redes sociales no siempre gana quien mejor argumenta, sino quien primero capta nuestra atención. Fomentar un consumo crítico de la información política en plataformas digitales sigue siendo una de las grandes tareas de la comunicación social hoy. ¿Informan o influyen? El papel de los influencers en la política actual
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