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En una se oculta la culpa; en otra, el sacrificio y en la última, un chivo expiatorio. Esos personajes ayudan a entender cómo se esconde la responsabilidad ambiental de las industrias contaminantes tras la distinción del Carnaval de Curramba como la primera fiesta sostenible de Colombia.

Por Carlos A. Cortés-Martínez y Diseño Detonante

PRIMERA MÁSCARA:

MEA CULPA

Desfilar por horas, a lo largo de varios kilómetros, a más de treinta grados, bajo el sol inclemente de Barranquilla, es una cosa; pero hacerlo vistiendo un disfraz de felpa, de medio centímetro de grosor, con la forma de un caimán aguja, que a su vez está disfrazado de marimonda y que arropa todo, desde los pies hasta la cabeza, es otra.

Rere, mascota de la Patrulla Ambiental
Rere, la mascota de la Patrulla Ambiental, desfila durante el Carnaval de Barranquilla del 2024 junto a su comparsa por la Carrera 44. Foto: Tomada de Carnaval de Barranquilla.

El caimán se llama Rere y hace parte de la Patrulla Ambiental, un colectivo formado por Scouts del Atlántico y aproximadamente cien personas que, desde el 2024, participan voluntariamente en algunos de los eventos del Carnaval de Barranquilla. Su propósito es recoger datos para medir la huella de carbono de la celebración y socializar prácticas sostenibles tanto entre quienes asisten al Carnaval como entre quienes lo hacen posible, explica Daniela Hernández, una de sus gestoras, mientras recrea el recorrido que hizo su grupo hace dos años por la Carrera 44, recorrido que tendría más sombra si el proyecto de ciudad y la industria inmobiliaria hubieran priorizado más árboles en medio de tanto cemento.

Daniela Hernández
La Jefa Scout del colegio Biffi La Salle, Daniela Hernández, recrea el recorrido que hizo la Patrulla Ambiental hace dos años por la Carrera 44.

La jefa Scout sonríe antes de contestar si el sacrificio de la persona dentro del disfraz valió la pena.

— Ya cambió. Ahora es un inflable más ventilado. Hace todo el recorrido. Sí, es sofocante, pero ajá. Igual le pagan.

Rere Inflable
Rere cambió la felpa y el disfraz de la marimonda del 2024 por un material inflable y la pinta de la negrita puloy en el 2025. Foto: Cortesía de la Jefa Scout Daniela Hernández

Los esfuerzos de Rere, sumados a los del Carnaval Sostenible, dieron frutos durante el 2025: trabajaron de la mano de más de doscientos recicladores de oficio de dieciséis asociaciones aliadas, instalaron cerca de seiscientos puntos de recolección de desechos en distintos trayectos, crearon un punto de acopio permanente en la Casa del Carnaval, recuperaron cerca de cuatro toneladas de polipropileno expandido usado en las carrozas, redujeron a la mitad el uso de ese icopor, reemplazándolo por materiales menos nocivos y desde hace dos años, han medido tanto la cantidad recogida de residuos aprovechables como la de los no aprovechables.

Infografía Carnaval Sostenible
Este video explica los datos de la infografía.

La Scout Hernández se detiene en una foto de la Patrulla Ambiental en la Plaza de la Paz, tomada durante un evento de apertura del Carnaval. En ella, su comitiva promulga consignas de concientización ecológica en afiches escritos mayoritariamente en primera persona:

Patrulla Ambiental con letreros
Daniela Hernández, la Jefa Scout del colegio Biffi La Salle que aparece de primera de izquierda a derecha con camisa azul, posa para una fotografía en la Plaza de la Paz junto a sus colegas de la Patrulla Ambiental, quienes sostienen pancartas de concientización ambiental. Foto: Tomada de Carnaval de Barranquilla.

— “En Carnaval, yo reduzco, reutilizo y reciclo”, reza la primera pancarta.

— “La paso bueno sin dejar reguero”, promulga la segunda.

— “Apoyo lo nuestro, compro local”, afirma la tercera.

— “Me muevo al ritmo de la fiesta y en combo por el planeta”, dice la cuarta.

— “Un solo vaso para toda la fiesta”, pide la quinta.

La culpa —expuesta en cada frase— está en el centro del relato de la religión y de la sostenibilidad. Martín Caparrós y Freeman Dyson explican, respectivamente, que en ambos casos se augura el castigo de la raza humana por sus pecados, incluidos los ecológicos.

Las pancartas llaman la atención porque le atribuyen al público la culpa por el manejo de las basuras. En efecto, sería ideal que fuéramos conscientes de que nuestras acciones tienen consecuencias en nuestro bienestar y en el de los seres con quienes compartimos el planeta. Pero culpar exclusivamente al individuo oculta el desdén de las industrias productoras de materiales contaminantes por los procesos de desecho de sus mercancías una vez éstas llegan a las manos de quienes las consumen.

La Jefa de la Patrulla Ambiental explica que Carnaval Sostenible, además de socializar las prácticas ambientales con la comunidad durante la celebración, también desarrolla mesas de trabajo y charlas con los responsables directos de la contaminación durante el resto del año para discutir los problemas identificados, las estrategias implementadas, los resultados obtenidos y las sugerencias de la comunidad.

Sin embargo, hasta que las industrias más contaminantes, como las generadoras de residuos, no asuman su completa responsabilidad por el daño al medio ambiente, los esfuerzos individuales del público carnavalero —como reciclar, no tirar basura y usar un vaso para toda la fiesta— siempre serán insuficientes. La culpa, la primera máscara de la sostenibilidad, sugiere que durante el Carnaval, mientras algunas empresas ven crecer sus ingresos como arroyos en temporada de lluvias, quien vive la celebración, al enterarse de las toneladas de basura que genera cada evento, debe repetirse: “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”.

SEGUNDA MÁSCARA:

EL SACRIFICIO

“José Llanos no es dios, pero crea criaturas todos los días en su sede de Galapa, con un método más difícil que un soplo de vida: el molde de barro, luego el papel maché, el baño de sol, la silicona y todo lo demás de una técnica tan lenta que es una provocación a la era del rendimiento industrial”, esas fueron las palabras que usó el maestro Ernesto McCausland hace ya varias décadas para describir el proceso de elaboración de las máscaras de papel maché.

Esa crónica, rodada en la casa de la familia Llanos, perfila al fundador de Selva Africana. En el patio se mantiene el taller. Ha crecido: a veces hay hasta cincuenta artesanos; la cantidad depende de la demanda de pedidos. En el día a día, cada uno se encarga de tareas simultáneas. Aunque hay más manos trabajando, la esencia de la creación de las máscaras se mantiene.

Un artesano clava sus pulgares en un puñado de barro. Sube los hombros y suelta con fuerza el peso de su cuerpo sobre una masa roja.

— Así empiezas a darle el volumen y la forma que tú quieras, explica Luis Demetrio Llanos, artesano y líder actual de Selva Africana.

Tatatá – tatatá

manchas rojas aparecen en los dedos del artesano,

tatatá – tatatá

no es la sangre, concentrada en las palmas de sus manos,

tatatá – tatatá

que con golpes fuertes, secos y repetidos,

tatatá – tatatá

le pegan cada tanto a una masa de barro

tatatá – tatatá

son restos de arcilla, que después de tanto amasado,

tatatá – tatatá

adquieren una textura similar a la de la plastilina.

Esas manos, que por horas castigaron el barro, bajan la intensidad. Los golpes y las palmadas ahora son pellizcos y toques delicados. El agua en el barro es tecnología pura: funciona como la lija en la madera, limpia, quita impurezas. Luego de varias caricias, emerge de la arcilla la cabeza tersa de una pantera.

Mientras el sol seca el molde, en vez de imaginarme a alguien luciendo ese tocado por la Vía Cuarenta, pienso en lo que el gremio del reciclaje llama papel chirrión: en los empaques plásticos y metalizados de las papas fritas, de los dulces y de las galletas. Después de cada evento del Carnaval, las calles quedan inundadas de esos materiales. Como casi nadie los paga, van a parar al relleno:

— Hemos trabajado desde el año pasado en la responsabilidad extendida de empresas como Polyrec y Litoplas. Ahora compran esos empaques y los devuelven a la cadena de valor, explica Valery Ayos, vocera del Carnaval Sostenible.

Sin embargo, como los materiales aprovechables se compran por kilos, pocos recicladores recogen chirrión porque requiere mucho trabajo juntar un peso significativo.

Pensar sobre a quién se le pide cambiar sus materiales importa: mientras que el problema con los empaques de mecatos persiste, las campañas de concientización ambiental se centran en los hacedores. El año pasado, por ejemplo, la organización del Carnaval capacitó a más de 50 personas en la elaboración de disfraces con elementos reutilizables. Son a ellos a quienes se les invita a cambiar sus insumos por unos menos contaminantes. Y entonces recuerdo lo primero que dijo Luis Demetrio al escuchar la propuesta de trabajar en una historia sobre sostenibilidad:

— Aquí sí usamos icopor y espuma foam, pero no somos los únicos ni los que más contaminamos.

Su testimonio resume la esencia de la segunda máscara de la sostenibilidad: ella demanda un cambio inmediato y radical de materiales contaminantes, pero sugiere que son los hacedores del Carnaval quienes deben asumir dicho sacrificio, mientras ignora el protagonismo de otros actores, como las industrias.

Las pequeñas grietas que empiezan a clavarse sobre la superficie de la máscara me devuelven al taller. Esa resequedad emula la de la piel de José y de Luis Demetrio. Las manos del padre exageran los rasgos de las del hijo: ambas son prietas, los pulgares son largos, suelen estar naturalmente estirados. En ambas, las articulaciones se ven demasiado; traen a la mente la imagen de las raíces salidas de un árbol. Son dedos de artesanos, de quienes han trabajado toda la vida. Su desgaste se mide no solo por el paso del tiempo, también por el número de moldes de barro que han hecho y por las tantas capas de papel que han pegado.

José Llanos, fundador de Selva Africana, y su hijo Luis Demetrio, líder actual del taller, trabajan durante los primeros días de enero en la elaboración de máscaras de papel maché para el Carnaval del 2026.

Mientras Luis Demetrio trabaja con el pincel, responde cómo sería su trabajo si la fabricación de máscaras no hubiera evolucionado en su técnica:

— Antes, si a mi papá le encargaban diez máscaras, él tenía que hacer diez moldes. Ahora no, de un molde salen muchas máscaras.

Insiste en que, por ser hechas a mano, las artesanías tienen un valor simbólico. Dice que no es lo mismo comprar un cuadro de van Gogh que un afiche hecho por una máquina. Recalca que quien adquiera una máscara debe apreciar el esfuerzo, su aporte cultural, su tradición y su significado. “También importa quién la hace”, apunta orgulloso, “no es lo mismo una máscara cualquiera que una hecha por mi papá, por ejemplo”.

Al escucharlo, creo entender la idea de resistencia al rendimiento industrial de la que hablaba McCausland. El patio de los Llanos podría pensarse como un acto de rebeldía: en ese taller, en vez de hablar de mercancía y de eficiencia, se hace artesanía y se transmite el legado de quienes conocen los secretos del trabajo con el barro. Allá hay disciplina, cada quien tiene una función, pero la calma se prioriza sobre la prisa. En vez de apuntarle a la producción masiva, allá se exalta el rito y el reconocimiento de un saber, de una maestría. Y en un arranque de esperanza, pienso que en un mundo que repite incansablemente que lo más importante es el capital económico, todavía quedan alternativas.

En otro lugar del patio, José Llanos rasga trozos de papel de no más de cinco centímetros, los moja en almidón de yuca y los pone —lisos— sobre el molde de la cabeza de un gorila.

Corta, moja y estira tiritas de papel;

corta, moja y estira;

corta, moja y estira; tan repetidamente:

pasan varios minutos para terminar la quinta capa.

Otro artesano empuña un bisturí, apoya el filo de la hoja sobre un molde y después de varios trazos, lo rompe en dos. Usa las yemas para desmontar las partes de la máscara. Las junta y comienza un proceso tipo kintsugi:

Corta, moja y estira tiritas de papel;

corta, moja y estira;

corta, moja y estira,

hasta que la pieza pega,

queda (re)sanada.

Al fondo del patio, tres artesanos están sentados, uno al lado del otro. Han estado ahí toda la mañana. Más de veinte cabezas de burro yacen a sus pies. El primero le pone a cada máscara una base de pintura blanca, para alisarlas. Las otras dos personas lijan.

— Al final, se pintan las piezas y se les ponen los detalles: acabados, brillos, plumas y los otros accesorios, explica, didáctico, Luis Demetrio.

Después de ver el trabajo que exige la creación de un tocado, mi conciencia ecológica no es suficiente para decirles a los Llanos, y a las demás familias artesanas de Galapa, que en aras del medio ambiente, son ellos —exclusivamente— quienes deben cambiar los materiales con los que hacen su arte. No encuentro la segunda máscara de la sostenibilidad para ponérmela y decirles que nunca debieron reemplazar el barro gallego, duro y maloliente, que mientras Barranquilla continúa generando basura a partir del chirrión y consume grandes cantidades de energía eléctrica y de combustible en cada celebración, son ellos —como protagonistas principales y hacedores del Carnaval— quienes deben asumir el sacrificio por la sostenibilidad.

TERCERA MÁSCARA:

UN CHIVO EXPIATORIO

Bóxers, bodies y bikinis cortos —elásticos y oscuros— se pegan a los cuerpos prietos de un grupo de bailarinas jóvenes que espera en fila su llamado. Una sacude sus brazos, contrae y estira sus puños, trota en su puesto y gira el cuello hacia cada lado.

— “Adelante”, ruge Luis Demetrio, sin despegar el dedo del gatillo de su pistola.

La joven se acerca con pasos cortos, calculados. Es la primera; todos los ojos están sobre ella. Sus movimientos se vuelven tensos: sube despacio el mentón, cierra los ojos y levanta ambos brazos hacia los lados.

Luis Demetrio le apunta directamente a la cabeza.

En el taller, abundan el rojo, el verde, el azul y el amarillo. El blanco y el negro permanecen estoicos en sus papeles secundarios. Las plumas de gallos y faisanes exageran los movimientos: a la brisa más tenue se remecen —se sacuden—, dándole eco al viento. Cuelgan por todas partes cabezas de cabras, tigres, leones, cebras, burros, mandriles y toros.

Luis Demetrio dispara.

El aire comprimido del aerógrafo choca contra la frente de la joven. La pintura amarilla se esparce. Partículas de acrílico flotan en el aire. La joven es la primera en terminar la capa base del maquillaje completo de su cuerpo. El resto de danzantes espera su turno. ¿Cuánta agua se necesitará para remover la pintura que Selva Africana usará al terminar cada una de las presentaciones que tiene agendadas para los Carnavales de este año?

El artesano Luis Demetrio Llanos maquilla a la comparsa que participó el 25 de enero del 2026 en la Izada de Bandera de Selva Africana.

Podría pensarse que el body painting implica un impacto ambiental menor al de las comparsas que estrenan disfraces de tela cada año y que hacer máscaras con papel reciclado es menos dañino para el planeta que hacerlas con icopor o con fibra de vidrio porque su proceso de descomposición es más fácil y rápido, explica la profesora asociada del Departamento de Geociencias y Medio Ambiente de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional, Elizabeth Carvajal.

Pero es un hecho: la Selva Africana de hoy contamina más que la que retrató el asistente de investigación de antropología visual, Richard Cross, ese primer día de febrero de 1977, cuando José Llanos y sus amigos se presentaron por primera vez en el Carnaval de Barranquilla. Es una cuestión matemática: comenzaron cincuenta; hoy son el triple.

Ni cambiar madera por barro, ni barro por papel reciclado, ni fibras textiles por pinturas evita la realidad: participar en el Carnaval es una actividad contaminante.

Siempre está la opción de convertir crisis (ecológica) en oportunidad. Así como el Carnaval logró en el 2025 su primer evento carbono cero a través de La Gran Parada de Tradición, Selva Africana podría apostarle a ser la primera comparsa de tipo carbono neutral: tendría que pagar por su daño al ambiente comprando bonos de carbono, publicitar que su maquillaje corporal usa pinturas amables con la capa de ozono, promocionar sus máscaras con materiales cien por ciento reciclables y venderlas al doble del precio para que sus clientes compren la redención de sus pecados ambientales.

Aun sin caer en esas prácticas, sería injusto imponerle la máscara del chivo expiatorio a Selva Africana y echarle toda la culpa de nuestro daño ambiental, mientras que la narrativa de la sostenibilidad oculta que si bien todas las personas contaminamos, las proporciones varían.

El impacto de la industria textil en el ambiente es innegable. La mayoría tenemos ropa carnavalera de más. Desde un punto de vista ambiental, no tiene sentido tanto consumo. Iniciativas como #ReutilízaloConTodoElTumbao, que premió en el 2024 a los colegios públicos más creativos en la elaboración de trajes con materiales reciclables, constituyen pasos en la dirección correcta para contrarrestar el problema de la ropa, pero resultan a todas luces insuficientes.

La industria energética es otro gran problema. Que el Carnaval del 2025, por segundo año consecutivo, haya implementado la medición, reducción y compensación de su huella de carbono representa un logro. Gracias a esos datos, se sabe que La Coronación del año pasado —donde participaron tanto la empresa privada como la pública— consumió 2.800 kilovatios, convirtiéndola en el evento de mayor consumo energético, seguida por La Batalla de Flores, con 2.350 kilovatios. Y aunque este año ofrece la posibilidad de implementar medidas de eficiencia energética, la institucionalidad parece haberse quedado atascada en el diagnóstico: “Vamos a tener para el 2026 un equipo especializado en medición que nos dirá cómo podemos mejorar”, afirmó la gestora de sostenibilidad del Carnaval.

También se necesita repensar el consumo de combustibles. El Carnaval del 2025 generó 294,61 toneladas de dióxido de carbono equivalente. Dentro de los eventos incluidos para medir su huella de carbono, La Batalla de Flores fue —por mucho—la más contaminante: requirió cerca de 1.400 galones de diésel. Y en términos de transporte, la celebración usó más vehículos que en el 2024; pasó de 237 a 264, demandó casi el triple de carrozas, pasó de 23 a 63; requirió más tráilers, pasó de 74 a 114; y empleó menos camiones tipo Fotón, pasó de 140 a 87 (que son, en teoría, los de menos consumo). Los datos de este año mostrarán si se reduce o no el número de vehículos y si se prioriza el uso del combustible menos contaminante.

Segunda Infografía Carnaval Sostenible

Por lo pronto, es difícil entender por qué las campañas del uso del transporte público no tienen igual o más difusión que las de manejo de basuras y por qué el Carnaval proyecta como meta para el 2030 recibir 60 mil viajeros adicionales, cuando se sabe la relación entre transporte aéreo y huella de carbono. Este dilema resume bien la encrucijada entre crecimiento económico y sostenibilidad, una cuestión que vale la pena pensar.

Los últimos dos años evidencian que las campañas de educación ambiental no son suficientes: se necesitan políticas públicas que obliguen a las industrias más contaminantes a tributar soluciones proporcionales a los problemas ecológicos que generan.

Las basuras de cada Carnaval, más la cantidad de emisiones de gases de carbono que implican las celebraciones con máscaras de papel y maquillaje corporal, constituyen una minucia al compararlas con las de otras industrias. La narrativa de la sostenibilidad no debería imponerles la máscara del chivo expiatorio ni al público ni a los hacedores del carnaval. En el panorama de la contaminación que genera la fiesta cultural más grande de Colombia, el impacto que producen los carnavaleros y las familias artesanas de Galapa tiene el protagonismo de una lentejuela en uno de los tantos vestidos de las reinas.