La otra orilla: volver a empezar

La playa no es una sola; se arma poco a poco con casas pegadas unas a otras. Tablas, techos de tela, materiales reutilizados e improvisados, pero que junto forman un vecindario. Cada caseta queda donde se pudo construir.

En estos espacios pasa todo. Se cocina, se descansa, se trabaja, se baila, se ríe. Las mesas plásticas se hunden en la arena, las hamacas cuelgan amarradas de lado a lado, las redes quedan extendidas junto a sogas gruesas que se cruzan entre sí. Muchas cosas no están terminadas, pero se usan. Nada sobra.

Al lado, una mujer y su hijo mayor construyen con tablas una nueva caseta.

Construcción de caseta en Playa Tranquila

Foto: Isabella Osío

Viviendas improvisadas en Playa Tranquila

Foto: Isabella Osío

La arena está llena de huellas. Tres perros juegan enredados en las mallas de pesca. Un gato se acerca a una mesa, se queda mirando y maúlla antojado de algo, como todos aquí. Con una ternura cautiva a uno de los habitantes y le da un poco de pescado.

En el mar los niños entran y salen con los pies llenos de arena, no se la quitan ni les molesta. Se empujan, se salpican, se meten bajo el agua y salen riéndose.

Niños jugando en el mar

Foto: Isabella Osío

En el agua las raíces salen del barro y la arena, pegadas unas a otras. El agua es oscura y se mueve todo el tiempo, marcada por el viento y el paso de las lanchas. Una canoa pequeña queda amarrada al borde esperando a ser utilizada. La orilla, las raíces y el agua se juntan y crean un paisaje para admirar. Eso es lo que recibe a cualquiera que llega a Playa Tranquila.

Raíces de manglar en el agua

Foto: Isabella Osío

En una silla, una mujer permanece sentada, con las manos sobre las piernas, mirando hacia el agua, esperando. Está pendiente de algo que todavía no aparece. De vez en cuando levanta la cabeza. Esa espera no es casual. Es la espera de una lancha.

Se llama Nely Gutiérrez. Dice que es “playera” sin pensarlo mucho, no hay otra forma de nombrarse.

Para los habitantes de Playa tranquila cada llegada importa. No es solo visita. Es trabajo. Es la posibilidad de que ese día sí deje algo. Por eso cuando una lancha se acerca, el movimiento cambia: alguien se levanta, otro se acomoda, alguien más mira hacia la orilla. Significa que van a cocinar, que van a vender, que va a circular algo de plata.

Nely Gutierrez se inclina sobre la mesa.

—¿Qué quieres comer?

—Lo que haya —le responden los clientes.

Ella asiente, como si esa respuesta fuera la más común.

—Hoy salió róbalo… también hay raya —dice, mientras ya empieza a mover lo que tiene sobre la mesa.

Aquí nadie pregunta por una carta. Se come lo que hay. Lo que el mar permitió ese día.

Detrás de ella, la cocina no está separada del resto del lugar. Es un cuarto al frente de las mesas donde la gente se sienta a comer, armado con pedazos de madera, algunos más gastados que otros, juntados con clavos. En las uniones quedan espacios en los que entra la claridad del día en líneas finas que caen sobre la mesa.

El mesón es una superficie armada con tablas sostenidas sobre bases con una estufa de dos puestos junto a ollas, cuchillos y trapos que parecen estar tirados, pero que ella encuentra sin buscar.

En una esquina, los utensilios cuelgan o se apilan: tazas de colores distintos, coladores, cucharones, platos que no hacen juego. Todo viene de sitios diferentes, pero funciona.

Utensilios en la cocina de Nely

Foto: Isabella Osío

Afuera, el viento mete arena y el calor se queda adentro, mezclado con el olor del aceite y del pescado. Y aun así salen platos que la gente espera con ansias por el olor de la cocina que llega.

Nely sonríe apenas cuando entrega uno.

—Quedó bueno, ¿no? —dice.

Y vuelve a lo suyo.

—A mí me gusta esto —agrega después—. Cocinarle a la gente, verlos comer.

Mira hacia afuera, hacia las mesas, hacia el movimiento.

—Aquí uno se siente bien.

En Playa Tranquila.

Lo que Nely pone en el plato no empieza en la cocina. Empieza unos metros más allá: la arena se vuelve más blanda y el agua cambia de color.

Ahí está Edgardo. Tiene 54 años y toda la vida ha sido pescador. Trabaja desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Lleva comida, descansa un rato al mediodía, vuelve al agua. Hay días en que regresa con algo. Hay días en que no.

—Hay días que no cogemos ni para un tinto —dice, con la mirada clavada en el mismo punto. —Hoy casi no salió nada.

La red cae, sube, vuelve a caer.

—Antes uno se metía y sacaba más.

Se queda callado un momento.

—Ahora toca buscar más adentro… o meterse al manglar.

Señala hacia el punto en que el agua se oscurece y el suelo deja de ser firme. Las raíces del mangle se levantan unas sobre otras, apretadas, dándole a ese borde importancia. Ahí, los peces pequeños se meten, se alimentan y crecen antes de salir.

En el manglar todavía queda algo de pescado. Crece antes de salir, y de ahí todavía se logra sacar algo, aunque no siempre alcanza.

Ese lugar ya no es el mismo: en el Caribe colombiano se ha perdido más del 80 % de los manglares, según la Universidad Nacional de Colombia. En los últimos 40 años, se han perdido cerca de 50.000 hectáreas, de acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Esa pérdida se nota en la pesca: menos peces y más días sin sacar nada.

—Ahora no se está cogiendo nada… la ciénaga está muy maltratada —dice.

El deterioro también se queda pegado a las raíces: el 83 % de los residuos que se acumulan son plásticos que trae la corriente, según el Proyecto Manglar Mallorquín.

—Además el trasmallo acaba con todo. Agarra el grande y el chiquito. Ese pescadito pequeño lo dañan desde ahí.

Ese tipo de red no distingue tamaños. Saca peces que todavía no han crecido lo suficiente, cortando el ciclo antes de que se reproduzcan.

Hace un gesto corto con la mano, soltando algo.

—Mucho de eso se pierde… se pudre.

La cuerda se tensa entre sus manos.

—Y la brisa tampoco ayuda. A veces no deja trabajar bien.

El agua se mueve, pero no es suficiente.

El viento cambia. Las temporadas cambian. A veces el grupo es grande, otras trabaja solo. Todo se ajusta a lo que toque.

Jala la red con un tirón seco.

—El agua ha cambiado… eso se siente.

De catorce especies de peces que antes se registraban en la ciénaga, hoy quedan apenas tres, de acuerdo con un diagnóstico técnico sobre la Ciénaga de Mallorquín. La salinidad subió y la contaminación hizo el resto: cada vez se saca menos.

En esa orilla, al inicio del cierre del manglar, queda lo poco que todavía alcanza a llegar a la mesa Edgardo no lo dice así, pero cada vez que lanza la red y sale casi vacía, se nota.

No siempre trabajó en este lado. Antes estaba en Puerto Mocho, en Playa Tranquila 1. Tenía su espacio armado con lo necesario para pescar y vender, como el resto de los que vivían de esto.

La salida no fue una decisión propia. Les avisaron que tenían que irse por un proyecto turístico. No había documentos que respaldaran lo construido y eso lo definió. En poco tiempo empezaron a desmontar todo.

—Nos dijeron que venía un proyecto grande.

Las estructuras que habían levantado con los años no duraron mucho. Llegaron con herramientas a tumbar lo que había.

—Entraban con motosierra… todo lo que uno tenía.

A cambio, le dieron cinco millones. La cifra no alcanzó para reconstruir lo que había perdido ni para empezar en condiciones similares.

—Eso no alcanzó ni para hacer una pared.

El desplazamiento no solo significó moverse de donde estaban. También implicó perder una forma de trabajo ya establecida y tener que reorganizar todo desde cero. Durante ese tiempo, la pesca dejó días sin resolver.

La decisión de empezar otra vez no fue colectiva al inicio.

—Si ustedes no van… yo sí lo voy a hacer.

Llegó a esta parte de la orilla y comenzó a levantar lo necesario para trabajar. La intención no era únicamente seguir pescando, sino activar el lugar para que llegara gente. La dinámica cambió con el tiempo. Empezaron a llegar visitantes desde el muelle, y con eso apareció otra fuente de ingreso.

—La idea era que fuera un turismo para la gente.

El día ya no depende solo de lo que salga en la red. También de quienes llegan, comen y se quedan.

—Nos estamos manteniendo del personal que nos están trayendo.

Playa Tranquila está sostenida por dos familias. Mantienen una relación cercana y colaboran de forma constante. Las tareas se distribuyen según lo que se necesite: pesca, cocina, atención y construcción. Las funciones no son fijas y se ajustan a lo largo del día.

Edgardo lo dice sin rodeos: toca trabajar. Después de salir de donde estaban antes, empezaron otra vez con lo que tenían. Lo demás se fue armando con el tiempo.

Edgardo con sus implementos de pesca

Foto: Valeria Ibarra

Red de pesca en el manglar

Foto: Valeria Ibarra

No es un lugar cómodo ni completo. Falta de todo y nada está asegurado. Aun así, es donde decidieron quedarse, donde trabajan y donde vuelven a empezar cada día. Viven con lo que tienen, y lo disfrutan.

Playa Tranquila es eso.

Nada es perfecto, pero para ellos sí lo es.

Por: Isabella Osío