
Más allá de las cifras: el pulso de la educación en Barranquilla
Dos colegios, dos realidades y una ciudad que lidia con deserción, repitencia y recuperación pospandemia.
Conoce las historias detras de cada dato que marca la ciudad, la realidad de Barranquilla vista desde un Barranquillero
En 2024 se observa un cambio mayor en la tasa de fecundidad, es decir, en el número de hijos que se esperan en una mujer en etapa reproductiva: En 2023 fueron 1,5 hijos y en 2024 baja a 1,3 hijos. En este punto, un nuevo bebé ya no alcanza a reemplazar a su padre y a su madre (la tasa de reemplazo es 2,1).
Textos con contexto y datos: crónicas, historias y lecturas para recorrer la ciudad desde la palabra.

Dos colegios, dos realidades y una ciudad que lidia con deserción, repitencia y recuperación pospandemia.

Tres historias —El Gato, David y Alejandro— le ponen cuerpo a cifras que no siempre dicen lo que se vive.

Entre informalidad y subempleo: estudiar años para terminar “reubicado” por falta de experiencia y plazas reales.

Presentación del informe anual con más de 200 indicadores y un panel sobre deudas, migración y pobreza monetaria.
Educación: Más allá de las cifras: el pulso de la educación en Barranquilla Por: Jennifer Acosta, Lorna Campo y Juan Sebastián Giraldo El timbre suena en la escuela y, de inmediato, como si de un huracán se tratase, los pasillos se llenan. La institución, que en momentos de clase se sentía tranquila, se transforma en un torbellino de pisadas, risas y voces. En segundos, el Instituto Técnico Distrital del barrio 7 de Abril se revoluciona: los niños corren hacia el patio, comparten meriendas y juegan entre sí con una energía contagiosa. A primera vista, el lugar parece pequeño, pero basta recorrerlo para descubrir laboratorios de química y biología, una biblioteca, una cancha múltiple, comedor y hasta una capilla. Cada rincón revela el esfuerzo por ofrecer una educación completa en medio de un contexto que, por la zona donde está ubicado, podría parecer adverso. Al otro lado de la ciudad, y a una hora distancia, en el colegio privado J. Vender Murphy, las clases de historia y filosofía despiertan entusiasmo en los cerca de mil estudiantes matriculados. No solo por el contenido, sino por la cercanía del profesor, que además funge como coordinador y se ha ganado el afecto de los estudiantes. Afuera, en contraste con la vitalidad del salón, los pasillos permanecen silenciosos; las oficinas de los directivos están cerradas y la recepción se siente desierta. En los pisos inferiores, el ambiente cambia: los pequeños de preescolar disfrutan del descanso en el parque, entre juegos y risas, mientras que los mayores, en sus propios recreos, se dispersan por salones, cafetería o cancha, cada grupo encontrando su lugar en la rutina escolar. Estas dos instituciones, sin embargo, son dos ejemplos que han sabido bandearse respecto de una realidad más amplia en Barranquilla, pues resulta que entre 2022 y 2023, los colegios de la ciudad perdieron 2.000 de sus estudiantes. Un problema que se agravó el año siguiente, es decir, entre los años 2023 y 2024, cuando esa pérdida llegó a 7.000 estudiantes. Eso contra el hecho de que entre 2018 y 2023, se matricularon 267.718 niños, niñas y adolescentes en la red educativa de la ciudad. Es lo que se manifiesta en el más reciente Informe de Calidad de Vida de ‘Barranquilla, cómo vamos’ según el cual, la deserción escolar creció después de la pandemia, y la repitencia en básica secundaria supera hoy el 5 por ciento. Los niveles más altos de deserción se encuentran en preescolar, mientras que desde 2020 hasta la presente, la repitencia en secundaria no baja de esa cifra. Sin embargo, tanto el Instituto Técnico Distrital Jesús Maestro como el Colegio J. Vender Murphy han logrado mantenerse por fuera de esas tendencias negativas. El primero, a pesar de ser un colegio público y pequeño donde estudian 905 alumnos, se reconoce como el mejor de la zona. Su problema no es la deserción, sino la alta demanda: más niños buscan cupo de los que pueden aceptar. “Somos muy afortunados —dice Linda, la recepcionista— porque la comunidad alrededor trabaja duro para que los estudiantes se mantengan dentro. Los casos de deserción casi siempre se dan por otras circunstancias, como los de algunos estudiantes migrantes que no logran terminar sus documentos”. “La institución cuenta con recursos suficientes para garantizar clases de calidad y aunque no es muy grande, resulta acogedora para los estudiantes”, señala a su turno de Biología y Química Adolfo Cabrera. Habla con firmeza. “Además, el colegio trabaja con una población de inclusión -agrega con voz de orgullo sereno-. A ellos se les brinda un acompañamiento especial mediante estrategias pedagógicas adaptadas, con el apoyo de la psicóloga institucional y de una profesional enviada por la Gobernación del Atlántico”. “Fue duro”, dice el coordinador Joaquín Ariza al recordar el 2020. “Era de esperarse que a los estudiantes no les fuera tan bien, especialmente por las dificultades con el acceso a internet en la zona. Con la pandemia, el puntaje global del colegio descendió y bajamos a la categoría B. Pero esa tristeza no duró mucho, porque seguimos avanzando y trabajando; y a partir de 2023 logramos recuperarnos y regresar a la clasificación A”. Agrega que, desde preescolar, los estudiantes son preparados con exámenes tipo ICFES, para familiarizarse con el formato y enfrentar con confianza las Pruebas Saber. “Y estamos en el proceso de subir a la clasificación A+”, señala. El Colegio J. Vender Murphy, en cambio, responde a un modelo educativo distinto. Desde preescolar, los niños aprenden matemáticas, ciencias naturales y sociales en inglés; solo castellano, literatura y gramática se imparten en español. En bachillerato, suman francés y, en los grados octavo y noveno, incluso latín. Con un promedio de 26 estudiantes por salón, se respira un ambiente controlado, donde las lenguas extranjeras marcan la rutina académica. El colegio también se encuentra en la categoría A en los resultados de las pruebas. Dice el informe de ‘Barranquilla cómo vamos’, con datos disponibles a 2023, que el 16,9 por ciento de los establecimientos educativos de la ciudad se encuentran en categoría A+; y 12,4 por ciento en A. En los colegios oficiales hubo una recomposición: de 2022 a 2023 aumentaron los establecimientos en categorías A, B y C, lo que pone en evidencia cómo Barranquilla se ha recuperado de las dificultades de la pandemia. Desde dos esquinas distintas del ámbito educativo, tanto un colegio público en el barrio 7 de Abril como un privado en la vía a Puerto Colombia, Barranquilla demuestra que su futuro se sigue forjando en los salones de clase, donde cifras y contextos conviven con historias de esfuerzo, estrategias de resistencia y sueños que apuntan siempre.
Pobreza monetaria: La pobreza grita y no tiene filtros Por: Isabella Vega, Fabián Useche y Julián González Barranquilla es una ciudad de contrastes, de parques tranquilos y barrios de lujo que conviven con historias invisibles, donde la pobreza monetaria se muestra sin filtros. Así pasa en el barrio Villa Santos, en la esquina de la carrera 57 con la calle 84 en el norte de la ciudad; o en cualquiera de las calles del sector de Riomar. Allí, la lucha por el día a día tiene nombre propio y rostro humano. En Villa Santos, barrio conocido por sus calles arboladas y sus pequeños parques, vive “El Gato”, un hombre de unos 38 años que ha hecho de estos espacios su refugio cotidiano. Su apodo nació porque, como los felinos que recorren los parques, él también vaga a la deriva buscando sobrevivir. Desde el amanecer se levanta de su colchón improvisado de cartones y empieza su rutina: recorrer las calles en busca de monedas o botellas reciclables. Viste ropa vieja y rota, apenas suficiente para enfrentar el sol o las noches húmedas. Se sienta en un banco de cemento roto del parque, observa a los niños jugar, a las madres con sus hijos y a los vendedores montar sus puestos. A veces ríe sin razón aparente, otras veces habla solo, y en su mirada hay una mezcla de soledad y resistencia. Para comer, depende de lo que le regalan o de lo que recoge en la basura. Cuando la noche llega, se acurruca bajo cartones para intentar dormir, sabiendo que al día siguiente lo espera otra jornada de supervivencia, otra jornada como “El Gato”, invisible para el barrio que lo rodea. Unos kilómetros más allá, la escena cambia, pero la lucha es la misma. En la esquina de la carrera 57 con calle 84 está David. Él tiene 36 años, pasa sus días limpiando vidrios en los semáforos. Con su botella de agua enjabonada y un trapo, corre de carro en carro mientras la luz roja se lo permite. Algunas manos le dan monedas, otras lo rechazan. Al final de un día completo, su ingreso rara vez supera los 35 mil pesos. Son dos casos que les dan cuerpo y alma a unas cifras desalentadoras. Dice el último informe de Calidad de Vida de ‘Barranquilla cómo vamos’ que, en la ciudad, la pobreza monetaria pasó del 34,7 por ciento en 2022, al 29,7 por ciento en 2024. Y que la pobreza extrema bajó de 11,2 por ciento a 9,2 por ciento. Pero para David y su familia esos números no significan mucho. Vive con su hija de 8 años y la madre de la niña, que trabaja limpiando un local del barrio. Con lo poco que gana ella y lo que recoge David, sobreviven. Hay días en los que solo alcanza para arroz, huevos y leche, pero el alivio es que Mariana, la hija, estudia en una escuela pública donde recibe un almuerzo diario. Al mediodía, David se sienta bajo la sombra de un árbol y come un pan con una gaseosa barata antes de volver a correr al semáforo. Piensa en su hija y en lo que podrá llevarle esa noche. Cuando regresa a casa, el abrazo de Mariana y el cansancio compartido con la madre de la niña le recuerdan por qué no puede rendirse. Más al norte, la ciudad parece otra. Entre edificios de vidrio y portones eléctricos de Riomar, una voz rompe la calma de las calles: “¡Aguacate madurito, aguacate mantequilla!” Es Alejandro Gallo, de 27 años, quien carga una canasta de aguacates surtida desde primeras horas de la mañana en la zona mayorista pública de Barranquillita. Recorre a pie los barrios más exclusivos, ofreciendo fruta de puerta en puerta. Hace años soñaba con ser técnico en refrigeración, pero la adicción a las drogas lo empujó a la calle. Perdió el apoyo de su familia y los trabajos que conseguía. Hoy, con lo que gana vendiendo aguacates, puede reunir entre 30 y 40 mil pesos diarios, que a veces le alcanzan para pagar el arriendo de la pieza que alquila por noches en San Roque. En los barrios del norte lo reconocen: algunos lo llaman por su nombre, otros apenas le devuelven una mirada indiferente. Cuando vende bien, descansa en el Parque Rosado y observa a la gente pasar. “Uno aquí siente que es invisible”, dice. Sin embargo, sigue caminando porque sabe que, si deja de trabajar, se hunde. Sueña con ahorrar lo suficiente para montar un pequeño puesto fijo, dejar la canasta y, sobre todo, dejar atrás la droga. Al caer la tarde, vuelve al sur con las monedas que le quedaron en el bolsillo. Algunas noches puede pagar el cuarto; otras, no. Mientras camina, piensa que su vida aún puede tener una segunda oportunidad. Las historias de “El Gato”, David y Alejandro son distintas, pero comparten un mismo hilo: la resistencia diaria frente a la pobreza monetaria en una ciudad que sigue creciendo, pero donde muchos permanecen al margen. Son los rostros de un problema que rara vez aparece en los discursos oficiales, pero que está presente en cada parque, cada semáforo y cada esquina de Barranquilla.
Mercado laboral: Diplomas en Pausa Por: Isabella Osío, Fabian Cantillo y José Fuentes En esta ciudad, a veces se estudia cinco años para terminar aprendiendo a esquivar huecos en la vía. Lo saben los recién graduados que caminan de oficina en oficina con hojas de vida que parecen volantes de propaganda, y lo saben también quienes cambian el diploma por un uniforme de call center. El otro día, mientras el semáforo se ponía en rojo en la 72 con 43, a uno de los autores de esta crónica lo recogió un carro pequeño. Se sentó en el asiento del copiloto. Estaba impecable: olía a ambientador fresco, los asientos sin una mancha; y en la parte de atrás, una pequeña caneca recordaba a los pasajeros que allí no se hacía desorden. El conductor, con una camiseta blanca perfumada, y la mirada fija en el retrovisor, conduce con el mismo respeto y organización que impone en su vehículo. Se llama Álvaro López Dangond, tiene 24 años y se graduó en Ingeniería Industrial en la Universidad del Bosque. Es barranquillero, aunque vivió un tiempo en Bogotá. Su padre, separado de su madre y residente en la capital, fue quien insistió en que estudiara allí y costeó sus estudios. Al terminar, Álvaro regresó a su ciudad en busca de oportunidades que nunca llegaron. En la pantalla del celular, mientras aceptaba un nuevo servicio, se asomó una foto suya con toga y birrete, el diploma en alto. —¿Esa foto todavía la tienes de fondo? Sonrió apenas, sin dejar de mirar la vía. —Claro. Ese fue el día en que pensé que todo iba a cambiar, que al siguiente estaría en una oficina, empezando mi vida laboral. Guardó silencio unos segundos antes de añadir: —Conservo esa foto para recordarme que estudié, porque entre tantos viajes a veces parece que se olvida. Mientras aceptaba otro servicio, contó que había hecho las prácticas en Ecopetrol. Seis meses en la Dirección de Recursos Humanos, dedicado, sobre todo, a cultura y gestión documental. —Fue un período breve, pero enriquecedor. Una puerta que se cerró demasiado rápido. —explicó, sin intentar disimular el cansancio en la voz. Lleva más de ocho meses sin conseguir empleo. —La búsqueda ha sido compleja. No es que falten las vacantes, pero incluso aquellas que anuncian “sin experiencia” exigen un año o más de trayectoria. Somos demasiados compitiendo por muy pocas plazas —añadió, con un leve golpe en el timón. Hizo una pausa, como quien elige con cuidado las palabras, y concluyó: —Es inevitable cuestionarse. Después de cinco años de estudio, terminar en un vehículo como conductor del aplicativo inDriver genera una sensación de inconformidad. La pregunta, hecha con sinceridad, es ¿cuál fue el verdadero propósito de tanto esfuerzo? En ese punto, la escena hablaba por él: un trabajo que paga, pero que no existe en papeles. Sin contrato, sin prestaciones, sin seguridad social. Eso es, en esencia, la informalidad laboral. En Barranquilla, la proporción de trabajo informal ha venido bajando en los últimos años: del 59,9 por ciento en 2021 al 50,5 por ciento en 2025, según el más reciente informe de Calidad de Vida de ‘Barranquilla Cómo Vamos’, 2024. El dato estadístico suena alentado, pero no siempre refleja la realidad que viven los recién graduados. Algunos, como Álvaro, se refugian en la informalidad de las plataformas. No todos conducen un inDriver. Otros, con suerte distinta, se sientan frente a un auricular de call center. Uno de ellos es Juan Camilo Maestre, politólogo de 21 años, recién graduado de la Universidad del Norte en marzo de 2025. Su empleo no está en un Ministerio ni en una fundación internacional, sino en un call center donde pasa las horas escuchando voces desconocidas al otro lado de la línea. Su interés académico siempre estuvo en la sostenibilidad empresarial corporativa. Durante su época de estudiante, incluso, participó en un semillero de investigación sobre responsabilidad social empresarial, desde el cual se analizaban casos de compañías que buscaban reducir su impacto ambiental. Fue durante ese ejercicio, recuerda él, cuando confirmó que ese era el rumbo profesional que él quería seguir. Sin embargo, acceder a ese campo, reconoce, es complejo. “Las empresas buscan gente con experiencia y, además, con estudios adicionales. El pregrado no basta, hay que complementarlo con programas externos”, dice con serenidad, pero con la resignación de quien ya aceptó que el camino será largo. Agrega que comparte espacio con personas que ni siquiera tienen un diploma universitario. “Y eso me pesa —admite—. Yo sí lo tengo, y aun así estoy en un cubículo repitiendo un dialogo”. Estos estudiantes, que se ayudan con el trabajo, no lo perciben como subempleo, sino que le dan una dimensión positiva. Juan Camilo lo percibe como un espacio que no corresponde a lo que estudió. Formal, sí —con contrato, EPS y un salario que duplica el mínimo—, pero al final del día por debajo de sus expectativas. Mientras tanto, el call center es lo que sostiene sus días. Él no lleva ni un año, pero ya ha escuchado a varios compañeros decir lo mismo: “Aquí pagan cumplido y hay opciones de ascenso, pero el cliente final es lo más desgastante. Aprendes a convivir con eso o te vas”. Juan Camilo reconoce que este trabajo retador y consumidor lo está entrenando para el futuro. Cada llamada es un ejercicio de comunicación, de paciencia y de mantener una actitud centrada en el cliente. El guion, por repetitivo que sea, le ha servido para afinar habilidades de venta, fortalecer la responsabilidad, cultivar la flexibilidad y, sobre todo, aprender a resolver problemas bajo presión con herramientas técnicas que antes no conocía. Es un aprendizaje que no aparece en el diploma, pero que sabe podrá llevar consigo a cualquier otro escenario laboral. Ese matiz abre una diferencia con la historia de Álvaro. Él daría algo por tener esa seguridad pasajera, por contar con un bono extra o un par de días libres seguidos, en vez de manejar un InDriver, donde cada carrera depende de la notificación en pantalla y ningún papel respalda lo que hace. Se le pregunta a Juan Camilo si, aun así, valía la pena. Responder de un brinco: —Es un paso. No el que soñé, pero al menos no es incierto. Ahí está la paradoja de las cifras: la informalidad baja en Barranquilla porque más jóvenes logran entrar a trabajos con prestaciones, pero eso no significa que encuentren el empleo para el que se formaron. Se llama subempleo, y aunque no aparece en rojo en las estadísticas, se siente igual como un techo bajo sobre las expectativas.
BARRANQUILLA COMO VAMOS PRESENTA SU NUEVA EDICIÓN DEL INFORME DE CALIDAD DE VIDA EN 2024 Por: María Pérez Polo. El pasado 22 de septiembre del presente año, en la Universidad del norte se presentó el nuevo informe anual de Barranquilla Cómo Vamos que incluye más de 200 indicadores en las áreas de salud, educación, demografía, entre otras, destacando 20 importantes datos que hablan de la calidad de vida en la ciudad y los avances que se han logrado en Barranquilla en comparación con años anteriores. El evento empezó con unas palabras del rector de la universidad del norte Adolfo Meissel, destacando la importancia de iniciativas como esta para el fortalecimiento de la ciudad. “resalto la importancia de todo lo que aquí se hace y del inmenso potencial que tiene esta información, felicitaciones para el equipo de barranquilla como vamos”. En palabras de la directora de Barranquilla Cómo Vamos, Lucía Avendaño Gelves, esta iniciativa nació en 2017 con el objetivo de consolidar cifras de distintas fuentes para poder luego analizarlas y compartirlas con la comunidad. “nos comparamos con otros indicadores de otros años para revisar la tendencia y la comparación de otras ciudades que hacen parte del “como vamos” y a su vez buscamos vincular las cifras nacionales y tener un portal web al que pueda acceder cualquier ciudadano” Entre los invitados para este evento estuvieron Oriana Álvarez, directora de Fundesarrollo, Janiel Melamed, director del Observatorio de Seguridad Ciudadana de Uninorte y Jaime Bonet, director del Banco de la República seccional Cartagena que lideraron un panel en el que discutieron temáticas de interés público, como lo fueron el proceso de pago de deudas de 2024 a 2048, la disminución en la tasa de migrantes venezolanos y el descenso de la pobreza monetaria en Barranquilla. Jnaiel Melamed, Jaime Bonet, Oriana Álvarez y Lucía Avendaño en ese orden Dentro de la presentación, interrogantes sobre la movilidad, la seguridad o la tasa de desempleo fueron de las temáticas más comentadas, sin embargo, la mayor conclusión a la que se llegó fue que el índice de calidad humano es aún hoy la mayor debilidad en el caribe colombiano. Para conocer los datos más importantes del informe visite nuestros canales de información.