Por: Nicolle Andrade
A las cinco de la mañana ya hay movimiento en la esquina donde Lorena García monta su venta diaria en Villa Selene. Mientras el cielo aún está oscuro, ella prepara café, fritos y jugos naturales para los primeros clientes del día. Lo que muchos no saben es que, además de servir desayuno, Lorena lidera un pequeño gesto de conciencia ambiental que está marcando la diferencia en su barrio.
Desde hace más de un año, clasifica, lava y organiza todos los residuos reciclables que genera su negocio, para entregárselos en buen estado a los recicladores que recorren la zona. “Aquí paso la mañana vendiendo, y todo lo que uso: botellas, cartones, bolsas, puede servir. Pero solo si se entrega limpio”, explica mientras separa unas botellas de plástico en una bolsa azul.
Lorena no vive justo al frente de su punto de venta. Su casa está cerca a uno de los lotes baldíos más afectados por la acumulación de basura en el barrio. “Eso me hizo abrir los ojos. Cada día veía más desperdicios, más mosquitos, más malos olores. Y pensé: yo no quiero ser parte del problema”, dice.
Su pequeño gesto empezó tras una conversación con un reciclador. “Me dio las gracias por entregarle las botellas limpias. Me explicó que eso le ayudaba a que se las pagaran mejor y no tenía que lavarlas después. Desde entonces lo hago todos los días.”
En el rincón de su venta, tiene un espacio improvisado donde separa los residuos: cartón, por un lado, plástico por otro, latas aparte. También tiene tres canecas en su casa con la misma lógica, “Yo no soy activista ni trabajo con la alcaldía, pero sé que con lo poco que hago estoy ayudando a alguien.”
Aunque su acción puede parecer sencilla, representa un cambio de mentalidad: ver el reciclaje no como una obligación impuesta, sino como un acto voluntario de respeto. “Aquí muchos todavía creen que el reciclador solo recoge basura. Pero ellos están haciendo lo que otros no quieren: limpiar, recuperar, ordenar. Para mí, merecen respeto y apoyo.”
Con el tiempo, su ejemplo ha empezado a contagiar. Dos vecinas que también tienen negocios en la misma cuadra ahora clasifican y limpian sus desechos. Los recicladores que pasan por la zona ya saben que en la esquina de Lorena hay material limpio y listo para recoger. “Eso los motiva, y a nosotros nos educa. Es un gana-gana”, concluye.
En un barrio golpeado por la mala disposición de residuos y los lotes convertidos en basureros, Lorena demuestra que el cambio no siempre viene de arriba, sino desde una esquina sencilla donde se sirve café con conciencia.
Por: Yajeithxy Padilla

A las cuatro de la mañana, cuando aún el sol no acaricia las ventanas del barrio San Antonio en Soledad, la señora María ya está de pie. Con sus 54 años a cuestas y el rostro marcado por la vida no por el cansancio, sino por la resistencia y el esfuerzo comienza otro día en su lucha por dignificar la vida en uno de los sectores más olvidados del municipio.
Afuera, las bolsas de basura y reciclaje se amontonan en las esquinas como si el barrio fuera un vertedero sin nombre. Pero para doña María, ese rincón del mundo no es un basurero, es su casa. “El hecho de que vivamos aquí no significa que no tengamos derechos”, dice con voz serena pero firme, mientras barre frente a la pequeña sede de la Junta de Acción Comunal, donde se reúne con otros líderespara gestionar mejoras. Ella hace parte de la junta desde hace años y se ha ganado el respeto de quienes antes solo la miraban como una madre más, como una voz más en el viento hoy la miran como ejemplo y voz de aliento.
Pero no es solo una voz. Es acción. Desde hace más de nueve años integra un sindicato que lucha por los derechos laborales de trabajadoras como ella, esas que sin contrato ni seguridad social limpian, cocinan y educan a fuerza de amor. Porque si hay algo que define a la señora María es eso: la convicción de que la educación y la civilización —como le gusta decir— son la única vía para que los niños del barrio no repitan la historia de pobreza, abandono, lástima y violencia que algunos quieren reflejar o como desde afuera lo ven.
La suya es una historia de amor herido. Hace unos años, perdió a su único hijo, que hoy tendría 29 años, víctima de sus propias decisiones y de un entorno que no ofrecía segundas oportunidades en lo absoluto. “A veces uno cría con mucho amor y sacrificios, pero el mundo te arrebata lo que más quieres”, dice sin lágrimas, porque ya las lloró todas. Desde entonces, se ha volcado aún más a los hijos de los demás: los niños y jóvenes que rondan las calles con hambre de algo más que pan, queriendo brindarles eso que le quedó faltando por brindarle a su hijo, de eso que está segura que va a servir para hacer el cambio.
En el barrio la ven hablar con recicladores, esos que remueven la basura antes de que el camión de aseo —si pasa— se la lleve. Les da agua, a veces comida, y sobre todo, respeto. “Ellos también cuidan el medio ambiente, aunque nadie los vea”, dice mientras los defiende en reuniones comunitarias donde insiste en que el reciclaje debe ser una causa compartida, no una condena, no algo burlado ni señalado o incluso “un trabajo poco digno” como muchos lo ven.

María es parte del 84% de mujeres en Colombia que han sido madres solteras y han sacado a sus hijos adelante, pero ella no se define por la ausencia del padre, sino por su presencia constante como madre, como guía y como ejemplo. Su lucha no es solo por mejoras o reconocimientos propios, también es ambiental: quiere que el “basurero San Antonio” deje de ser llamado así. Sueña con calles limpias, con zonas verdes, con murales que cuenten otras historias distintas al abandono. Porque, para ella, la basura no es el barrio: es la indiferencia de los que no lo miran desde afuera.
Con cada reunión, cada carta al alcalde, cada actividad con los niños, la señora María planta una semilla. Una que quizá ella no vea florecer, pero que seguro germinará en las generaciones que hoy la miran como una heroína silenciosa. Y aunque el sol caiga con fuerza al mediodía sobre el polvo y el plástico del barrio que es la forma en la que muchos de sus habitantes recicladores tienen para salir adelante , su sombra nunca se cansa. Porque María no lucha para ser vista, sino para que su barrio sea visto con dignidad y que puedan verlo como un lugar que puede ser recuperado, que no solo sea esa huella invisible para todos.
María habla desde sus 54 años de edad y experiencia, haciendo referencia a que el cambio comienza desde adentro, por eso esas labores de campañas y búsquedas de mejora, también así refirió que San Antonio es un barrio rico en ser, cerrando con la frase “acá donde quizás las personas nos llaman basurero están quienes muchas veces hacen la labor que no se hace en la ciudad, reciclar y valorar”.
El seguir luchando aún después de tantos altos y bajos, para la Sra María cada que ve una nueva campaña o un avance lo considera un logro personal, el EDUMAS, empresa de desarrollo y medio ambiente de Soledad ha llevado a cabo muchas campañas en las que ahora la tienen en cuenta como una vocera firme de su Barrio, una de ellas es la Campaña “Yo quiero Soledad limpia”:
“Durante las fiestas patronales de 2024, Edumas lanzó la estrategia “Yo quiero Soledad limpia”, en colaboración con asociaciones de recicladores como Bio Green Loop y Asouniversal. La campaña promovió la separación de residuos en la fuente y logró recolectar 797 kilos de material aprovechable, especialmente botellas plásticas, que serán reutilizadas en el marco de la economía circular”.

Por: Nicolle Andrade

Donde el sol brilla con fuerza y el reciclaje a menudo se subestima, un grupo de personas ha decidido cambiar el rumbo de sus vidas y de su entorno. Se trata de Asouniversal, una organización con sede en Barranquilla y Soledad que desde hace más de ocho años recoge, transforma y dignifica.
Más allá de botellas y cartones, Asouniversal recicla también estigmas. Allí trabajan tanto hombres como mujeres, pero hay un énfasis claro: dignificar el trabajo de las mujeres recicladoras, muchas de ellas cabeza de familia, que por años han sido invisibilizadas mientras sostenían hogares enteros con su esfuerzo.
Donde otros ven basura, ellos ven esperanza
Pero no es solo una voz. Es acción. Desde hace más de nueve años integra un sindicato que lucha por los derechos laborales de trabajadoras como ella, esas que sin contrato ni seguridad social limpian, cocinan y educan a fuerza de amor. Porque si hay algo que define a la señora María es eso: la convicción de que la educación y la civilización —como le gusta decir— son la única vía para que los niños del barrio no repitan la historia de pobreza, abandono, lástima y violencia que algunos quieren reflejar o como desde afuera lo ven.
En un galpón sencillo pero lleno de vida, se apilan grandes sacos que guardan residuos listos para su segunda oportunidad. No son desechos, son recursos. El proceso de recolección y clasificación es meticuloso. El plástico, el cartón, el vidrio y los metales se separan, se limpian y se preparan para ser reintegrados al ciclo productivo.

Aquí, cada botella cuenta. No solo por su valor en el mercado, sino por el valor simbólico de lo que representa: una jornada de trabajo honesta, un ingreso que paga el colegio de un hijo, un almuerzo digno en la mesa de una familia.
Una prensa, muchas Luchas
Dentro del galpón, una prensa hidráulica azul se impone en medio del murmullo del trabajo. Es aquí donde el cartón recolectado se convierte en bloques organizados, listos para ser transportados.

Este es solo un paso del proceso técnico, pero también un símbolo de cómo estas comunidades han aprendido a aprovechar cada recurso, a organizarse, a resistir y a crecer. La formación que reciben en la asociación les ha permitido no solo mejorar sus ingresos, sino también participar en espacios públicos, promover la educación ambiental y defender sus derechos laborales.
Equidad con enfoque: las mujeres al frente
Aunque hombres y mujeres trabajan codo a codo, hay una apuesta clara por resaltar y fortalecer el rol de las mujeres. Muchas de ellas son madres solteras que han cargado el peso de sus hogares durante años. En Asouniversal, han encontrado no solo un ingreso justo, sino también espacios de liderazgo y empoderamiento. Algunas ocupan cargos directivos, Son recicladoras, sí, pero también gestoras ambientales, madres, líderes, ejemplos.
Desde Barranquilla, esta organización demuestra que el reciclaje puede ser una herramienta poderosa para alcanzar justicia social, equidad de género y sostenibilidad ambiental. Donde otros ven desecho, ellas y ellos ven un nuevo comienzo.
Por: Yajeithxy Padilla, Nicolle Andrade y Paula Lopez

Verónica Rodriguez, una residente del barrio San Antonio en Soledad, Atlántico, recuerda con dolor la historia de su esposo, Ever, quien dedicó su vida al reciclaje desde los 14 años de edad. Pero la constante exposición a residuos y la falta de medidas de protección lo llevaron a desarrollar una enfermedad respiratoria crónica que, con el tiempo, le costó la vida. La historia de Ever no es un caso aislado; refleja una problemática de salud pública que se ve afectado a mas del 47% en el municipio y que afecta a muchos recicladores y habitantes de zonas cercanas a botaderos en Soledad y sus alrededores.
“Cuando una persona vive cerca de un vertedero de basura o se dedica al reciclaje sin las condiciones adecuadas, su salud está en riesgo constante,” comparte el doctor Rodrigo Narváez, especialista en medicina comunitaria. “Estos entornos suelen estar cargados de agentes contaminantes como gases que son tóxicos, polvo, microorganismos que pueden afectar y residuos peligrosos que pueden desencadenar enfermedades respiratorias como el asma o la EPOC, además de afecciones gastrointestinales, infecciones en la piel y hasta enfermedades infecciosas como la hepatitis o el tétanos, otras enfermedades comunes y muy desarrolladas es la leptopirosis. La exposición prolongada, sumada a la falta de equipos de protección y acceso limitado a servicios de salud, convierte esta situación en una bomba de tiempo para muchas familias.”
La calidad del aire en Soledad ha sido catalogada como “moderada” en varias ocasiones, lo que indica que grupos sensibles pueden experimentar síntomas respiratorios por la exposición prolongada. Estudios han demostrado que la contaminación del aire es una de las principales causas del aumento de enfermedades respiratorias y mortalidad prematura en municipios como Soledad con probabilidad del 60%. En Soledad, las infecciones respiratorias agudas (IRA) representan una preocupación creciente con el pasar del tiempo. Según datos recientes, las consultas médicas por IRA han aumentado un 25% en el municipio del Atlántico, al cierre de 2024 se reportaron 109.749 casos de IRA afectando principalmente a niños y adultos mayores. Según estudios realizados por el Min salud, no se dispone de cifras exactas sobre la mortalidad por enfermedades respiratorias en Soledad, pero a nivel nacional, en la semana epidemiológica 3 de 2025, se notificaron 22 muertes probables en menores de cinco años por IRA.
Andrea Reboyedo, especialista en la salud de la clínica Porvenir en Soledad nos habló de los casos más tratados en el año 2024 y en lo que va del 2025 en el municipio. “Muchas de las enfermedades que tratamos con frecuencia aquí en la Clínica están directamente relacionadas con las condiciones ambientales a las que están expuestas muchas familias del municipio, especialmente aquellas que viven cerca de botaderos de basura o trabajan en el reciclaje desde hace muchos años,” Andrea Reboyedo, cuenta con más de diez años de experiencia en salud comunitaria. “Vemos casos recurrentes de asma bronquial, bronquitis crónica, EPOC y neumonía, particularmente en personas que han inhalado polvo, humo o materiales tóxicos durante años. También tratamos enfermedades gastrointestinales como hepatitis A, tifoidea y parasitismo intestinal, muchas veces por consumo de agua contaminada o falta de higiene en los entornos de trabajo. A esto se suman afecciones en la piel como dermatitis, micosis y hasta sarna, por la manipulación directa de residuos sin protección. Lo más importante,” agrega, “es reforzar las medidas de prevención: el uso obligatorio de guantes, tapabocas, lavado constante de manos, vacunación y acceso a agua potable, seguridad social y de salud, Además, necesitamos más campañas de educación en salud ambiental y vigilancia médica periódica para estas poblaciones.”
Pero incluso estas no son las únicas afecciones o enfermedades que se pueden tener al vivir alrededor o en áreas cercanas a botaderos de basura, sino que también otras como el tétano que puede ser causado al encontrar agujas, tornillos u objetos sueltos en medio de las basuras y residuos o en las calles del barrio, también las causadas por animales, mordeduras o incluso cuando defecan como la leptospirosis.
Estos datos no están solo presentes en personas que viven internamente en el Barrio San Antonio o de otros vertederos de basura, sino en el municipio en general, notando que, aunque no estén cerca no son casos aislados, lo que también nos hace saber que se necesita crear conciencia para con el medio ambiente y el cómo es tan importante que podría llegar a afectarnos o costarnos la vida a todos.
La historia de Ever pone de manifiesto la urgente necesidad de implementar políticas públicas que protejan la salud de los recicladores y mejoren la calidad del aire en Soledad. Pero no solo eso, sino como todos debemos cuidar de ello y aportar un paso al cambio. Es esencial reconocer y valorar el trabajo de quienes, como Ever, que hizo parte de los más de 320 recicladores del municipio quienes trabajando y “ganándose la vida” como ellos mismos le llaman contribuyen al cuidado del medio ambiente, garantizando condiciones laborales seguras y acceso a servicios de salud adecuados.
“Mi esposo Ever entregó su vida entera al reciclaje, a limpiar las calles que otros ensuciaban, y aun así, cuando su salud empezó a fallar, no encontró el apoyo ni la atención oportuna que necesitábamos”, expresa Verónica con la voz entrecortada. “Los recicladores somos parte fundamental del cuidado del medio ambiente, me incluyo porque él ya no está, pero estoy yo que también desde mis 15 años estoy en este mundo, el cual me ha dado mucho, porque puedo seguir sustentando mi familia y mis tres hijos, pero también me ha quitado mucho, seguimos siendo invisibles para muchos, incluso para el sistema de salud. Hoy, desde mi dolor, pero también desde mi sueño de un futuro mejor solo quiero que esto cambie, que el municipio abra los ojos y que se dé el valor que merecemos. Necesitamos políticas reales, atención médica digna y conciencia ciudadana sin tanta indiferencia.”


En las calles de Soledad, la basura se acumula como un testigo silente del abandono y la indiferencia causando enfermedades o daños que dejan huellas. Este documental transmedia expone las consecuencias ocultas de una crisis ambiental que crece a la sombra de la cotidianidad. A través de imágenes, voces expertas y testimonios reales, revelamos la huella que deja lo que nadie quiere ver… pero que todos terminan sintiendo.