El silencio de la madrugada en el pasillo de un hospital no es un silencio de calma, es un descanso frágil, en cualquier momento se puede quebrar y derrumbar, para Luisa, este descanso termina en el minuto que escucha el monitor, un pitido constante rompe el silencio.
“¡Código azul!”, gritan.
De inmediato el equipo de urgencias actúa con rapidez, ya todos saben que hacer y se dedican a realizar su labor de manera automática. Aunque pareciera que todos ya tienen memorizado los pasos como si fuera una coreografía, es un procedimiento que toma años de experiencia y de esfuerzo.
Luisa Márquez, enfermera, lleva ejerciendo su profesión desde hace 6 años y medio como la enfermera jefa del área de urgencias en el Hospital Juan Dominguez Romero. En cada turno, que empieza a las seis de la tarde y termina a las siete de la mañana, su primera tarea no es atender a los pacientes, sino entenderlos.
“Recibo a cada uno, reviso indicaciones, identifico pendientes y armo mentalmente el mapa de lo que será la noche”.
En su área todo cambia en cuestión de segundos, así que lo esencial es la preparación.
Su trabajo ocurre en movimiento constante. No hay pausas claras ni rutinas fijas. Puede haber momentos de relativa calma, pero basta la llegada de un herido o un paciente en estado crítico para que todo se transforme. En la noche todo se mueve con un ritmo diferente, lo que en el día pareciera que es “sencillo”, en la noche se transforma. Mientras la ciudad duerme, el equipo de urgencias se prepara para recibir todo tipo de emergencias, forzando a su cuerpo a estar en constante alerta y estrés crónico.
“El trasnocho siempre pasa factura. Son doce horas despierta, en movimiento constante”.
La urgencia exige habilidades específicas: paciencia para lidiar con pacientes alterados, rapidez para tomar decisiones inmediatas y resistencia para sostener turnos de doce horas sin descanso real. Y aunque en la noche todo es más complicado y se presentan más casos de alto riesgo no todo es malo, “en la noche uno alcanza a ver más la esencia de las personas. Hay más tiempo para observar, para entender al paciente”. Llega un punto en el que el cuerpo ya no da más, pero eso no impide el nivel de atención que Luisa se empeña en brindar.
Más allá del cansancio, el estrés y la paciencia que exige cada turno, este trabajo arrastra una carga emocional que no desaparece por más experiencia que se tenga.
“El caso que más me marcó fue el de un bebé de cuatro meses. Llegó con dificultad respiratoria y murió en la madrugada, bajo mi servicio”.
Y aunque sean casos duros e injustos, no hay mucho tiempo para detenerse y procesar lo que acaba de suceder: la rutina sigue y la noche vuelve a empezar.
Desde el área de urgencias del Hospital Juan Domínguez Romero, Luisa Márquez narra lo que significa trabajar de noche y lo que pocos alcanzan a ver de ese particular espacio de la ciudad donde pareciera que todo avanza más lento.
Su historia no está marcada por un solo turno, sino por noches acumuladas de cansancio, decisiones rápidas y emociones contenidas. En cada código azul, en cada paciente que llega al límite, no es solo un simple un procedimiento: es una prueba de resistencia y valentía. A pesar de todo habla de su trabajo con una mezcla de firmeza y sensibilidad, consciente de que, aunque muchas historias se apagan, son esas mismas noches las que le dan sentido a lo que hace.