
¿Qué pasó con las estrellas del boxeo?
De la fiebre de oro al silencio: memoria, mecenas y la pregunta que queda flotando.

De la fiebre de oro al silencio: memoria, mecenas y la pregunta que queda flotando.

Entrevista con Endo: disciplina, sacrificio y una ciudad que apoya a medias.

Campeones sobre precariedad: infraestructura frágil y promesas sin sostén.

Leyenda viva de Barrio Abajo: historia, disciplina y legado en el ring.

Un coliseo que resiste: goteras, remiendos y voluntad contra el abandono.

Una mañana en Combat Nation: el calentamiento como una pelea antes de la pelea.

Boxeo real vs. algoritmo: financiación sin pantalla y gloria sin cámaras.

Dos voces que sostienen el legado: la palabra como ring contra el olvido.

Historia, gloria y precariedad: un legado que se niega a caer en la lona.

Entre cuerdas improvisadas y barrios que entrenan: la ciudad aún pelea.

De una vida fuera de control a un cuadrilátero con disciplina: Yohana “Matrix” Sarabia pelea por su carrera, su voz y su lugar en el boxeo.
En la costa, el boxeo sigue vivo, pero tiene una lucha silenciosa y va perdiendo. Su rival no está precisamente dentro del ring, sino afuera. La falta de visibilidad ha significado un golpe bajo para los aficionados de este deporte. Aunque los documentos oficiales del programa Team Barranquilla 2025 demuestran que esta disciplina es la segunda con mayor financiación en el Distrito, su presencia mediática no refleja esa inversión. El dinero está en la lista, pero no en la pantalla. Mientras los pugilistas entrenan por un sueño, en gimnasios desgastados, sin ningún tipo de recursos, y con únicamente la esperanza de ser grandes, otros, solo por tener muchos seguidores están desviando la atención de este deporte. Hoy, un creador de contenido puede llenar un coliseo, hacer sold out, y aparecer en todas las redes sociales sin siquiera dominar la técnica, las peleas entre influencers no nacieron del boxeo, sino del algoritmo, pero aun así se han convertido en un espectáculo rentable, porque, quien no quiere ver una pelea entre Andrea Valdiri y Yina Calderón?. Mientras las luces se encienden para ellos, los boxeadores reales siguen esperando siquiera una nota o una cámara. Tal como analizó ESPN Deportes en un reportaje de este año sobre el auge de los “boxeadores influencers”, estas peleas no nacen del deporte sino del algoritmo, pero aun así están ganando escenario, taquilla y cámaras por encima de los atletas que entrenan toda la vida para competir Por otro lado, los medios de comunicación ponen su foco en el equipo de futbol de la ciudad de Barranquilla, el Junior. Cada vez que este equipo juega, los medios salen corriendo a cubrir todo lo que se pueda, transmisiones, análisis y reacciones. En cambio, si un boxeador local gana un título regional o nacional, apenas logra conseguir una nota corta o una mención de paso. No es solo indiferencia, es silencio por omisión. El verdadero problema no es que el futbol se robe el foco o que influencers con cero experiencia llenen estadios. El golpe duro está en como estas nuevas dinámicas están despojando al boxeo de la relevancia social y cultural que alguna vez tuvo, además de los recursos y su narrativa dentro de la costa. Un torneo juvenil puede hacerse en un barrio sin que una sola cámara llegue, mientras una exhibición improvisada de internet se replica en historias, reels y titulares. Antes, las figuras admiradas venían del ring; ahora, del trending y la polémica. No es que las nuevas generaciones no hagan boxeo, es que no lo ven. En esta epoca si algo no está en internet no existe. Hace unas décadas, los jóvenes soñaban con cinturones, no con seguidores. Los referentes eran Pambelé, Rocky Valdés o Bernardo Caraballo; hoy, el aplauso se mide en vistas, no en victorias, los jóvenes quieren ser Westcol y tener plata sin importar como la consiguen. Los boxeadores siguen entrenando fuerte, ganando combates y esperando que eso sea suficiente para volver a ser lo que eran antes. Pero no es suficiente, los influencers entendieron que, sin historia, no hay público; y el fútbol conserva su protagonismo porque se cuenta todos los días, incluso cuando no pasa nada. En el boxeo existen historias. Buenas historias. Historias de superación, historias de batallas perdidas y más. El boxeo necesita una buena narrativa, para volver al medio. Si este deporte quiere sobrevivir, debe entender que no basta con solo formar peleadores. Tiene que formar relatos, abrir cámaras en los gimnasios populares, convertir testimonios en contenido, disputar espacio en las pantallas y en la conversación pública. De lo contrario, otros seguirán ocupando ese lugar.
Llegué al gimnasio Combat Nation un poco antes de las nueve de la mañana. El lugar, aunque ya lo había visitado un día antes, me seguía impresionando. No sé si era el frío del aire acondicionado, la música que siempre suena fuerte aunque haya pocas personas, o simplemente la atmósfera, pero entrar ahí era como entrar a un espacio donde todo el mundo está en su propia lucha. Ese día no habían tantas personas, pero aún así, se sentía la energía acumulada de los entrenamientos, como si las paredes guardaran los ecos de los golpes y las respiraciones agitadas. Las luces blancas caían de frente sobre los espejos gigantes, esos que no perdonan nada: ni la postura, ni el cansancio, ni la cara de sufrimiento. Los sacos negros están colgados en fila, quietos, esperando que alguien los despierte a punta de golpes. Y el logo del gimnasio está por todas partes: en los guantes, en los uniformes, en las paredes… como si no te dejaran olvidar dónde estás. Aunque lo que más llamaba la atención eran las calabazas, telarañas y esqueletos plásticos pegados en las esquinas por Halloween. Raro ver cosas de fiesta encima de un ambiente tan rudo, pero ahí estaban. Combat Nation fue fundado por Alberto Orellano, un joven de 34 años, cinturón negro en jiu-jitsu brasileño y expeleador de artes marciales mixtas. Antes entrenaba solo para él mismo, para competir y pelear, pero un día decidió abrir su gimnasio en Barranquilla. Ahora se enfoca en formar a otros, desde los que llegan sin saber ni cerrar los puños, hasta quienes terminan subiendo a un ring. Esa visión se siente en las clases: en cómo corrigen, en cómo te hablan, en cómo empujan a la gente a no rendirse. A las 9:05, Sergio Fuentes, peleador profesional de artes marciales mixtas y mi instructor de ese día, nos reunió a todos. Él tiene esa energía que uno siente desde que lo ve: habla fuerte, firme, pero sin gritar por gritar. Antes de comenzar con los guantes, pidió que articuláramos bien el cuerpo: hombros, muñecas, tobillos, cuello. Luego pasamos a saltar la cuerda, un ejercicio que parecía sencillo, uno empieza bien, pero pasan veinte segundos y ya las pantorrillas arden, la respiración cambia, y de repente la cuerda empieza a pegarte en los pies como si tuviera vida propia. El ritmo de la música seguía marcando todo, mezclándose con el sonido de las cuerdas chocando contra el piso. El cuerpo todavía se estaba despertando, pero el aire ya empezaba a oler a esfuerzo. Luego vinieron los movimientos básicos: golpes al aire, pasos cortos hacia adelante y hacia atrás, giros del torso, defensas simples. Sergio caminaba por todo el salón, mirando a cada persona, corrigiendo pequeñas cosas que yo ni sabía que estaba haciendo mal: “Súbele el hombro a ese jab”, “No abras tanto los codos”, “Respira, no te quedes tiesa”. Cada vez que alguien bajaba el ritmo, él subía la voz: “Vamos, vamos, vamos que el cuerpo puede más de lo que la mente da”. Y seguíamos, aunque los músculos ya estuvieran protestando. Pronto entendí que el boxeo es mucho más exigente de lo que parece. Me canso rápido. Muy rápido. El sudor me cae por la frente, por los brazos, por la espalda, y yo todavía no había golpeado un saco. Entre cada golpe entendí que el cansancio no es un enemigo, sino una prueba de cuánto estás dispuesto a avanzar, incluso cuando todo dentro de ti quiere detenerse. Mis piernas temblaban, mis manos también, pero algo dentro de mí no quería parar. Había una mezcla de adrenalina, vergüenza de quedarse atrás y, sobre todo, ganas de demostrarme que podía aguantar. Después pasamos al circuito de calentamiento “serio”, y ahí sí sentí que el cuerpo dejó de despertarse para empezar a pelear por su vida. Sergio lo explicó rápido, casi sin darnos tiempo de procesar, y apenas dijo “tres, dos, uno”, empezamos. Primero fueron los saltos laterales. Yo pensaba que eran simples, pero no. Teníamos que movernos de un lado a otro rápido, casi rozando el piso con la punta de los pies, manteniendo las manos en guardia. Cada salto se sentía como si mis piernas cargaran el doble de mi peso. Sergio pasaba mirándonos y decía: “¡No bajen los brazos, que esto no es zumba!”. Y yo ahí, con los brazos temblando, tratando de mantener la postura, sintiendo cómo los muslos ardían desde el segundo diez. Después vinieron los rodillazos al aire. Ahí sí que se me aceleró la respiración. Era levantar las rodillas lo más alto posible, rápido, como si tuviéramos un oponente imaginario al frente. Teníamos que activar el abdomen, girar un poco la cadera y mantener el ritmo sin parar. A cada rodillazo sentía un mini golpecito en la parte baja de la barriga, como si mis propios músculos protestaran. Yo intentaba seguir el ritmo de los demás, pero ya estaba empezando a sentir la garganta caliente de tanto respirar. Las sentadillas con salto fueron la verdadera prueba. Bajábamos profundo, como si fuéramos a sentarnos, y luego subíamos con un salto explosivo. Yo sentía que mis piernas estaban hechas de gelatina. Cada vez que aterrizaba, el impacto me subía por las rodillas hasta las caderas, pero igual tocaba bajar de nuevo. Sergio decía: “¡Más explosividad!”, y yo solo pensaba: “¿Explosividad dónde, si ya no tengo nada?”. Sin embargo, seguía. Bajaba, subía, aterrizaba, y trataba de no quedarme atrás. Luego pasamos a los golpes rápidos al aire. Era lanzar jabs y cruzados sin parar por treinta segundos, pero con velocidad, como si quisiéramos golpear mosquitos invisibles que no dejaban de joder. Los hombros se me empezaron a dormir. Literal. Sentía los brazos pesados, como si estuviera moviendo un par de ladrillos. Pero aun así tenía que mantener la guardia, rotar el torso, extender bien el brazo y volver a subirlo. En ese punto ya ni sabía si estaba golpeando bien; solo sabía que estaba tratando. El mini sprint estático fue el remate. Parecía sencillo: correr en el puesto rápido, sin movernos del mismo lugar. Pero eso es pura trampa. A los cinco segundos ya sentía los pies calientes, los gemelos a punto de reventar y el corazón latiendo en la garganta. Sergio gritaba: “¡Más rápido, que esto es lo que marca la resistencia!”. Y yo aceleraba aunque no sabía de dónde estaba sacando fuerza. Teníamos las manos arriba, como en guardia, para que doliera más. Y dolía. Uf, si dolía. El circuito completo duró apenas unos minutos, pero yo juro que en mi cabeza fueron diez años. Terminé respirando como si hubiera corrido una cuadra entera, con el sudor bajándome por la frente y la camiseta empezando a mojarse por completo. Ese fue el momento exacto en el que entendí que el calentamiento en boxeo no es calentamiento: es una mini pelea antes de la pelea. Cuando por fin llegó el momento de usar los guantes, sentí el verdadero peso del boxeo. Los primeros golpes contra el saco me sacudieron los brazos. Al principio eran suaves, luego más firmes, hasta que el sonido de cada impacto se mezclaba con mi propia respiración agitada. Me cansaba muy rápido, seguramente por no estar acostumbrada al ejercicio, pero no quería parar. Veía a los demás golpear con potencia, y aunque era la única mujer en la clase, nunca sentí miradas incómodas ni distancia. Al contrario, algunos compañeros me daban consejos, me decían cómo posicionar los pies o cómo girar la muñeca para golpear mejor. Todo el ambiente se sentía inclusivo, respetuoso y lleno de compañerísmo. Hicimos una combinación que parecía sencilla, pero no lo era. A simple vista era solo un jab, luego otro jab, después un cruzado, un paso atrás, una defensa con la cabeza y, al final, otro cruzado más fuerte. Pero poner todo eso junto, en movimiento, era otro cuento. Los jabs tenían que salir rápidos, como dos pequeños avisos antes del golpe grande. El cruzado necesitaba sí o sí un buen giro de cadera, porque sin eso no pega ni la mitad. El paso atrás había que hacerlo ligero, casi flotando, como si de verdad estuvieras esquivando a alguien. Y la defensa debía ser mínima, apenas moviendo la cabeza lo justo para que “no te conecten”. Después de todo eso, venía el último cruzado, que tenía que salir con más fuerza que el primero. Mientras lo hacía, sentía que mis manos iban a un ritmo, mis pies a otro y mi cabeza tratando de coordinar todo sin enredarse. A veces pensaba demasiado en el paso atrás y se me olvidaba defender, otras veces los jabs salían bien pero el cruzado se me iba flojito. Igual seguía intentando que cada golpe sonara un poquito más firme contra el saco. El sudor fue el verdadero protagonista del entrenamiento, no dejó de caer un solo segundo. Había gotas en mis guantes, en mi cara, en el piso. Mi camiseta estaba empapada como si hubiera salido de una piscina. Pero aun así, seguía. Había momentos en que los brazos ya no me respondían igual, pero yo buscaba fuerza donde fuera, porque ya estaba ahí, metida en la clase, y no iba a retroceder. Eran las 10:20, la clase se sentía eterna pero también quería seguir descubriendo y aprendiendo sobre nuevos ejercicios y técnicas, pero la clase llegó a su fin. Sergio se acercó, nos felicitó a todos, nos dió la mano, noz hizo un feedback y nos recordó estirar los músculos para evitar el dolor del día siguiente (aunque igual me dolió todo). Mientras guardaba los guantes, sentía una mezcla de agotamiento y satisfacción. El corazón todavía me latía rápido, pero ahora ya no por los nervios, sino por el orgullo de haber terminado. Salir del gimnasio fue como cambiar de dimensión. Afuera hacía sol, los carros pasaban como si nada, la gente caminaba normal. Pero yo venía con la camiseta mojada, las piernas temblorosas y una sensación extraña de orgullo. Como si hubiera peleado conmigo misma y hubiera ganado. Ese día entendí algo que siempre había escuchado, pero nunca había vivido: el boxeo no solo fortalece el cuerpo, sino también la mente. Te enseña a seguir incluso cuando estás cansada, a no bajar la guardia ni en los momentos difíciles, a encontrar fuerza donde creías que no había. Finalmente entendí que no todos los combates se ganan con los puños. Algunos se ganan solo por decidir no rendirse.
Antes de escuchar los guantes chocando contra los sacos, lo primero que se siente al entrar al Palacio de Combates Sugar Baby Rojas es el silencio viejo de un lugar que ha visto demasiado. Donde cada golpe tiene memoria. Cada gota de sudor sobre el piso pertenece a una historia que intenta abrirse camino, incluso cuando el camino se cae a pedazos. Pero no es un silencio absoluto, es un silencio que se cuela entre las filtraciones del techo, entre las paredes desgastadas, entre el ring cansado que pide un respiro. Ese silencio se rompe apenas aparece la figura de un entrenador corrigiendo a un muchacho, el rebote seco de una pera remendada o el sonido húmedo de los guantes golpeando un saco desgastado. Es entonces cuando el coliseo despierta, cuando vuelve a ser lo que siempre ha sido: un refugio para quienes encuentran en el boxeo la única forma de pelear por algo más que una medalla. Allí entrenan niños, jóvenes y veteranos que cargan los guantes como si fueran una extensión de su esperanza y de ellos mismos. Entre sacos desgastados y peras remendadas con cinta, el eco de los golpes se mezcla con la voz firme de los entrenadores: Armando “el Policía”, Juanito Herrera, el profesor Raúl Angulo y Batey. Ellos no solo enseñan combinaciones; son guardianes de un legado que el tiempo, y sobre todo la falta de apoyo, han intentado terminar. Construyen sueños, familias, futuros e intentan reconstruir un espacio que ha estado en el olvido. Este espacio se aleja mucho de lo que alguna vez los barranquilleros apasionados por el boxeo se imaginaron. El ring, el corazón de cualquier gimnasio de boxeo, está desnivelado, remendado con retazos de tela y cinta que intentan aguantar otro entramiento más. Cuando llueve, el coliseo cambia por completo, las filtraciones del techo, por donde corren ratas desde las siete de la noche, dejan que el agua caiga libremente e inunde el espacio donde los chicos entrenan, los mosquitos no tardan en aparecer y el olor pesado a humedad se aferra a cada rincón del lugar. “Entrenamos como podemos”, dicen ellos, sin queja, pero con una tristeza que no disimulan. Los entrenadores, lejos de recibir apoyo institucional, han tenido que volverse gestores, proveedores y hasta magos. Sacan recursos de rifas improvisadas, aportes propios o de personas solidarias que apadrinan a los muchachos con botas o guantes, porque los implementos oficiales no han vuelto a llegar… o simplemente se perdieron en el tiempo. Lo que antes era un coliseo cubierto con bicicletas, caminadoras y elípticas al servicio de los boxeadores, hoy es un escenario vacío. Todo ese equipo desapareció sin explicación, y jamás fue reemplazado. Solo quedan las historias de quienes sí alcanzaron a usarlas cuando entrenar ahí era un privilegio, no una odisea. Quise ir más allá de lo que se ve a simple vista. Busqué cifras, informes, planes de inversión, cualquier documento que demostrara que hay un sistema detrás del Sugar Baby Rojas. Revisé comunicados oficiales, reportes de prensa local, archivos públicos. No encontré nada. Ninguna evidencia pública de financiamiento para entrenadores. Ningún plan de reposición de implementos. Ninguna ruta de mantenimiento. Nada. Solo quedan las palabras de quiénes allí entrenan. El coliseo aparece mencionado solo cuando hay un evento grande, cuando conviene en foto, cuando sirve para cortar una cinta. Pero en el día a día, en el espacio donde los chicos entrenan entre goteras y sacos remendados, no hay rastro de inversión. Es un vacío administrativo tan evidente que deja claro que este lugar opera gracias al esfuerzo de quienes lo habitan, no de quienes deberían gestionarlo. Y si alguien quiere quejarse, la situación es aún peor. No hay un buzón de sugerencias, una línea directa, un funcionario encargado, un protocolo visible. Tampoco una instancia donde los deportistas expresen que quieren seguir entrenando y que quieren un mejor futuro, pero se ven obligados a dejar de hacerlo por la falta de un par de vendas, de unos guantes, de unas botas, de apoyo. El coliseo está lleno de problemas, pero vacío de canales para reportarlos. Es una paradoja dolorosa: se exige disciplina, rendimiento, títulos… pero no se ofrece lo mínimo para sostener el deporte. Como si el boxeo barranquillero tuviera que sobrevivir a punta de voluntad, sudor y remiendos, mientras su administración permanece en silencio, sin responder, sin aparecer, o al menos, no para todos. Muchos de los chicos que alcancé a conocer en este hermoso mundo del boxeo, ya no están, no entrenan. Han tenido que dejar de hacerlo porque no pueden pagarle a un profesor, porque no tienen guantes, o porque la precariedad terminó ganando la pelea que ellos aún no habían aprendido a dar. Cada ausencia pesa como un nocaut silencioso. Y, aun así, cada tarde el Sugar Baby revive. Se encienden las luces amarillentas, suena el golpe seco contra el saco, y las voces de los entrenadores llenan el espacio como si estuvieran protegiendo algo sagrado. Porque lo están. Están defendiendo el corazón del boxeo barranquillero, una disciplina que ha dado títulos, glorias y orgullo al país entero, pero que parece entrenar sola contra el abandono. En medio del deterioro, del esfuerzo improvisado y de la esperanza tercamente insistente, el Coliseo Sugar Baby Rojas sigue en pie. No por su estructura, sino por la gente que lo habita. Porque mientras haya un muchacho que quiera aprender a esquivar, un entrenador que llegue con sus propios guantes bajo el brazo, y un golpe que resuene en medio del silencio, este coliseo seguirá recordándonos que el boxeo como la vida misma no se rinde en Barranquilla.
En el corazón de Barrio Abajo, donde el calor se mezcla con el bullicio de los vecinos y el eco de los tambores, vive un hombre que dedicó su vida a lanzar golpes, pero también a levantar sueños. Juan Evangelista Herrera Cañate, o simplemente Juanito Herrera, como todos lo conocen; es una leyenda viva del boxeo barranquillero. Su historia está marcada por la lucha, la decepción y la perseverancia, pero, sobre todo, por un amor inquebrantable hacia el deporte que le dio sentido a su vida, el boxeo. En una tarde calurosa, en el Palacio de Combate Sugar Baby Rojas, Juanito nos recibe con una gorra gastada, una sonrisa amplia y las marcas de una vida que ha enfrentado con valentía. A sus 73 años, aún conserva la energía de aquel niño que soñaba con ser campeón mundial, aunque su destino lo llevó por caminos inesperados. “Yo practicaba béisbol”, recuerda, con melancolía. “Estaba en un equipo llamado Las Estrellas Nuevas, pero me sacaron de la selección infantil antes del campeonato nacional. Fue un golpe muy duro”. Ese golpe, sin embargo, no logró dejarlo tirado en la lona. Muy cerca de su antigua escuela, el joven Juanito descubrió un nuevo escenario: el coliseo cubierto donde los boxeadores entrenaban. Ahí empezó su verdadero sueño. Su carrera deportiva comenzó en 1968 bajo la dirección de Alberto Morales. Ese mismo año fue campeón nacional en la división de 48 kilos. Al año siguiente repitió el título en Cartagena. Pero en 1970, cuando parecía que nada podía detenerlo, un falso diagnóstico médico cambió el rumbo de su vida. Le dijeron que tenía un problema neurológico y lo apartaron del ring. “Iba cada tres meses a Bogotá, y nunca me daban un resultado”, cuenta. “Hasta que, en Puerto Rico, tres años después, me dijeron que no tenía nada”, ya había perdido mucho tiempo y parte de mi sueño. El regreso fue inevitable. “Volví a competir en 1973, el 20 de julio, en Barranquilla”, dice con orgullo. “Solo quería demostrar que esos médicos se habían equivocado”. Y lo logró. En 1974, Juanito hizo historia: fue el primer colombiano en ganar una pelea profesional en Tokio, venciendo al japonés Takenobu Shimabukuro, séptimo del mundo en peso mosca. “En Tokio no ganaba nadie”, recuerda con una sonrisa. “Ni siquiera Bernardo Caraballo. Pero yo sí gané allá”. Hoy, sentado frente al ring donde entrena a sus pupilos, Juanito observa con atención los movimientos de sus jóvenes boxeadores. Cada golpe que lanzan es un pedazo de su historia que continúa. Pero su mirada se ensombrece cuando habla del presente del boxeo atlanticense: “El boxeo le ha dado muchos títulos al país, pero está abandonado. Aquí los mismos peleadores son los que sostienen los gimnasios. Falta apoyo, falta gestión”, dice con impotencia. Aun así, no se rinde. Su meta sigue viva: formar un campeón que llegue a unos Juegos Olímpicos o a un mundial. Entre guantes sudados y voces juveniles que lo llaman “profe”, Juanito mantiene su esperanza. “Este deporte es muy lindo”, dice. “Solo hay que alejarse de las malas amistades y seguir luchando”. En Barrio Abajo, entre el ruido de los carros y los ecos de los golpes contra los sacos, Juanito Herrera sigue ahí: firme, enseñando a no rendirse. Porque los verdaderos campeones no son los que ganan títulos, sino los que nunca dejan de pelear.
El boxeo barranquillero sigue produciendo campeones sin que nadie les garantice un ring digno donde pelear. Mientras las medallas se exhiben en redes, los gimnasios se caen a pedazos, los entrenadores trabajan sin salario fijo y las promesas juveniles deben elegir entre entrenar o buscar trabajo. La ciudad celebra el golpe final, pero ignora todo lo que pasa antes del campanazo inicial. Pocos deportes representan tan bien la historia del Caribe como el boxeo: esfuerzo individual, resistencia popular y talento sin vitrinas. En Barranquilla, esa herencia sigue viva, pero más por inercia que por política pública o interés genuino en “meterle ganas” a lo que alguna vez fue un símbolo no solo deportivo, sino cultural por allá en los históricos años 70s, 80s y 90s. De acuerdo con los reportes de Indeportes Atlántico, el departamento ha sido protagonista en los últimos Juegos Nacionales Juveniles, con medallas en categorías menores y una participación destacada. Sin embargo, esos logros contrastan con una realidad incómoda: los gimnasios carecen de una infraestructura sólida, los cuadriláteros están deteriorados, y la mayoría de los entrenadores trabaja sin contratos estables o en la precariedad ni apoyo para sus deportistas. Es decir, el éxito se construye sobre la precariedad. La Liga de Boxeo del Atlántico hace esfuerzos por mantener su calendario, pero sus recursos son limitados y dependen casi exclusivamente del apoyo local, que llega tarde o mal. No hay un programa municipal serio y grande de masificación deportiva, ni una estrategia para vincular el talento aficionado con el boxeo profesional. Si bien se saca una que otra cosa relacionada con el boxeo o la existencia de entidades como la FIP o la OMV, no existe una entidad única que formalice su práctica y organización, lo que hace que, en Barranquilla, el futuro del boxeo se juega a los dados. Así como lo dijo el periodista Estewil Quesada, uno de los cronistas más respetados del deporte en el Caribe, lo ha resumido en distintos espacios: “La creación de muchas entidades con relación al boxeo hizo que este perdiera terreno frente a otros deportes”. Y tiene razón. Mientras la ciudad se pavonea con eventos internacionales y promesas de infraestructura moderna, los escenarios del boxeo local se mantienen al borde del olvido, ya no se le reconoce a campeón del mundo, sino a la entidad que lo representa. Y mientras tanto en el ambito local, no hay continuidad en los proyectos, ni acompañamiento psicológico, médico o nutricional. Paradójicamente, Barranquilla ha sido sede de veladas de la Asociación Mundial de Boxeo (WBA) y de torneos nacionales. Pero esos eventos son fuegos artificiales: una noche de luces que no deja legado. Los púgiles que allí compiten regresan a entrenar entre goteras y costales rotos. Y mientras tanto, las autoridades locales insisten en el discurso del “semillero” sin entender que el talento sin estructura termina migrando o desistiendo. El boxeo de barrio, que en su momento formó campeones como Fidel Bassa o Pambelé, hoy sobrevive gracias a la terquedad de los entrenadores comunitarios. Son ellos, y no las oficinas climatizadas, quienes sostienen el músculo del deporte. No se trata solo de nostalgia. El boxeo es también un vehículo social en una ciudad donde el desempleo juvenil y la falta de oportunidades golpean tan duro como un gancho al hígado. Cada joven que entra a un gimnasio evita, al menos por unas horas, caer en dinámicas de violencia o adicciones, utilizar el contacto físico como deporte y no como delito o forma de supervivencia. Y aun así, las políticas públicas lo tratan como un espectáculo menor.
Por las calles calurosas de San Felipe, donde alguna vez resonaron los ecos del boxeo barranquillero, viven dos hombres que han hecho de la palabra su guante y del recuerdo su ring. Estewil Quesada y Emel Elvear Castro, periodistas deportivos, se han convertido en los portavoces de un legado que hoy lucha por no ser derribado por el olvido. El lunes, bajo un sol que parecía pesar sobre las aceras, llegamos a sus casas. La de Estewil, amplia, con paredes que exhiben no los rostros de campeones, sino los títulos que ha conquistado en el campo académico: su pregrado, su maestría, su carrera forjada entre redacciones y aulas. Todo ordenado, silencioso, como si cada diploma fuera un recordatorio de que el conocimiento también es una forma de resistencia. Estewil nos compartió no solo datos que podrían llenar un libro entero, sino también historias, anécdotas y su mirada sobre la situación actual del boxeo, tanto a nivel local como internacional. Habla con precisión de cada campeonato, recordando fechas y escenarios como si los combates aún estuvieran sucediendo. Pero entre esos recuerdos emerge una verdad incómoda: hoy ya no importa quién es el campeón del mundo, sino la organización que lo respalda. A unas cuadras, la casa de Emel se levanta más discreta, con una sala sencilla donde nos recibió sin pretensiones. No había fotografías, ni trofeos, ni rastros de nostalgia material. Solo su presencia y la camiseta del torneo nacional de boxeo Quindío 2024 bastaban para comprender que, aunque el boxeo ya no ocupe los titulares, aún encuentra refugio en la memoria de quienes lo narraron cuando era orgullo de la ciudad. Ambos han dedicado décadas a contar las historias del ring, a seguir los pasos de pugilistas que forjaron su destino entre el sudor y la esperanza. Hoy, sus voces sobreviven en medio de una Barranquilla que crece hacia arriba, pero que parece haber olvidado mirar hacia sus propias raíces deportivas. El boxeo, que alguna vez levantó a los barrios y dio identidad a una generación, se consume entre la falta de infraestructura, el abandono institucional y la indiferencia colectiva. Lo que está en juego no es únicamente un deporte, sino una parte esencial de la historia cultural de la ciudad. Hoy, el boxeo ya no atrae la atención por sus categorías de peso o su técnica, sino por el amarillismo que lo rodea: peleas entre influencers, combates absurdos entre figuras mediáticas o farsas que apelan al morbo. Ya no importa el arte del golpe, sino el espectáculo que genera. Sin embargo, el boxeo fue, durante años, una metáfora viva de Barranquilla: una ciudad que aprendió a pelear desde abajo, a levantarse tras cada golpe y a celebrar las victorias sin olvidar sus cicatrices. Hoy, entre las calles tranquilas de San Felipe, Estewil y Emel mantienen encendida esa llama. No desde el cuadrilátero, sino desde la palabra. Son los últimos cronistas del ring, los que siguen contando para que el silencio no tenga la última campanada.
Son las tres de la tarde y voy rumbo a conocer a Endo, un boxeador amateur. El lugar de la citación me resulta un poco particular: un centro comercial. No estoy del todo segura de que sea el sitio ideal para una entrevista, pero él dice que le queda más fácil llegar desde la universidad. Mientras lo espero, pienso en lo que estoy a punto de hacer: entrevistar a un boxeador. Tengo todas las preguntas listas, pero me doy cuenta de que hay algo que todavía no tengo claro: ¿qué significa realmente ser boxeador amateur?
Saque el celular y busque una definición rápida. Según Wikipedia, el boxeo amateur —también conocido como boxeo aficionado— es la modalidad que se practica en clubes, ligas y competencias como los Juegos Olímpicos o Panamericanos. En Colombia, la Federación Colombiana de Boxeo (Fecolbox) es la entidad que regula el deporte en todo el territorio, encargada de organizar los campeonatos y establecer las normas. En el Atlántico, la práctica depende de la Liga del Atlántico de Boxeo, aunque también existen fundaciones que promueven el deporte, como Probox, que organiza veladas y torneos locales.
A los pocos minutos llega Endo. Tiene 21 años, estudia Ingeniería Civil en la Universidad de la Costa y viene aún con el morral al hombro.
—Disculpa, me fui a la universidad —me dice—, pensé que llegarías más tarde.
A primera vista no parece un boxeador. Ni la complexión fornida ni la actitud dura que solemos imaginar. Más bien parece un chico tranquilo, uno que podría pasar desapercibido en cualquier grupo de estudiantes. Me sorprende esa primera contradicción entre la idea que tenía del boxeo y lo que tengo frente a mí.
La conversación comenzó de forma apresurada: nos dimos la mano y, sin preámbulos, decidí ir directo al grano. Tenía una pregunta crucial, la que definiría nuestra larga conversación y revelaría la cruda realidad de ser boxeador amateur en una ciudad como Barranquilla.
—¿Hay apoyo para los boxeadores en Barranquilla?
Endo se queda un segundo en silencio, como si buscara las palabras adecuadas.
—Muy poco —responde al final—. La mayoría de los que estamos en esto lo hacemos por pasión. Los entrenadores ponen de su parte, pero muchas veces toca costear los guantes, los uniformes, hasta el transporte para ir a las competencias. Si uno no tiene quién lo respalde, es difícil mantenerse.
Con esas palabras supe que a primera instancia ser boxeador amateur en una ciudad como Barranquilla puede ser considerado más un acto de fe que una profesión en construcción. Con algo de extrañeza le pregunto porque al menos en esta época el boxeo en Barranquilla está volviendo a sonar mucho, cada tanto se organizan veladas boxísticas y se ha visto más apoyo por parte de la alcaldía.
—Hace poco —dice— la Alcaldía creó una metodología que se llamó Boxeo del Parque.
El boxeo amateur en Barranquilla ha vivido un “resurgimiento” en los últimos años, impulsado por la pasión barrial y las iniciativas institucionales. El programa “Boxeo al Parque”, liderado por la Secretaría Distrital de Recreación y Deportes, se convirtió en una de las ultimas muestras de ese resurgir. Su primera edición fue un éxito: reunió a más de ochenta boxeadores de distintos clubes en nueve jornadas realizadas en parques de la ciudad.
Durante el cambio de administración de la liga del atlántico, me explica, se hicieron varias veladas bajo esa marca: en el Malecón, El Bosque, el Parque de Venezuela y hasta en Soledad.
-La organización mejoró —me cuenta—, porque antes era terrible. Llegabas al lugar y te decían: “vas a pelear”, sin inscripción ni control. Ahora al menos toman los datos de peso, estatura y experiencia para emparejar bien.
Me habla con detalle del cambio que implicó eso. Antes, dice, el caos era tal que un boxeador podía enfrentar a alguien con más años de experiencia sin que nadie lo notara. Pero, aunque la metodología mejoró, no todo fue tan transparente como parecía.
—Prometieron darnos implementación —recuerda—: guantes, caretas, conchas. Pero al final casi nada llegó. Dijeron que la alcaldía iba a cubrir ese presupuesto, y al final lo que hicieron fue rifar las cosas. Ahí hubo un pequeño robo. Se ríe con resignación, pero se nota el fastidio. La última velada, en el Malecón, fue distinta:
—Esa sí la grabaron y nos dieron uniforme, medalla y un reconocimiento en cartón. Al menos ahí se notó algo más formal.
Endo me dice que el boxeo en Colombia no tiene tanto apoyo institucional como otros deportes —patinaje, voleibol, fútbol— y que eso abre espacio para que algunos se aprovechen, “porque de ahí sacan algo de plata”, comenta con cierta frustración. Antes de la intervención de la Liga y la Alcaldía, las escuelas barriales organizaban todo por su cuenta, sin depender de nadie. En esos eventos, recuerda, a veces hasta daban una merienda o un jugo a los competidores; algo pequeño, pero que servía para hidratarse y rendir mejor.
Ser boxeador amateur no es fácil, más si estás siendo entrenado en escuelas barriales. Las condiciones no son tan buenas como en otras, en temas de comodidad. Me cuenta que algunas escuelas no tienen aire acondicionado y les toca entrenar con el fogaje, siendo más complicado tomando en cuenta que en deportes como el boxeo las personas suelen deshidratarse demasiado, pero que algunos consideran y él se incluye que esto les da más fuerza y más voluntad.
Le pregunto cómo funciona entonces una pelea amateur. Endo me hace la explicación completa:
—Hay dos formas principales —explica—. En las juveniles, específicamente amateurs, las peleas suelen ser de tres rounds. Tres minutos de pelea por uno de descanso, y gana quien más golpes conecte sobre su oponente y reciba menos. En el caso de las mujeres juveniles, pueden ser dos minutos por round con un minuto y medio de descanso, o tres minutos con dos de descanso. Para los boxeadores nuevos se reducen los rounds a dos minutos para no sobrecargar el físico ni el pulmón.
Además, me cuenta que en el amateur el conteo de caída es diferente:
—Si recibes un golpe fuerte, el referee te hace un conteo de hasta ocho, y si puede continuar, te aprieta los guantes y sigues. A diferencia del profesional, donde el conteo puede ser del uno al diez si caes a la lona.
Endo me explica también el clinch:
—Cuando estamos abrazados durante la pelea, es para descansar tácticamente. En amateur no se ve tanto, pero sirve para recuperar un poco el aire y protegerse.
Luego llegamos al tema que siempre le preocupa a los boxeadores amateurs: el corte de peso.
Endo me detalla todo el proceso:
—Antes de la pelea, uno tiene que ajustar el peso. Yo normalmente peso kilos 62 y peleo en 57. Bajamos de 4 a 5 kilos gradualmente, reduciendo la ingesta de líquidos hasta unos 500 mililitros al día durante 2 o 3 semanas de entrenamiento intenso. Esto nos permite llegar al pesaje sin deshidratarnos en exceso. Al día de la pelea, tomamos electrolitos y frutas con azúcar natural —banano, manzana, pera— para recuperar energía y mantenernos en condiciones. Los profesionales bajan incluso de 12 a 13 kilos, pero eso ya es otro nivel y mucho más riesgoso.
Mientras escuchaba a Endo detallar el sacrificio físico y la disciplina necesaria para el corte de peso y el paso al profesional, mi mente regresó a la pregunta de cuán peligroso es realmente el boxeo. Según las investigaciones médicas (incluyendo declaraciones de la Asociación Médica Mundial), el boxeo es clasificado como un deporte de alto riesgo. Más allá de los riesgos agudos que Endo ya conoce —como los cortes, las fracturas y las conmociones cerebrales—, la principal preocupación radica en el daño crónico. Los golpes repetitivos a la cabeza, incluso aquellos que no causan un knock out, se asocian a la Encefalopatía Traumática Crónica (ETC), una enfermedad neurodegenerativa que puede causar a largo plazo pérdida de memoria, problemas de equilibrio y deterioro cognitivo, similar al Alzheimer o el Párkinson. Este riesgo se acentúa con las duras condiciones de entrenamiento que él describe (el "fogaje" y la deshidratación para el pesaje) y la falta de equipo adecuado que, en el contexto amateur de Barranquilla, obliga a confiar más en la fe que en la protección institucional.
Le pregunto a Endo si alguna vez ha tenido miedo o si ha querido dejarlo.
—Todos sabemos que es un riesgo, pero no, nunca he querido dejarlo, me contesta con una certeza que me desarma. Lo que sí cambió es el "monotipo" de nosotros ver el boxeo.
Endo explica que la antigua generación de boxeadores, ídolos como Antonio Cervantes ("Kid Pambelé"), Happy Lora o Álvaro Mercado no supieron manejar el dinero y la fama. No porque fueran malos, sino porque "no tuvieron la educación".
—Eso influyó a que mucha gente antes tomara malas decisiones y en muchos casos feos —me dice, haciendo una pausa—. Mucha gente se aprovechó de ellos.
Me aclara que ahora existe un nuevo entendimiento en el deporte: el boxeador debe dejar la rudeza en el ring. "Dentro del ring soy esto, pero afuera del ring soy otra persona". Para él, el problema de apoyo en Barranquilla es más profundo y no solo boxístico: es un tema "cultural, socioeconómico y educacional" que arrastra falencias políticas a nivel nacional.
En ese momento, entiendo mejor por qué me había mencionado a sus ídolos: al Zurdo Camacho, que le enseñó todo, y a Gervonta Davis, un boxeador internacional "muy problemático". Vi que en ellos dos se reflejaba toda la discusión previa: el talento descomunal y la capacidad de autodestrucción cuando falta la disciplina fuera del ring.
Endo menciona a uno de sus entrenadores Álvaro Mercado al mencionar los grandes boxeadores que en algún momento perdieron todo. Le pregunto por él y Endo me da la respuesta más dura y personal sobre los riesgos que acabamos de discutir.
—El señor Mercado... su factor mental está lastimado —me explica. Es difícil hablar con él porque no puede hablar bien. Tienes que tomarte tu tiempo para acostumbrarte a leer lo que él dice entre palabras... Y es por eso también: el factor mental está lastimado.
Endo me señala el dedo meñique de su propia mano, que está ligeramente recogido, e indica que ese gesto es similar a una secuela que afecta al señor Mercado, diciendo que es un recordatorio físico de ese factor mental dañado. El caso de Mercado es un espejo trágico, el costo real del boxeo: el daño neurológico en una leyenda que ahora, de sesenta y pico años, es difícil de entenderle.
Le pregunto sobre cómo un boxeador amateur puede volverse profesional:
—Para pasar de amateur a profesional no es automático —explica—. Primero tienes que ganar experiencia y demostrar que sabes manejar peleas con estrategia, resistencia y disciplina. Algunas personas incluso pagan para entrar al profesional, pero eso no garantiza nada si no tienes la preparación necesaria. Las competencias amateurs son la base: aprendes a mantener el peso, a pelear tres rounds y a respetar al rival. Todo eso te prepara para el siguiente nivel.
Aclara que en el profesionalismo cambian la intensidad de las peleas, la duración de los rounds y la forma de manejar los golpes:
—El profesional es diferente —dice—. Allí los rounds son más largos, los golpes más fuertes y los cortes de peso son extremos. La estrategia cambia porque no es solo tirar golpes, sino manejar la resistencia, la presión psicológica y los riesgos físicos. Muchos amateurs piensan que pueden dar el salto rápido, pero hay que hacerlo paso a paso, aprendiendo de cada pelea.
Mientras hablamos se me ocurre preguntarle cuál ha sido la pelea más significativa que ha tenido hasta el momento, esperaba que me contara tal vez una derrota, pero me menciona una de sus victorias en Boxeo al parque:
—Le dejé un moretón horrible en el ojo —dice—, pero nunca lo descendí. Al final, me di la mano con mi rival, lo abracé y felicitamos a los demás. Esa fue la pelea que más me enseñó como persona: a ser competitivo y a la vez respetuoso.
Me doy cuenta del papel que juegan en sus vidas, entonces le hago la pregunta a Endo: ¿qué papel cumple un entrenador en la vida de un pugilista? Él me comienza a contar inicialmente que él no solo ha tenido un entrenador. Endo nació en Santa Marta, pero se fue a Medellín a los años 4 años y vivió en el lugar hasta los 18 años fue cuando vino a Barranquilla. Su pasión por el deporte viene del lado de su padre quien al igual que él fue boxeador amateur, cuenta con que en sus inicios de entrar al mundo del boxeo comenzó siendo su entrenador su papá, el segundo fue un profesor de la liga antioqueña que estuvo con él durante cuatro años, luego vino el Zurdo Camacho que comenta que fue el que le enseñó básicamente todo lo que él sabe de boxeo y es uno de sus mayores ídolos, luego vino el señor Álvaro Mercado y actualmente es el señor Víctor junto con Ángel Rodríguez.
—Debe haber una conexión muy importante —dice—. Porque el entrenador ve cosas que tú no ves al momento de pelear, al entrenar, al mantener la disciplina y el enfoque.
Para él, esta relación es como la de un segundo padre:
—No estoy hablando de ser superamigos, sino de alguien que te cuida —explica—. Cuando ve que estás mal en una pelea, puede tirar la toalla y decirte: “Hasta aquí peleas, ya no vas a pelear más, te estoy cuidando, es tu salud”.
Endo recuerda cómo su entrenador Víctor le enseñó a manejar no solo el boxeo, sino también la mentalidad:
—Cuando perdí mi primera pelea, Víctor me dijo: “¿Por qué perdí? No me escuchaste, no hiciste lo que te indiqué, no tuviste la mentalidad que te pedí, no respiraste como te dije”. Literalmente te está enseñando a caminar, a hacer lo correcto y a identificar tus errores.
La confianza, asegura Endo, es un factor determinante:
—Si no tomas esa confianza con tu entrenador, si no sigues sus decisiones, tú vas a perder. Es un factor demasiado importante cuando entrenas a un boxeador.
Además, menciona que Víctor, junto con otros entrenadores como Mercado y Ángel Rodríguez, han sido un soporte constante durante su trayectoria amateur:
—Forzarte no solo a entrenar más fuerte, sino a tener confianza entre entrenador y boxeador. Eso es lo que marca la diferencia dentro y fuera del ring.
Cuando la entrevista termina, Endo me acompaña hasta la salida del centro comercial, y en ese momento caigo en cuenta de algo:
—Por cierto —dije—, ¿Endo es tu nombre real?
—Jajajja, no —dice entre risas—. Eso es algo que se me pasó contestar. En el boxeo, cada uno tiene un nombre que le dan. En mi caso es así porque dicen que me parezco físicamente a un boxeador japonés.
—Entonces, ¿cuál es tu nombre real?
—Eddie José Gavalo Lizarazo —dice con una sonrisa.
Corrían los años 80 y principios de los 90, y la Costa Caribe parecía una fábrica de campeones mundiales con hambre de revancha. Corría la fiebre de oro del boxeo. En apenas seis años de pura gloria (1985-1991) salieron de aquí cuatro cinturones que hicieron temblar el planeta: • Miguel “Happy” Lora (Montería, 1985), el elegante pionero del peso gallo que internacionalizó el sombrero vueltiao. • Fidel Bassa (Barranquilla, 1987). • Tomás “El Mosquito” Molinares (Cartagena, 1988), campeón wélter cuya victoria en EE. UU. fue tan fugaz como controversial. • Rafael Pineda (Barranquilla, 1991), quien se coronó con un KO ante un Mayweather. Cuatro hijos del sol y la sal con historias de barrio, estilos distintos, pero la misma hambre feroz. Y detrás de ellos, como faro y bandera, el gran pionero: Antonio Cervantes “Kid Pambelé”, el palenquero que en 1972 abrió la puerta grande para todos. En las noches de pelea, Barranquilla se paralizaba. Las emisoras transmitían los combates en directo y los taxistas apagaban el taxímetro para escuchar los rounds. En los barrios, los pelaos se juntaban frente a los televisores de tubo de la tienda para ver cómo un hijo del pueblo le partía la cara a un gringo o a un japonés. El boxeo era el deporte rey, mucho más que el fútbol. Era orgullo, era revancha social, era la prueba de que un pelao humilde de la Costa, sin plata ni apellido, podía llegar más lejos que nadie. Un domingo de 2025, a las siete de la mañana (hora en que la mayoría de la ciudad todavía ronca después de la rumba del sábado), hablé por Zoom con uno de esos reyes que ya no usa corona pero que todavía habla con la misma autoridad de campeón: Fidel Bassa, 63 años, voz pausada y serena, la misma cadencia costeña de cuando venció a Hilario Zapata en Barranquilla hace casi cuatro décadas. “Los recuerdos son inmensos”, empezó sin que yo le tuviera que sacar las palabras. “Después de triunfar uno vive una vida tan bonita… Se representó al país, se sacó a toda la cuerda de la familia de la pobreza, se cumplió el sueño de ser campeón del mundo, se viajó, se conoció, se educó uno”. Fidel nació en El Retén, Magdalena, pero muy joven llegó a Barranquilla, donde se forjó en el barrio Bosque, una zona de gran exigencia. De muchacho, la vida lo encontró vendiendo pescado con una nevera en la cabeza por las calles del centro. A los 16 años, colgó la nevera y se metió de lleno en un gimnasio improvisado. Su disciplina era implacable: se levantaba a las cuatro de la mañana para trotar solo por la Avenida Circunvalar, entre perros y niebla. Aspiró a la corona mundial en ocho ocasiones (entre desafíos y defensas) a lo largo de su carrera. El 13 de febrero de 1987, en un combate a 15 asaltos celebrado en Barranquilla, le arrebató el título mosca de la AMB al panameño Hilario Zapata por decisión unánime. Fue una noche de euforia, donde medio Caribe se tiró a la calle a celebrar la llegada del nuevo campeón. “En esa época el boxeo era lo primero en Colombia”, recuerda Fidel. “Había varios campeones a la vez: Pambelé, Happy Lora, Molinares, Pineda, yo… Barranquilla era puro boxeo. Todo el mundo era fanático. Nos paraban en la calle, nos pedían autógrafos, nos querían”. Y entonces le hice la pregunta que todos nos hacemos en la Costa desde hace veinte años: ¿qué pasó? ¿Dónde quedaron esas estrellas? ¿Por qué hoy no sale ni un solo campeón mundial de aquí? Fidel respiró hondo y habló claro, sin anestesia: “Hay muchos boxeadores buenos ahora, pero no tienen la dedicación del 100 %. Tienen la oportunidad de llegar y no se concentran. Les falta esa disciplina de antes: levantarse a las cuatro aunque esté lloviendo, no salir de fiesta la víspera de entrenamiento, comer lo que toca, dormir lo que toca. El boxeo no perdona medias tintas”. Pero no todo es culpa de los muchachos. Fidel lo sabe mejor que nadie: “En mi época tuve la bendición de encontrarme con un empresario barranquillero que creyó en mí: Billy Chams. Él me pagó comida, médico, entrenador, viajes, todo. Sin ese apoyo yo no hubiera llegado. Hoy eso casi no existe. Los empresarios de ahora prefieren ponerle plata al fútbol o a los reinados. Y los boxeadores seguimos saliendo de familias humildes que no pueden pagar una preparación de alto nivel. Sin apoyo es casi imposible”. Es la misma historia que cuentan todos los viejos campeones costeños. Pambelé tuvo a don Eleta, además del legendario entrenador Amílcar Brusa. Molinares y Fidel compartieron el apoyo de Billy Chams. Cuando esa figura del mecenas desapareció, desapareció también la escalera que subía a los muchachos del barrio al ring mundial. Los gimnasios legendarios se fueron apagando. El de Billy Chams cerró. El de Calixto Pérez se sostiene a duras penas. Los entrenadores viejos se cansaron de trabajar casi gratis. Los patrocinadores se fueron detrás del Futbol o del Carnaval. Y los nuevos talentos terminan boxeando en ferias de pueblo, o se van para Bogotá o Medellín donde hay más estructura, o simplemente cuelgan los guantes y se ponen a mototaxi. Fidel hoy tiene su empresa, su oficina, sus empleados. Vive tranquilo. Pero cuando habla de los pelaos que están empezando se le quiebra la voz: “Mi consejo es el mismo de siempre: dedicación, dedicación y más dedicación. Mucha perseverancia, muchos sacrificios. El boxeo no es fácil, pero si le ponen empeño y seguridad en sí mismos, pueden llegar muy lejos. Yo lo hice saliendo de vender pescado. Ellos también pueden”. La llamada terminó a las 7:38 de la mañana. Afuera, Barranquilla ya se despertaba. El sol pegaba duro sobre los techos de zinc del barrio Bosque, el mismo barrio que vio nacer a un campeón del mundo. Y quedó dando vueltas en el aire la gran pregunta: Si con un solo empresario que creyera en ellos, cuatro pelaos humildes de esta tierra caliente se convirtieron en reyes del mundo… ¿qué no podrían hacer hoy veinte, cincuenta, cien muchachos si alguien, algún día, vuelve a prender la luz del ring? Las estrellas no se apagaron. Solo están esperando que alguien vuelva a encender el cielo de la Costa. Referencias: Bassa, F. (2025). Conversación por Zoom sobre la era dorada del boxeo costeño y la situación actual [Entrevista personal]. Galvis Ramírez, A. (2025, 25 de febrero). Fidel Bassa: coraje sin límites. Comité Olímpico Colombiano. https://olimpicocol.co/web/fidel-bassa-coraje-sin-limites/ Quesada, E. (1991, 8 de diciembre). Un gancho coronó al Derby Pineda. El Tiempo. https://www.eltiempo.com/archivo/documento/mam-217882 Redacción El Heraldo. (2020, 28 de junio). 'Está tan decaído el boxeo que no sé quién es el campeón gallo': 'Happy' Lora. El Heraldo. https://www.elheraldo.co/deportes/2020/06/28/esta-tan-decaido-el-boxeo-que-no-se-quien-es-el-campeon-gallo-happy-lora/ Figueroa Turcios, F. (2020, 24 de junio). Tomás Molinares, noqueado por la depresión. La Cháchara. https://lachachara.org/tomas-molinares-noqueado-por-la-depresion/ Redacción La Cháchara. (2023, 22 de diciembre). Las paredes que hablan del boxeo en el Calixto Pérez. La Cháchara. https://lachachara.org/las-paredes-que-hablan-del-boxeo-en-el-calixto-perez/
Foto generada con Canva Barranquilla alguna vez vivió al ritmo de los guantes. Desde principios del siglo XX, los teatros Colombia, Fraternidad, Apolo, Cisneros, Dorado y Paraíso se transformaban en escenarios improvisados donde pugilistas extranjeros y locales ofrecían veladas que despertaban la pasión popular. El Comité Olímpico Colombiano recuerda que también en espacios como el estadio Moderno, el estadio Municipal o el Parque Sury Salcedo se celebraron combates que cimentaron la tradición boxística de la ciudad. Fue allí donde surgieron los primeros ídolos locales: Víctor Semprún, Fernando Fiorillo y Kid Cáceres, nombres que hoy habitan la memoria del deporte en la Costa. La edad dorada del boxeo colombiano encontró en Barranquilla un escenario privilegiado. Durante la década de los setenta y ochenta, la Costa Caribe aportó campeones que brillaron en el ámbito mundial. Y en 1987, la capital del Atlántico se vistió de gloria con una noche que marcó la historia. El 13 de febrero, en la cancha de tenis del Country Club, Fidel Bassa enfrentó al panameño Hilario Zapata ante cinco mil espectadores. Contra todo pronóstico, Bassa se coronó campeón mundial del peso mosca. El Comité Olímpico Colombiano señala que aquella velada no solo fue una conquista deportiva, sino también un símbolo de resistencia y orgullo para el país. La vida de Bassa es ejemplo de disciplina y superación. Nacido en El Retén, Magdalena, en una familia de pescadores, desde niño debió vender arepas de huevo y pescado para ayudar en el hogar. Según contó a ESPN Deportes, se levantaba a las tres de la mañana para cumplir con esas labores antes de entrenar. Esa rutina forjó un carácter indomable que lo llevó a conquistar el título mundial y a defenderlo en ocho ocasiones, en combates memorables contra rivales como Dave McAuley. Pero lo más notable de su trayectoria fue que planeó su retiro a los 27 años, evitando el desgaste físico que suele arrastrar a muchos boxeadores. “Puedo ser uno de los pocos pugilistas a los que les ha ido mejor después de su carrera deportiva”, declaró a ESPN, al referirse a su reinvención como empresario editorial y tecnológico. El contraste, sin embargo, es evidente. Mientras la ciudad celebraba a campeones mundiales en escenarios emblemáticos como el Coliseo Humberto Perea —posteriormente demolido—, hoy el boxeo barranquillero sobrevive en espacios improvisados. El Tiempo reseñó cómo jóvenes del Atlántico entrenan en parques y canchas abiertas, sin rings reglamentarios ni equipos adecuados. En el barrio Simón Bolívar, El Comunicador de Dallas documentó cómo un grupo de muchachos practica en una cancha de fútbol, bajo la guía de entrenadores que, sin salario fijo ni recursos, se aferran a la pasión para sostener el deporte. La precariedad se ha convertido en el rival más duro. Infobae relató el caso de un boxeador que dormía en el gimnasio para poder entrenar, una historia que simboliza el sacrificio y la vulnerabilidad de quienes encuentran en el cuadrilátero una alternativa de vida. En barrios como Rebolo o La Luz, los gimnasios mantienen abiertas sus puertas con manoplas remendadas y sacos parchados, gracias al compromiso de entrenadores veteranos que siguen formando a las nuevas generaciones. Esa lucha cotidiana también tiene voz propia. “Trabajamos con lo que hay, pero nunca abandonamos el sueño”, dijo Víctor Maya, entrenador del gimnasio Cuadrilátero Élite en Barranquilla, en entrevista publicada en YouTube. Sus palabras reflejan la tenacidad de quienes, con recursos mínimos, logran mantener viva la tradición pugilística en la ciudad. Luis Banoy, organizador de eventos de boxeo en Barranquilla, fue aún más claro en otra conversación audiovisual: “El reto más grande no son los rivales en el ring, sino la falta de apoyo para organizar y sostener el deporte”. Esa afirmación resume la paradoja actual: un boxeo lleno de talento, pero golpeado por la indiferencia institucional. Esa resistencia no es casualidad: es la herencia de un pasado glorioso que se niega a morir. En cada golpe de un joven que entrena en un gimnasio de zinc hay un eco de la noche de 1987, cuando Fidel Bassa levantó su cinturón mundial. En cada corrección de un entrenador veterano late la memoria de los teatros y coliseos donde Barranquilla alguna vez fue capital del boxeo. El boxeo en la ciudad tambalea, pero no ha sido derrotado. Se sostiene contra las cuerdas de la indiferencia y la falta de recursos, gracias a la disciplina de quienes lo viven como forma de resistencia. Y mientras existan veteranos que insistan, jóvenes que sueñen y memorias que se transmitan de generación en generación, el boxeo barranquillero seguirá respirando, golpeado, pero de pie, como un luchador que se niega a caer en la lona. Referencias bibliográficas Comité Olímpico Colombiano. (s. f.). Fidel Bassa: coraje sin límites. Comité Olímpico Colombiano. https://olimpicocol.co/web/fidel-bassa-coraje-sin-limites/ Comité Olímpico Colombiano. (s. f.). La historia dorada del boxeo colombiano. Comité Olímpico Colombiano. https://olimpicocol.co/web/la-historia-dorada-del-boxeo-colombiano/ ESPN Deportes. (2017, 22 de octubre). Fidel Bassa, de vender arepas a campeón en el ring y de la vida. ESPN. https://espndeportes.espn.com/boxeo/nota/_/id/3681775/fidel-bassa-de-vender-arepas-a-campeon-en-el-ring-y-de-la-vida El Tiempo. (2024, 6 de julio). El nuevo auge del boxeo en el Atlántico: de entrenar en un parque a noquear en grandes escenarios. El Tiempo. https://www.eltiempo.com/colombia/barranquilla/el-nuevo-auge-del-boxeo-en-el-atlantico-de-entrenar-en-un-parque-a-noquear-en-grandes-escenarios-3376788 El Comunicador de Dallas. (2024, 8 de noviembre). Boxeadores del Atlántico entrenaron en la cancha del barrio Simón Bolívar para asistir a los primeros Juegos Nacionales en Colombia. El Comunicador de Dallas. https://www.elcomunicadordedallas.com/2024/11/08/boxeadores-del-atlantico-entrenaron-en-la-cancha-de-futbol-del-barrio-simon-bolivar-para-asistir-a-los-primeros-juegos-nacionales-en-colombia-en-pereira-del-9-al-20-de-noviembre-del-2024/ Infobae. (2022, 27 de septiembre). Dormía en el gimnasio para poder entrenar: la historia del boxeador que sigue en coma tras ser noqueado en una pelea en Barranquilla. Infobae. https://www.infobae.com/america/colombia/2022/09/27/dormia-en-el-gimnasio-para-poder-entrenar-la-historia-del-boxeador-que-sigue-en-coma-tras-ser-noqueado-en-una-pelea-en-barranquilla/ YouTube. (2023, 14 de septiembre). Entrevista Víctor Maya – Gimnasio Cuadrilátero Élite (Barranquilla) [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=gq6EmNq5msk YouTube. (2023, 2 de diciembre). Entrevista Luis Banoy – Organizador de eventos de boxeo en Barranquilla [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=5AQ33xt31d0
El día apenas empieza en Barranquilla, pero en la Avenida Las Torres ya se escucha un sonido que despierta más que el sol: el golpe seco de un puño contra un saco desgastado. No es un gimnasio grande ni un ring oficial. Es una esquina cualquiera, con una cuerda improvisada y un saco que ha aguantado más rounds que muchos boxeadores. Allí, entre el polvo, el ruido de motos y el olor a tajadas recién fritas, un grupo de jóvenes entrena como si la ciudad entera los estuviera mirando. No buscan aplausos. Buscan sobrevivir, resistir y mantener vivo un legado que, aunque golpeado, aún respira. Barranquilla ha sido, durante décadas, una ciudad que respira boxeo. A mediados del siglo pasado, cuando la Liga de Boxeo del Atlántico empezaba a consolidarse como una cantera natural de pugilistas, el nombre de la ciudad ya circulaba entre los escenarios amateurs del Caribe. Los hermanos Cardona, Prudencio y Ricardo, ambos campeones mundiales, defendían sus cinturones mientras el país descubría que la Costa tenía un talento particular para pelear con ritmo, corazón y una mezcla de elegancia y rabia contenida. En aquel entonces, el coliseo Humberto Perea era el templo. Un lugar donde el público gritaba de pie, apretado, mientras el ring se convertía en el escenario de noches largas y memorables. En 2013, un reportaje de El Heraldo advirtió el abandono que ya se insinuaba en sus paredes: filtraciones, escombros y una nostalgia que olía a historia perdida. La demolición del coliseo años después dejó a muchos con la sensación de que algo del boxeo se había ido para siempre. Pero en Barranquilla, rendirse es un verbo que casi no se usa. En los últimos años, el boxeo ha buscado otros caminos para sobrevivir. La Copa Talento Barranquilla, organizada por la Liga de Boxeo del Atlántico según reportó El Universal, es una muestra de que aún queda impulso para rescatar el deporte. Jóvenes de barrios como Rebolo, La Luz y Simón Bolívar participan para ganar algo más que una medalla. Buscan una oportunidad para salir adelante. Uno de los rostros de esta resistencia es Ener Julio, excampeón mundial que decidió llevar el boxeo a los barrios donde antes solo lo veía por televisión. El Tiempo narró cómo, entre guantes desgastados y manoplas improvisadas, enseña disciplina a niños que ven en el ring un camino más seguro que la calle. Ener no solo entrena: rescata. Y así, en medio de esas historias, renace otro símbolo. La reapertura del histórico Gimnasio Cuadrilátero, reportada por la Asociación Mundial de Boxeo, devolvió a la ciudad un lugar que formó a generaciones enteras. Hoy, con paredes restauradas, pero con el espíritu de siempre, vuelve a ser un refugio para quienes no solo entrenan para pelear, sino para seguir de pie. Sin embargo, el resurgimiento también convive con la precariedad. Muchos gimnasios barriales, pequeños, calurosos y a veces casi escondidos, subsisten gracias al empuje de entrenadores veteranos que ya no viven de esto, pero no saben vivir sin esto. Algunos entrenan gratis, otros cobran lo mínimo. Todos coinciden en lo mismo: el boxeo cambió sus vidas y ahora intentan devolverles el favor a otros. Los muchachos que golpean el saco en la Avenida Las Torres lo saben. Para ellos, entrenar en un espacio improvisado no es un obstáculo. Es parte del camino. Uno de ellos, sudado y sonriente, dice que sueña con llegar a una selección o con pelear, aunque sea una vez en un escenario grande. No conoce el Humberto Perea, pero habla de él como si fuera una leyenda familiar. La ciudad, con sus ruinas y renacimientos, sigue moldeando la historia. Aunque ya no haya coliseos abarrotados como antes, el sonido de los golpes persiste en los barrios, en los gimnasios viejos y en los nuevos, en los clubes que regresan y en los instructores que se niegan a dejar morir lo que una vez los salvó. Barranquilla pugilera no es solo una memoria. Es una resistencia. Es un esfuerzo colectivo por sostener un legado que no quiere quedarse en el pasado. Porque cada golpe, por más pequeño que sea, sigue recordándole a la ciudad que todavía queda pelea. Referencias El Heraldo. (2013, 10 de noviembre). El coliseo Humberto Perea, olvidado y deteriorado. El Heraldo. https://www.elheraldo.co/deportes/2013/11/10/el-coliseo-humberto-perea-olvidado-y-deteriorado/ El Tiempo. (2022, 21 de octubre). El excampeón mundial que enseña boxeo y aleja a los jóvenes del mal camino. El Tiempo. https://www.eltiempo.com/colombia/barranquilla/el-excampeon-mundial-que-ensena-boxeo-y-aleja-a-los-jovenes-del-mal-camino-763121 El Universal. (2025, 13 de septiembre). El boxeo del Atlántico se activa con la Copa Talento Barranquilla. El Universal. https://www.eluniversal.com.co/regional/atlantico/2025/09/13/el-boxeo-del-atlantico-se-activa-con-la-copa-talento-barranquilla/ Liga de Boxeo del Atlántico. (s. f.). Historia de la Liga. Liga de Boxeo del Atlántico. https://ligadeboxeodelatlantico.com/historia/ World Boxing Association. (2022, 17 de agosto). The mythical Cuadrilátero gym reopened its doors in Colombia. WBA. https://www.wbaboxing.com/boxing-news/the-mythical-cuadrilatero-gym-reopened-its-doors-in-colombia
Hay historias que empiezan en el caos y encuentran en el deporte un salvavidas improbable. La de Yohana Sarabia, conocida en los cuadriláteros como Matrix, es una de ellas: una mujer barranquillera que aprendió a pelear contra sí misma antes que contra cualquier rival, y que encontró en el boxeo una disciplina capaz de enderezarle la vida cuando todo parecía torcido. Antes de ser boxeadora, Matrix era una muchacha sin rumbo. Tomaba, amanecía, vivía de excesos, como ella misma lo admite sin adornos: una vida “fuera de control” que la arrastraba cada vez más hondo. No imaginaba que el punto de quiebre aparecería una tarde cualquiera, mientras visitaba la chatarrería de su tío, en un barrio popular de Barranquilla, por la zona de La Cachacal. Al lado del negocio estaba el gimnasio Promesas de mi Barrio, comandado por los entrenadores Salomé Herrera y Alex Terán. Ella pasaba frente a ese gimnasio sin interés alguno, acompañada de una amiga que insistía una y otra vez: “ven, vamos al gimnasio”. Yohana siempre respondía lo mismo: “no, eso no es para mí, eso es para gente loca”. Hasta que un día cedió. Aquel día no había desayunado, y aun así decidió entrar. El profesor Salomé fue la primera cara que vio, y le indicó los calentamientos básicos. Ella, confiada, pensó: “esta vaina es fácil”. Pero tras unos pocos minutos, el cuerpo la traicionó. Se descompensó, le dio la pálida, y el entrenador tuvo que ayudarla a recuperarse. Esa debilidad, extrañamente, fue lo que la enganchó. Cuando salió del gimnasio, cansada, se dijo a sí misma: “yo quiero entrenar esta vaina”. Y al día siguiente regresó. Desde entonces, no hubo un solo día que faltara. Apenas tres meses después, sin recorrido, sin técnica, sin nada más que energía y ganas de pelear, tuvo su primera pelea amateur en unos nacionales en Barranquilla. Su rival era una guajira experimentada. Pero Matrix, en sus palabras, “salió a dar trompá”: ganó por nocaut en el primer asalto, impulsada por esa energía apenas naciendo. Entrenar en ese gimnasio tampoco fue fácil. Casi no había mujeres, así que Yohana aprendió a boxear con hombres: sparrings más pesados, más fuertes, más rápidos. Eso, dice, la forjó. “Entrenar con ellos me ayudó a mejorar la técnica, a endurecerme, a tener ventaja después en las peleas”. Durante diez años construyó una carrera amateur sólida, hasta debutar como profesional. Hoy registra 11 peleas profesionales, 10 ganadas. La número 11 la peleó en Londres contra una inglesa, por un título del Consejo Mundial de Boxeo. La pelea se fue a decisión. Ella sabe lo que eso significa: “cuando uno va al exterior y la pelea se va a decisión, ya perdió”. Pero aun así recuerda esa experiencia como “extraordinaria”. Ahora vive en Bogotá, entrenando con un técnico cubano al que considera lo mejor que ha tenido en su carrera. Lleva un año sin pelear, pero se prepara para volver: tal vez en enero o febrero, con una rival mexicana en Barranquilla. A Yohana también le ha tocado pelear fuera del ring: contra estereotipos, contra comentarios, contra miradas. “Antes decían que si una mujer era boxeadora era lesbiana”, menciona. A ella no la afectó, pero reconoce que el boxeo femenino ha tenido que abrirse paso a puños. Para ella, el crecimiento reciente tiene un origen curioso: las influencers. Mujeres que, aunque no vivan del deporte, muestran guantes, uñas largas y maquillaje, rompen estigmas y atraen nuevas practicantes. “Eso le da visibilidad al boxeo”, afirma. Sin embargo, distingue el show del deporte. Las peleas de influencers, dice, pueden entretener, pero no representan el boxeo real: un deporte donde hay respeto, técnica y riesgos enormes. “Subir a un cuadrilátero no es un juego. Un mal golpe puede dejarte loco, o en coma”. Por eso cree que quienes organizan eventos deberían mezclar espectáculo con peleas profesionales verdaderas, para no menospreciar una disciplina que exige mucho esfuerzo. Matrix sabe también lo que cuesta financiar una carrera en Colombia. Todo, absolutamente todo, lo ha pagado ella. Entrenamientos, implementos, viajes, alimentación. “Aquí toca con las uñas”, repite. Los promotores, en su experiencia, quieren aparecer cuando hay dinero de por medio, pero no invertir en el proceso. Por eso ha preferido caminar sola. “¿Para qué voy a darle a alguien el 35% de mi bolsa si nunca puso un peso por mí?” Esa precariedad no es solo suya: atraviesa el boxeo entero. En Barranquilla, por ejemplo, entrenadores como Pirolo, que trabaja con niños en las nieves. Forman campeones, pero la Liga se lleva los méritos cuando ya están hechos. “El boxeo aquí nunca ha tenido apoyo”, sentencia Yohana. “El que triunfa lo hace solo.” También explica la crisis del boxeo colombiano: la llamada prostitución del boxeo, cuando durante años se trajeron extranjeros para pelear contra colombianos contratados como “escalera”, es decir, boxeadores que perdían a propósito para ganarse unos pesos. Eso destruyó el prestigio del país. Pero ahora dice que hay una nueva generación joven que vale la pena mirar, atletas serios que usan redes, entrenan fuerte y podrían levantar el deporte si reciben el apoyo necesario. Pero uno de los golpes más duros para las mujeres y del que casi nunca se habla es el acoso. Yohana cuenta cómo un promotor extranjero quiso patrocinarla, pero esperaba algo “a cambio”. “Eso pasa en todos lados: quieren un beneficio de ti”. Entre entrenadores y boxeadoras también ocurre: insinuaciones, presiones, ofertas disfrazadas. Ella ha sabido evitarlas, mantenerse firme, seguir sola. No ha tenido nunca quien le pague implementos, alimentación o campamentos; aun así ha llegado donde está. Cuando habla del boxeo, lo hace con la serenidad de quien ha encontrado un lugar para sí misma. No es solo deporte: es su terapia, su orden, su manera de respirar. “Si tú tuviste un día terrible, entrenas, y sales del gimnasio como otra persona”, asegura. Quizás por eso ahora, cuando mira hacia atrás, agradece haber entrado aquel día a ese gimnasio. Para las niñas y mujeres que quieren empezar, su mensaje es claro: disciplina. Disciplina para entrenar, para acostarse temprano, para alimentarse bien, para dejar de lado los vicios de la vida. Y así, entre noches de entrenamiento, viajes sola, peleas ganadas y perdidas, Matrix sigue esperando su momento. Sabe que no necesita de nadie. Ya se hizo boxeadora en un país que no apoya a los suyos. Ya se forjó a golpes, en todos los sentidos. Y mientras llega su próxima pelea, sigue entrenando.
Mira el documental de La Esquina Roja que muestra la historia del boxeo en Colombia y Barranquilla.