
Luis Duncan Carpio, líder ambiental de La Playa, guía un recorrido por las cuatro especies de mangle que protegen la Ciénaga de Mallorquín y sostienen la pesca, el turismo y la vida de quienes habitan su orilla.
El agua está quieta, color café oscuro, y en medio de las raíces no cabe ni una mano. Luis Duncan camina despacio sobre el sendero de madera, señala hacia abajo y dice: "ahí mismo, en esas raíces, es donde desovan los peces." No hay que esforzarse mucho para entenderlo. Solo hay que mirar. Debajo del follaje espeso, en ese espacio húmedo que el mangle construye entre el agua y la tierra, está ocurriendo algo que la ciénaga necesita para seguir viva.
Duncan lleva más de veinte años caminando este ecosistema. Lo conocen como Boris —un apodo que viene de otras épocas— pero su nombre oficial, el que repite con tranquilidad al presentarse, es Luis Duncan Carpio. Es líder ambiental comunitario del corregimiento La Playa, en la zona norte de Barranquilla. Se dedica a la reforestación de manglar, la educación ambiental en instituciones educativas y la zonificación y caracterización de flora y fauna en la Ciénaga de Mallorquín.
Su trabajo empezó hace más de dos décadas, cuando la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA) impulsó proyectos comunitarios de educación ambiental en la zona. De ahí en adelante, Duncan formó parte de un grupo de 25 personas que recibieron formación técnico-práctica. Después hizo un diplomado con la Universidad del Atlántico y obtuvo competencias laborales en estudios de impacto ambiental con el SENA.
Hoy guía recorridos ambientales por el ecoparque, la barra marina y Puerto Mocho. Los grupos llegan, escuchan una charla, y después caminan. "Llegan vacíos y se van muy contentos con el conocimiento del manglar", dice Duncan. La mayoría no sabe lo que tiene al frente.
Un ecosistema que no es un árbol, sino cuatro
En Mallorquín no hay un solo tipo de mangle. Hay cuatro. Y cada uno ocupa un lugar distinto dentro del sistema, como si el manglar se hubiera organizado solo para sobrevivir mejor. La Alcaldía de Barranquilla los identifica por nombre científico: Rhizophora mangle (mangle rojo), Avicennia germinans (mangle negro o salado), Laguncularia racemosa (mangle amarillo) y Conocarpus erectus (mangle Zaragoza). Duncan los conoce de memoria y los explica de otra manera: "todos son importantes porque uno depende del otro."
La Ciénaga de Mallorquín tiene alrededor de 824 hectáreas de bosque de manglar, según datos de la Universidad Simón Bolívar publicados en una investigación sobre cambios en humedales costeros del Caribe colombiano. La especie dominante es la Avicennia germinans, que ocupa cerca del 67% del área; le sigue la Rhizophora mangle con un 30%, y el resto se distribuye entre Laguncularia racemosa y Conocarpus erectus.
El mangle rojo: la primera barrera
El recorrido con Duncan casi siempre empieza por el borde. Ahí está el mangle rojo (Rhizophora mangle), el que crece sobre el agua con sus raíces arqueadas, ramificadas, metidas en el fango. Esas raíces tienen forma de arco o de patas de araña, y Duncan las señala con familiaridad: "es el que llamamos mangle de borde u orilla de cierre."
Su función es la más visible. Está en la primera línea: recibe los vientos alisios, amortigua las mareas y actúa, según Duncan, como un espolón natural. "Cuando hay marea grande, las raíces minimizan el impacto del agua. Evitan que llegue directo al terreno." Según la Alcaldía de Barranquilla, el mangle rojo tolera mayor salinidad que otras especies y sirve de refugio para animales acuáticos y terrestres. Sus raíces son también el principal sitio de desove: ahí los peces, crustáceos y moluscos crían sus nuevas generaciones. De ahí parte, según Duncan, la cadena alimentaria.

Foto: Isabella Osío
El mangle negro: el que absorbe la sal
Unos metros más adentro, el terreno cambia. Ya no está cubierto por agua permanente, pero tampoco es tierra firme del todo. Ahí aparece el mangle negro, también llamado mangle salado (Avicennia germinans). No tiene las raíces arqueadas del rojo. En cambio, tiene neumatóforos: pequeñas proyecciones que salen del suelo como dedos y le permiten respirar en terrenos con poco oxígeno.
Duncan lo explica en términos más directos: "absorbe el salitre y la sal. Toda esa salinidad que produce el rocío del mar, él la absorbe, la retiene y le entrega nutrientes a las demás especies del entorno." La ciencia lo confirma: la Avicennia germinans es la especie más tolerante a la salinidad entre los manglares del Caribe. Según una investigación publicada por el Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY), este mangle expulsa la sal activamente a través de sus hojas, un mecanismo que le permite crecer incluso en suelos hipersalinos donde otras especies no sobrevivirían.
El mangle amarillo: el que sostiene el terreno
La Laguncularia racemosa, conocida localmente como mangle amarillo, suele aparecer entre las dos especies anteriores, en zonas con salinidad media. Duncan dice que su papel es diferente al de los otros: "da fortaleza al terreno del área para que los demás se mantengan."
Eso tiene una explicación física. Según el Real Jardín Botánico de España, esta especie también posee neumatóforos y contribuye a la fijación de sedimentos y a la estabilización del suelo. Es, en términos prácticos, la especie que consolida el sustrato donde crecen las demás. También tolera rangos amplios de salinidad —entre 0 y 45 partes por mil— y crece frecuentemente en orillas de lagunas salobres o desembocaduras de ríos con influencia de marea. En Mallorquín, donde el río Magdalena, el mar Caribe y la ciénaga se encuentran en el mismo punto, esa capacidad de adaptación es clave.
El mangle Zaragoza: el continental
El cuarto mangle es el que menos aparece cerca del agua. El Conocarpus erectus, al que aquí llaman Zaragoza, prefiere zonas más secas. "Es más continental", explica Duncan. "Aparece donde ya el terreno es más seco y también se puede usar de forma ornamental, en bulevares o jardines, pero cumple su función dentro del ecosistema."
En Colombia, la especie se conoce también como mangle bobo o botoncillo, y es frecuente en los límites del manglar con zonas terrestres. Según el EPA de Cartagena, generalmente no supera los 10 metros de altura. Su presencia marca la frontera del ecosistema: donde termina el manglar y empieza la tierra firme. No por eso es menos importante. Como dice Duncan, si uno falta, al otro le va mal.
El manglar como sustento ecológico y económico
La relación entre el manglar y la pesca en Mallorquín no es metáfora. Es literal. "Si no hubiera mangle no habría ciénaga", dice Duncan, "y si no hubiera ciénaga no habría peces, ni crustáceos, ni moluscos." Las raíces del mangle rojo son el criadero. Ahí se cría lo que después nada mar adentro y llega a las redes.
Alrededor del manglar hay una economía entera. Duncan habla de viveros comunitarios donde mujeres cabeza de hogar y adultos mayores producen plántulas que se comercializan a empresas y voluntariados que llegan a sembrar. Habla de lancheros que llevan grupos en recorrido, de pescadores que se han reconvertido. "Muchos compañeros de la comunidad pasaron de pescar a sembrar mangle", cuenta, "porque la pesca ya no es tan buena. Pero si a través del manglar mejoran las condiciones del ecosistema, también mejora la pesca."
El turismo también gira en torno al manglar. Los recorridos ambientales que lidera Duncan incluyen paradas en el ecoparque, la barra marina y Puerto Mocho. El trabajo es informal pero no menor: "si hay cinco lanchas, se dividen los recorridos. La muchacha que está aquí también vende el coco a los turistas. Todos participamos."
Uno de los problemas más serios del ecosistema no viene de adentro. Viene arrastrado. Los residuos sólidos que llegan desde el suroriente de Barranquilla —por la escorrentía de los arroyos y el río— terminan atrapados en las raíces del mangle. Duncan lo señala como la principal amenaza que enfrenta el ecosistema hoy. "Nos perjudica. Hay mucha basura, mucho residuo que de verdad causa problema."
La respuesta ha sido el voluntariado: el Ejército, la Armada y la CRA han apoyado jornadas de limpieza. "Logramos minimizar algo, pero no alcanzamos, porque el ecosistema es muy grande." Duncan también menciona la posibilidad de instalar trampas para atrapar los residuos antes de que lleguen a las raíces. Pero la solución de fondo, dice, está en la fuente: en el manejo de residuos sólidos en la ciudad.

Foto: Isabella Osío
"Si sembramos mangle hay vida"
Hay una frase que Duncan repite al cerrar los recorridos, la que usa cuando le preguntan por qué vale la pena todo esto. No es una consigna vacía. Viene de alguien que lleva dos décadas metido en el barro, que formó a sus vecinos, que vio a pescadores convertirse en sembradores de mangle porque el mar ya no les daba lo suficiente.
"Río, mar y ciénaga juntos en el mismo lugar", dice Duncan cuando habla de Mallorquín. "Eso es aprovechable. Vengan a respirar un ambiente sano y aporten su granito de arena sembrando un mangle. Porque si sembramos mangle hay vida."
El manglar no es solo árbol. Es criadero, barrera, filtro, despensa y sustento. Y mientras haya personas que lo conozcan de raíz —en todos los sentidos—, hay una ciénaga que todavía puede sostenerse.