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En las calles de Colombia hay varios términos a los que se les ha trastocado su significado. A una persona rústica y patán le gritan: ¡balurdo!, en vez de decirle palurdo. Y algo bizarro se suele relacionar, erróneamente, con algo extraño, fuera de lo común y al ras de la repugnancia. La confusión proviene de la palabra anglosajona: bizarre, que traducida alude a algo raro.

La Real Academia Española define la palabra bizarro como algo valiente y arriesgado. Espléndido y generoso. Actos de gallardía que en ciertas circunstancias solo pueden ser cometidos por locos osados similares a tres escritores costeños jóvenes que escriben su prosa contra la corriente y en un contexto opositor.

Son intrépidos porque en un país con uno de los índices más bajos de lectura de Latinoamérica, donde se leen 2,7 libros al año mientras que en Argentina y Chile la cifra es de 5 ejemplares anuales, optaron por la senda del escritor. Incluso cuando ninguna de las ciudades costeñas aparece en el top 5 de compras de libros en las ciudades colombianas.

Estas son las historias de cuatro escritores que navegan entre el periodismo investigativo, la novela, los relatos, la poesía y la filosofía para hacer literatura sin etiquetas, libre e infinita.

Ellos son Diana López Zuleta, Daniela Pabón Llinás, Kirvin Larios y Carlo Acevedo.

Sus libros son actos admirables de valentía con visos de autenticidad cuando gran parte de las personas de su edad, habitantes de nuestras ciudades, les interesa más volverse influencers, meterle la ficha al bitcoin o pegar un éxito musical, luego de millares de parrandas amenizadas con su acordeón.

Son escritores bizarros menores de cuarenta años que retratan las realidades tensas, calurosas, desiguales, polvorientas, dicharacheras, violentas y tristes de la Costa Caribe.

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Su corazón se rompió aquél 27 de febrero de 1997. La llamada anunciaba que “su padre murió” en Barracas, en el sur de La Guajira, la condujo al camino por la investigación, entrevistas y dedicar sus letras para desenmascarar a quien desencadenó aquél dolor que porta en su ser.

La nacida en La Paz, Cesar, decidió estudiar comunicación social y periodismo en la Universidad del Norte para realizar 90 entrevistas, escuchar 127 horas de grabación y leer 7 mil folios del expediente judicial abierto al ex gobernador de La Guajira Juan Francisco ‘Kiko’ Gómez, hoy condenado por el crimen de su padre gracias al lanzamiento del libro: Lo que no borró el desierto.

Se refiere así misma como una escritora más realista, que explica los rasgos tal y como son, pero con un relato más caribeño, coloquial y directo. 

Estos rasgos le ayudaron a escribir su libro publicado el pasado 23 de junio del 2020 en medio de la pandemia causada por el Covid-19. Mientras se lanzaba el culpable de la muerte de su padre, el exgobernador de La Guajira, Kiko Gómez, cumplía tres años en la cárcel. 

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En su escrito mostró las mismas características de un caribeño y de sus escritores favoritos, Gabriel García Marquez y Gonzalo Guillén, su maestro de escritura y mil batallas, cuando venció y reconoció sus miedo que dio el paso para encontrar la verdad y sobre todo justicia para la persona que le dio la vida, Luis López Peralta. quien era concejal de Barrancas.

En el proceso reconstruyó el crimen con ese lenguaje auténtico y realista del Caribe, recorriendo los pasos de los sicarios, investigando cuánto pudieron haberse demorado y por los lugares que pasaron.

Nunca temió por su vida. López Zuleta siente que cumplió como hija, más allá de las amenazas diarias, andar escoltada 24 / 7 y las conspiraciones judiciales que obstaculizaban su cruzada, siguió adelante para reivindicar la memoria de su padre.

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Apenas tenía un año cuando su madre tomaba los cuadernos de poesía y se los decía una y otra vez cuando la cargaba en brazos. Le repetía las palabras como el sol que sale en las mañanas y descansa cuando pisa la noche. Las balbuceó cada una de ellas hasta que las pudo pronunciar.

A los dos años logró recitarlas a la perfección, tanto que quedó enamorada de la combinación de palabras para elaborar una frase y de la literatura como el amor a primera vista que flecha Cupido.

Esa es Daniela Pabón Llinás, una filósofa barranquillera de 34 años, dedicada a las plumas en un verano y en primavera, otoño y parte de invierno para que los niños, jóvenes y adultos encuentren su estilo para escribir.

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Nunca se vio como escritora, a pesar de llenar sus cuadernos con tachones y cientos de letras que rimaban. 

Quiso ser abogada y politóloga al mismo tiempo, pero estudiando en Francia se dio cuenta que no era lo suyo. Cuando llegó a Bogotá, por cosas de la vida, optó estudiar Filosofía en la Universidad Javeriana que la ayudó a tener bases rigurosas de escritura y en su regreso a Barranquilla, con la Fundación Círculo Abierto, desarrolló su arte con conjugaciones de palabras y sus sentimientos libremente, como le gusta estar.

Comenzó con el libro Pensamiento Crítico y Filosofía publicado en 2019. Este escrito está dedicado a un tema más conceptual sobre cómo el hombre procesa sus ideas para dar su opinión sobre una situación.

Su amor por el cielo azul por la mañana y el naranja cayendo tarde; la brisa que mueve los cabellos del caribeño; el agua con el que trabajan los pescadores y el sentir de las especies que habitan en él, le inspiró a escribir sus primeros cuentos, poemas, libros y antologías.

En medio de la pandemia por el Covid-19, decidió publicar su primer libro de literatura infantil y juvenil que se titula ‘Termitas’, la historia de una niña llamada Renata, sus raíces como árbol de almendro y el inevitable ciclo de su transformación.

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No le gusta hablar sobre la actualidad. No le dedica el tiempo. Pero si lo hace por meses redactar cuentos y poemas. Como lo hizo con el cuento “Orín, café, marrón” en la antología Primeras Impresiones (2019) y cinco poemas de su poemario inédito Cuartos oscuros en la revista Huellas (2019).

Tiene un “par de proyecticos” sobre muelles del Caribe guardados en la gaveta, aunque todavía no saldrán a la luz.  Prefiere prepararlo “a fuego lento”, a su gusto: con libertad, sin nada de presión.

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Kirvin Larios (Barranquilla, 1993) hace parte de un grupo de escritores que describe los escenarios próximos desde sus grietas, dobleces y tensiones, en vez de aterrizar en los lugares comunes de la estética institucionalizada, pulcra, alegre, relajada y carnavalera de las ciudades de la Costa. 

Es un linaje de prosa joven y caribe que irrumpe con su prosa bizarra, pero que toma distancia de las etiquetas. “Escritor lgbt, “escritor costeño” o “el próximo Gabo” son lugares comunes que no les interesa aterrizar. Los cohesiona el humor inteligente y la realidad de los barrios donde nacieron, la que baila con la crudeza muchas veces.

En el Caribe de Larios hay emoción levantando los tapetes. “En nuestras ciudades se desarrollan una relación cómoda y pacífica entre las dinámicas sociales, pero que poco a poco puede mostrar grietas y tornarse incómoda, y es ahí donde la literatura tiene su fábrica”, expresa.

Kirvin Larios entró a esa fábrica desde muy joven. A los 19 años, mientras estudiaba quinto semestre de artes plásticas, ganó el Concurso Nacional Metropolitano de Poesía con un poemario firmado con el seudónimo Dominic Decoco.

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Dos años más tarde, ganó el mismo premio en la categoría de cuento. Luego, en 2018, fue uno de los ganadores del Portafolio Distrital de Estímulos, el cual le permitió publicar su primer libro: Por eso yo me quedo en mi casa. Un libro que según la crítica: “El caos siempre está al acecho. Una plaza de comidas, un parque o un bus público pueden ser escenarios donde la violencia y la animalidad irrumpen”.

A Larios no le interesa esa literatura diplomática y mansa de las apariencias, la hipocresía cultural y de la que relaja. Le interesa escribir para que el lector frunza el ceño, se haga preguntas y abra la persiana y mire a través la verdadera realidad de la urbe.

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Larios sorprende por la profundidad de su literatura y sustancia cultural. Creció en el barrio La Unión de Barranquilla y esas vivencias le dieron el bagaje para describir el barrio como una feria de chismosos espectadores y de los placeres y odios intrínsecos entre vecinos que se saludan con sonrisas y hasta comparten tinto. 

Dejó la universidad para encerrarse en su casa a leer y escribir. “Justo en el momento en que me di cuenta de que la literatura era lo que realmente me interesaba, y que empecé a concebir las artes plásticas como otro mecanismo para acercarme a ella, tuvo lugar la crisis que actualmente experimenta la escuela de Bellas Artes. La suspensión de clases y la falta de recursos de trabajo solo me convencieron de que allí estaba perdiendo el tiempo”, fue su explicación.

Esa búsqueda incesante de caminos personales, emotivos y literarios se condensa en su prosa. Alejado de etiquetas y de estamentos rimbombantes con los que promueven a artistas como él, sigue caminando, trasegando, por esas calles, plazas y parques donde suceden cosas, sucias o líricas, pero reales.

Kirvin Larios ha sido periodista cultural para medios como El Heraldo, Arcadia, El Malpensante, Contexto y la Revista de la Universidad de México. En 2019 hizo parte de la antología de poesía Nuevo sentimentario (Luna Libros).

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La verdad y el fuego:

tesis y antítesis encaradas

en la brevedad de una frase.

 

Quince palabras en un verso. Un fragmento poético de aquel que reconstruye sus estados anímicos, las estancias que siluetan sus rutinas y la rememoranza de los paisajes recorridos en la infancia. Él es Carlo Acevedo, barranquillero (1988), que con su libro Fortuna del día, una selección de poemas, ganó el 40° Premio Internacional Arcipreste de Hita, en España, marcando así el génesis de una carrera literaria que lo encumbró como uno de los escritores jóvenes más promisorios del Caribe colombiano.

Sus poemas plasmados en el libro se construyeron con la estructura del haikú, de origen japonés, relacionándose así con sus particularidades humanas. Acevedo practica el budismo hace más de una década. “Es una forma de mirar, de ser, de estar. La sensibilidad de transmitir mis propias insistencias y necesidades”.

El poeta filtra sus vivencias a través del lenguaje para buscar la armonía entre sus búsquedas espirituales e intelectuales en un contexto arenoso que muchas veces no propicia las sendas que le apasionan, y por ello, tiene la convicción de tranformarlo a través de la literatura, haciéndola, estudiándola y enseñándola. Un compartir. Un taller, su granito de arena.

El poeta barranquillero ve entre la poesía, la literatura y las realidades sociales de la Costa Caribe un territorio de nadie. Tensiones y resistencias. Alegrías y frustraciones. Publicar un libro, organizar los espacios, encuentros y sus talleres es un acto social. Una forma de resistencia, una contracultura a ese sistema de horarios, hipocresía, interés económico, apariencias y cobardía. Dinámicas que transitan las calles caribeñas. Toman cerveza en las tiendas esquineras o whisky en los clubes sociales.

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Acevedo es bizarro. Su valentía reside en romper esquemas y estructuras clichés, pero no desde el ostracismo y la introversión, sino desde dar rienda suelta a la pluma y compartir e instruir a otros todo el cóctel de emociones que lleva consigo.

Economista de la Pontificia Universidad Javeriana y egresado del Máster en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Iowa. Poemas de su autoría han sido incluidos en diversas antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés. Actualmente es profesor universitario y dirige Punto y Seguido, taller de escritura creativa en Barranquilla.

Ha publicado colaboraciones de periodismo cultural en las revistas nacionales Arcadia, o Latitud, de El Heraldo y en las internacionales Literal Magazine y Iowa Literaria con perfiles sobre escritores como Gonzalo Arango, José Watanabe y Horacio Castellanos Moya.

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Empeñarse con ímpetu y valentía a seguir escribiendo pese a los embates contextuales es un acto valioso. Además, que a diario compartan sus experiencias les da un valor agregado a sus nombres en la región donde muchos los han leído. Ahora es el turno que el resto del mundo los escuche.

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Autores: Alejandro Matías Acosta y Omar Carrasquilla León Diseño: Alejandro Matías Acosta Fotografías: Tomada de redes sociales de cada escritor Tutora: Johanna María Muñoz Lalinde