En las calles de Colombia hay varios términos a los que se les ha trastocado su significado. A una persona rústica y patán le gritan: ¡balurdo!, en vez de decirle palurdo. Y algo bizarro se suele relacionar, erróneamente, con algo extraño, fuera de lo común y al ras de la repugnancia. La confusión proviene de la palabra anglosajona: bizarre, que traducida alude a algo raro.
La Real Academia Española define la palabra bizarro como algo valiente y arriesgado. Espléndido y generoso. Actos de gallardía que en ciertas circunstancias solo pueden ser cometidos por locos osados similares a tres escritores costeños jóvenes que escriben su prosa contra la corriente y en un contexto opositor.
Son intrépidos porque en un país con uno de los índices más bajos de lectura de Latinoamérica, donde se leen 2,7 libros al año mientras que en Argentina y Chile la cifra es de 5 ejemplares anuales, optaron por la senda del escritor. Incluso cuando ninguna de las ciudades costeñas aparece en el top 5 de compras de libros en las ciudades colombianas.
Estas son las historias de cuatro escritores que navegan entre el periodismo investigativo, la novela, los relatos, la poesía y la filosofía para hacer literatura sin etiquetas, libre e infinita.
Ellos son Diana López Zuleta, Daniela Pabón Llinás, Kirvin Larios y Carlo Acevedo.
Sus libros son actos admirables de valentía con visos de autenticidad cuando gran parte de las personas de su edad, habitantes de nuestras ciudades, les interesa más volverse influencers, meterle la ficha al bitcoin o pegar un éxito musical, luego de millares de parrandas amenizadas con su acordeón.
Son escritores bizarros menores de cuarenta años que retratan las realidades tensas, calurosas, desiguales, polvorientas, dicharacheras, violentas y tristes de la Costa Caribe.

















