Los nadie
de Siape

La otra cara del malecón

"La memoria de Siape es más vieja que Barranquilla. Hace un siglo Siape era vereda. Después, corregimiento. Los límites llegaban hasta la carrera 51, tragándose lo que hoy es San Salvador, Las Tres Ave Marías y La Floresta. En los años 40, Siape tenía mil metros de playa. Cuando Barranquilla creció, quedó como barrio: al norte, pegado al Magdalena y a un paso del Malecón."

Historia

Bienvenido a Siape

En Siape el día no lo marca el reloj. Lo marca el sol abriéndose paso sobre el Magdalena y el primer bus que ruge por la Vía 40. Son cuatro calles nada más. Cuatro calles donde cabe un país entero. Aquí el albañil se santigua antes de agarrar el palustre, el pescador se echa la atarraya al hombro como quien carga una herencia, la mujer siapera, esa que no se vara con nada, deja el desayuno listo antes de salir a guerreársela, y los pelaos se le miden a la Vía 40 con tal de llegar al colegio. No tienen lo mismo. Pero comparten lo único que el “progreso” no ha podido quitarles: una resiliencia que pesa, y una historia que, aunque la quisieron enterrar, sigue latiendo bajo el pavimento.

La memoria de Siape es más vieja que Barranquilla. Hace un siglo Siape era vereda. Después, corregimiento. Los límites llegaban hasta la carrera 51, tragándose lo que hoy es San Salvador, Las Tres Ave Marías y La Floresta. En los años 40, Siape tenía mil metros de playa. Cuando Barranquilla creció, quedó como barrio: al norte, pegado al Magdalena y a un paso del Malecón. Antes se llamó "Buenos Aires". Así le decían por la brisa que bajaba del mar y limpiaba el calor. Nadie sabe con exactitud cuándo cambió de nombre, solo queda el recuerdo de los viejos.

Actualmente, el barrio lleva el nombre del cacique Siapa, líder indígena que mandaba en esas tierras cuando el asfalto era solo monte. Fue en este mismo sitio donde se realizaron dos descubrimientos de cementerios indígenas. La primera vez fue en 1950, cuando las explosiones de dinamita utilizadas por la empresa “Cementos del Caribe” para la extracción de roca desenterraron los restos de un cementerio indígena. Décadas más tarde, en 1987, la historia volvió a emerger de forma fortuita: un habitante, Aquiles Saltarín, halló siete vasijas de barro que resguardaban restos óseos.

Por negligencia del Departamento Antropológico de la Universidad del Atlántico, aquel legado se esfumó. Solo quedó la amarga certeza de una historia que le pertenece a Siape, pero que le fue arrebatada. Aunque, si uno se fija bien, puede ver en los siaperos los rasgos de aquellos indígenas que caminaron aquel territorio hace más de 300 años.

Descubrimiento de cementerio indígena
Foto: Gustavo Torres (1987). Fuente: Archivos de “Historia de mi barrio” por Heverts Macias.

El historiador Heverts Macias Colina, en Historia de mi Barrio, confirma que esos primeros habitantes tenían el mismo linaje de los pueblos de Malambo y Tubará. Muchos se fueron, otros se quedaron y echaron raíz.

Isidro "Chino" Camargo fue uno de ellos. Murió a los 98 años. Lo recuerdan como un hombre de "raza india", proveniente de La Guajira o del Magdalena, que mantuvo viva la costumbre del agrupamiento familiar. Esa que todavía hace que en Siape el vecino sea primo y el primo sea hermano. Los Camargo, junto a los Camacho, Macías, Thalliens, De la Hoz, Herrera, Díaz y Mendoza, son apellidos que fundaron el barrio. Apellidos que aún se gritan de terraza a terraza cuando cae la tarde.

Entrada a la casa de Alejandro Camargo
Entrada a la casa de Alejandro Camargo, pescador siapero. Foto: Joaquín Botero.

Siape era agua. El ecosistema original del territorio era de “jagueyes”, espejos de agua conocidos como ojos de buey. Era una zona baja y húmeda, por lo que, con el paso de los años, tuvo que ser rellenada considerablemente para permitir su desarrollo. La línea del tren a Puerto Colombia era un muro que atajaba al río para que no se metiera a San Salvador.

Este terruño parecía un paraíso. Venían extranjeros a cazar patos, familias como los Parrish frecuentaban la zona. Quienes crecieron ahí hablan de abundancia. La tierra daba yuca, ñame, mango, papaya. El rio Magdalena era menos caudaloso, los niños aprendían a nadar mientras las madres, sentadas en piedras gigantes, lavaban la ropa y esperaban a los pescadores. Lo mejor iba para el mercado. Lo otro, para la olla. Dagoalberto Silva Villar lo resume con nostalgia en una frase: “Cuando yo era joven, este barrio era muy rico en comida… ya no más”.

Dagoalberto Silva Villar
Dagoalberto Silva Villar, miembro de la Asociación de pescadores. Foto: Arytsha Aholibama.

Fue, sobre todo, un barrio de pescadores. Isidro y Rafael Camargo son pioneros de un oficio que fue identidad y supervivencia. Se pescaba con cordel o atarraya porque el nylon no existía. El secreto del río pasaba de padre a hijo.

En 1955, el 99,5% de Siape era liberal. Y paradójicamente, fueron unos pocos conservadores quienes, con la Junta de la Inmaculada Concepción, lograron llevar el agua potable. Después llegó la luz, y como el alumbrado público no alcanzaba, los siaperos caminaban con linternas para esquivar cascabeles y mapanás.

En 1987, Luis Carlos Galán pisó Siape. Llegó con Gloria Pachón y Rodrigo Lara Bonilla. Bailó, cantó, comió con la gente. Luego le entregó a Álvaro Altamar y Claudio de la Hoz los documentos para gestionar dos obras vitales: el parque y el puente sobre el arroyo de la calle 82, que conectaba con Las Malvinas.

Con la promulgación de la Ley 19 de 1958, durante el gobierno de Alberto Lleras Camargo, la antigua Sociedad de Mejoras dio paso a la Junta de Acción Comunal. Desde entonces, y en articulación con la Junta Comunal de San Salvador, la comunidad continuó haciéndose cargo del mantenimiento y atención del cementerio de Siape, un lugar cargado de memoria y arraigo para las familias del barrio.

Después vinieron dos batallas ganadas: la reconstrucción del parque de la Virgen del Carmen, en la calle 85, corazón del barrio desde 1959. Y el puente peatonal de la 82 con 84. Antes del puente, cuando el arroyo crecía, Siape quedaba dividido en dos. La obra no fue solo cemento. Fue la prueba de que este barrio sabe abrirse paso entre el abandono. Ambas se lograron con gestión comunitaria y el respaldo de Galán ante el Ministerio de Gobierno.

Puente construido después de la gestión de Luis Carlos Galán
Puente construido después de la gestión de Luis Carlos Galán. Foto: Arytsha Aholibama.

En 1935, Siape dio un paso importante en su historia con la creación de su primera escuela pública. El proyecto fue impulsado por la Sociedad Inmaculada Concepción y funcionaba en la carrera 84 entre calles 83 y 84. Para muchas familias del barrio, aquella pequeña escuela representó mucho más que un espacio educativo: era la posibilidad de que sus hijos aprendieran a leer y escribir sin tener que abandonar el sector.

Durante años, el sonido de los cuadernos, las voces de los niños y el movimiento de los maestros hicieron parte de la cotidianidad del barrio. Sin embargo, la escuela dejó de funcionar definitivamente luego de que el terreno se le cediera a una fábrica.

El primer puesto de salud llegó gracias a iniciativas impulsadas por la Universidad del Norte. Aunque representó un alivio para los habitantes, el centro de atención desapareció con el paso de los años. Hoy, Siape no cuenta con un centro de salud propio, obligando a muchos habitantes a desplazarse a otros sectores para recibir atención médica.

Pero si hay algo que ha acompañado a Siape a lo largo de los años, es la fe. La espiritualidad y la relación con Dios han sido un refugio constante para gran parte de la comunidad, profundamente marcada por la tradición católica. En medio de las dificultades, la esperanza siempre ha encontrado un lugar donde mantenerse viva.

La parroquia San Judas Tadeo se ha convertido en mucho más que un templo: es el corazón espiritual de los siaperos, un punto de encuentro donde las oraciones, la unión y la solidaridad fortalecen a la comunidad. Entre sus paredes se han abrazado las alegrías, las pérdidas y las luchas de generaciones enteras, convirtiéndola en un símbolo de resiliencia, esperanza y fe inquebrantable.

Quienes viven en Siape lo siguen describiendo como un barrio sano. No porque carezca de problemas, sino porque todavía conserva algo que el tiempo, el abandono y el crecimiento de la ciudad no han logrado destruir: el sentido de comunidad.

En Siape aún sobreviven las puertas abiertas, los vecinos que se conocen por nombre y las historias contadas en las terrazas cuando cae la tarde. Sobrevive la memoria de los pescadores que hicieron del río su sustento, de las madres que lavaban ropa en la orilla y de los niños que crecieron entre el agua, la brisa y la tierra fértil. Aunque el progreso les arrebató parte de su territorio y aunque muchas promesas quedaron a medio camino, el barrio continúa resistiendo.

Porque Siape no es solo un lugar en el mapa de Barranquilla. Es la memoria viva de una comunidad que aprendió a levantarse entre el río y el olvido.

Problemática

Siape No Puede Respirar

Siape quedó en el epicentro de la zona industrial del norte de Barranquilla. No importa de dónde venga el viento: todo el humo, todo el polvillo, todo el ruido de la Vía 40 termina ahí. El arte de la pesca, que antes era una herencia transmitida de padre a hijo, hoy es un camino casi olvidado por la comunidad.

Hubo un tiempo en que el río Magdalena no era solo un paisaje, sino el alma de Siape. Era un barrio de pescadores donde el bocachico, el bagre y la mojarra eran el sustento y el orgullo de las familias. Antiguamente, la población se abastecía de sus aguas para el consumo humano y otras labores domésticas, empleando únicamente métodos tradicionales como la tuna y el alumbre. Pese a la sencillez del tratamiento, las enfermedades diarreicas eran poco frecuentes, gracias a la capacidad de autodepuración que el río poseía en aquel entonces.

Siape quedó en el epicentro de la zona industrial del norte de Barranquilla. No importa de dónde venga el viento: todo el humo, todo el polvillo, todo el ruido de la Vía 40 termina ahí. El arte de la pesca, que antes era una herencia transmitida de padre a hijo, hoy es un camino casi olvidado por la comunidad. Alejandro Camargo, de los últimos pescadores, ahora tiene que viajar horas río arriba para encontrar lo que antes su papá sacaba frente a la casa.

Alejandro Camargo
Alejandro Camargo, pescador de Siape. Foto: Joaquín Botero.

Siape solo pide algo que, parece, nunca volverán a tener: aire puro y aguas limpias. Las empresas Naturmega y Michellmar localizadas cerca del barrio, han sido una de las principales causantes de la contaminación del barrio.

A partir del 2008, los ciudadanos del barrio se han empezado a quejar sobre la producción de humo y carbón que esta empresa genera. Seni Cabarcas Herrera, siapera de nacimiento cuenta como durante las lluvias, el penetrante olor a bacalao que emana la fábrica se vuelve insoportable para los habitantes. Pero el mayor riesgo surge cuando el polvillo de carbón se dispersa por todo el barrio, propagando enfermedades respiratorias.

Seni Cabarcas
Seni Cabarcas, habitante de Siape. Foto: Charlotte Blanco.

Según el Centers for Disease Control and Prevention (CDC) de Estados Unidos, la inhalación de estos contaminantes está vinculada a enfermedades cardíacas crónicas, anemia y crisis respiratorias. Los síntomas más frecuentes como dolores de cabeza, mareos y trastornos digestivos, son solo la antesala de una realidad más cruda: testimonios locales confirman que varios residentes han fallecido tras años de exposición prolongada a estos residuos.

¿Y por qué no lo cierran? Genera trabajo. Y Siape se encuentra atrapado en esa disyuntiva: la necesidad económica de conservar los empleos y el impacto devastador de los desechos industriales en la población.

Resultados clínicos
Resultados clínicos que evidencian exposición de asbesto. Cortesía: Nayibe Camargo.

Por su parte, el estado ha mostrado una preocupante indiferencia ante el clamor de Siape, priorizando el crecimiento económico y los réditos industriales sobre el bienestar público. Esta negligencia no solo ha aniquilado la flora y fauna local, sino que ha destruido la pesca tradicional, obligando a los habitantes a convivir con enfermedades crónicas. Las muertes registradas han sumido a los residentes en el escepticismo; muchos se han dado por vencidos, aceptando la contaminación como una condena inevitable. Otra consecuencia de la llegada de las empresas es que en Siape no queda ni un metro de playa. Las empresas y los muelles privados borraron el paisaje y le cerraron al siapero el paso a las zonas donde siempre tiró la atarraya.

Sus historias coinciden en un punto doloroso: cómo las empresas se asentaron, cómo el daño se extendió con los años y cómo, a pesar de sus protestas, nunca fueron escuchados.

A mediados del siglo XX, aunque los mapas oficiales no trazaran con precisión los límites de Siape, ese sentido de pertenencia nacía del derecho sagrado que otorga el vivir, trabajar y morir en un territorio por generaciones. Sin embargo, con el progreso de Barranquilla, el barrio de Siape cada vez más era reducido, hasta convertirse en las cuatro calles que existen actualmente.

Mapa de Siape
Barrio Siape proyectado en Google Maps.

Cuando la planeación urbana finalmente reconoció a Siape como un barrio oficial, lo hizo bajo una sombra de desventaja. Se le otorgó el título de "barrio", pero se le despojó de su capacidad de proyección urbanística. Actualmente en Siape viven más de 1.900 personas, en su mayoría, niños.

El fenómeno social que llamaron "progreso" trajo consigo una transformación dolorosa. El pescador soberano, el agricultor libre y el pequeño ganadero independiente fueron convertidos, por necesidad, en obreros rasos. Esta transición hacia la vida industrial habría sido más llevadera si hubiera venido acompañada de una inversión social equitativa.

Hoy, la realidad es un espejo de desigualdades: mientras sectores vecinos como San Salvador florecen con proyectos de vivienda, escuelas públicas y privadas, y centros educativos que consolidan el futuro de sus familias, los habitantes de Siape observan desde la orilla cómo se les priva de esos mismos privilegios. No es envidia hacia el vecino, es un clamor por la justicia distributiva: Siape también merece ser parte del desarrollo que ayudó a construir.

Uno de los problemas más críticos que enfrenta el sector es la ausencia de una institución educativa pública. Años atrás, la comunidad contaba con un colegio donado por la Iglesia específicamente para la formación de los niños del barrio. No obstante, según los testimonios recaudados, el colegio fue demolido y el predio cedido a un arquitecto para la construcción de una fábrica adyacente a la parroquia local. De acuerdo con las versiones de los residentes, la orden provino de la Curia de la Iglesia Tequendama y fue comunicada a través de un párroco de la Iglesia Metropolitana; el terreno del colegio habría sido entregado a cambio de la remodelación de la Iglesia Tequendama.

Esta decisión ha obligado a los estudiantes a desplazarse a pie hacia centros educativos fuera del barrio, cruzando la Vía 40. Los habitantes de Siape exigen una equidad institucional; esto implica, necesariamente, la restitución de un entorno educativo digno y seguro dentro de su propio territorio.

La falta de puestos de salud dentro del barrio también es otra problemática que atraviesa el barrio. La alcaldía clausuró el último puesto de salud que funcionaba en el barrio, el cual contaba con el respaldo de la Universidad del Norte. Tras este cierre, los ciudadanos se ven obligados a desplazarse a centros lejanos para recibir atención básica. Si bien los residentes logran acceder al sistema de salud en otros puntos, la ausencia de un centro local deteriora significativamente su calidad de vida y capacidad de respuesta ante emergencias.

Por décadas, Siape has cargado con el estigma del peligro y la carencia, pero detrás de los prejuicios late una comunidad sana, resiliente y profundamente arraigada a su historia. Sin embargo, los habitantes aclaran que, si bien el sector es pacífico, esto no impide que personas externas ingresen a delinquir. Delitos como robos y asaltos en motocicleta, perpetrados por individuos ajenos a la zona, son una preocupación constante. Luis Eduardo Adarraga, relata cómo, durante un encuentro de fútbol, sujetos extraños al barrio provocaron un disturbio que dejó dos muertos y seis heridos. Este trágico evento forzó la suspensión definitiva de las actividades deportivas comunitarias por temor a nuevas represalias. Desde entonces, en Siape la Junta de Acción Comunal no ha vuelto a organizar torneos deportivos.

Siaperos disfrutando
Siaperos disfrutando de la tranquilidad del barrio. Foto: Arytsha Aholibama.

Por otro lado, surge la problemática del Carnaval de Barranquilla. Durante la semana de festividades, los habitantes de Siape quedan virtualmente atrapados en su propio territorio debido al cierre total de las vías de acceso. Aunque la Junta de Acción Comunal logró negociar con la alcaldía una compensación económica para los afectados, persiste una profunda preocupación: en caso de una emergencia médica o de otra índole, la movilidad es nula, lo que pone en riesgo la vida de los residentes.

Esta situación está estrechamente ligada a la urbanización acelerada de la zona. Con el auge de los eventos en el Malecón y los proyectos de infraestructura en sus alrededores, los ciudadanos de Siape sienten que han sido relegados al olvido. Si bien la alcaldía interviene de manera esporádica en asuntos menores, la ayuda carece de consistencia y las problemáticas estructurales como salud, educación, seguridad y movilidad permanecen vigentes. Mientras el entorno se moderniza para el turismo, el barrio queda atrapado en un ciclo de abandono estatal.

Por otro lado, los habitantes de Siape, específicamente el Sector del Malecón, manifiestan que hace poco el gobierno les ha dicho que están viviendo ilegalmente dentro del barrio, aunque la casa y el territorio hayan sido comprados hace más de 40 años. María Concepción Vargas de Camargo, habitante del Sector del Malecón afirma que ya han llegado compradores. Ellos no saben si quieren extender el Malecón o construir nuevas empresas. Lo que si tienen claro es que eventualmente los presionaran a vender sus propiedades y mudarse fuera del barrio.

María Concepción Vargas
María Concepción Vargas de Carmargo, habitante del Sector del Malecón. Foto Joaquín Botero.

En cada siapero se nota el amor hacia su barrio, y la tristeza que les produce saber que no podrán seguir viviendo en el territorio que los vio nacer y crecer. Mientras tanto, la Junta de Acción Comunal del Siape trabaja en resolver estas problemáticas, aunque no cuenten con apoyo estatal. Todas las semanas organizan programas sociales que brindan almuerzos a niños y adultos mayores. Espacios recreativos, ayudas a las madres cabeza de hogar y garantizar educación superior a los jóvenes.

Hoy, Siape permanece bajo la sombra de las grandes empresas que lo rodean. Aun así, el barrio permanece resiliente, enfrentando el olvido institucional y las consecuencias de un desarrollo que, durante años, le ha dado la espalda a su territorio y a su gente.

Los Rostros de la Resistencia

Manuel Herrera García
—Los pescadores mantienen viva la conexión entre el hombre y el mar.

Manuel Herrera García

el pescador que resiste el fin del oficio

Manuel Esteban Herrera García nació en Ciénaga en 1949. A los nueve años se mudó a Siape con sus padres y seis hermanos, con quienes jugaba futbol en el barrio. Su padre, Luis Alberto Herrera era pescador y su madre, María Isabel García se encargaba de vender el pescado. Cuando Manuel tenía 15 años, su padre murió en un accidente de carretera en Puerto Colombia al regresar de una larga jornada de pesca en el barrio Las Flores. En consecuencia, Manuel tuvo que dejar los estudios, aprender a pescar y tomar el puesto de líder en su familia.

Manuel recuerda aquellos tiempos con gratitud, a pesar de todas las dificultades que tuvo que atravesar. Abandonar sus sueños para mantener a sus hermanos y madre es uno de los mayores sacrificios que tuvo que hacer, pero siempre reconociendo cada experiencia con una oportunidad que no desaprovechó para aprender. Aquella época era muy diferente, los niños se bañaban en el rio, las calles aun eran de tierra y se podía respirar con tranquilidad. Tiempos en los que, con solo 20 centavos, toda su familia podía comer.

Dorina Camargo De La Hoz
— Éramos una familia demasiado humilde, carecíamos de muchas cosas. Pero éramos felices.

Dorina Camargo De La Hoz

la enfermera que se volvió presidenta

Era 26 de diciembre de 1957 cuando Dorina Camargo De La Hoz nació, cuando Siape aún era corregimiento y en épocas de invierno el rio Magdalena aun llegaba a la vía 40. No había centro de salud, así que fue Adela de Vargas, una partera de barrio, quien la recibió. Es la mayor de cuatro hermanos, a quienes Dorina ama como si fueran sus propios hijos.

Desde muy pequeña tuvo que trabajar para ayudar económicamente a sus padres, primero en almacenes de calzado y luego como vendedora en la Clínica Bautista, donde comenzó a acercarse al mundo de la enfermería. Su padre se llamaba Manuel Camargo y su madre era María Camargo. Ambos siaperos de nacimiento, y eso se notaba en sus rostros, los que cargaban con los mismos rasgos de los indígenas que alguna vez habitaron el territorio. Rasgos con los que también carga Dorina. El padre trabajaba como pescador y era analfabeta; la madre, ama de casa, había cursado solo primaria, pero fue quien enseñó a leer al señor Manuel.

Luis Eduardo Adarraga Medina
—Luis Carlos Galán habló con la gente, prometió un puente y construyó el puente. Siempre será un amigo de Siape.

Luis Eduardo Adarraga Medina

el hombre que nunca se fue de Siape

Luis Eduardo Adarraga Medina nació en 1952 en el sector de Las Flores. No es nativo de Siape, pero se siente tan siapero como cualquier otro. Creció en una familia de diez hermanos, sostenida por su padre, quien era proveniente de inmigrantes españoles. Su padre, Luis Eduardo Adarraga Rodríguez fue trabajador de la empresa Rayón conocido como “Soldador Triple A”, apodo con el que todos lo llamaban. Su madre, se llamaba Hortensia Medina, oriunda del corregimiento El Salado, Bolívar. Una mujer que murió amando Siape, que le recordaba a su pueblo natal.

Luis Eduardo recuerda con nostalgia los traganíqueles, conocidos popularmente como tragamonedas. Para él era un verdadero disfrute ir a poner música; esa era su afición. Conseguía las monedas ayudándole a su tío a cortar panelas en cuartos, y todo lo que ganaba terminaba en aquellas máquinas para seguir escuchando canciones.

Mónica Ariza Camargo

Mónica Ariza cuando era presidenta de la Junta de Acción Comunal. Foto: Joaquín Botero.

—Yo nunca aprendí a darle la espalda a mi gente.

Mónica Ariza Camargo

la primera mujer presidenta de Siape

Mónica Ariza Camargo nació el 19 de febrero de 1957 en una época en la que Siape todavía parecía un pueblo detenido entre el río y la brisa. Su nacimiento fue atendido por Fina Barranco, una partera reconocida por todas las familias del sector.

Su madre era siapera de nacimiento. Su padre, Ramón Elías Ariza, venía de Prado Viejo y trabajaba como contador público. Ambos se conocieron en la empacadora del Prado, una empresa dedicada al procesamiento de pescado. Mónica fue la mayor de tres hermanos y, aunque el tiempo les arrebató a los dos varones, todavía habla de ellos como si siguieran acompañándola en cada recuerdo.

Galería

Imágenes cotidianas de Siape

Siapero en la tienda

Siapero en tienda. Foto: Arytsha Aholibama

Tienda del Malecón

Tienda Sector Malecón. Foto: Arytsha Aholibama

Tendera

Tendera del barrio. Foto: Joaquín Botero

Michellmar

Trasera Michellmar. Foto: Joaquín Botero

Casa de Seni Cabarcas

Casa Seni Cabarcas. Foto: Charlotte Blanco

Aquí vivió el prote Félix

Aquí vivió el profe Félix. Foto: Arytsha Aholibama

Sede de La Junta de Acción Comunal

Sede Junta de Acción Comunal. Foto: Arytsha Aholibama

Sector del Malecón

Sector del Malecón. Foto: Charlotte Blanco

Siape desde el Malecón

Siape desde el Malecón. Foto: Arytsha Aholibama

Arroyo que divide Siape

Arroyo que divide Siape. Foto: Joaquín Botero

Niña de Siape recogiendo agua

Niña recogiendo agua. Foto: Arytsha Aholibama

La Taruya está invadiendo el río

Taruya invadiendo el río. Foto: Arytsha Aholibama

Pescador regresando de las faenas

Pescador regresando de faenas. Foto: Arytsha Aholibama

Calle de Siape

Calle de Siape. Foto: Charlotte Blanco

Parque de Siape

Parque de Siape. Foto: Charlotte Blanco

Equipo de Trabajo

Edición General Arytsha Aholibama
Fotografía y Video Charlotte Blanco, Joaquín Botero y Arytsha Aholibama
Periodistas Arytsha Aholibama, Luis Carlos Vergara,
Sophie Esmeral y Mariangel Rodríguez
Creación Digital Charlotte Blanco y Joaquín Botero

Revisión y corrección de texto por el profesor Javier Franco Altamar y Diseño web por la profesora Andrea Cancino Borbón como parte del acompañamiento que ofrece el programa de Comunicación Social y Periodismo a sus estudiantes.

Los nadie de Siape

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