"La memoria de Siape es más vieja que Barranquilla. Hace un siglo Siape era vereda. Después, corregimiento. Los límites llegaban hasta la carrera 51, tragándose lo que hoy es San Salvador, Las Tres Ave Marías y La Floresta. En los años 40, Siape tenía mil metros de playa. Cuando Barranquilla creció, quedó como barrio: al norte, pegado al Magdalena y a un paso del Malecón."
Historia
Bienvenido a Siape
En Siape el día no lo marca el reloj. Lo marca el sol abriéndose paso sobre el Magdalena y el primer bus que ruge por la Vía 40. Son cuatro calles nada más. Cuatro calles donde cabe un país entero. Aquí el albañil se santigua antes de agarrar el palustre, el pescador se echa la atarraya al hombro como quien carga una herencia, la mujer siapera, esa que no se vara con nada, deja el desayuno listo antes de salir a guerreársela, y los pelaos se le miden a la Vía 40 con tal de llegar al colegio. No tienen lo mismo. Pero comparten lo único que el “progreso” no ha podido quitarles: una resiliencia que pesa, y una historia que, aunque la quisieron enterrar, sigue latiendo bajo el pavimento.
La memoria de Siape es más vieja que Barranquilla. Hace un siglo Siape era vereda. Después, corregimiento. Los límites llegaban hasta la carrera 51, tragándose lo que hoy es San Salvador, Las Tres Ave Marías y La Floresta. En los años 40, Siape tenía mil metros de playa. Cuando Barranquilla creció, quedó como barrio: al norte, pegado al Magdalena y a un paso del Malecón. Antes se llamó "Buenos Aires". Así le decían por la brisa que bajaba del mar y limpiaba el calor. Nadie sabe con exactitud cuándo cambió de nombre, solo queda el recuerdo de los viejos.
Actualmente, el barrio lleva el nombre del cacique Siapa, líder indígena que mandaba en esas tierras cuando el asfalto era solo monte. Fue en este mismo sitio donde se realizaron dos descubrimientos de cementerios indígenas. La primera vez fue en 1950, cuando las explosiones de dinamita utilizadas por la empresa “Cementos del Caribe” para la extracción de roca desenterraron los restos de un cementerio indígena. Décadas más tarde, en 1987, la historia volvió a emerger de forma fortuita: un habitante, Aquiles Saltarín, halló siete vasijas de barro que resguardaban restos óseos.
Por negligencia del Departamento Antropológico de la Universidad del Atlántico, aquel legado se esfumó. Solo quedó la amarga certeza de una historia que le pertenece a Siape, pero que le fue arrebatada. Aunque, si uno se fija bien, puede ver en los siaperos los rasgos de aquellos indígenas que caminaron aquel territorio hace más de 300 años.
Foto: Gustavo Torres (1987). Fuente: Archivos de “Historia de mi barrio” por Heverts Macias.
El historiador Heverts Macias Colina, en Historia de mi Barrio, confirma que esos primeros habitantes tenían el mismo linaje de los pueblos de Malambo y Tubará. Muchos se fueron, otros se quedaron y echaron raíz.
Isidro "Chino" Camargo fue uno de ellos. Murió a los 98 años. Lo recuerdan como un hombre de "raza india", proveniente de La Guajira o del Magdalena, que mantuvo viva la costumbre del agrupamiento familiar. Esa que todavía hace que en Siape el vecino sea primo y el primo sea hermano. Los Camargo, junto a los Camacho, Macías, Thalliens, De la Hoz, Herrera, Díaz y Mendoza, son apellidos que fundaron el barrio. Apellidos que aún se gritan de terraza a terraza cuando cae la tarde.
Entrada a la casa de Alejandro Camargo, pescador siapero. Foto: Joaquín Botero.
Siape era agua. El ecosistema original del territorio era de “jagueyes”, espejos de agua conocidos como ojos de buey. Era una zona baja y húmeda, por lo que, con el paso de los años, tuvo que ser rellenada considerablemente para permitir su desarrollo. La línea del tren a Puerto Colombia era un muro que atajaba al río para que no se metiera a San Salvador.
Este terruño parecía un paraíso. Venían extranjeros a cazar patos, familias como los Parrish frecuentaban la zona. Quienes crecieron ahí hablan de abundancia. La tierra daba yuca, ñame, mango, papaya. El rio Magdalena era menos caudaloso, los niños aprendían a nadar mientras las madres, sentadas en piedras gigantes, lavaban la ropa y esperaban a los pescadores. Lo mejor iba para el mercado. Lo otro, para la olla. Dagoalberto Silva Villar lo resume con nostalgia en una frase: “Cuando yo era joven, este barrio era muy rico en comida… ya no más”.
Dagoalberto Silva Villar, miembro de la Asociación de pescadores. Foto: Arytsha Aholibama.
Fue, sobre todo, un barrio de pescadores. Isidro y Rafael Camargo son pioneros de un oficio que fue identidad y supervivencia. Se pescaba con cordel o atarraya porque el nylon no existía. El secreto del río pasaba de padre a hijo.
En 1955, el 99,5% de Siape era liberal. Y paradójicamente, fueron unos pocos conservadores quienes, con la Junta de la Inmaculada Concepción, lograron llevar el agua potable. Después llegó la luz, y como el alumbrado público no alcanzaba, los siaperos caminaban con linternas para esquivar cascabeles y mapanás.
En 1987, Luis Carlos Galán pisó Siape. Llegó con Gloria Pachón y Rodrigo Lara Bonilla. Bailó, cantó, comió con la gente. Luego le entregó a Álvaro Altamar y Claudio de la Hoz los documentos para gestionar dos obras vitales: el parque y el puente sobre el arroyo de la calle 82, que conectaba con Las Malvinas.
Con la promulgación de la Ley 19 de 1958, durante el gobierno de Alberto Lleras Camargo, la antigua Sociedad de Mejoras dio paso a la Junta de Acción Comunal. Desde entonces, y en articulación con la Junta Comunal de San Salvador, la comunidad continuó haciéndose cargo del mantenimiento y atención del cementerio de Siape, un lugar cargado de memoria y arraigo para las familias del barrio.
Después vinieron dos batallas ganadas: la reconstrucción del parque de la Virgen del Carmen, en la calle 85, corazón del barrio desde 1959. Y el puente peatonal de la 82 con 84. Antes del puente, cuando el arroyo crecía, Siape quedaba dividido en dos. La obra no fue solo cemento. Fue la prueba de que este barrio sabe abrirse paso entre el abandono. Ambas se lograron con gestión comunitaria y el respaldo de Galán ante el Ministerio de Gobierno.
Puente construido después de la gestión de Luis Carlos Galán. Foto: Arytsha Aholibama.
En 1935, Siape dio un paso importante en su historia con la creación de su primera escuela pública. El proyecto fue impulsado por la Sociedad Inmaculada Concepción y funcionaba en la carrera 84 entre calles 83 y 84. Para muchas familias del barrio, aquella pequeña escuela representó mucho más que un espacio educativo: era la posibilidad de que sus hijos aprendieran a leer y escribir sin tener que abandonar el sector.
Durante años, el sonido de los cuadernos, las voces de los niños y el movimiento de los maestros hicieron parte de la cotidianidad del barrio. Sin embargo, la escuela dejó de funcionar definitivamente luego de que el terreno se le cediera a una fábrica.
El primer puesto de salud llegó gracias a iniciativas impulsadas por la Universidad del Norte. Aunque representó un alivio para los habitantes, el centro de atención desapareció con el paso de los años. Hoy, Siape no cuenta con un centro de salud propio, obligando a muchos habitantes a desplazarse a otros sectores para recibir atención médica.
Pero si hay algo que ha acompañado a Siape a lo largo de los años, es la fe. La espiritualidad y la relación con Dios han sido un refugio constante para gran parte de la comunidad, profundamente marcada por la tradición católica. En medio de las dificultades, la esperanza siempre ha encontrado un lugar donde mantenerse viva.
La parroquia San Judas Tadeo se ha convertido en mucho más que un templo: es el corazón espiritual de los siaperos, un punto de encuentro donde las oraciones, la unión y la solidaridad fortalecen a la comunidad. Entre sus paredes se han abrazado las alegrías, las pérdidas y las luchas de generaciones enteras, convirtiéndola en un símbolo de resiliencia, esperanza y fe inquebrantable.
Quienes viven en Siape lo siguen describiendo como un barrio sano. No porque carezca de problemas, sino porque todavía conserva algo que el tiempo, el abandono y el crecimiento de la ciudad no han logrado destruir: el sentido de comunidad.
En Siape aún sobreviven las puertas abiertas, los vecinos que se conocen por nombre y las historias contadas en las terrazas cuando cae la tarde. Sobrevive la memoria de los pescadores que hicieron del río su sustento, de las madres que lavaban ropa en la orilla y de los niños que crecieron entre el agua, la brisa y la tierra fértil. Aunque el progreso les arrebató parte de su territorio y aunque muchas promesas quedaron a medio camino, el barrio continúa resistiendo.
Porque Siape no es solo un lugar en el mapa de Barranquilla. Es la memoria viva de una comunidad que aprendió a levantarse entre el río y el olvido.
Problemática
Siape No Puede Respirar
Siape quedó en el epicentro de la zona industrial del norte de Barranquilla. No importa de dónde venga el viento: todo el humo, todo el polvillo, todo el ruido de la Vía 40 termina ahí. El arte de la pesca, que antes era una herencia transmitida de padre a hijo, hoy es un camino casi olvidado por la comunidad.
Hubo un tiempo en que el río Magdalena no era solo un paisaje, sino el alma de Siape. Era un barrio de pescadores donde el bocachico, el bagre y la mojarra eran el sustento y el orgullo de las familias. Antiguamente, la población se abastecía de sus aguas para el consumo humano y otras labores domésticas, empleando únicamente métodos tradicionales como la tuna y el alumbre. Pese a la sencillez del tratamiento, las enfermedades diarreicas eran poco frecuentes, gracias a la capacidad de autodepuración que el río poseía en aquel entonces.
Siape quedó en el epicentro de la zona industrial del norte de Barranquilla. No importa de dónde venga el viento: todo el humo, todo el polvillo, todo el ruido de la Vía 40 termina ahí. El arte de la pesca, que antes era una herencia transmitida de padre a hijo, hoy es un camino casi olvidado por la comunidad. Alejandro Camargo, de los últimos pescadores, ahora tiene que viajar horas río arriba para encontrar lo que antes su papá sacaba frente a la casa.
Alejandro Camargo, pescador de Siape. Foto: Joaquín Botero.
Siape solo pide algo que, parece, nunca volverán a tener: aire puro y aguas limpias. Las empresas Naturmega y Michellmar localizadas cerca del barrio, han sido una de las principales causantes de la contaminación del barrio.
A partir del 2008, los ciudadanos del barrio se han empezado a quejar sobre la producción de humo y carbón que esta empresa genera. Seni Cabarcas Herrera, siapera de nacimiento cuenta como durante las lluvias, el penetrante olor a bacalao que emana la fábrica se vuelve insoportable para los habitantes. Pero el mayor riesgo surge cuando el polvillo de carbón se dispersa por todo el barrio, propagando enfermedades respiratorias.
Seni Cabarcas, habitante de Siape. Foto: Charlotte Blanco.
Según el Centers for Disease Control and Prevention (CDC) de Estados Unidos, la inhalación de estos contaminantes está vinculada a enfermedades cardíacas crónicas, anemia y crisis respiratorias. Los síntomas más frecuentes como dolores de cabeza, mareos y trastornos digestivos, son solo la antesala de una realidad más cruda: testimonios locales confirman que varios residentes han fallecido tras años de exposición prolongada a estos residuos.
¿Y por qué no lo cierran? Genera trabajo. Y Siape se encuentra atrapado en esa disyuntiva: la necesidad económica de conservar los empleos y el impacto devastador de los desechos industriales en la población.
Resultados clínicos que evidencian exposición de asbesto. Cortesía: Nayibe Camargo.
Por su parte, el estado ha mostrado una preocupante indiferencia ante el clamor de Siape, priorizando el crecimiento económico y los réditos industriales sobre el bienestar público. Esta negligencia no solo ha aniquilado la flora y fauna local, sino que ha destruido la pesca tradicional, obligando a los habitantes a convivir con enfermedades crónicas. Las muertes registradas han sumido a los residentes en el escepticismo; muchos se han dado por vencidos, aceptando la contaminación como una condena inevitable. Otra consecuencia de la llegada de las empresas es que en Siape no queda ni un metro de playa. Las empresas y los muelles privados borraron el paisaje y le cerraron al siapero el paso a las zonas donde siempre tiró la atarraya.
Sus historias coinciden en un punto doloroso: cómo las empresas se asentaron, cómo el daño se extendió con los años y cómo, a pesar de sus protestas, nunca fueron escuchados.
A mediados del siglo XX, aunque los mapas oficiales no trazaran con precisión los límites de Siape, ese sentido de pertenencia nacía del derecho sagrado que otorga el vivir, trabajar y morir en un territorio por generaciones. Sin embargo, con el progreso de Barranquilla, el barrio de Siape cada vez más era reducido, hasta convertirse en las cuatro calles que existen actualmente.
Barrio Siape proyectado en Google Maps.
Cuando la planeación urbana finalmente reconoció a Siape como un barrio oficial, lo hizo bajo una sombra de desventaja. Se le otorgó el título de "barrio", pero se le despojó de su capacidad de proyección urbanística. Actualmente en Siape viven más de 1.900 personas, en su mayoría, niños.
El fenómeno social que llamaron "progreso" trajo consigo una transformación dolorosa. El pescador soberano, el agricultor libre y el pequeño ganadero independiente fueron convertidos, por necesidad, en obreros rasos. Esta transición hacia la vida industrial habría sido más llevadera si hubiera venido acompañada de una inversión social equitativa.
Hoy, la realidad es un espejo de desigualdades: mientras sectores vecinos como San Salvador florecen con proyectos de vivienda, escuelas públicas y privadas, y centros educativos que consolidan el futuro de sus familias, los habitantes de Siape observan desde la orilla cómo se les priva de esos mismos privilegios. No es envidia hacia el vecino, es un clamor por la justicia distributiva: Siape también merece ser parte del desarrollo que ayudó a construir.
Uno de los problemas más críticos que enfrenta el sector es la ausencia de una institución educativa pública. Años atrás, la comunidad contaba con un colegio donado por la Iglesia específicamente para la formación de los niños del barrio. No obstante, según los testimonios recaudados, el colegio fue demolido y el predio cedido a un arquitecto para la construcción de una fábrica adyacente a la parroquia local. De acuerdo con las versiones de los residentes, la orden provino de la Curia de la Iglesia Tequendama y fue comunicada a través de un párroco de la Iglesia Metropolitana; el terreno del colegio habría sido entregado a cambio de la remodelación de la Iglesia Tequendama.
Esta decisión ha obligado a los estudiantes a desplazarse a pie hacia centros educativos fuera del barrio, cruzando la Vía 40. Los habitantes de Siape exigen una equidad institucional; esto implica, necesariamente, la restitución de un entorno educativo digno y seguro dentro de su propio territorio.
La falta de puestos de salud dentro del barrio también es otra problemática que atraviesa el barrio. La alcaldía clausuró el último puesto de salud que funcionaba en el barrio, el cual contaba con el respaldo de la Universidad del Norte. Tras este cierre, los ciudadanos se ven obligados a desplazarse a centros lejanos para recibir atención básica. Si bien los residentes logran acceder al sistema de salud en otros puntos, la ausencia de un centro local deteriora significativamente su calidad de vida y capacidad de respuesta ante emergencias.
Por décadas, Siape has cargado con el estigma del peligro y la carencia, pero detrás de los prejuicios late una comunidad sana, resiliente y profundamente arraigada a su historia. Sin embargo, los habitantes aclaran que, si bien el sector es pacífico, esto no impide que personas externas ingresen a delinquir. Delitos como robos y asaltos en motocicleta, perpetrados por individuos ajenos a la zona, son una preocupación constante. Luis Eduardo Adarraga, relata cómo, durante un encuentro de fútbol, sujetos extraños al barrio provocaron un disturbio que dejó dos muertos y seis heridos. Este trágico evento forzó la suspensión definitiva de las actividades deportivas comunitarias por temor a nuevas represalias. Desde entonces, en Siape la Junta de Acción Comunal no ha vuelto a organizar torneos deportivos.
Siaperos disfrutando de la tranquilidad del barrio. Foto: Arytsha Aholibama.
Por otro lado, surge la problemática del Carnaval de Barranquilla. Durante la semana de festividades, los habitantes de Siape quedan virtualmente atrapados en su propio territorio debido al cierre total de las vías de acceso. Aunque la Junta de Acción Comunal logró negociar con la alcaldía una compensación económica para los afectados, persiste una profunda preocupación: en caso de una emergencia médica o de otra índole, la movilidad es nula, lo que pone en riesgo la vida de los residentes.
Esta situación está estrechamente ligada a la urbanización acelerada de la zona. Con el auge de los eventos en el Malecón y los proyectos de infraestructura en sus alrededores, los ciudadanos de Siape sienten que han sido relegados al olvido. Si bien la alcaldía interviene de manera esporádica en asuntos menores, la ayuda carece de consistencia y las problemáticas estructurales como salud, educación, seguridad y movilidad permanecen vigentes. Mientras el entorno se moderniza para el turismo, el barrio queda atrapado en un ciclo de abandono estatal.
Por otro lado, los habitantes de Siape, específicamente el Sector del Malecón, manifiestan que hace poco el gobierno les ha dicho que están viviendo ilegalmente dentro del barrio, aunque la casa y el territorio hayan sido comprados hace más de 40 años. María Concepción Vargas de Camargo, habitante del Sector del Malecón afirma que ya han llegado compradores. Ellos no saben si quieren extender el Malecón o construir nuevas empresas. Lo que si tienen claro es que eventualmente los presionaran a vender sus propiedades y mudarse fuera del barrio.
María Concepción Vargas de Carmargo, habitante del Sector del Malecón. Foto Joaquín Botero.
En cada siapero se nota el amor hacia su barrio, y la tristeza que les produce saber que no podrán seguir viviendo en el territorio que los vio nacer y crecer. Mientras tanto, la Junta de Acción Comunal del Siape trabaja en resolver estas problemáticas, aunque no cuenten con apoyo estatal. Todas las semanas organizan programas sociales que brindan almuerzos a niños y adultos mayores. Espacios recreativos, ayudas a las madres cabeza de hogar y garantizar educación superior a los jóvenes.
Hoy, Siape permanece bajo la sombra de las grandes empresas que lo rodean. Aun así, el barrio permanece resiliente, enfrentando el olvido institucional y las consecuencias de un desarrollo que, durante años, le ha dado la espalda a su territorio y a su gente.
Los Rostros de la Resistencia
—Los pescadores mantienen viva la conexión entre el hombre y el mar.
Manuel Herrera García
el pescador que resiste el fin del oficio
Manuel Esteban Herrera García nació en Ciénaga en 1949. A los nueve años se mudó a Siape con sus padres y seis hermanos, con quienes jugaba futbol en el barrio. Su padre, Luis Alberto Herrera era pescador y su madre, María Isabel García se encargaba de vender el pescado. Cuando Manuel tenía 15 años, su padre murió en un accidente de carretera en Puerto Colombia al regresar de una larga jornada de pesca en el barrio Las Flores. En consecuencia, Manuel tuvo que dejar los estudios, aprender a pescar y tomar el puesto de líder en su familia.
Manuel recuerda aquellos tiempos con gratitud, a pesar de todas las dificultades que tuvo que atravesar. Abandonar sus sueños para mantener a sus hermanos y madre es uno de los mayores sacrificios que tuvo que hacer, pero siempre reconociendo cada experiencia con una oportunidad que no desaprovechó para aprender. Aquella época era muy diferente, los niños se bañaban en el rio, las calles aun eran de tierra y se podía respirar con tranquilidad. Tiempos en los que, con solo 20 centavos, toda su familia podía comer.
—Hasta el Junior era mejor equipo cuando yo era pelao—admite riéndose, mientras en su tez oscura se dibujan arrugas que delatan todos los años vividos.
Es juniorista de corazón. Desde muy pequeño su pasión era el futbol; amaba jugarlo y verlo. En la gran mayoría de sus recuerdos siempre estuvo un balón de futbol cerca de él o una radio encendida en la que algún locutor narraba el partido del Junior.
Pero cuando no estaba escuchando jugar al Junior, Manuel pasaba días enteros pescando bajo el sol con los pies sumergidos en el agua. Para él, una buena pesca depende del mar. Si este amanece bravo, pierdes todas las ganancias del día. Aunque, él afirma conocerlo bastante bien, y sabe diferenciar cuando está de buenas o de malas.
Hoy en Siape, la pesca es una actividad que se ha perdido, debido a la contaminación del rio. La pesca dejó de ser un medio de vida por el sabor anormal del pescado, para convertirse en un deporte o hobby.
Manuel se fue a navegar a Panamá, abandonando el barrio por algunos años. Sin embargo, por azares del destino regresó. Desde entonces, no se ha vuelto a ir. Manuel es feliz ahí, su familia y corazón residen en Siape. Lamentablemente, su casa será una de las primeras en desaparecer, a causa del desarrollo de Barranquilla.
Hace un año que Manuel no va a pescar en el Magdalena. Pero aun con su mirada, cargada de nostalgia y dolor, resiste.
Además de la pesca, Manuel es artesano y carpintero, hace mayas de fútbol, hamacas de pita, canoas, cayucos y lanchas. “El diablo” y “El señor Púa” son los maestros en esta labor, que le enseñaron todo lo que sabe ahora. Pasa los días sentado en su taburete, armando con sus manos alguna artesanía que le pidieron. Así se gana la vida. Ahora se encuentra armando un “chinchorro”, una red de descanso tejida a mano; sin embargo, hacerla es muy costoso, por lo que ha tardado bastante en terminarla.
Manuel Herrera en su casa, sosteniendo el “chinchorro”. Foto: Arytsha Aholibama.
—¿Qué es lo que más le gusta de Siape? —Que es el barrio mas seguro que tiene Barranquilla— responde, mientras pasa su mano por su barba, donde las canas ya se asoman.
Manuel vuelve a sacar su sonrisa al hablar de Siape. En su barrio, se ayuda a todo él que lo necesite; hay mucha gente de afuera que necesitan trabajo, pero en Siape se les ayuda a salir adelante.
Recientemente, en la Vía 40 se han generado muchos accidentes y junto a la extensión del malecón, Siape se ha convertido en ese obstáculo que los poderosos de la ciudad quieren eliminar a cualquier costo.
—¿Cómo nos vamos a poner a pelear con aquel que lo tiene todo? El que tiene plata, es el que manda.
Manuel cuenta que hay gente que está muriendo. Históricamente, Siape ha sufrido por el polvillo de carbón debido al transporte y manejo de minerales en las zonas aledañas. Para él, era normal bañarse en el río con sus hermanos e ir por agua para sus necesidades básicas, algo que hoy es imposible. La contaminación ha transformado el río, y el gobierno tampoco hace nada. Especie de fauna y flora han desaparecido por completo. Esto no solo es una pérdida económica para los habitantes, es una perdida ambiental para toda Barranquilla.
—Lo que necesita Siape es un colegio para los niños—dice.
Antes, la comunidad contaba con un colegio donado por la iglesia, pero fue demolido para construir una fábrica. Manuel sueña con que en Siape se construya un colegio para los niños y jóvenes del barrio, de manera que no tengan que cruzar la Vía 40 y estén seguros.
La historia de Manuel Esteban Herrera García no es solo el relato de un hombre que aprendió a pescar en las aguas de Siape por necesidad; es la historia de alguien que ha luchado por no quedar a la deriva frente al progreso industrial en Barranquilla. La pesca representa en el barrio más que un oficio: es un tejido social que sostuvo a los habitantes durante décadas.
Manuel no fue solo un hombre que lanzaba la red al río. También es artesano, carpintero y guardián de la memoria de los comienzos de Siape. Sostuvo a su familia y llevó alimento al barrio. Fue el capitán de su propia vida. Y aunque ya no dedique sus días a lanzar mallas de red al río, sigue sosteniendo el alma de un barrio que se niega a ser náufrago ante el olvido.
— Éramos una familia demasiado humilde, carecíamos de muchas cosas. Pero éramos felices.
Dorina Camargo De La Hoz
la enfermera que se volvió presidenta
Era 26 de diciembre de 1957 cuando Dorina Camargo De La Hoz nació, cuando Siape aún era corregimiento y en épocas de invierno el rio Magdalena aun llegaba a la vía 40. No había centro de salud, así que fue Adela de Vargas, una partera de barrio, quien la recibió. Es la mayor de cuatro hermanos, a quienes Dorina ama como si fueran sus propios hijos.
Desde muy pequeña tuvo que trabajar para ayudar económicamente a sus padres, primero en almacenes de calzado y luego como vendedora en la Clínica Bautista, donde comenzó a acercarse al mundo de la enfermería. Su padre se llamaba Manuel Camargo y su madre era María Camargo. Ambos siaperos de nacimiento, y eso se notaba en sus rostros, los que cargaban con los mismos rasgos de los indígenas que alguna vez habitaron el territorio. Rasgos con los que también carga Dorina. El padre trabajaba como pescador y era analfabeta; la madre, ama de casa, había cursado solo primaria, pero fue quien enseñó a leer al señor Manuel.
Matrimónio de los padres de Dorina Camargo en 1949. Cortesía: Dorina Camargo
La familia vivía en condiciones de extrema pobreza: habitaban un solo cuarto y muchas veces debían esperar todas las tardes, a que el padre regresara de la pesca para poder comer. Lo mejor de la pesca se vendía y lo que sobraba, se lo comían ellos.
—Aunque mi padre pescara o cultivara, no significaba que teníamos algo que comer. Si desayunabas, no almorzabas. Si almorzabas, no cenabas.
Los ojos rasgados de Dorina se llenan de lágrimas cuando cuenta la muerte de dos de sus hermanos. Su madre tuvo 13 partos, solo sobrevivieron cuatro. Uno de los niños murió cuando tenía cinco años y el otro ocho. Eran muy pequeños cuando murieron.
—¿Por qué murieron? —Desnutrición. En aquel entonces había muchas enfermedades que no podíamos tratar.
La mortalidad infantil era bastante común en el barrio. Muchos niños murieron por desnutrición, anemia y enfermedades gastrointestinales asociadas a la pobreza y falta de atención médica. Tampoco había escuelas y mucho menos servicios públicos. No existía alcantarillado ni acueducto; las familias usaban letrinas y cocinaban con leña. El acceso al agua dependía de una pila pública donde las familias hacían largas filas para abastecerse. Las mujeres lavaban ropa a orillas del río Magdalena, utilizando piedras grandes y jabón artesanal, mientras los niños se bañaban y jugaban en el rio, que en ese entonces era menos caudaloso e incluso, se poda trasladar al ganado desde la Isla Salamanca hasta Siape. Más adelante, en los años 70, comenzaron a llegar algunos servicios públicos.
Durante el invierno, cuando el agua llegaba hasta la Vía 40 y todo el barrio quedaba convertido en una laguna, las familias debían desplazarse en canoas. Las casas eran pequeñas estructuras de madera con techo de paja, construidas sobre estructuras de madera elevadas con horquetas, diseñadas para soportar las crecientes.
Dorina ama a Siape, y lo puedes sentir cuando habla de su barrio. A pesar de las dificultades, ella recuerda con nostalgia muchas anécdotas. Cuando todos los niños de barrio se reunían a jugar en una pila enorme de arena, hacían patinetas improvisadas y se deslizaban. Todos eran unidos. La comida se compartía y en las tardes todos se reunían en la casa de algún vecino a tomar tinto.
La primera iglesia del sector fue Nuestra Señora del Carmen, ubicada en la calle 84 con carrera 84.
Estudió la primaria en la Escuela Número 22 para Niñas y luego cursó bachillerato en la Escuela Hogar para Señoritas. Posteriormente ingresó al SENA para estudiar auxiliar de enfermería. Su decisión estuvo motivada por el deseo de romper el ciclo de pobreza que había marcado su infancia y ofrecer una vida mejor a sus futuros hijos y hermanos menores.
—Fui la mejor estudiante de mi promoción.
Desde niña sentía fascinación por la enfermería y soñaba con ayudar a los demás. Cuando se graduó en 1977, se convirtió en “la enfermera del barrio”, en una época en que Siape carecía de servicios médicos y personal de salud. “Las mujeres no deben estudiar”, así le decía siempre su padre. Pero su madre fue su motor, la señora María, todas las semanas empeñaba un reloj Cornavin para poder pagar sus estudios. Fue por su madre, su ejemplo a seguir, que Dorina entendió desde muy pequeña la importancia de creer en sí misma, luchar y superarse.
El primer puesto de salud del sector inicialmente fue apoyado por la Universidad del Norte y luego por la Universidad Metropolitana. Lamentablemente, después de años, el puesto de salud dejó de funcionar.
En 1978, Dorina se casó con un hombre también nacido en Siape. Sin embargo, el matrimonio fracasó al poco tiempo y quedó sola criando a su hijo, nacido en 1980. Más adelante tuvo una hija con un navegante que posteriormente la abandonó. A pesar de las dificultades, logró sacar adelante a sus dos hijos trabajando en el área de la salud. Su hijo llegó a convertirse en oficial de alto rango de la Armada Nacional de Colombia tras 26 años de servicio, mientras que su hija siguió sus pasos en el campo de la enfermería y hoy trabaja como auxiliar de enfermería.
Su trayectoria profesional continuó creciendo con los años. Después de pensionarse decidió irse a Medellín junto a su hija, quien estaba casada con un policía trasladado a esa ciudad. Primero trabajó en la Clínica de Policías de Envigado, donde conoció al Dr. Mauricio Echeverria, quien se convertiría en una pieza fundamental en la vida profesional de Dorina.
Por recomendación del Dr. Echeverria, Dorina obtuvo uno de los logros más importantes de su vida: integrar la Junta Directiva de la Clínica León XIII, antiguo Seguro Social de Medellín. Durante esa etapa estudió instrumentación quirúrgica, farmacia y múltiples diplomados y seminarios, siempre enfocada en capacitarse y mejorar profesionalmente.
—¿Cómo fue cuando llegó? — Ay mija, si supieras. Cuando yo llegué, le entregué mi hoja de vida a la jefe y le dije que era recomendada por el Dr. Mauricio Echeverria, pero me trató muy mal por ser de Barranquilla—narra con dolor —. Me dijo: “Acá no es como en la costa, donde la que barre puede ser enfermera, donde la que cocina es enfermera”. —¿Qué le dijo usted? —Le pedí la hoja de vida. No me la quería dar. Seguía leyéndola y tratándome con prepotencia—responde, pasándose una mano por su cabello lacio, peinando algunas canas que ya se pueden entrever —. Respiré profundamente y le dije: “Fíjese que yo no pienso como usted. Yo no creo que las niñas de Medellín son las mujeres de la mafia, ni los niños son Pablo Escobar. Sus prejuicios llévelos a otro lado y deme mi hoja de vida.
La mujer enseguida pidió disculpas, me dio un lápiz y me llevó a un salón para hacer el examen. Dorina siempre fue avispada, y enseguida notó como todos tenían lapiceros, menos ella. Se sentó, sacó de su bolso su propio lapicero y comenzó el examen. Cuando lo terminó, la mujer le cuestionó por qué no lo había hecho con el lápiz que le dió, a lo que Dorina le respondió que fue para que no le borraran las respuestas.
Uno de los momentos más significativos en la vida profesional de Dorina fue cuando llegó a formar parte de la Junta Directiva de la Clínica León XIII. Aunque inicialmente no conocía a nadie y sentía miedo, decidió postularse. Se fue a un baño y se arrodilló para rezar. Dorina cuenta como sintió la presencia de su madre a su lado. “Ella es mi ángel guardián”, dice. A pesar de las burlas y de no tener apoyo político interno, logró pararse en una tarima frente a más de mil personas.
Dorina empezó diciendo: ¡Junior tu papá! Vengo de Barranquilla, la mejor ciudad de Colombia. Todo el recinto quedó en silencio y en ese momento ella pensó que no lo iba a lograr. Voltea ver al Dr. Mauricio Echeverria, quien la mira alterado. Dorina sintio una mano en su hombro y una voz que le decía: Habla. Y ella habló. Habló de los derechos de todos los auxiliares, del personal de aseo, de los foráneos. Hablo de justicia e igualdad. Tuvo la votación más alta.
En 2015, Dorina regresa a Siape, su barrio natal. Llena de experiencia y valentía. En un inicio, no estaba interesada en hacer parte de procesos administrativos, ya que venía cansada de Medellin. Sin embargo, su vecino llamado Luis Eduardo insistió en que participara en reuniones de la Junta de Acción Comunal. En una de esas primeras reuniones vivió un episodio de exclusión y desprecio por parte de dirigentes locales que afirmaban que ni ella ni el otro vecino conocido como “el Chino” estaban invitados porque “los verdaderos líderes” eran otros. Ese momento, lejos de desanimarla, se convirtió en el impulso que la llevó a competir por la presidencia de la Junta Comunal.
Dorina salió de aquella reunión convencida de que ganaría la presidencia de la Junta, aunque no tenía experiencia en la organización barrial de Siape. Comenzó entonces a recorrer las calles buscando votos casa por casa, apoyándose en el reconocimiento que aún conservaba como “la enfermera del barrio”.
Desde 2016 fue presidenta de la Junta de Acción Comunal de Siape durante dos periodos consecutivos. Aunque asegura que nunca buscó reconocimiento público, los vecinos llegaron incluso a dedicarle un mural en homenaje a su trabajo social y comunitario. Ella lo interpreta más como un gesto colectivo de cariño que como un homenaje personal.
Mural en honor a la labor de Dorina Camargo. Foto: Charlotte Blanco.
El contexto que encontró al regresar era crítico. Había enfrentamientos entre jóvenes de distintos sectores del barrio, muertes frecuentes y fuertes tensiones sociales. Su mayor logro como presidenta, fue el llamado “proceso de paz” entre jóvenes de distintos sectores de Siape, especialmente entre los grupos de la calle 82 y la calle 85. Dorina logró reunir líderes de distintas zonas del barrio y, con el apoyo del padre Johan Hacendra, impulsó acuerdos de convivencia y entrega de armas.
Otro eje importante de su gestión fue el mejoramiento de vivienda. Se consiguió reactivar un proyecto que permanecía archivado y que permitió intervenir 76 casas del barrio. Ella misma acompañó a ingenieros y arquitectos en los recorridos casa por casa debido a que el proyecto no contaba con suficiente personal de apoyo.
Además del mejoramiento habitacional, impulsó otras obras comunitarias como la construcción de una cancha deportiva y la adecuación de un salón comunal con apoyo de empresas privadas y entidades como Cormagdalena.
Sin embargo, insiste en que su mayor apuesta siempre fue la educación. Afirma que en Siape antes casi no existían jóvenes técnicos, tecnólogos o universitarios, por lo que concentró esfuerzos en crear oportunidades educativas. Gracias a convenios con fundaciones y empresas privadas, consiguieron becas completas para jóvenes del barrio en universidades como la Universidad del Norte y la Universidad Simón Bolívar. Hoy, Siape cuenta con 27 jóvenes graduados de algún técnico y pronto con 5 jóvenes graduados de pregrado.
Dorina Camargo es una mujer que desde joven aprendió el valor del trabajo duro, la importancia de la familia y del estudio. Desde entonces, ha trabajado por sus hijos y por su barrio. Ella se fue un tiempo de Siape por mejores oportunidades, pero regresó porque ama a Siape y a su gente. Su gestión en Siape se centró en tres grandes ejes: la pacificación del barrio, el mejoramiento de las condiciones de vida y la promoción de la educación como herramienta para romper los ciclos históricos de pobreza y exclusión.
Este es su último año como presidenta de la Junta de Acción Comunal, sin embargo, ella deja el puesto con tranquilidad y orgullo, porque sabe que contribuyó a la transformación de su barrio. Y aunque sabe que en unos años Siape podría dejar de existir por el desplazamiento de las industrias, extensión del Malecón y las muertes por carbón, sabe que Siape siempre permanecerá en el corazón y la memoria de todos. Porque Siape no es un lugar, es su gente.
—Luis Carlos Galán habló con la gente, prometió un puente y construyó el puente. Siempre será un amigo de Siape.
Luis Eduardo Adarraga Medina
el hombre que nunca se fue de Siape
Luis Eduardo Adarraga Medina nació en 1952 en el sector de Las Flores. No es nativo de Siape, pero se siente tan siapero como cualquier otro. Creció en una familia de diez hermanos, sostenida por su padre, quien era proveniente de inmigrantes españoles. Su padre, Luis Eduardo Adarraga Rodríguez fue trabajador de la empresa Rayón conocido como “Soldador Triple A”, apodo con el que todos lo llamaban. Su madre, se llamaba Hortensia Medina, oriunda del corregimiento El Salado, Bolívar. Una mujer que murió amando Siape, que le recordaba a su pueblo natal.
Luis Eduardo recuerda con nostalgia los traganíqueles, conocidos popularmente como tragamonedas. Para él era un verdadero disfrute ir a poner música; esa era su afición. Conseguía las monedas ayudándole a su tío a cortar panelas en cuartos, y todo lo que ganaba terminaba en aquellas máquinas para seguir escuchando canciones.
Antes de llegar a Siape vivió en Magdalena, debido al trabajo de su padre en la empresa Food Delight. Después se trasladó al Viejo Malambo mientras sus padres terminaban de arreglar la casa familiar. Esa etapa marcó profundamente su vida, porque fue allí donde comenzó a pescar, gracias a unos vecinos agrónomos que rondaban los sesenta años. Con ellos aprendió a lanzar el nailon y a recoger camarones y jaibas con una canasta.
En aquellos días, después de largas jornadas aprendiendo el oficio, atrapó una anguila, a la que describe simplemente como “un pescado largo”. Antes de devolverla al río, le recomendaron cortarla en trozos.
—El pescador me dijo: “No, eso no hay que botarlo. Es cuestión de cortarlo cada cuatro dedos y la colita se le corta” —cuenta—. Ese día me fue bien con la venta.
Su primera vez en Siape fue en 1962, cuando tenía apenas diez años. Empezó a estudiar en la escuela del profesor Nicolás Suárez. Para él, Siape era otro mundo, como salido de un cuento de Tom Sawyer.
—Mi hermano y yo nos fuimos a nadar al río. Cuando llegamos a la parte del muelle donde estaban los pescadores, mi hermano vio que el río estaba completamente rojo —dice mientras en su rostro se dibuja una enorme sonrisa—. Y él me dice: “Hemos llegado al Mar Rojo”. Yo me reí y miré: un planchón se había volteado con una carga de tomate y el río se veía completamente rojo por todos los tomates que se habían caído al agua.
Cuando llegó a Siape comenzó a relacionarse con todos los siaperos, quienes siempre lo trataron como a uno más del barrio. Desde entonces, él ya era siapero. Hizo una gran amistad con Julio Nuez Sánchez, el vecino de enfrente, quien le enseñó a manejar un motor Johnson 25. Eduardo recuerda con cariño las tardes en las que, al salir del colegio, iba a “tirar brazadas” con sus amigos en el río Magdalena, desde el sector de Campo Alegre hasta la Boya 14, que ayudaba a delimitar el río.
Hoy lamenta profundamente que, debido a la contaminación, los jóvenes ya no puedan usar el río como él lo hacía en su época, ni las señoras lavar a las orillas o los niños jugar en una gran loma de arena que había en el barrio.
—Era una escena de película, como vivir en una filmación constante, pero real.
Durante esos años estudió la primaria en el colegio Barrio Abajo. Después pasó por el Ateneo Técnico Comercial y terminó en el Marceliano Corbacho. Sin embargo, desde ese momento su educación comenzó a complicarse por razones económicas, por lo que tuvo que empezar a trabajar mientras su padre se encontraba en el exterior y el sueldo llegaba cada tres meses. Hasta hoy recuerda con alivio una tienda llamada “La Morenita”, que les permitía fiar la comida durante dos meses. Más adelante intentó estudiar contabilidad, pero tampoco pudo terminar la carrera por las mismas dificultades.
Su primer trabajo fue la pesca, especializándose en transmayo, nailon en el mar y pesca de arrastre. Allí trabajó junto a Manuel Esteban Herrera y recuerda esa época como una gran experiencia, aunque nunca llegó a convertirse en un pescador profesional.
Después, a comienzos de los años ochenta, consiguió empleo en Peldar, una empresa de vidriería cuyo antiguo depósito quedaba cerca del puente que hoy conduce hacia donde vive. Trabajaba en un sector ubicado afuera de la planta principal llamado “Las Malvinas”, nombre tomado del barrio donde estaba ubicada.
Su labor consistía en llenar tolvas de vidrio y seleccionar materiales como plásticos y tapas. De aquellos años recuerda especialmente 1983, que para él fue el tiempo más próspero mientras trabajó allí. Lo curioso es que nunca supo exactamente por qué.
—Sin duda, ese fue el año más próspero que hubo mientras trabajé ahí.
Su tiempo en ese puesto terminó cuando cerraron la sección. Más tarde logró pasar al área administrativa de mantenimiento gracias a la ayuda de un ingeniero. Finalmente salió de la empresa en 1989, poco antes del cierre definitivo.
Un par de años antes, Luis Carlos Galán llegó al barrio gracias a un dirigente llamado Claudio De la Hoz. Galán visitó Siape por el tema del arroyo y la construcción de un puente para la comunidad. En ese tiempo, según Luis Eduardo: “El arroyo era como una playa blanca de arena gruesa, que usaban para las construcciones”.
La visita fue inesperada, pero cálida. El momento más importante ocurrió cuando Luis Eduardo y Galán cruzaron palabras.
—Y entonces yo dije: “¿Y qué viene a hacer por acá, doctor Galán?”. Y me dice: “Vamos a hacer el puente acá para que usted no tenga que cruzar cuando el arroyo esté grande y pueda llevárselo el río”. Yo le dije: “Doctor, véngase hacia este lado para que nos cuente cosas a nosotros y nosotros le contemos cosas a usted”. —¿Y qué le respondió? —Él me respondió: “No, en este momento no cruzo. Yo cruzo cuando les haga el puente” —dice mientras en su rostro se dibuja una sonrisa.
Luis Carlos Galán nunca cruzó el puente prometido, debido a su inesperado asesinato el 18 de agosto de 1989 en Soacha, luego de que unos sicarios al servicio del Cartel de Medellín le dispararan mientras daba un discurso. Sin embargo, cumplió su palabra y antes de morir había dejado todo arreglado para la construcción. En Siape, los más viejos aún recuerdan a Galán con gran cariño y admiración.
Después de aquella etapa incursionó en el comercio. Primero montó un negocio de envases: personas del barrio Las Flores los lavaban y él se encargaba de distribuirlos. La idea nació casi por accidente, cuando vio unas bolsas llenas de frascos mientras hacía una diligencia personal. Aquello le encendió “la bombilla”.
—Incluso llegué a distribuirlos en Cartagena —cuenta con orgullo.
Con el tiempo no solo vendía el envase vacío, sino también con goma adentro. Dejó ese negocio a mediados de los noventa, cuando trabajó durante varios años como radicador en un pool de abogados.
Más adelante, alrededor de 2006, comenzó a involucrarse en el Carnaval de Barranquilla, vendiendo sillas. Allí conoció una empresa mexicana que comercializaba espuma y empezó a trabajar con ellos. Gracias a esa relación logró expandir el negocio a otros carnavales y terminó convirtiéndose en empleado oficial de la compañía.
También se convirtió en gestor de permisos para las sillas del Carnaval. Después de asesorarse y acercarse a las autoridades correspondientes, consiguió su acreditación.
—Me dieron mi cartoncito, mi cosa, y yo hasta me lo pegaba por aquí —señala su pecho.
Cobraba entre veinte mil y cincuenta mil pesos por gestionar permisos, hasta que el Ejército terminó quitándole el trabajo. Aun así, volvió al negocio de los pegantes y, tiempo después, comenzó la etapa que definiría gran parte de su vida actual.
Luis Eduardo realizó varios estudios técnicos y capacitaciones relacionadas con el trabajo cultural al que hoy se dedica. —Yo iba a las reuniones, escuchaba y no sabía qué decir.
Por eso decidió prepararse, entender mejor los procesos y aprender a expresarse en las reuniones.
En 2011, un amigo de juventud de apellido Doniyanu, le propuso hacer una obra social, a lo que Luis Eduardo aceptó. Aunque poco después ambos se dieron cuenta de que realmente no sabían que hacer para empezar.
Con el tiempo se organizaron y comenzaron trabajando en el terreno que hoy es una cancha de fútbol: un lugar lleno de piedras, monte y basura. Primero reunieron personas para recoger escombros y luego acudieron a la Alcaldía para que retirara los desechos. También impulsaron campañas para evitar que la gente siguiera arrojando basura al arroyo.
Un año después decidieron postularse a un cargo de gestión cultural y recreativa para representar a la tercera edad. Perdieron. Con resignación, y entendiendo que no podía exigirse demasiado por sus problemas del corazón, dijo:
—Ya se me trompó la carrera para la Junta de Acción Comunal.
Pero, casi como un milagro, terminó siendo invitado por el grupo ganador. Luis Eduardo aceptó con una sola condición: —Yo el cargo lo acepto, pero tiene que aceptarlo la comunidad. No quería pasar por encima de nadie. Y fue la misma comunidad la que terminó respaldándolo, coreando el apodo que le habían puesto: —¡Coquí, Coquí, Coquí! Así comenzó oficialmente su carrera en la Junta de Acción Comunal.
Luis Eduardo Adarraga a las orillas del rio Magdalena. Foto: Arytsha Aholibama.
En ese primer periodo reconoce que se hicieron cosas buenas, aunque nunca sintió que estuviera generando un cambio real. Por eso decidió acercarse precisamente a Dorina Machado, una mujer recién llegada al barrio. Luis Eduardo sentía que debía rodearse de quienes le hicieran contrapeso.
Aunque rechazó unirse a su plancha política, la amistad y la cooperación entre ambos continuaron.
En ese segundo periodo lograron construir la cancha y desarrollar actividades donde niños y adultos podían reunirse, jugar y compartir. Fue allí donde Eduardo sintió, por primera vez, que realmente había dejado huella.
Otro momento importante en la historia reciente de Siape fue el acuerdo de paz entre grupos de jóvenes en 2016. Luis Eduardo evita llamarlos bandas, en cambio, dice que solo eran amigos peleando.
Aunque sí hubo problemas graves de seguridad: enfrentamientos a piedra y bala entre jóvenes del norte y el sur del barrio. Según recuerda, murieron “dos o tres” personas.
—Actualmente algunos son buenos ejemplos. Algunos trabajan hace años en empresas donde se destacan por ser los mejores trabajadores. Otros siguen por ahí, algunos sin trabajo, algunos trabajando. Puede que estén en la droga, pero ya no es igual. Ustedes pueden caminar por ahí y nadie los va a atracar ni nada. Hasta los pueden tratar bien. O sea, hubo un cambio.
Junto con la Junta de Acción Comunal comenzaron a intervenir gracias al impulso de Marlon Morales. Poco a poco fueron sumando apoyos: primero el padre de la iglesia, luego la Policía, que inicialmente no estaba de acuerdo con dejar avanzar el proceso. Pero finalmente sucedió.
Luis Eduardo también trabaja incansablemente por los pescadores de Siape. Actualmente, es vicepresidente de ASOPESARSI, una asociación que busca mantener viva la tradición pesquera del barrio y defender los derechos de quienes aún encuentran en el río su sustento y su identidad. Desde allí, impulsa iniciativas para apoyar a las familias pescadoras, preservar la memoria de un oficio que por décadas alimentó a la comunidad y visibilizar las problemáticas que enfrentan debido a la contaminación y al abandono estatal.
Fue ahí cuando él y todo Siape empezó a ver un cambio. En la mirada noble de Luis Eduardo se refleja una pasión incondicional por servir y tenderle la mano a cada siapero. Y en las canas que hoy adornan su cabello, se dibuja el esfuerzo de años dedicados a convertir ese territorio en un lugar del que nadie quisiera irse.
Por desgracia, Luis Eduardo reside en el Sector del Malecón, parte del barrio que será la primera en desaparecer. Las familias que viven ahí, ya se encuentran haciendo todos los asuntos legales. Se espera que el otro año tengan que recoger sus cosas y marcharse del barrio que los vio crecer.
Aun así, si alguno de sus seis hijos le cumple la promesa de hacerle un apartaestudio en el barrio, él sabe que aceptará quedarse allí. Aunque sea caro. —No importa, yo te pago después.
Todo por seguir en Siape. Porque, al final, el que llega a Siape nunca va a querer irse.
Mónica Ariza cuando era presidenta de la Junta de Acción Comunal. Foto: Joaquín Botero.
—Yo nunca aprendí a darle la espalda a mi gente.
Mónica Ariza Camargo
la primera mujer presidenta de Siape
Mónica Ariza Camargo nació el 19 de febrero de 1957 en una época en la que Siape todavía parecía un pueblo detenido entre el río y la brisa. Su nacimiento fue atendido por Fina Barranco, una partera reconocida por todas las familias del sector.
Su madre era siapera de nacimiento. Su padre, Ramón Elías Ariza, venía de Prado Viejo y trabajaba como contador público. Ambos se conocieron en la empacadora del Prado, una empresa dedicada al procesamiento de pescado. Mónica fue la mayor de tres hermanos y, aunque el tiempo les arrebató a los dos varones, todavía habla de ellos como si siguieran acompañándola en cada recuerdo.
Pero cuando habla de su padre, la voz se le transforma. Dice que Ramón Elías era un hombre incapaz de ignorar la necesidad ajena. Ayudaba económicamente a quien podía, prestaba dinero sin esperar devolución y siempre encontraba la manera de tender la mano. Muchas personas del barrio le repetían a Mónica que ella había heredado esa forma de ser. Y quizás tenían razón.
Sus primeros estudios los realizó en una pequeña escuela improvisada en una casa del barrio, dirigida por el profesor Félix. Más adelante pasó al colegio Estrella Matutina, en San Salvador, y luego continuó estudiando cerca del Barrio Abajo. Alcanzó a cursar el primer año de bachillerato en Cristo Rey, pero las circunstancias no le permitieron continuar.
Entonces aprendió otras cosas: bordado, tejido, manualidades. Oficios silenciosos que, sin saberlo, terminarían pareciéndose mucho a la forma en que más adelante uniría a la comunidad: hilo por hilo, persona por persona.
Su juventud estuvo marcada por el río y por el amor temprano. A los 14 años conoció al hombre con quien compartiría medio siglo de vida. Él tenía 18. Dos años después se casaron y permanecieron juntos durante cincuenta años, hasta que la muerte los separó hace apenas cinco.
Su esposo trabajaba viajando constantemente hasta que sufrió un grave accidente laboral en el muelle Michelmar. Cayó ocho metros. Desde entonces, la vida de ambos cambió para siempre.
—Yo lo cuidé hasta el último día porque el amor también es quedarse cuando todo se pone difícil—dice Mónica, bajando la mirada.
Durante casi quince años estuvo dedicada a acompañarlo en su recuperación y enfermedad. Sin embargo, incluso en medio de esa situación, nunca dejó de ayudar a los demás.
Aunque jamás trabajó formalmente en una empresa, comenzó muy joven a gestionar ayudas para las familias más vulnerables de Siape. Conseguía medicamentos, mercados, ataúdes, dinero para funerales o cualquier apoyo urgente que necesitara la comunidad. Tocaba puertas de empresarios, hablaba con conocidos y luego ella misma llevaba las ayudas casa por casa. Así, sin campañas políticas ni discursos, comenzó a convertirse en líder.
Cuando tenía aproximadamente 25 años, muchas personas del barrio ya acudían a ella para resolver problemas comunitarios. Con el tiempo, fueron los mismos vecinos quienes empezaron a insistirle que debía lanzarse a la presidencia de la Junta de Acción Comunal.
El 27 de abril de 2004, Mónica Ariza Camargo se convirtió en la primera mujer presidenta de la Junta de Acción Comunal de Siape.
Su liderazgo estuvo enfocado en necesidades concretas: mejorar el parque, recuperar el cementerio, organizar el puesto de salud y mantener actualizado un censo de la comunidad. Llegó a registrar cerca de 1.000 habitantes, identificando quiénes tenían SISBEN, cuáles familias necesitaban ayuda y qué adultos mayores requerían atención urgente. Entendía que conocer a la comunidad era también una forma de protegerla.
Uno de los proyectos que más recuerda fue la recuperación del parque del barrio. También guarda especial orgullo por las gestiones realizadas durante el Carnaval de Barranquilla, cuando negoció con Carnaval S.A. espacios y boletas para que familias de Siape pudieran venderlas y obtener ingresos.
—Yo siempre decía que las ayudas había que manejarlas con transparencia, porque la necesidad de la gente no podía convertirse en negocio — afirma.
Pero el liderazgo también le dejó heridas. En 2008 fue sancionada y apartada de la presidencia de la Junta por el alcalde de Barranquilla, a raíz de conflictos políticos y desacuerdos con otros líderes comunitarios. Ese episodio todavía le duele, aunque asegura que nunca permitió que el resentimiento se instalara en su vida. Prefirió seguir ayudando en silencio y apoyando los proyectos que mejorarán la calidad de vida de todos los siaperos.
Porque incluso después de dejar el cargo, las personas continuaron buscándola para pedir orientación, apoyo o simplemente consejo. Para muchos habitantes de Siape, Mónica seguía siendo la presidenta, aunque ya no ocupara oficialmente el puesto. Sin embargo, por más que le han vuelto a pedir regresar a cargos comunitarios, ella prefiere alejarse de eso y darles paso a nuevas generaciones.
Cuando habla del barrio, mezcla orgullo y nostalgia. Recuerda que antes no había agua potable y que las familias debían abastecerse en una pila comunitaria. Recuerda también que Siape fue corregimiento y que su propio padre participó en procesos importantes para la organización del sector. Recuerda un territorio limpio, donde se podía respirar sin miedo.
—Antes uno caminaba hasta el río. Nos sentábamos a ver pasar los barcos como si el tiempo no existiera—dice Mónica, mientras aprieta las manos sobre el regazo y mira hacia las calles de Siape, el barrio donde nació creció y decidió dedicar su vida entera a servir.
Mónica vive amando a su barrio. Y aun después de la muerte de su esposo, sigue llena de esperanza por ver algún día un Siape donde todos vivan relajaos. Porque entiende que, aunque el futuro del barrio es incierto, mientras hayas alguien dispuesto a seguir luchando por su hogar, Siape jamás dejará de existir.
Galería
Imágenes cotidianas de Siape
Siapero en tienda. Foto: Arytsha Aholibama
Tienda Sector Malecón. Foto: Arytsha Aholibama
Tendera del barrio. Foto: Joaquín Botero
Trasera Michellmar. Foto: Joaquín Botero
Casa Seni Cabarcas. Foto: Charlotte Blanco
Aquí vivió el profe Félix. Foto: Arytsha Aholibama
Sede Junta de Acción Comunal. Foto: Arytsha Aholibama
Sector del Malecón. Foto: Charlotte Blanco
Siape desde el Malecón. Foto: Arytsha Aholibama
Arroyo que divide Siape. Foto: Joaquín Botero
Niña recogiendo agua. Foto: Arytsha Aholibama
Taruya invadiendo el río. Foto: Arytsha Aholibama
Pescador regresando de faenas. Foto: Arytsha Aholibama
Calle de Siape. Foto: Charlotte Blanco
Parque de Siape. Foto: Charlotte Blanco
Equipo de Trabajo
Edición General Arytsha Aholibama
Fotografía y Video Charlotte Blanco, Joaquín Botero y Arytsha Aholibama
Periodistas Arytsha Aholibama, Luis Carlos Vergara, Sophie Esmeral y Mariangel Rodríguez
Creación Digital Charlotte Blanco y Joaquín Botero
Revisión y corrección de texto por el profesor Javier Franco Altamar y Diseño web por la profesora Andrea Cancino Borbón como parte del acompañamiento que ofrece el programa de Comunicación Social y Periodismo a sus estudiantes.