
En Barranquilla siempre se vive el fútbol con el alma, pero aquella noche del 13 de diciembre de 2023 tuvo algo distinto. No hubo caravana hasta el Metropolitano, ni abrazos frente al estadio, ni jugadores saludando a la gente desde la cancha. Esta vez, la fiesta fue a la distancia, desde los televisores, los radios y las terrazas donde las familias se reunieron con la fe intacta. Junior disputaba la final en Medellín, lejos del calor y del bullicio de su casa, pero cada barranquillero sentía que también estaba ahí, en la cancha, respirando cada minuto del partido.
La ciudad entera parecía contener la respiración. Las calles estaban vacías, como si el tiempo se hubiera detenido. Solo se oía el murmullo de los narradores en las ventanas y los gritos sueltos que rompían el silencio cada vez que el balón se acercaba al arco. Cuando el partido terminó empatado y todo se definió en los penales, el miedo y la ilusión se mezclaron como una sola cosa. Y cuando Leider Berrío tomó el último cobro y el balón cruzó la línea, el estallido fue total. No importó la distancia, porque en ese instante Barranquilla entera se convirtió en una sola voz. Era la décima estrella, y aunque el trofeo estaba en otra ciudad, el corazón del campeón latía en la Costa.
Días antes, el periodista Juan Felipe Cadavid había dicho en televisión que para que Junior clasificara a la final “tendría que nevar en Barranquilla”. La frase cayó como una provocación, y lo que empezó como una simple opinión terminó transformándose en mito. Desde entonces, cada gol del Junior se gritaba con más fuerza, como si los hinchas quisieran desafiar el pronóstico. Y cuando finalmente el equipo levantó la copa, esa frase se convirtió en el símbolo de una victoria inesperada: el día que, metafóricamente, nevó en Barranquilla.
Conversando con Fabio Poveda, periodista deportivo que siguió de cerca la campaña rojiblanca, me dijo algo que se me quedó grabado:
“A veces esas frases quedan para la historia porque la gente las convierte en símbolo. Lo de ‘nevar’ no fue una ofensa, fue un reto, y Junior lo respondió en la cancha.”
Y no se equivocaba. Lo que nació como burla se volvió inspiración. En los barrios, en los grupos de WhatsApp y en las redes, la gente empezó a decir que el milagro se había cumplido. No era nieve lo que caía, sino espuma, maicena y lágrimas. Era una forma de decirle al país que Barranquilla no se deja apagar.
También conversé con Joan, hincha de toda la vida y creador del museo rojiblanco no oficial, un espacio lleno de camisetas, banderas y recuerdos que ha reunido por años. Entre risas, recordó esa noche con brillo en los ojos:
“Esa estrella no solo se ganó, se celebró con el alma. Porque cuando dijeron que tenía que nevar, el Junior hizo que pasara el milagro.”
Y así fue. En una ciudad donde el sol siempre manda, el Junior logró que por una noche el cielo se vistiera de blanco y rojo. No cayeron copos, pero sí emociones. No hizo frío, pero todos sintieron el mismo escalofrío. La décima estrella no solo fue un título más: fue una respuesta, una historia de orgullo, y la prueba de que, en Barranquilla, lo imposible también sucede.

Hay noches que no se olvidan, y la del 12 de diciembre de 2018 quedó marcada en el alma rojiblanca. Junior jugaba en Curitiba la final de la Copa Sudamericana frente al Atlético Paranaense, y aunque la ciudad estaba lejos del Arena da Baixada, cada rincón de Barranquilla tenía el corazón acelerado. No era una final cualquiera: era la oportunidad de conquistar el primer título internacional.
Desde temprano, las terrazas estaban llenas. Las familias sacaron las sillas, los televisores, las banderas, como si entre todos pudieran empujar al equipo a la gloria. Y cuando Teófilo Gutiérrez metió el gol que empató la serie, la ciudad explotó. Ese grito sonó distinto, como si en él se mezclaran años de ilusión contenida. Era el momento. Era la puerta abierta al sueño.
Pero el fútbol, como la vida, a veces da giros que nadie espera. En el tiempo extra, el penal de Jarlan Barrera se fue por arriba y dejó a Barranquilla en un sentimiento doloroso. Hubo gritos, hubo insultos. Fue un momento largo, pesado. Después, en la tanda final, Paranaense selló el título y el trofeo se quedó en Brasil.
Conversando con Ramiro Jiménez, “Sisigol”, esto fue lo que nos dijo:
“Ese equipo jugó una copa de hombres, una copa seria. Lo del penal de Jarlan fue duro, claro, pero no puede borrarnos lo que hizo Junior en esa campaña. Para mí, esa fue la final donde el hincha entendió que, si se sigue por ese camino, una internacional algún día va a caer.”
Sus palabras tenían ese tono de análisis que no promete nada, pero que tampoco mata la esperanza.
Hablé también con Joan, el creador del museo rojiblanco no oficial, ese espacio donde guarda cada recuerdo del Junior como si fuera un documento histórico. Él tiene una réplica de la camiseta de esa final y, aunque la mira con nostalgia, no le huye al recuerdo.
“Yo siempre digo que esa Sudamericana nos marcó porque vimos al Junior jugar como un grande. El penal de Jarlan fue un gran golpe. Esa noche lloramos, pero llorar también es de los que aman. Algún día la copa volverá a pasar cerca, y ahí sí no la dejaremos ir.”
Y tiene razón. Aunque aquella final no terminó en fiesta, dejó algo que a veces vale más que un trofeo: la sensación de que Junior pertenece a los equipos que pueden disputar títulos internacionales de tú a tú. En Barranquilla nadie quiso hablar mucho la madrugada de esa derrota, pero todos entendieron que no era una caída cualquiera.
La Sudamericana 2018 quedó como una herida abierta, pero también como un recordatorio de lo cerca que estuvo el sueño. En esta ciudad donde el fútbol se vive a corazón abierto, esa final todavía duele…