Perspectivas, voces y el posicionamiento de la iglesia frente a la tradición.
Conversación con Blas Mejía y Pedro Conrado sobre Santo Tomás, la identidad ligada a los flagelantes y a distintas perspectivas (desde la sociología, antropología y teología) sobre la tradición.
Todos los Viernes Santos en Santo Tomás se ven pasar por las calles los flagelantes o penitentes, personas que, en medio de su religiosidad, creen pertinente autoinfligirse dolor en nombre de un milagro cumplido, para saldar una deuda o, por su nombre, una manda.
Es una práctica que tiene sus raíces en la religión. Fue traída desde Europa y en Santo Tomás se practica desde el año 1773. Según la Radio Nacional de Colombia, llegó de la mano del sacerdote Sebastián Balocco.
A pesar de su origen religioso, desde hace bastante tiempo la Iglesia, como institución, desaprueba fervientemente esta práctica, llegando incluso a ser prohibida por el obispo de Barranquilla en 1968, según Señal Memoria.
Incluso con la prohibición, los flagelantes, en búsqueda de redención y milagros, han logrado mantenerse hasta la actualidad, mientras la Iglesia sigue buscando la manera de redireccionar estos esfuerzos.
Adalberto Reales es el padre a la cabeza de la parroquia Santo Tomás de Villanueva, una de las iglesias del pueblo. En 2026 cumple su quinto año en Santo Tomás. A pesar de no haber nacido allí, estaba al tanto de las actividades de los Viernes Santos y menciona que dentro del municipio existe una especie de matrimonio entre los carnavales y las cuestiones religiosas.
Lo que le sorprende es que la práctica continúe, a pesar de ser desaprobada por la Iglesia: “la Iglesia nunca aprobó ese tipo de prácticas”. También añadió que la Iglesia propone una ascesis cristiana auténtica, como el ayuno, las penitencias o pequeñas mortificaciones, pero nunca al extremo de la flagelación.
Tanto el ayuno como las pequeñas mortificaciones son prácticas incómodas, pero, a diferencia del flagelamiento, son percibidas como una ascesis positiva, pues están encaminadas al dominio de sí mismo. El padre también menciona que estas prácticas son compartidas con otras religiones, como la musulmana y la judía.
El límite, según el padre, recae en no caer en los excesos, y recalca que ninguna de las actividades que realizan las personas para acercarse a Dios es esencial ni debe percibirse como una deuda: “Porque al final Dios nos conoce, conoce nuestros corazones. El Señor lo que quiere es que la gente vaya a Él, primero que todo con libertad, con voluntad y con una apertura de corazón. Pero Él no necesita nada de nosotros, o sea, que nosotros tengamos que pagarle algo. No, Él no necesita absolutamente nada”.
Menciona igualmente que el cristiano no es sadomasoquista. En cambio, el sufrimiento que padecen las personas cristianas viene de las consecuencias de “vivir con radicalidad el evangelio”: sacrificios asociados a la fidelidad y al seguir la voluntad de Dios que, según el padre, muchas veces implican críticas, sorna y persecución. De esta forma, el lazo del cristianismo con el sufrimiento debería vivirse de una manera más espiritual, en lugar de manifestarse como dolor físico.
Estas manifestaciones también representan un riesgo para la Iglesia. El religioso expresó su inconformidad con que las personas continúen en la creencia errada de que la Iglesia aprobaba o incluso promocionaba este tipo de comportamientos, y señaló que conllevan a una “deformación de la fe”. Con esto, el padre se refiere a que, en su experiencia, la mayoría de los flagelantes activos no lo hacen en búsqueda de un milagro propio, sino en nombre de alguien más: “Es como algo comercial, es como un servicio… es decir, es como una labor que ellos desempeñan… ciertas personas que ya se han graduado de flagelantes o de flagelados para ofrecerse a quien requiera de su servicio”.
Desde la parroquia vienen trabajando año tras año para que la práctica cese. Se busca hacer acompañamientos desde lo pastoral para que la persona “purifique su fe”. El padre comentó que desde las homilías se trabaja en la predicación para dar una dirección espiritual: “Desde cada celebración que hacemos, no solamente en el templo, sino también en los sectores, aprovechamos todas las oportunidades posibles para ir haciéndole ver a la gente que estas prácticas no son queridas por el Señor, que no tienen fundamento bíblico, que distorsionan su fe y que incluso generan un daño al cuerpo, que es querido por el Señor”.
Si bien la iglesia sigue buscando que esta practica baje, las personas que lo practican se sienten con promesas a cumplir y una muestra de devoción. Puede saber más sobre este punto de vista en:
Entre la fe y el límite: la historia de Sergio Guete

Parroquia Santo Tomás de Villanueva.
Por Laura Martínez

Para la mayoría de los niños, la Semana Santa es un tiempo en familia, de descanso y vacaciones. Para Andrés Buriticá, de 22 años, tenía otro significado: era la semana más trágica del año.
Andrés creció en Barranquilla, pero su familia de parte de papá es de Santo Tomás, un municipio del Atlántico donde cada Viernes Santo un grupo de personas se cubren el rostro con un velo blanco y dándose latigazos recorren la Calle de la Amargura mientras las personas ven su espalda hasta sangrar. Su padre y su abuelo hacían parte de esto durante años.
Cuando Andrés era pequeño, no entendía todo lo que estaba pasando, ya que todo lo veía desde su inocencia. Él recuerda que su papá iba a Santo Tomás en Semana Santa y sabía que era algo importante en su familia, ya que antes de su padre irse hablaba con ellos como familia y les explicaba acerca de la fe y los sacrificios. Pero aun así ellos todavía no terminaban de comprender. Su padre le explicó, luego de que ellos le hicieran una pregunta incómoda, a lo que él les respondió que lo hacía por fe. Para Andrés, esa respuesta no lo tranquilizaba del todo. Ver a alguien de tu familia elegir el dolor voluntariamente es difícil de asimilar a cualquier edad, pero especialmente cuando eres un niño.
El abuelo de Andrés había comenzado a flagelarse hace muchos años cuando era joven por una razón distinta a la devoción. En ese entonces pagaban dos pesos por hacerlo, y él utilizaba ese dinero para comprarse, como lo describe el propio Andrés, "sus cositas". Con el tiempo, al adentrarse más en la religión y tras hablar con el cura de su iglesia, que en esa época él lo impulsó a hacerlo, dejó a un lado el interés económico y comenzó a hacerlo por fe. Esa transformación fue la que le dio peso a la flagelación dentro de la familia. Sin embargo, cuando la familia se mudó a Barranquilla, se perdió la costumbre. La distancia y la nueva vida en la ciudad complicaron las cosas. Andrés nunca ha presenciado un Viernes Santo en Santo Tomás. Por parte de su familia materna, cuenta, el tema ni siquiera se aborda.
Si miramos dentro de la iglesia, el padre Alfonso, de la parroquia Inmaculado Corazón de María nos da una reflexión:
"El dolor no acerca más a Dios, pero sí revela hasta dónde una persona está dispuesta a llegar por lo que cree."
Esa frase resume lo que Andrés fue entendiendo con los años. Su papá no elegía el dolor por masoquismo ni por tradición vacía. Elegía el dolor porque era su forma de decir algo que las palabras no alcanzaban.
Hoy, con 22 años, Andrés puede hablar de esto con madurez y sin emociones encontradas. Ya no es el niño que no entendía por qué su papá elegía el dolor cada Semana Santa. Ahora sabe que detrás de cada látigo hay una historia, una promesa y una familia entera que transmitió algo que consideraba sagrado. No tiene que haberlo vivido en carne propia para entender que eso también lo formó.
En la familia Buriticá, la tradición llegó hasta una generación que creció en otra ciudad. Pero la memoria, esa sí, no se fue a ningún lado.