Crónicas de fe, penitencia y tradición en Santo Tomás.
Por: Jennifer Acosta

El calor cae pesado sobre la calle de la ciénaga, en el municipio de Santo Tomás, Atlántico. A lo lejos, entre el canto intermitente de los pájaros y el zumbido constante de las motos, la vida transcurre con normalidad. Nada, en apariencia, delata que, en ese mismo recorrido polvoriento, cerca del llamado puente Brooklyn, durante años un hombre caminó descalzo, golpeando su espalda hasta hacerla sangrar como acto de fe.
A pocos minutos de allí, en una casa modesta, vive Sergio Manuel Guete de la Hoz, de 76 años. Viste una camiseta de la selección Colombia y habla con una calma que contrasta con la dureza de su historia. No es un desconocido en el barrio: todos saben quién es, todos saben lo que hizo.
Llegar hasta él no fue inmediato. Fueron cuatro visitas, tres en marzo y una a comienzos de abril, antes de que su relato comenzara a fluir con mayor confianza. La primera vez, el silencio pesaba más que las palabras. Con el tiempo, y quizá con la familiaridad, Sergio fue abriendo fragmentos de una vida marcada por la penitencia.
“Yo comencé a flagelarme porque mi papá era penitente”
Su historia no inicia como una decisión individual, sino como una herencia que no eligió del todo, pero que terminó asumiendo. Tras la muerte de su padre, no solo quedó el recuerdo, sino también una deuda espiritual: las mandas que no alcanzó a pagar.
En su casa, esa deuda no era un asunto menor. Era una responsabilidad que parecía flotar en el ambiente, como algo que alguien debía asumir. Su hermano se negó. Él no. “Si tú no te vas a picar, yo sí le voy a pagar la manda a mi papá”. Recuerda Sergio su dialogo con el hermano.
No se trató únicamente de fe, sino de una mezcla de lealtad, temor y compromiso. En su relato se percibe que no cumplir no era una opción tranquila. Había una idea latente de consecuencia, de algo pendiente que debía cerrarse. La flagelación, entonces, no solo era un acto de devoción, sino una forma de responder a una ausencia, de honrar lo que su padre dejó inconcluso.
Pero esa primera decisión no fue la única. Con el tiempo, las mandas dejaron de ser solo una herencia y se convirtieron en un recurso. Cuando la enfermedad tocó a su familia, volvió a acudir a lo mismo. “Le pedí a nuestro Señor Jesucristo que le arreglara la boca a mi hijo… y que yo pagaba la manda de por vida”.
Ahí la práctica dejó de ser pasado y se volvió presente. Ya no era solo por su padre, sino por su hijo, por su familia, por la esperanza de que el dolor pudiera transformarse en alivio. Y así, casi sin darse cuenta, la fe se convirtió en un camino del que no era fácil salir.
Cada Viernes Santo, Sergio recorría descalzo la ruta entre El Caño de Las Palomas y La Cruz Vieja. Siete cruces marcaban el camino. En cada una, una penitencia. Cuarenta credos rezados mientras la arena caliente quemaba la planta de sus pies. La disciplina, un instrumento de flagelación, golpeaba su espalda una y otra vez.
“Los primeros golpes se sienten… después ya la carne se duerme”, explica sin dramatismo. Pero el dolor no era solo físico. Antes de empezar, el cuerpo temblaba. “Le dan nervios a uno… el corazón se acelera”, recuerda Sergio. Aun así, avanzaba: dos pasos hacia adelante y uno hacia atrás. Un ritmo que, más que caminar, parecía una forma de resistir.
Con el tiempo, algo cambió. La pandemia interrumpió la tradición. Funcionarios de salud del municipio prohibieron la salida y realizaron visitas puerta a puerta a quienes practicaban la penitencia. Dos años después, aunque la práctica volvió, Sergio ya no se sintió parte de ella. “Antes eran ocho o diez… ahora son veinte, treinta. Eso ya no es penitencia”, afirma con seriedad.
Lo que para algunos sigue siendo devoción, para él perdió sentido. Habla de desorden, de gente que, según su percepción, ya no paga promesas, sino que participa por dinero. La fe dejó de ser el centro.
Pero hay silencios que su voz no llena… Al terminar la conversación, su hija revela lo que él no mencionó: Sergio ha estado perdiendo la visión en un ojo. La dificultad para ver, sumada a su edad, hacía cada vez más riesgoso el recorrido. Sus hijos, preocupados, tomaron una decisión silenciosa pero firme: esconder sus vestimentas de flagelante. No querían arriesgarlo más.
En un barrio que para muchos puede parecer inseguro, pero que para él es hogar, Sergio guarda aún sus implementos. No los ha soltado del todo. Habla de la posibilidad de volver, de las consecuencias de no cumplir una manda. La fe, en él, no se apaga con facilidad. Sin embargo, su cuerpo ya no responde igual.
Hoy, su historia queda suspendida entre lo que fue y lo que ya no puede ser. Entre la devoción heredada y el límite inevitable del tiempo. Entre la herida abierta de la fe y el silencio de quien, después de 40 años, dejó de flagelarse.
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Por: Jennifer Acosta
La brisa sopla con fuerza en la plaza principal de Santo Tomás. El cielo amenaza con lluvia y el ambiente parece contenerse en una calma extraña. La gente pasa, mira de reojo, pero no interrumpe. En medio de ese movimiento silencioso, Mauricio Castellanos Cerpa habla con serenidad, como si el ruido del mundo no lograra tocarlo. Viste una camiseta clara, de tonos sobrios, propios de quien viene de un velorio. Aun así, su voz no se quiebra. Es firme, cercana, segura.
“Aquí uno promete una manda… uno le pide a Jesús de Nazaret por un familiar”, dice, como quien ha repetido esa explicación muchas veces. Para Mauricio, la fe no es un discurso abstracto, sino un compromiso que se asume con el cuerpo. “Yo me flagelé diez años… siete primero y tres que terminé el año pasado”, añade, sin énfasis, pero con la certeza de quien cumplió.
Su historia comienza en un hospital, en medio de la incertidumbre. “Mi hermana la operaron de corazón abierto un lunes y la iban a volver a abrir el martes. Yo le pedí a Jesús de Nazaret que si se salvaba… yo me flagelaba seis años”. Hace una pausa breve, como si aún midiera el peso de esa promesa. Luego aclara una regla que, para él, es incuestionable: “Pero esto no puede terminar en par. Si uno pide uno, paga tres. Si pide cinco, paga siete. Yo pedí seis… y pagué siete”.
Años después, la historia se repitió con otro matiz. “Mi compañera tenía cáncer de garganta. Yo le pedí que si se mejoraba… me flagelaba dos años. Pero me tocó pagar tres. Gracias a Dios, ella está bien”. En su voz no hay dramatismo ni orgullo, solo una tranquilidad que parece venir del deber cumplido.
“Nunca se entra ni se sale de espalda”
La preparación para la flagelación comenzaba mucho antes del Viernes Santo. Desde el domingo de Ramos, Mauricio iniciaba un proceso de ayuno y disciplina personal. “Desayunaba a las diez u once… para que cuando llegara el viernes no sintiera ansiedad. Ni un tinto pasaba por mi estómago”, explica. El día del ritual empezaba de madrugada. “A las cinco de la mañana me levantaba, me bañaba, organizaba todo… el pollerín, el capirote, la disciplina, el alcohol”. Colocaba cada elemento sobre la cama con el mismo cuidado con el que un estudiante organiza sus útiles.
A las siete y media ya estaba listo. “Cogía mis cosas y me iba a pagar la manda”. El recorrido iniciaba en el Caño de las Palomas, donde el ambiente cambiaba de inmediato. “Uno llega allá, encuentra la cruz, se cambia… yo hacía un calentamiento, me echaba alcohol, me movía… ya después me ponía el capirote, rezaba y salía”. Todo tenía un orden preciso.
El trayecto, de aproximadamente dos kilómetros, se realizaba descalzo sobre la arena caliente. No era un caminar cualquiera. “Son cuatro pasos hacia adelante y tres hacia atrás… ahí uno va”, explica, describiendo un ritmo que ralentiza el avance y prolonga el esfuerzo. Detrás, siempre, el guía: “El guía va indicándole a uno cómo va, si va bien, si se está desviando… el guía es primordial”.
A lo largo del camino aparecen las siete cruces, cada una cargada de simbolismo. “Las siete cruces representan los siete viernes de la cuaresma… todo es siete”, repite. En cada una, el cuerpo se detiene, se arrodilla, reza. Sin embargo, llega un punto en el que la resistencia física cede ante la exigencia del ritual. “Cuando los lomos están inflamados, a uno lo cortan… una sola vez”. No hay titubeo en su explicación: “Son siete cortadas. Cuatro de un lado y tres del otro. Todo es siete”.
Y aunque ya no camine descalzo ni golpee su espalda, su vínculo con la práctica permanece intacto. Porque, para Mauricio Castellanos Cerpa, las promesas no son palabras que se lleva el tiempo. Son compromisos que se cumplen, incluso cuando el cuerpo ya no vuelve a sangrar.
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Por: Isabella Losada

Cada Viernes Santo, en el municipio de Santo Tomás, Atlántico, en Colombia, se lleva a cabo una costumbre que representa sacrificio físico, recorriendo sus calles y generando un debate entre el mundo sobre el ritual religioso. Los flagelantes, hombres y mujeres que se golpean públicamente como un acto de penitencia, representan una de las manifestaciones más fuertes de devoción popular en el Caribe Colombiano.
Mientras que algunos defienden esta costumbre como una muestra profunda de fe, otros la critican desde la perspectiva religiosa y la visión actual. Lo cierto es que, en lugar de desaparecer, esta práctica permanece presente, sostenida por la convicción de quienes la practican y por la conexión cultural en la comunidad.
Desde muy temprano, el ambiente en el municipio empieza a cambiar. Las calles se llenan de personas que esperan que comience el recorrido, algunos por devoción y otros por curiosidad. El silencio se combina con murmullos hasta que finalmente, llegan los penitentes. Muchos de ellos ocultan su rostro, protegiendo su identidad, mientras sostienen los objetos con los que se autoinfligen y cumplen su promesa.
El camino avanza con lentitud, y con cada paso, el sonido de los golpes interrumpe la rutina del lugar. No es un acto improvisado, por el contrario, es una práctica con un profundo significado para los que la llevan a cabo, representando a lo largo del camino, el mismo sufrimiento que llevó a Jesús hasta su muerte.
Los participantes afirman que la flagelación es un "manda", una promesa hecha a Dios en tiempos difíciles o como agradecimiento por favores recibidos. En este contexto, el dolor no se ve como un castigo, sino como una vía de conexión espiritual hacia Dios. Así, la práctica se convierte en un lenguaje simbólico mediante el cual los creyentes manifiestan su fe, su culpa o su deseo de liberación.
Joaquín Arturo García, exflagelante, recuerda su experiencia y la decisión muy personal que lo llevó a tomarla, influenciada por la fe y la tradición. Durante varios años formó parte de la procesión, repitiendo un ritual que había visto desde pequeño, por su padre y que, en su momento, eligió hacer propio. "No lo haces para mostrarlo, lo haces porque lo sientes. Es una promesa que le haces a Dios y que debes cumplir, aunque duela", asegura. Para él, el acto de flagelarse era un compromiso religioso que iba más allá de lo físico.
Sin embargo, su elección también tuvo repercusiones en su entorno familiar. Aunque es una práctica personal, no se lleva a cabo de manera aislada. La familia, los vecinos y la comunidad son parte de la experiencia, ya sea como espectadores, acompañantes o críticos.
Jesús Enrique Hernández, primo de Joaquín, vivió esta situación desde una perspectiva diferente. "Para la familia no es sencillo. Uno entiende que se hace por fe, pero verlo lastimándose genera preocupación. Mi tía sufría mucho cada vez que él participaba”, cuenta Jesús. Con el tiempo, este ritual también provocó charlas en la familia sobre los límites entre la religión y el bienestar personal.
A lo largo de los años, la tradición de los flagelantes ha sufrido tensiones con las instituciones religiosas. En 1968, el entonces arzobispo Germán Villa Gaviria intentó prohibir esta práctica, argumentando que la penitencia no debería incluir daño físico ni realizarse de manera pública. A pesar de los esfuerzos por erradicarla, la costumbre siguió viva, reafirmando su arraigo cultural y devocional en el municipio de Santo Tomás.
Hoy por hoy, la tradición de Santo Tomás sigue desafiando el paso del tiempo y las posturas de la modernidad. Para los penitentes, no se trata de dolor sin sentido, sino de un canal profundo de expiación, una marca imborrable en el cuerpo que da testimonio del poder indomable de sus creencias.
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Por: Vanesa Bravo
El sol se siente más fuerte de lo normal en las calles de Santo Tomás, Atlántico. El calor es casi insoportable y hace más lento el paso y en medio de ese ambiente pesado, los flagelantes avanzan. No hablan, solo caminan, marcando un ritmo que no todos logran entender.
Manuel Pérez Mendoza, ex guía del recorrido de los flagelantes, lo explica desde la experiencia. Ha visto de cerca esta tradición y sabe que no hay una sola manera de interpretarla. “La forma del flagelante se visualiza diferente”, dice, dejando claro que el significado depende de la fe de cada persona.
Los llamados siete pasos no son una repetición exacta de las procesiones católicas. Aunque recrean el camino de Cristo, aquí tienen otro valor. “Yo lo veo más como un concepto de fe”, afirma Manuel. En esa idea se sostiene la práctica, cada flagelante camina su propia creencia, su propia forma de entender el sacrificio.
El movimiento del cuerpo también habla. Los pasos hacia adelante y hacia atrás recuerdan el viacrucis, ese camino de Jesús hacia la crucifixión. “Eso sí lo hacía Jesucristo en su marcha”, señala Manuel, pero aclara que el recorrido del flagelante es distinto. No es una copia, sino una interpretación.
“Nadie les enseña a caminar así. No hay reglas escritas ni instrucciones formales. Esto es empírico”
Cada persona aprende desde su experiencia, observando y sintiendo, construyendo su propia manera de recorrer el camino.
Pero no todo es simbólico. El cuerpo también sufre. El sol, el calor y el paso del tiempo hacen del recorrido una prueba física exigente. Muchos inician sin haber comido, con el cuerpo debilitado. Caminan durante horas en esas condiciones. “El cuerpo está deshidratado y débil”, dice Manuel, recordando cómo incluso los más experimentados pueden perder la coordinación. A veces, la mente quiere continuar, pero el cuerpo no responde.
Aun así, siguen. Porque lo que los mueve no es solo la resistencia, sino la fe. Una fe que, según Manuel, suele ser malinterpretada. “Que se refleje no como un acto de barbarie, sino como un acto de contrición y de fe”, insiste.
En ese intento por comprender la tradición, también aparecen voces del mismo municipio, como la de Pedro Conrado Cudri, sociólogo y poeta de Santo Tomás, cuyos apuntes (mencionados por el propio Manuel) ofrecen otra forma de interpretar esta práctica desde los saberes del pueblo. Este personaje, defiende que la actividad de los penitentes no es simple masoquismo, sino una manifestación colectiva de fe y un "sacrificio individual" enfocado en pagar mandas (promesas por la salud o milagros familiares) que define la identidad de la banda oriental del departamento del Atlántico.
Al final, el recorrido de los flagelantes no es solo un acto que se observa, sino una experiencia que se vive. Cada paso, cada pausa y cada gesto encierra una historia distinta. Y en medio del cansancio, del calor y del silencio, permanece lo esencial que es la necesidad de creer.
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