Andrés Camilo Álvarez Lozano no se define como bartender. Lo aclara con naturalidad: estudia comunicación, y lo del Templo del Rock es una cosa que pasa "a veces". Pero esas noches en que pasa tienen una densidad particular. Son las noches en que el nicho barranquillero del rock, ese universo que es grande en pasiones, pero pequeño en caras, se congrega en un solo punto, y Andrés es quien pone los tragos, cobra las mesas y, de paso, comparte turno con su amigo el administrador.
El Templo es un lugar donde la informalidad tiene sus propias reglas. El ambiente, dice Andrés, es chévere en general. Los que van se conocen entre sí, lo que hace que la dinámica sea más de comunidad que de servicio al extraño. “Nunca me ha tocado lidiar con borrachos ni problemas”, cuenta, y eso tiene sentido: cuando el público es básicamente conocido.
"El ambiente es chévere en general porque disfruto del rock, y el administrador es amigo mío de hace años."
Hay, eso sí, una variable que distorsiona la atmósfera: la presencia del dueño. Cuando el jefe aparece, algo cambia en el aire. No es hostilidad, es simplemente la tensión que genera quien tiene la última palabra en un espacio donde todos los demás se mueven con confianza ganada. Andrés lo describe con una carcajada escrita, esa clase de risa que solo se produce cuando algo es incómodo, pero tampoco tan grave.
Lo que sí es grave, o al menos lo que tiene aristas más serias, es el regreso a casa. El Templo cierra alrededor de las dos. Pero cerrar el bar no es apagar las luces y salir: hay que organizar el negocio, cuadrar cuentas, dejar todo en orden. Para cuando Andrés sale a la calle, son las tres de la mañana o más, y vive en Soledad. El camino más directo es coger la Murillo, que a esa hora no es exactamente un paseo relajante.
"A esa hora toca o coger Murillo derecho, que es cule peligro, o coger moto o carro, que es cule peligro también. Pero siempre he cogido moto, porque el carro sale como en 40k."
El mototaxi cuesta 18 mil pesos. El carro, 40 mil. Su pago por noche ronda los 45 o 50 mil, más una propina que comparte con el administrador y que suele quedar en unos 20 mil para cada uno. La matemática es precisa y no deja mucho margen: la propina se va en transporte, y el sueldo base queda como diferido para pasajes a la universidad y almuerzos entre semana. No es un ingreso para salir ni darse gustos. Es, como lo describe él mismo, un colchón para los gastos extras que siempre aparecen.
Hay un último detalle que Andrés menciona con la misma naturalidad resignada con que se cuenta todo lo que no tiene solución fácil: después de las once de la noche, la normativa de Barranquilla restringe el parrillero hombre en moto. Él lo sabe. Lo hace de todas formas. No porque no le importe la regla, sino porque la alternativa —quedarse o pagar el carro— no entra en el presupuesto. Es la clase de decisión que toma alguien que estudia de día, trabaja de noche y vive al otro lado de una avenida que a las tres de la madrugada cobra su propio carácter.