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Baño

El Baño

El rincón más privado de la estructura doméstica. Tras estas puertas se desvelan las líneas más marcadas de la desigualdad y los relatos de quienes limpian la intimidad ajena.

Las criadas también existen aquí

Las criadas también existen aquí

Imagen: tomada en cuenta oficial de Min Trabajo.

Hay una escena en El cuento de la criada, la novela distópica de Margaret Atwood, que es difícil de ignorar: la de una mujer que cuida a un niño que no es suyo, que lo ama con una intensidad que el sistema nunca reconocerá y que sabe, en el fondo, que ese niño no le pertenece. Gilead, la república teocrática que Atwood creó en 1985, asignaba a las mujeres roles fijos y les negaba los derechos básicos. Cuatro décadas después, no hace falta imaginar una distopia para encontrar estructuras similares. Basta con solo mirar adentro de los hogares colombianos.

En Colombia, el trabajo doméstico es una labor realizada por más de 680.000 personas, de las cuales el 93% son mujeres y el 82% lo hacen en la informalidad, sin acceso a protección social y, por ende, mayor exposición a la violencia y acoso en sus entornos laborales. Según cifras del DANE citadas por la Organización Internacional del Trabajo: nueve de cada diez personas que limpian, cocinan y crían en casas ajenas son mujeres y la mayoría lo hacen sin contrato, sin pensión, sin seguridad.

Lo que Atwood narró como ficción: mujeres relegadas a funciones domésticas y reproductivas, insignificantes ante la ley, dependientes del capricho de la familia que las aloja, tiene una cercanía a la cotidianidad de las trabajadoras del hogar en este país. La coincidencia no es literaria sino estructural.

Uno de los nudos más sensibles que la novela desarrolla es el afecto como trampa. Offred, la protagonista, desarrolla lazos con la hija de sus empleadores que no puede reclamar ni nombrar. En los hogares colombianos, esta tensión también es real. Las trabajadoras del hogar crían niños desde que nacen, los cuidan por las noches y los llevan al colegio durante años; así, se encuentran en un limbo emocional: son figuras maternas para estos niños, pero su relación con ellos no tiene ningún reconocimiento social. Cuando este vínculo se rompe debido a una mudanza, porque prescinden de sus servicios o el niño crece, la pérdida es unilateral.

"Extrañamente, la cercanía afectiva convive perfectamente con la explotación económica."

La relación con la familia empleadora reproduce, a su vez, otra dinámica que Atwood relató con precisión: la de una jerarquía que se disfraza con familiaridad. En la República de Gilead, las Esposas tratan a las Criadas con una mezcla de dependencia y desprecio. En los hogares colombianos, la trabajadora del hogar suele ser nombrada como "parte de la familia" mientras se le niega las garantías que cualquier trabajador formal tiene. El 62% de las trabajadoras domésticas del país reciben un salario mínimo o menos, y solo el 20% está afiliada a salud y pensión según la Organización Internacional del Trabajo.

Las jornadas, otro punto de la novela, tampoco escapan del paralelo. Atwood describe cómo el tiempo de las criadas nunca es propio, cuya disponibilidad es total. Antes de la reforma laboral de 2025, muchas trabajadoras del hogar internas en Colombia cumplían jornadas laborales que superaban las 60 horas semanales sin compensación. La nueva ley (la Ley 2466) establece un máximo de ocho horas diarias y obliga a pagar horas extras, sin embargo, su cumplimiento sigue siendo incierto. La Escuela Nacional Sindical afirma que menos del 23% de estas trabajadoras cotiza pensión, y solo 2 de cada 10 reciben las garantías totales de la legislación laboral. La brecha que existe entre lo que dice la ley y lo que pasa puertas adentro ha sido, históricamente, un espacio libre para la desigualdad.

Lo que separa la Colombia de hoy de la Gilead de Atwood no es la ausencia de estas lógicas, sino el hecho de que aquí nadie las estableció. Surgieron por la normalización cultural del trabajo doméstico como algo que se hace por vocación o necesidad y no por elección libre y bien remunerada.

La pregunta que deja la comparación no es si las trabajadoras del hogar viven en una distopia, sino porque hemos tardado tanto en reconocer que sus condiciones merecen el mismo nivel de indignación que nos genera la ficción. Atwood no escribió un manual de denuncia, pero su ficción revela lo que los datos confirman: ignorar las condiciones de quienes sostienen los hogares no es accidental, sino una decisión colectiva que aún estamos a tiempo de revertir.

Por: Valeria Marquez Almario

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La que está, pero no existe

La que está, pero no existe

Imagen proporcionada por "Unisplash"

Hay una prueba sencilla que siempre me gusta hacer mentalmente: ¿sabes el apellido de la señora que trabaja en tu casa? ¿Sabes cuántos hijos tiene? ¿Sabes qué estudió, si estudió, o qué soñó con hacer? La mayoría de nosotros no sabemos. Y eso dice más de nuestra sociedad que cualquier estadística.

En Colombia hay más de 703.000 personas empleadas en el trabajo doméstico remunerado, y cerca del 91% son mujeres, según el Observatorio Laboral de la Universidad Javeriana. Son parte del paisaje de millones de hogares. Están en la mañana cuando uno se levanta, en la tarde cuando uno llega del colegio o la universidad, y sin embargo existe una extraña habilidad colectiva para no verlas realmente.

No me refiero solo a los derechos laborales, que también son un problema. Me refiero a algo más cotidiano y más difícil de legislar: el trato. La forma en que muchas familias colombianas se relacionan con la mujer que les cuida la casa revela una jerarquía social que preferimos no nombrar.

Está, por ejemplo, el asunto del plato aparte. En muchos hogares de clase media y alta todavía se usa una vajilla diferente para "la empleada". Un vaso distinto, una cuchara que no va con el juego de cubiertos bueno. Es un gesto pequeño, casi inconsciente, pero cargado de significado: usted come aquí, pero no es de aquí. Está, también, la costumbre de no presentarla cuando llegan visitas, o de hablar de ella en tercera persona estando en el mismo cuarto. Como si no tuviera nombre, como si no estuviera escuchando.

El trabajo doméstico ha sido históricamente invisibilizado y minimizado, a pesar de ser una actividad esencial para el funcionamiento de la sociedad, como lo ha señalado CARE Colombia. Pero la invisibilización no es solo económica. Es también simbólica, y ocurre todos los días, en gestos que nadie registra y que casi nadie cuestiona porque siempre han sido así.

"La familia no cobra horas extras, no exige contrato, no se queja cuando le tocan el día libre. 'Como de la familia' muchas veces es una frase bonita que encubre una relación desigual."

El trabajo doméstico es la principal fuente de empleo urbano para las mujeres en Colombia, y aun así seguimos tratándolo como si fuera un favor que alguien nos hace, no como el trabajo que es. Esa contradicción me parece fascinante y preocupante al mismo tiempo: dependemos enormemente de estas mujeres para que nuestra vida funcione, y al mismo tiempo las convertimos en invisibles dentro de nuestros propios hogares.

Lo curioso es que cuando uno habla con la gente sobre esto, la respuesta casi siempre es la misma, por ejemplo, la de: "Yo con la mía tengo muy buena relación, la trato como de la familia." Y puede que sea cierto. Pero ser tratada "como de la familia" no es lo mismo que ser tratada con dignidad laboral. La familia no cobra horas extras, no exige contrato, no se queja cuando le tocan el día libre. "Como de la familia" muchas veces es una frase bonita que encubre una relación desigual donde el afecto reemplaza los derechos.

Las trabajadoras domésticas afrodescendientes e indígenas enfrentan barreras adicionales de estigmatización social y exposición al racismo cotidiano, lo que añade otra capa a esta invisibilidad. En Colombia, el trabajo doméstico tiene cara, y esa cara tiene raza y clase. No es casual quién termina en ese rol y quién no.

Cambiar esto no depende solo de una ley. Depende de algo más incómodo: de que cada familia decida cómo va a tratar a la persona que tiene en su casa. Aprenderse su apellido. Preguntarle cómo está de verdad. Presentarla cuando lleguen visitas. Dejar de hablar de ella como si no estuviera en el cuarto.

Por: Juan Mario Guzmán