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La jornada de cuidar a otros

Cocina · Crónica

La jornada de cuidar a otros

Viviana tiene 39 años. Se levanta a las 4:40 a.m., prepara una bolsa con ropa y productos de limpieza y sale. Vive en un barrio periférico de Barranquilla y mantiene sola a su hijo de 11 años. Su jornada suele ser de tres trabajos: limpieza profunda en una casa del norte, planchado en un apartamento céntrico y cuidado de una persona mayor en la tarde. En total pasa cerca de diez horas fuera de casa; no tiene contrato ni cotiza de forma regular. Cuenta que cobra por día y que los pagos cambian según la voluntad del empleador. Cuando se enferma, a veces le pagan parcial o no le pagan. No tiene seguridad social estable.

Para ella, el trabajo es la forma de garantizar la escuela, la comida y la ropa del hijo.

"Trabajo para que él no falte a clases."

No ha logrado ahorrar lo suficiente para emergencias; pospone consultas médicas y arreglos urgentes en la casa. Describe pequeñas reglas que marcan distancia: en una de las casas no le permiten usar el baño después de cierta hora; en otra le dan órdenes por teléfono. Ha recibido comentarios discriminatorios por su forma de hablar y su aspecto. Esas situaciones, más que un solo episodio, son tensiones constantes que afectan su ánimo. Aun así, mantiene disciplina: llega puntual, cumple tareas específicas y revisa al final que todo esté en orden antes de irse.

En la tarde va a un grupo de capacitación en el barrio donde le enseñaron a pedir recibos, a documentar pagos y a informarse sobre derechos laborales. Valora ese apoyo, pero dice que la verdadera mejora exige cambios en las condiciones: contratos, salarios estables y acceso a salud. Organizaciones locales han ofrecido asesoría y cursos; los avances han sido puntuales. Al terminar la jornada vuelve a casa, ayuda con las tareas del hijo y organiza lo que falta para el día siguiente. Su prioridad es evitar que la falta de ingresos impida la continuidad escolar del niño. Su situación resume problemas frecuentes entre trabajadoras del hogar en la ciudad: informalidad, jornadas largas, ingresos inestables y exposición a trato desigual.

En Barranquilla, como en muchas ciudades del país, el trabajo doméstico sigue siendo una labor esencial pero silenciosa. Se desarrolla detrás de puertas cerradas, en apartamentos amplios y casas familiares donde el cuidado, la limpieza y la cocina sostienen la rutina de otros. Sin embargo, quienes realizan estas tareas suelen quedar fuera de las conversaciones públicas sobre empleo digno.

La mayoría son mujeres. Muchas son madres cabeza de hogar. Algunas migran desde municipios cercanos o desde zonas rurales buscando ingresos que no encuentran en sus lugares de origen. Otras han heredado el oficio de sus madres y abuelas, como si el servicio doméstico fuera una cadena invisible que se transmite de generación en generación.

Viviana recuerda que empezó a trabajar a los 16 años. Su primera experiencia fue en una casa donde debía cocinar, barrer y cuidar dos niños pequeños.

"Me decían que yo era como de la familia, pero a la hora de pagarme siempre me hacían sentir que me estaban haciendo un favor."

Con el tiempo entendió que esa frase, repetida por distintos empleadores, muchas veces servía para disfrazar la desigualdad.

En el discurso, la cercanía emocional parece borrar la distancia social. En la práctica, la división permanece intacta. Algunas trabajadoras hablan de vajillas separadas, horarios restringidos para comer o instrucciones que llegan sin mirarlas directamente. Son gestos pequeños que revelan una jerarquía profunda: la del cuerpo que limpia y cuida, pero que rara vez es visto como igual.

El problema no es solamente económico. También es cultural. Durante años, el trabajo doméstico ha sido considerado una extensión "natural" del rol femenino, una obligación asociada al cuidado y no una ocupación que requiere habilidades, tiempo y reconocimiento. Esa mirada ha contribuido a normalizar salarios bajos, jornadas indefinidas y vínculos laborales informales que dejan a miles de mujeres sin protección.

Viviana no habla de lucha en términos grandes. No menciona revoluciones ni discursos políticos. Habla de cosas concretas: poder enfermarse sin miedo a perder el pago del día, regresar más temprano para compartir con su hijo, no sentir vergüenza cuando pregunta por sus derechos. Su resistencia ocurre en lo cotidiano. En subirse cada mañana a un bus lleno antes de que amanezca. En seguir trabajando aun cuando el cansancio se acumula en la espalda. En sostener una casa propia mientras ayuda a sostener las de otros.

Cuando cae la noche y por fin cierra la puerta de su casa, Viviana se quita los zapatos en silencio para no despertar a su hijo. A veces se queda unos segundos sentada en la cama antes de levantarse a preparar la ropa del día siguiente. Dice que ese es el único momento del día en el que siente el peso completo del cansancio.

La ciudad, mientras tanto, sigue funcionando.
Muchas veces gracias a mujeres como ella.
Mujeres que limpian lo que otros ensucian.
Que ordenan la vida de otros mientras intentan sostener la propia.
Mujeres que, aunque pocas veces sean nombradas, sostienen con sus manos una parte invisible de Barranquilla.

Por: Isabella Emiliani

Crédito foto: Viviana · Trabajadora del hogar