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El Especial · Casa de Familias
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Empezó a trabajar desde los 12 años. Hoy, con 59 años y madre de cinco hijos, ha dedicado treinta y cuatro años de su vida al trabajo doméstico, dividiendo su corazón entre su propia familia y las casas que cuida.

A sus 37 años, lleva más de dos décadas como trabajadora del hogar. Un recorrido de jornadas de hasta 14 horas lleno de contrastes, donde el talento en la cocina le abrió un nuevo camino.
María Inés Díaz Santos empezó a trabajar desde los 12 años. Con su abuelo vendía tintos y, de vez en cuando, frutas. María Inés, o como la llaman todos, Inés, es una mujer de 59 años de edad. A pesar de los años, aún conserva un espíritu activo y alegre. Es madre de cinco hijos y abuela de diez nietos. Ha dedicado treinta y cuatro años de su vida al trabajo doméstico. Inés ha sido una mujer activa desde niña, en el rebusque diario para ayudar a sus padres. Después de casarse y, posteriormente, separarse del padre de sus hijos, empezó a trabajar en el servicio doméstico.
Sin duda, la parte más difícil de su trabajo fue cuando le tocaba dejar a sus hijos porque ella tenía que traer el pan a la mesa: "A mí me tocaba duro, yo agonizaba mucho era porque los tenía pequeños. Entonces, tenía dos grandes y los tres pequeños, que eran las hembras. Los varones le cocinaban a la hembras. Me tocó duro, durísimo. Yo agonizaba mucho en venir y en irme porque de Malambo para acá son dos buses y de aquí para allá son dos buses. Entonces, cuando yo me iba mi mamá me colaboraba cuando ella podía, pero me tocó duro, duro. Eso ha sido lo más difícil." Sus hijos ya son adultos con sus propias familias y responsabilidades. Constantemente le dicen que ya deje de trabajar y que mejor descanse "Yo soy terca y quiero seguir trabajando porque todavía me siento dura."
A lo largo de su vida Inés ha pasado por cinco casas distintas en las que, como ella asegura, le ha ido bien: "Hasta el momento me ha ido bien. Donde he ido me ha ido bien, gracias a Dios". Hace 18 años, por medio de una prima, María Inés llegó a la casa de los Romero Bretón, en la cual ha estado desde entonces: "Yo no tengo quejas de ellos. Me he sentido bien desde que yo entré aquí con ellos. Me siento no como una empleada, no como doméstica, sino como un familiar."
Para Inés es inevitable no hablar de la relación especial que, a lo largo de los años, ha formado con la hija mayor de la familia. "Yo conocí a Andrea cuando tenía cuatro años, ya tiene veintiuno." Inés ha formado vínculos con la familia, para ella más que un trabajo es la lealtad y acogida que ha encontrado, en la que ella considera su nieta. "Andrea es muy especial conmigo. Me gusta el modo de ser de ella porque a veces yo estoy así triste y ella me hace reír, me saca una sonrisa y siempre me molesta."
Su rutina empieza a las cinco de la mañana y termina a las seis de la tarde. Sus días de descanso son cada quince días, en esos días Inés regresa a su hogar en Malambo. "En mis días de descanso, que me toca mi salida, me voy. Y vengo los lunes. Me voy viernes, sábado y domingo me voy a mi casa. Y visito a mis hijos entre sábado y domingo. A cada uno los visito. Allá juego con mis nietos, hablo con mis hijas, visito a mis hijas. Allá nos reunimos, yo voy, vamos, pero ellos saben que hoy es viernes, nos reunimos, me cuentan todo lo de la semana, y comer. Y los domingos me voy para la iglesia, y de la iglesia me invitan mis hijos a almorzar: uno a almorzar, el otro a comer, o me sacan a comer".
La vida de María Inés revela una pequeña parte de la historia de las mujeres que luchan por sostener y sacar adelante a sus hijos, que sacrifican tiempo y sueños propios para que otros puedan lograrlo.
Por: Carmen Polo Díaz

Foto: Maria Ines Santos