Es un destello azulado en medio del bosque y, sin embargo, no podemos verlo. Sobre una lancha que oscila agresivamente sobre la Ciénaga de Mallorquín, intentamos enfocar nuestra mirada sobre las ramas de los mangles, por si de repente aparece. Las historias de avistamientos esporádicos en los terrenos de la Universidad del Norte nos mantienen atentos de las flores en los alrededores. La posibilidad de visitar el Parque Isla Salamanca solo para lograr captarlo en cámara consigue avivarnos la esperanza. Pero no se deja ver. El simpático colibrí manglero o ventrizafiro, con sus tonalidades llamativas de verde, azul y violeta en sus plumas, nos rehúye.

Esta especie conocida como Chrysuronia lilliae fue uno de los objetivos de nuestra investigación para que nos ayudara a explicar parte de las problemáticas que sacuden a la Ciénaga de Mallorquín y sus alrededores, uno de sus principales hábitats naturales. Un ecosistema que desde hace años se debate en la supervivencia y que ha dejado desprotegidos a los animales que viven de los manglares, como parece ser el caso particular de esta ave. El colibrí ventrizafiro está clasificado como una especie en peligro de extinción y es por esto que su avistamiento supone todo un reto.

Según datos recolectados de Global Biodiversity Information Facility, este colibrí solo tuvo un solo reporte de avistamiento oficial en el año 2024, lo que deja la inquietud de si se encuentra en época de migración o ha sido afectado por la expansión urbanística que toma lugar en la ciudad de Barranquilla.

El colibrí manglero es una especie endémica de la costa caribe colombiana, lo que quiere decir que es exclusivo de esta región y no puede encontrarse en ningún otro lugar. Se distribuye en los manglares y bosques ribereños que van desde la desembocadura del río Magdalena hasta el del Río Ranchería. El colibrí se adentra en los bosques de manglares sin compañía, donde se alimenta de insectos y de vegetación xérofila (es decir, adaptada a ambientes secos). Se ha observado que consume especies de plantas como el cantagallo, que florece entre enero y mayo, o flores de Capparis spp., pero en realidad no se sabe su dieta exacta ni en qué medida el colibrí depende del mangle maduro.

La información disponible suele ser imprecisa, no solo por sus pocos avistamientos, sino también porque suele confundirse con otras dos especies de colibrí muy parecidos: el colibrí zafirino (Chrysuronia coeruleogularis) y el colibrí cienaguero (Lepidopyga lilliae). Incluso en documentos oficiales se confunde con frecuencia al L. Lilliae y al C. Lilliae, dejando el interrogante si ambos no son al final la misma especie.

Esto convierte al colibrí ventrizafiro en un misterio incluso para los estudiosos. El profesor Juan Pablo Gómez Echeverry, del Departamento de Química y Biología de la Universidad del Norte, compartió con nosotros los motivos: “hoy en día tenemos dos problemas: uno, que hay poquita información, y segundo, que es supremamente difícil de diferenciar con la otra especie que es la Chrysuronia coeruleogularis. Entonces no tenemos la certeza de, por ejemplo, dónde son los registros. Porque puede haber registros del ventrizafiro que sean de la otra especie y viceversa. Sabemos que utiliza el manglar: sí, definitivamente. Utiliza el bosque seco: sí. Utiliza los jardines y las zonas urbanas: sí, cierto, porque lo hemos encontrado utilizando y defendiendo recursos como plantas ornamentales que están sembradas para propósitos urbanísticos”, pero esta información no es clara ni suficiente. Ante investigaciones poco profundas y un estado de conservación sensible, la posibilidad de que avistemos al colibrí manglero se nos escurre entre las manos.

La Ciénaga de Mallorquín alberga alrededor de 15 especies vegetales (entre estas, las 4 principales especies de mangle que tiene el país), 9 especies de peces, 11 especies de mamíferos y 177 especies de aves. El colibrí ventrizafiro hace parte de esta última categoría, y el peligro que afronta él junto con todo el resto de las especies que habitan la Ciénaga es inminente. El avance del ser humano cada día cerca más a las especies y les arrebata su espacio. La preocupación de lo que podría ocurrirle, ya no solo a nuestra especie elegida, única en el mundo entero, sino a todo el ecosistema es inmensa.

En nuestra memoria se queda grabada la imagen: un solo avistamiento en el 2024. Nos asusta pensar en lo que significa. Mientras nos acercamos a uno de los lugares en los que podríamos encontrarnos al colibrí manglero, solo esperamos que de reojo titile un brillo azulado. Ojalá verlo solo una vez.

La irrupción de una sirena ahogó el canto de los pájaros. Creímos que podría ser alguna ambulancia, que tal vez alguno de los visitantes del Ecoparque Ciénaga de Mallorquín había tenido un accidente en medio de los pasillos de madera que se adentraban entre el manglar. Entonces sentimos el calor en la nuca y una columna de humo negro subió ante nosotros. El Ecoparque, un lugar creado para conectar al ser humano con la naturaleza. Un proyecto que promete ser amigable con el medio ambiente mientras se promueve el turismo en Barranquilla. Promesas que se desvanecen entre las cenizas de la demanda social. Este hecho ocurrió bajo la luz del medio día al lado de un proyecto sostenible, ¿qué nos dice esto de cómo es vista la Ciénaga de Mallorquín? Día tras día, la extensión forestal de esta zona disminuye con cada decisión tomada muchas veces en nombre del progreso y la urbanización. Desde 1985, la Ciénaga ha perdido 371 hectáreas de las 741 que contaba en un inicio. Al rededor de un 50% de suelo verde. Con este terreno podrían construirse alrededor de 25 centros comerciales del tamaño del Viva Barranquilla o 450 canchas de fútbol como las del Estadio Metropolitano.
En cuestión de 40 años, se ha perdido aproximadamente el 30% de su flora, mostrando cambios significativos con respecto a cómo era originalmente. De manera visible, reportes oficiales dan fe de la acelerada deforestación de la que es víctima la Ciénaga de Mallorquín. En un documento publicado por la Alcaldía de Barranquilla con respecto a la recuperación del ecosistema, que data de noviembre del 2023, se menciona que la Ciénaga había perdido 317 hectáreas. Por otro lado, en el diagnóstico realizado por una comisión técnica interdisciplinaria del Ministerio de Ambiente que se publicó en octubre del 2024, se afirma que la cifra alcanza las 371 hectáreas. Es decir, en casi un año, se perdieron 54 hectáreas de cobertura forestal.
Las causas de la pérdida del ecosistema son múltiples, pero entre las más importantes se encuentra el desarrollo de la construcción de viviendas, comercio y zonas industriales. Este silencioso avance condena a la Ciénaga de Mallorquín a una extinción lenta. El progreso cobra la forma de un animal invasor que se arrastra, crece de a poco y se toma su tiempo hasta hacerse con todo. Una de las nuevas fases de esa invasión, todavía en marcha, se trata del proyecto en construcción de Ciudad Mallorquín.

AÑO 2021

AÑO 2024

Paso a paso, podemos adentrarnos dentro de esta urbanización esperando encontrar, tal vez, algún indicio de naturaleza dado su nombre. Por el contrario, los únicos colores que consumen todo son los grises, los cuales opacan aquellos vestigios de lo que antes era una zona llena de manglar. Paso a paso, podemos adentrarnos dentro de esta urbanización esperando encontrar, tal vez, algún indicio de naturaleza dado su nombre. Por el contrario, los únicos colores que consumen todo son los grises, los cuales opacan aquellos vestigios de lo que antes era una zona llena de manglar. Una visita fue suficiente para entender lo que sucedía en este lugar: Mallorquín ahora no es más que un nombre. Los árboles son pocos, contados. No tienen la altura siquiera de una casa de un piso, con apenas hojas. Las calles se encandecen ante el sol de la tarde, la sombra parece no encontrarse por ningún rincón a pesar de los edificios altos y enrejados que podrían sustituir a los árboles. No hay personas en las calles; no aguantarían ni cinco minutos sin tener un golpe de calor. Piedras, polvo, cemento, los ruidos constantes que anuncian las construcciones. Esta es la Ciudad Mallorquín que se impone ante nosotros, que nos parece más bien una Ciudad Muerta. En medio de todo, en un parque fantasma donde las aves no cantan y todo se encoge ante la inclemencia de la luz y el fogaje, se erigen unos cuadros pintados con vibrantes colores. En ellos se encapsula dentro del vidrio la imagen de los animales que pertenecen a la Ciénaga: la garza, el cangrejo azul o la guachara caribeña. Los bosques profundos llenos de mangles son recreados de forma preciosa por el artista. Esta es la única cosa que parece traer vida a este lugar una vez más, como también es un recordatorio de las especies que han tenido que irse y de la posibilidad de perderlas para siempre.

VACÍO EN LA CIÉNAGA

La Ciénaga de Mallorquín no es un espacio cualquiera. Al ser parte de El Sistema Delta Estuarino del Rio Magdalena, Ciénaga Grande de Santa Marta, fue categorizado como sitio RAMSAR en el año 1998, es decir, un humedal de importancia internacional. En teoría, este sitio cuenta con varias figuras de protección ambiental bajo la CRA, el Plan de Ordenación de Manejo de Cuenca (POMCA) y EPA Barranquilla Verde, quienes se encargan de aspectos como la definición de rondas hídricas, declaraciones de zonas de preservación y procesos de restauración ecológicos. Según el POMCA:

“Las coordenadas geográficas y la definición polígono definido por el acto administrativo incorporan toda la zona de influencia del Delta del Río Magdalena y de forma, consciente o inconsciente de parte de la autoridad Nacional, dejan a mitad de la cuenca de mallorquín incorporada a los mandatos de la categoría Internacional.” (pg. 306)

Desde el 2007, el POMCA advertía de la fragilidad de este ecosistema y delimitaba las áreas no aptas para proyectos de urbanización. Sin embargo, se aprobaron suelos de expansión urbana en Puerto Colombia y Barranquilla, preparando el terreno para la construcción de algo más grande y peligroso para la naturaleza. Entre 2017 y 2020, el grupo ARGOS promovió tres planes parciales de construcción concertados por la CRA y el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de Puerto Colombia: Ribera de Mallorquín, Ribera de Mallorquín etapa 3 y el Proyecto polideportivo, ocupando un total de 91 hectáreas. Según La Comisión Técnica Interdisciplinaria Ciénaga de Mallorquín, en el diagnóstico hecho en el año 2024, “respecto a estos proyectos, en suelo de expansión, aproximadamente el 45% de suelo de expansión ha sido concertado” (pg. 17) No obstante, las densidades urbanas establecida por el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de Puerto Colombia del año 2017 no consideraban correctamente la base ecológica del territorio.
En el diagnostico hecho por La Comisión Técnica Interdisciplinaria, 15 docentes de varias universidades de la zona, —como la Universidad de Norte, la Universidad del Atlántico y la Universidad Simón Bolívar— advirtieron que la planificación urbana en torno a la Ciénaga de Mallorquín ha sido desarrollada sin los principios ecológicos esenciales y sin la participación efectiva de las comunidades aledañas, evidenciando que los enfoques de precaución y sostenibilidad ambiental no se han aplicado correctamente. Mientras que el urbanismo avanzaba, las comunidades costeras y vulnerables eran ignoradas y marginadas. El Ministerio de Vivienda no estuvo presente en el municipio a pesar de que se había acordado en los planes de la urbanización que se construirían viviendas de interés social y/o prioritario (VIS/VIP). No fue sino hasta 2020 que se construyó la primera vivienda de interés social en Ciudad Mallorquín, pese a que los proyectos se promocionaron como incluyentes.

“Las coordenadas geográficas y la definición polígono definido por el acto administrativo incorporan toda la zona de influencia del Delta del Río Magdalena y de forma, consciente o inconsciente de parte de la autoridad Nacional, dejan a mitad de la cuenca de mallorquín incorporada a los mandatos de la categoría Internacional.” (pg. 306)

No obstante, los problemas que trajo el Ecoparque van más allá de solo ambientales, afectando también a comunidades aledañas. Según declaraciones de la CRA y EPA Barranquilla Verde, el Ecoparque Ciénaga de Mallorquín fue una acción para frenar las invasiones en los barrios Las Flores y La Playa. Este aspecto fue muy cuestionado por los líderes sociales de estos barrios, como fue expuesto en las mesas de trabajo con comunidades presentadas en el diagnóstico hecho por la Comisión Técnica Interdisciplinaria.

“De otro lado, se presenta un conflicto socioambiental en torno al Proyecto del Ecoparque en la Ciénaga de Mallorquín que hace parte del Plan Maestro de la Ciénaga de Mallorquín de la Alcaldía Distrital de Barranquilla. […] Manifiestan lideres sociales, ambientales y pescadores del barrio Las Flores y el corregimiento Eduardo Santos La Playa que la planificación y construcción de este proyecto no contó con la participación de las comunidades locales. […] Las comunidades temen que el proyecto se enfoque solo en construir muelles para atraer al turismo, en vez de abordar prioritariamente la descontaminación y la recuperación ecológica de la Ciénaga de Mallorquín ha sido por décadas receptor de aguas residuales domésticas” (pg.100-102)

El conflicto socioambiental que ha nacido en torno al Ecoparque evidencia una profunda desconexión entre las prioridades institucionales y las necesidades de las comunidades aledañas a la zona. El proyecto parece solo enfocarse en la construcción de infraestructura de “turismo ambiental”, dejando de lado el factor social. Este enfoque no solo perjudica a los pescadores que necesitan de la ciénaga para subsistir, sino que amenaza con desplazarlos de su territorio. Uno de los aspectos más preocupantes de los procesos ambientales ha sido la construcción del tren del tajamar. En el diagnóstico hecho por La Comisión Técnica Interdisciplinaria de la Ciénaga de Mallorquín se menciona lo siguiente:

“EPA hace referencia a que la viabilidad ambiental del proyecto tren tajamar la otorgó EPA. Se presenta la línea de tiempo de la ruta de declaratoria e indican que se realizó un ejercicio de cartografía social que fue plasmada posteriormente en SIG.” (pg.17)

No obstante, en el mismo documento se menciona que EPA Barranquilla Verde no conoce la cartografía oficial:

“EPA Barranquilla verde manifiesta no conocer la cartografía oficial respecto a cartografía derivada de ese plan de manejo de humedal adoptado por la CRA en el 2022” (pg.16-17)

Esto significa que EPA Barranquilla Verde otorgó los permisos ambientales para la realización del tren del tajamar sin que la información de la cartografía, derivada del plan de manejo de humedal adoptado por la CRA, se hiciera pública ni se definiera con claridad la figura de área protegida. Además, en el mismo diagnóstico, se menciona que no hay claridad sobre quién otorgó los permisos para las obras civiles del Ecoparque, según relataron organizaciones comunitarias en mesas con la Procuraduría.
Mientras que el desarrollo urbanístico y obras avanzaban, la ciénaga iba cambiando con la perdida de alrededor de 370 hectáreas desde 1985, el aumento crítico de la salinidad, la desaparición de especies vegetales y animales, niveles prohibidos de metales pesados y una ausencia total de algún plan de tratamiento de aguas residuales en Barranquilla.
Las comunidades aledañas a la zona llevan tiempo alertando sobre la contaminación y las afectaciones que ha traído a su vida cotidiana. En la página 24, en la sección de la Mesa de Trabajo con la Academia, se menciona que en el año 2012 la Ciénaga de Mallorquín tenía una diversidad de aproximadamente 14 especies de peces, que hoy en día no sobrepasan las 3 debido el vertimiento de desechos en la entrada del mar con la ciénaga. Por tanto, los pescadores no pueden ejercer su labor en este sitio porque no hay peces suficientes para sostenerse.
Mientras que el desarrollo urbanístico y obras avanzaban, la ciénaga iba cambiando con la perdida de alrededor de 370 hectáreas desde 1985, el aumento crítico de la salinidad, la desaparición de especies vegetales y animales, niveles prohibidos de metales pesados y una ausencia total de algún plan de tratamiento de aguas residuales en Barranquilla.
Las comunidades aledañas a la zona llevan tiempo alertando sobre la contaminación y las afectaciones que ha traído a su vida cotidiana. En la página 24, en la sección de la Mesa de Trabajo con la Academia, se menciona que en el año 2012 la Ciénaga de Mallorquín tenía una diversidad de aproximadamente 14 especies de peces, que hoy en día no sobrepasan las 3 debido el vertimiento de desechos en la entrada del mar con la ciénaga. Por tanto, los pescadores no pueden ejercer su labor en este sitio porque no hay peces suficientes para sostenerse.
Quizá la mayor duda que plantea estas situaciones está en lo que no se sabe con certeza. ¿Quién aprueba? ¿Quién vigila? ¿Quién sanciona? Según el diagnóstico institucional expuesto en el documento de la Comisión Técnica Interdisciplinaria de la Ciénaga de Mallorquín, EPA Barranquilla Verde tiene la jurisdicción de un 25% del área, y la CRA sobre el 75%. Sin embargo, ninguna de estas entidades ha declarado aún a esta zona como área protegida. Además, instituciones como el Ministerio de Medio Ambiente, que también tienen voz en el proceso, se niegan a dar una respuesta clara. Algo que no es secreto, puesto que en la acción popular instaurada por la Procuraduría General de la Nación se especificó que la denuncia involucra a dos de estas tres entidades: al Ministerio de Ambiente y a la CRA. Este proceso también va en contra del Ministerio de Vivienda y la empresa Triple A S.A. ESP, entre otras entidades públicas y privadas.
La historia de la Ciénaga de Mallorquín es uno de varios casos de negligencia ecológica en el área metropolitana de Barranquilla, donde los proyectos de desarrollo avanzan sobre territorios ambientales frágiles y socialmente marginados. Una ciudad marcada por el precio del progreso y la industrialización. ¿Y cuál es ese precio? Los lugares ricos en biodiversidad. Algo que no solo les quita a los ecosistemas, sino también al ser humano. El reto del día de hoy es doble: recuperar un ecosistema al borde del colapso y tratar de reconstruir la legitimidad de las autoridades que permitieron que un desastre de esta magnitud ocurriera.
Son estas superposiciones de funciones, la falta de coordinación y las zonas grises legales lo que han permitido que proyectos con infraestructura de alto impacto ambiental sean aprobados sin la revisión técnica ni las consideraciones sociales adecuadas.