Crónica de Vida

Edgardo: el hombre que le habla al manglar

La primera vez que conocí al señor Edgardo fue en la preproducción del documental. Desde que llegamos, nos abrió las puertas de su casa como si fuéramos conocidos de toda la vida. Nos presentó a su esposa con orgullo y no paraba de hablar bien de su cocina. Ese día terminamos comiendo arepas con huevo y empanadas, y lo más chistoso es que cada vez que dábamos un bocado, él nos preguntaba si nos había gustado. Pero no una vez, sino todo el tiempo. Literal, cada bocado.

Éramos siete, y aun así trataba de aprenderse nuestros nombres. Creo que el mío nunca se lo aprendió porque siempre me decía “señorita”, pero igual se sentía bonito, como cercano.

Desde el principio me cayó bien. Se sentía como una persona muy noble, de esas que no tienen malicia.

Algo curioso es que me recordó mucho a una señora que me ayudó a criarme cuando yo era chiquita en Cartagena. No sé explicarlo bien, pero era por su forma de hablar. Decía palabras “mal dichas”, como “emprestame” en vez de “préstame”, pero no sonaba mal, al contrario, tenía como su propio estilo. Cada cosa que decía me hacía acordar a ella.

Retrato de madera, sol y sal

Físicamente, Edgardo es alto, moreno, pero más que todo por el sol. Tiene la piel como quemada de tanto tiempo trabajando afuera. Siempre anda con los ojos medio chiquitos, como entrecerrados, y tiene el pelo con canas grises, medio desordenado. Pero hay algo que no le falta nunca: la gorra. Esa gorra es parte de él. Una vez le pedimos que se la quitara y fue como si le estuviéramos quitando algo importante, no la soltaba.

También tiene algo muy particular: sonríe hacia abajo, como con calma. Y casi siempre está con las manos entrelazadas, sobre todo cuando hay cámara. Se nota que no está acostumbrado a eso. Pero cuando ya está tranquilo, cambia completamente. Se relaja, se suelta, y ahí es donde uno ve cómo es de verdad.

Es un señor súper tranquilo. No se acelera para nada. Habla con calma, camina con calma, hace todo a su ritmo.

La escuela de la atarraya

Y algo que me gustó mucho es que tiene como vibra de profesor. No de colegio, sino de esos que enseñan desde la experiencia. Cuando hablaba de la pesca, se le notaba la emoción. Y cuando me enseñó a tirar la atarraya, tuvo una paciencia increíble. No le molestaba repetir, ni explicar otra vez. Se notaba que le gustaba enseñar.

Su vida no ha sido fácil. Él mismo lo decía: hay días en los que no se gana ni para un café. Imagínate levantarte a trabajar todo el día y no conseguir nada. Aun así, sigue.

"Y todo en su vida gira alrededor del manglar. Para él, el manglar no es solo un árbol o un paisaje. Es literalmente lo que le da de comer. De ahí sale el pescado, de ahí depende todo. Y él lo sabe."

Lo cuiga porque entiende que, sin eso, no hay nada. Me impresionó mucho porque, aunque no tuvo estudios, sabe muchísimo. Sabe cómo funciona todo ahí, cómo se mueve el agua, cómo crecen las cosas. Lo explica a su manera, pero uno entiende perfectamente.

Mientras él hablaba, yo pensaba en cosas totalmente distintas. Por ejemplo, en cómo hacen para tocar peces crudos como si nada, o caminar descalzos en el manglar sin asco. Para mí eso era dificilísimo. Pero para él es normal, es su día a día.

El eco de la resiliencia

Hubo momentos en los que me quedé callada, sobre todo cuando hablaba de su familia. Ahí se le notaba algo diferente, como más suave.

También cuando hablaba de las cosas malas, como cuando los sacaron de donde estaban antes, no gritaba ni nada, pero se le sentía la tristeza. No era una rabia fuerte, era más como resignación. Como cuando ya te tocó aceptar algo que no querías.

Y, aun así, siguió.

Eso fue lo que más me marcó de él. No solo lo que ha vivido, sino que nunca se quedó ahí.

Si tuviera que describirlo en una frase, diría que Edgardo es una persona que, a pesar de todo lo que le ha pasado, sigue adelante sin rendirse.

Y después de conocerlo, entendí algo:

que hay personas que no necesitan estudios para ser sabias,

porque la vida ya les enseñó todo.

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Jessica Gutiérrez Sanchez: memoria y bordillo

Jessica Gutiérrez Sánchez

—El Carnaval de Barranquilla es amor.

Lo dice con una sonrisa de oreja a oreja, mientras sus grandes ojos marrones se humedecen, dejando ver un brillo que solo hablar del carnaval le puede provocar.

—Desde la reina hasta el man que coloca la silla a las seis de la mañana, todo se hace por amor. Amor al cansancio. Amor por madrugar. Amor a ensayar todo el año para bailar cuatro días. Amor a una tradición que no se hereda con papeles, sino con memoria.

Jessica Gutiérrez Sánchez no sabe cuándo empezó su amor por el carnaval, solo sabe que corre por su sangre desde hace 22 años. Es comunicadora social, estudiante en prácticas de la Universidad Autónoma de Barranquilla, bailarina desde pelá—así lo dice ella— y, sin mucho alboroto, terminó manejando las redes sociales de una reina que le dio la vuelta completa a una tradición: Lex Estarita, reina del Carnaval de la 44 en 2025. Pero antes de eso, y después también, Jessica ha sido público, bailarina, estratega digital, espectadora, trabajadora invisible y testigo de lo que no siempre sale en las fotos bonitas.

El carnaval no es solo fiesta ni guachafita, es la forma en la que el mundo ve a Colombia. Barranquilla se explica mejor en febrero que en cualquier discurso. Lo dice la UNESCO, que declaró esta fiesta Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad en 2003, pero lo dicen sobre todo las calles: la Vía 40, la 44, los bordillos, los barrios, los disfraces cosidos a mano, los bailes que mezclan África, España, indígenas, árabes, negros, mestizos… todo junto, sin pedir permiso de nadie.

En Barranquilla la cultura no está solo en la danza, está en los disfraces, en las reinas populares, en cada barrio que representa algo distinto. El carnaval no se cuenta solo desde el escenario central, también desde el pueblo.

Por eso la 44.

El Carnaval de la 44
La 44 es el Carnaval del bordillo, el que no cobra entrada. El que históricamente fue sostenido por la gente, aunque muchas veces con las uñas. Hasta que llegó Lex. Y con ella, una narrativa distinta. Fue una reina que le dio un giro de 180 grados al Carnaval de la 44. No solo por el presupuesto, sino por la forma de entender el reinado: visibilidad, dignidad y estrategia.

—Cuando tú no vives el carnaval, lo único que tienes son las redes. Y lo que ves ahí es lo que crees —dice Jessica. Y ahí está la magia: contar bien una historia también es salvaguardar una tradición.

Pero si algo la tiene enamorada del carnaval, y lo dice sin pena, es el amor con el que se hace todo.

Una forma de contar nuestra historia

Entre todas las historias que ha visto, hay una que no podría olvidar. Un payasito de la 44, de esos que llevan años saliendo en los desfiles. Su nombre era José Fernando Herrera, mejor conocido como el payaso “Cara Sucia”, un ícono del Carnaval de la 44 durante más de 50 años, al que Lex decidió hacerle un homenaje.

—Eso es visibilidad — dice Jessica—. Que alguien que siempre estuvo ahí, pero que nadie miraba, sea visto.

Por eso cree que el carnaval es resistencia cultural. Porque mientras el mundo se globaliza y muchas tradiciones se diluyen, aquí todavía se prende una Guacherna, todavía baila el Congo Grande después de más de 150 años, todavía un niño sueña con ser rey o reina sin entender del todo qué significa… pero sintiéndolo en su cuerpo. Las nuevas generaciones no están rompiendo el carnaval: lo están transformando. La reina infantil, Sharon Acosta, que baila folklore y después mete un paso de K-pop. TikToks virales. Millones de vistas. Nuevos lenguajes. Ellos le están poniendo su granito de arena, sin soltar la raíz. Y ahí está el equilibrio.

Algo que Jessica no podría tener más claro, es el rol que desempeña la reina. La Reina del Carnaval de Barranquilla es una figura que decreta alegría antes de empezar los carnavales, que une a un pueblo. No solo es un título en un letrero, es la sonrisa que contagia esperanza y el corazón que late al ritmo de su gente.

—¿Estuviste en la coronación de Valeria Charris?

—Si, y lloré—admite—. Recuerdo estar tan cerca de ella que la podía ver temblar. Yo la entiendo, porque ser reina es el sueño de muchas. Es mi sueño.

El Carnaval de Barranquilla no es solo la fiesta más grande de Colombia. Es memoria viva. Es mezcla. Es pueblo. Es pantalla y calle. Es resistencia. Y personas como Jessica —que lo bailan, lo cuentan y lo sienten— son prueba de que esta fiesta no se sostiene sola. Se sostiene porque hay gente que, sin corona ni tarima, lo lleva metido en el pecho.

Porque en Barranquilla hay gente que va al Carnaval… y hay gente que es Carnaval. Ella es de las segundas.

Jenny Pineda Fernández: bailar para no olvidar

Jenny Pineda Fernández

—El Carnaval de Barranquilla es único.

Y no lo dice gritando ni con alardes. Lo dice bajito, como quien habla de algo sagrado. En sus ojos verdes aceituna se le enciende un brillo antiguo, de esos que solo aparecen cuando la memoria se cruza con el orgullo.

—Esto no es porque yo sea barranquillera o costeña. Es que por más vueltas que le des al mundo, nunca encontrarás un Carnaval tan bacano, tan nuestro.

En Barranquilla, el carnaval no comienza en febrero. Comienza cuando naces. Jenny Pineda Fernández lo aprendió así, sin que nadie se lo explicara. Desde que tiene memoria, entendió que durante esos días la ciudad se convierte en familia: sin importar si vienes del sur o del norte, sin distinguir el estrato. El carnaval no tiene fronteras. Borra las distancias y junta a todo el mundo alrededor de un mismo tambor, gaita y trompeta. Son cuatro días de fiesta, sí, pero también son siglos de historia bailando al mismo tiempo.

Creció en una casa donde el arte no era un evento, sino una costumbre. El carnaval no se guardaba en un armario hasta que llegara la temporada: se vivía todo el año. Tan pequeña empezó a bailar, que los recuerdos se le confunden con el sonido de la música. Antes de saber escribir, ya sabía moverse. Antes de entender la historia, ya la estaba contando con el cuerpo.

Fue cofundadora y bailarina del Ballet Folclórico Vallenato, y más tarde hizo parte de la Escuela de Danza Folclórica de Barranquilla. Allí conoció a Carlos Franco, un maestro de esos que no enseñan pasos, sino sentido. Un hombre que entendía el folclor como se entienden las raíces: desde abajo, con respeto y paciencia. Antes de eso, estuvo viviendo en Neiva, donde fue profesora de la Universidad Surcolombiana. Y aunque tiene una enorme trayectoria, llena de historias asombrosas, prefiere no dar tantas fechas para no delatar su edad.

Jenny recuerda con cariño los viajes que hizo con él a San Martín de Loba, Palenque, Guapi; pueblos donde el folclor no se aprende en salones con espejos, sino en las calles polvorientas, en los patios de las casas de palma, escuchando a los viejos. Franco no llevaba a cualquiera. Había que estar dispuesto a dormir y comer poco, a sudar, a ensuciarse los pies. Ella dejó atrás la comodidad y se lanzó a esa travesía que le enseñó que cada baile guarda una historia, y que cada ritmo es una memoria que se resiste a morir.

Entre el golpe seco del tambor y las voces sabias del pueblo, Jenny entendió que el carnaval no es solo alegría. También es resistencia, dolor transformado en belleza, herida vuelta movimiento. Es la cara más profunda del Caribe.

—¿Cuál es su danza favorita?

Jenny mira a un punto incierto antes de responder. Pasa la mano por su cabello negro, que no alcanza a rozarle los hombros. Siempre erguida, firme, seguro por todos esos años perfeccionando la postura en sus bailes. No tiene canas y en su voz, descansa una juventud aún no marchita.

—La cumbia —responde finalmente—. La practico desde muy pequeña. Claro, cuando yo era más chiquita yo movía los pies pa’ acá y pa’ allá.

Ella se ríe, recordando aquellos tiempos.

—Es más, te voy a echa’ una anécdota —dice—. Cuando yo estaba en el Ballet Folclórico Vallenato, yo me creía la mejor bailando cumbia. Yo marcaba con el pie derecho, imagínate tú… y aún así, yo era la reina de la cumbia. Hasta que llegó Carlos Franco y me bajó de esa nube.

Le puso una pañoleta en el piso, un libro en la cabeza, y le enseñó que la cumbia se baila con elegancia, con aire, marcando con el pie izquierdo. Que no es solo moverse: es contar una historia de enamoramiento, de cortejo lento, de respeto. Desde entonces, Jenny habla de la cumbia como se habla de un amor viejo: con cuidado, con admiración, pero, sobre todo, con conocimiento.

De la Norte al Carnaval
En enero de 1986 recibió una llamada que le cambiaría el rumbo. Desde la Oficina de Bienestar Universitario de la Universidad del Norte la citaron a una entrevista para liderar el Grupo Folclórico Uninorte. Nerviosa, con el corazón acelerado, se sentó frente a Alfonso Freidel, director de Bienestar Universitario, y habló de sueños, de tradición, de identidad. Desde ese día, Jenny no ha dejado de sembrar carnaval: como directora, como profesora y como guardiana de una herencia que se transmite paso a paso.

En 2010 creó la comparsa De la Norte al Carnaval, integrada por funcionarios de la universidad. Ocho años, ocho Congos de Oro. Ocho veces tocar el cielo del carnaval. A la par, estudió historia del arte, porque Jenny no habla desde el orgullo ciego, sino desde el conocimiento profundo. Un conocimiento que puedes leer en cada una de sus arrugas, una manifestación del esfuerzo por conservar sus raíces.

Por eso dice que todo barranquillero tiene “autoridad” para bailar una cumbia, un mapalé o un garabato. Porque el carnaval se aprende viéndolo, viviéndolo, gozándolo desde pelao.

—Es muy lindo ver la creatividad del coreógrafo barranquillero —dice—. Tú te diviertes viendo la variedad de pasos, la sonrisa del bailarín. Ahí está la esencia.

El carnaval también le ha devuelto mucho. Desde el 2000 hasta el 2024 ha sido jurado de comparsa de cumbia, mapalé, congo, garabato, danzas y fantasía durante carnavales. Ha visto pasar generaciones enteras frente a sus ojos, bailando lo que un día aprendieron en un salón, en un ensayo, en una tarde cualquiera que terminó siendo historia.

—¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?

—Ver a mis estudiantes en el carnaval. Eso es un orgullo. Saber que lo que un día soñé se está haciendo realidad.

Para Jenny, el carnaval educa. Enseña valores, historia, identidad. Les recuerda a los jóvenes de dónde vienen y por qué es necesario seguir bailando, seguir tocando, seguir contando estas historias con el cuerpo.

—El carnaval es un espacio para conocernos. Es un recorrido de lo que significa ser colombiano.

Y entonces uno entiende que el Carnaval de Barranquilla no se baila solo cuatro días al año. En personas como Jenny Pineda, el Carnaval se baila toda la vida.

Carnavacracia: el sentir de un pueblo

Carnavacracia: los ojos de un pueblo

Publicado 18 febrero, 2026

Desde hace más de un siglo, el Carnaval de Barranquilla vive en el corazón de los barranquilleros. No es solo una fecha marcada en el calendario, sino una herencia que late durante todo el año.

A través de las voces de Jenny (directora del Grupo Folclórico Uninorte), Jessica (comunicadora social), Ricardo (Rey Cívico en 2024) y Joyce (maquillista), esta fiesta se revela no solo como una celebración, sino como una verdadera forma de vida.

PERFILES

Jenny Pineda Fernández
Jenny Pineda Fernández

“El Carnaval es un espacio para conocernos. Es un recorrido de lo que significa ser colombiano.”

Jessica Gutiérrez Sánchez
Jessica Gutiérrez Sánchez

“Yo la entiendo, porque ser reina es el sueño de muchas. Es mi sueño.”

Ricardo Arango Gómez
Ricardo Aragón Gómez

“El Carnaval de Barranquilla es un puente. Un puente entre el pasado y el presente, entre el barrio y el mundo, entre el dolor y la esperanza”.

Joyce Lambuley Jimenez
Joyce Lambuley Jimenez

“Yo convierto en carnavalero a todo el que conozco, es una de las formas en la que aporto a la mejor fiesta del mundo.”

CRÉDITOS

Arytsha Aholibama
Arytsha Aholibama

Editora General
y Redactora

Charlotte Blanco
Charlotte Blanco

Fotografía y
Diseñadora

Miguel Castaño
Miguel Castaño

Diseñador Web

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Especial

Nuestro proyecto

Este especial se construye como un mosaico narrativo transmedia en el que cada pieza es autónoma, pero se enlaza con las demás mediante hipervínculos, referencias cruzadas y contenidos complementarios. El hilo conductor es el boxeo como práctica que atraviesa generaciones, mostrando cómo este deporte se convierte en memoria e identidad de la ciudad.

Nuestro equipo

Catalina De La Rosa
Catalina De La Rosa

Mi nombre es Catalina De La Rosa. Soy Co-Editora en el ecpecial transmedia, y en el documental, soy productora

Joshua Cruz
Joshua Cruz

Mi nombres es Joshua Cruz, soy el editor general y montajista del producto documental y transmedia “La Esquina Roja”.

Sofia Castillo
Sofia Castillo

Mi nombre es Sofía Castillo. Soy coordinadora de redacción en el especial transmedia y, en el documental, soy asistente de dirección.

Caroline Vizcaino
Caroline Vizcaino

Hola soy Caroline y en documental fui sonidosta y fui la encargada de las redes sociales

Madeleyn Rangel
Madeleyn Rangel

Mi nombre es Madeleyn Rangel, pero me gusta que me llamen Made, y soy la Cámarografa y community manager

Laura Castro
Laura Castro

Mi nombre es Laura Castro, soy la editora de la página web y la directora del documental

Por: Emily Soto

En el corregimiento Eduardo Santos-La Playa los niños no tienen más opción que jugar entre charcos de aguas negras. En este sector al norte de Barranquilla no hay un sistema de alcantarillado funcional, así que desde las terrazas y zonas peatonales se asoman tubos que sacan las aguas residuales de las casas hacia las calles, donde bajan decenas de metros hasta dar con la Ciénaga de Mallorquín.

Este corregimiento y el barrio Las Flores son considerados invasiones, es decir, ocupaciones ilegales. Sin embargo, debido a que estas comunidades llevan entre cincuenta a sesenta años en la zona, se han reconocido e integrado al área metropolitana de Barranquilla con todos los derechos, deberes y protecciones que esto implica. Muchas de las familias de la zona se han dedicado a la pesca por generaciones debido a la cercanía con la Ciénaga de Mallorquín, una labor que va más allá de lo económico y que ha construido una identidad alrededor de su relación con el manglar y las espacies que habitan ahí. Es por esto que las afectaciones de este ecosistema clave para el caribe colombiano se traducen en problemáticas directas para ellos.

Según la Comisión Técnica Interdisciplinaria realizada por el Ministerio de Ambiente para entender lo que ocurría en la Ciénaga de Mallorquín, entre los barrios La Playa y Las Flores hay 35.000 personas con altas tasas de pobreza. Muchas de ellas llegaron a este lugar por consecuencia de la migración y el desplazamiento forzado, y entre la comunidad se intercambiaron conocimientos para que los nuevos habitantes aprendieran a pescar para ganarse la vida. La respuesta de las autoridades ante el incremento de la población ha sido demasiado lenta para su velocidad de crecimiento, lo que se tradujo en una densificación del corregimiento La Playa y el barrio Las Flores en el año 2021.

Fuente: Recuperación integral de la Ciénaga de Mallorquín, Alcadía de Barranquilla, 2023

A pesar del reconocimiento histórico de las comunidades en la zona, los problemas de pobreza y falta de alcantarillado continúan sin una solución clara. En la Ciénaga de Mallorquín se vierten las aguas residuales de unas 1.200 familias, particularmente en el sector conocido como La Cangrejera, un barrio de La Playa conformado por algunos asentamientos de migrantes venezolanos. Esto no solo afecta la salud y el bienestar de los residentes de la zona, sino que representa un riesgo latente para la Ciénaga, que por sus particularidades es uno de los ecosistemas más frágiles ante la actividad humana.

En el Plan de Desarrollo Distrital 2020-2023 Soy Barranquilla, propuesto por el exalcalde Jaime Pumarejo, la apuesta por una biodiverciudad fue uno de los puntos más destacados. Es así que, en su administración, la ciudad se gira a ver a la Ciénaga con mucha más insistencia ante las ideas de Pumarejo. Por esto, se plantea un Programa de recuperación integral de la Ciénaga de Mallorquín, en el que los objetivos principales eran recuperar: “a) La calidad de agua del sistema estuarino de Mallorquín, b) el ecosistema del Manglar, c) las playas y d) la consolidación de un parque ecoturístico”, según el Plan de Desarrollo.

A pesar de que el programa hacía énfasis en el tratamiento del agua en la Ciénaga y la protección del ecosistema, pronto todos los focos se pusieron sobre la construcción del Ecoparque Ciénaga de Mallorquín como la figura que pondría fin a todos los problemas de la zona. No solo la promoción de este proyecto por parte de la Alcaldía Distrital enviaba este mensaje, sino también entidades como el Departamento Nacional de Planeación o el Ministerio de Ambiente al justificar el financiamiento del Ecoparque por los beneficios para la ciudadanía.

En la página web oficial del DNP, su director dice: “estamos recuperando una ciénaga que tenía muchas dificultades y es un cambio de paradigma para la zona pues cambia la relación de sus habitantes con el territorio y la sostenibilidad de los ecosistemas”. De igual forma, en el sitio web del Minambiente, el entonces ministro Carlos Eduardo Correa declaró: “este proyecto trae grandes oportunidades en el desarrollo y la vida de la gente. El Gobierno ha venido trabajando en una agenda ambiental y de cambio climático, y no solo con acciones, sino también para crear una política pública que perdure en el tiempo”.

Sin embargo, estos planes dejaban algo inquietas a las personas de las comunidades cercanas a la Ciénaga de Mallorquín, como data en un acta del año 2019 sobre la socialización del proyecto con las Juntas de Acción Comunal (JACs) y los líderes de la localidad Riomar. Ahí las principales inquietudes se centraban en: ¿qué pasaría con los pescadores de la Ciénaga? ¿Cómo se solucionarían los problemas de alcantarillado de los barrios? ¿Qué pasaría con el Arroyo León? ¿Cuáles personas de la comunidad trabajarían en el Ecoparque luego de su construcción?

Desde ese momento, las personas tenían una visión clara: el proyecto de recuperación de la Ciénaga de Mallorquín debía contar un enfoque social que beneficiara a las comunidades, donde se les diera solución a problemáticas importantes del territorio y donde debía priorizarse la descontaminación del ecosistema para luego enfocarse en la construcción del Ecoparque, así como socializarse de manera óptima las aristas y planes a seguir del proyecto con cada uno de los sectores involucrados.

Para el año 2024, cinco años después la socialización mencionada, queda por escrito en el informe de la Comisión Técnica Interdisciplinaria organizado por el Miambiente con respecto a la construcción del Ecoparque lo siguiente: “manifiestan líderes sociales, ambientales y pescadores del barrio Las Flores y el corregimiento Eduardo Santos La Playa que la planificación y construcción de este proyecto no contó con la participación de las comunidades locales. En estas mesas dijeron desconocer los detalles técnicos del proyecto y las implicaciones que podría tener en su territorio, especialmente en la actividad pesquera y el ecoturismo, de sus principales medios de subsistencia”.

Las críticas sobre la falta de mesas de diálogo con las comunidades del sector al respecto del proyecto siguieron durante esos años. Así lo ha denunciado en múltiples ocasiones en redes sociales el fundador de la Veeduría Mallorquín, Pablo Pachón. Ahí deja constancia de que la Alcaldía faltó sin previo aviso a reuniones de socialización con las comunidades y que las obras de construcción iniciaron con muy pocas personas informadas acerca de los verdaderos impactos y consecuencias que tendría el Ecoparque para ellos.

Así, la construcción del Ecoparque y la recuperación de las playas de Puerto Mocho se hizo sin tener en cuenta a las comunidades, como se prometía en sus inicios, pero esta no fue la única de las promesas que se rompieron por parte del Distrito de Barranquilla.

En el programa de recuperación se trazaron unos proyectos que Jaime Pumarejo se comprometía a terminar en su administración del 2020-2023. Entre estos se encontraba el Alcantarillado en sector “La Cangrejera” del Corregimiento La Playa, que para el 7 de octubre de 2023 se anunciaba la entrega de una primera etapa correspondiente al 60% del total de la obra para finales de ese año, y que en el 2024 se tendría listo el porcentaje restante. A día de hoy escrita esta nota, 1 de junio del año 2025, no se han entregado ninguna de las etapas del proyecto que se estimaba en una inversión de 21.000 millones de pesos por parte de la Alcaldía Distrital y de la Triple A S.A. E.S.P.

En un documento que evidencia el seguimiento por parte de la CRA (Corporación Regional Autónoma del Atlántico) al Plan de Saneamiento y Manejo de Vertimientos (PSMV) del distrito de Barranquilla, se da fe de que los tiempos anunciados por parte de la Alcaldía Distrital y la Triple A S.A. E.S.P. para la entrega del sistema de alcantarillado de La Cangrejera fueron inverosímiles. La publicación del informe se hizo el 17 de octubre de 2023, diez días después de la publicación de avances del proyecto por parte de la Alcaldía en su página web.

En el informe de la CRA se dice que: “durante la visita técnica de seguimiento y control ambiental realizada el 7 de septiembre de 2023 (...) se observó que se está desarrollando el proyecto de instalación de redes de alcantarillado y EBAR del barrio La Cangrejera en el corregimiento La Playa, con un avance en la EBAR del 50% aproximadamente en su fase I.”

La EBAR hace referencia a la Estación de Bombeo de Aguas Residuales, la cual si bien constituye una parte crucial para el desarrollo del sistema de alcantarillado, no corresponde a un gran porcentaje de avance total en el resto de la obra, como se aprecia en la siguiente tabla:

La EBAR hace referencia a la Estación de Bombeo de Aguas Residuales, la cual si bien constituye una parte crucial para el desarrollo del sistema de alcantarillado, no corresponde a un gran porcentaje de avance total en el resto de la obra, como se aprecia en la siguiente tabla:

Fuente: AUTO N 979 2023 de la C.R.A

En el informe de la CRA se concluyó que los avances generales en la instalación de redes de alcantarillado del barrio La Cangrejera eran de un 26.14% con respecto a lo que se tenía planeado por parte de Triple A S.A. E.S.P. Aun así, la fecha de finalización de la obra apuntaba al 1 de enero del 2024. Por otro lado, la Corporación da cuenta de que el proyecto Medida de Mitigación sobre Ciénaga de Mallorquín planteado por parte del Distrito de Barranquilla no había siquiera empezado su ejecución.

Es así que los dos objetivos principales del Plan de Recuperación Integral de la Ciénaga de Mallorquín (la recuperación de la calidad de agua del sistema estuarino de Mallorquín y del ecosistema del Manglar) quedaron a la deriva en las manos de la administración de Jaime Pumarejo y no llega a una respuesta concreta en la administración actual de Alejandro Char (2024-2027).

Las preocupaciones de la comunidad desde las primeras y pocas socializaciones del proyecto las ha validado el paso del tiempo: Barranquilla se ha convertido en una biodiverciudad gracias a la construcción de sitios ecoturísticos, pero este solo es un título vacío ante la exclusión de participación en las comunidades de la zona y la falta de ejecución de proyectos para la descontaminación de la Ciénaga.

Luis Ávila, secretario de Asoplaya, la asociación de pescadores más grande y antigua del sector, es severo con el futuro que ve para el ecosistema: “la Ciénaga así como va, si no tiene una intervención fuerte del Estado, desaparece”.

Y con la Ciénaga, muchas personas del Corregimiento quedan desamparadas. Los pescadores serían los más afectados y lo han sido durante muchos años. Ya no tienen ni una cuarta parte de lo que antes era la Ciénaga de Mallorquín, comenta. Debido a la adquisición de terrenos, al relleno para seguir con las invasiones en la zona y la tala del bosque para construcciones como Ciudad Mallorquín, la Ciénaga se ha hecho más pequeña, pero también menos profunda.

Es por esto que ya no pescan tanto como antes y las especies como la lisa ya no crece en este sector. Hoy solo viven mayormente del camarón y de caracoles. Para Luis Ávila la pesca dejó de ser rentable desde hace unos quince o veinte años. La pesca ilícita que prolifera en la Ciénaga disminuye todavía más la posibilidad de atrapar algo de valor entre las atarrayas. El ecoturismo y nuevos proyectos de piscicultura son las alternativas que han podido encontrar los pescadores para seguir viviendo de lo que saben hacer, pero incluso esto ha traído sus problemas.

“En Asoplaya desde antes de pandemia estábamos haciendo ecoturismo, pero a raíz de que salieron un montón de asociaciones de papel, porque no son de pescadores, se han sumado a hacer ecoturismo también. Y eso le está quitando la oportunidad al pescador”, menciona Luis Ávila ante la creciente ola de organizaciones que se dedican al turismo en la Ciénaga sin conocerla. Algo parecido ocurre con el Ecoparque: “no ha conllevado a mejorar a la ciénaga, ni mucho menos al pescador porque no lo ha tenido en cuenta para nada. Nosotros le hemos pedido inclusive capacitación. ¿Quién más puede ser guía ambiental, guía turístico, si no son los pescadores que conocen la Ciénaga como la palma de la mano?”

Sin embargo, no han sido escuchados, así que simplemente ofrecen sus lanchas y servicios a los turistas de la zona y les dan un paseo por la laguna sin detenerse o acercarse mucho al Ecoparque. Tampoco pueden pensar en desembarcar en Puerto Mocho, pues lo tiene prohibido. Desde la Alcaldía se fomenta la compra del pasaje del Tren de Las Flores para llegar a la zona y así, además de recoger el dinero, pueden saber cuántas personas visitan el lugar.

Ante un panorama tan difícil, muchos pescadores renuncian y deciden dejar las redes para tomar los martillos y ponerse a trabajar en la albañilería. A veces encuentran trabajo en sitios como Villa Campestre y solo así logran llevar el sustento a sus casas. Sin embargo, cuando vuelvan a ellas, puede que el olor entre las calles les recuerde a las promesas que quedaron sin cumplir, y el color verdoso que baja por el cemento los haga pensar en el lugar al irán a parar esas aguas sucias una y otra vez. Al menos así será hasta que un día la Ciénaga de Mallorquín ya no esté ahí.

CHARLA DE ACTIVISMO VERDE

PODCAST COMPARATIVA: CIUDAD MALLORQUIN VS ALAMEDA DEL RIO

Por: Joan Consuegra

INTRODUCCION AL CANGREJO AZUL

El cangrejo azul de tierra (Cardisoma guanhumi) muere ante nuestros ojos. Su hábitat se ha transformado en una zona de conflicto, donde cada día se intensifica la amenaza que podría llevarlo a desaparecer. En 2022, el Libro Rojo de Invertebrados Marinos de Colombia presentó los resultados de la segunda evaluación del riesgo de extinción de estas especies, en un esfuerzo liderado por INVEMAR y el Ministerio de Ambiente. En él se advierte que muchas de las áreas donde solía habitar esta especie han sido reemplazadas por infraestructura, mientras otras han comenzado a recibir descargas contaminantes, especialmente aguas residuales y todo tipo de presiones antrópicas.

Una de las problemáticas más visibles es la que ocurre en la Circunvalar de la Prosperidad. Durante las épocas de migración, cuando los cangrejos adultos se desplazan hacia el mar para reproducirse, se encuentran con un muro de concreto construido en el separador vial entre el corregimiento de la Playa y el sector de las Flores. Esta barrera interrumpe su ruta natural y los deja expuestos al tráfico constante. Muchos no logran cruzar, quedan atrapados en el asfalto y el paso de los autos termina por aplastarlos.

Mientras tanto los estudios hablan de nuestra indiferencia. En el trabajo de los biólogos Campos, Cardona y Valencia (2022), se determinó que las densidades más bajas de Cardisoma guanhumi se registran en zonas con alta intervención humana, cercanas a centros urbanos y con poco bosque conservado. El patrón se repite, donde hay fragmentación del manglar, construcciones cerca, cultivos intensivos o pérdida de cobertura arbórea, la especie disminuye. Aunque el cangrejo puede adaptarse, no todo lo que habita puede llamarlo hogar. Resiste, pero no prospera. Sobrevive, pero a un costo que va vaciando su presencia del paisaje.

Los problemas y la muerte de esta especie no son recientes. Vale la pena detenerse un momento y preguntarse: ¿cómo llegamos hasta acá? ¿Qué camino recorrieron estos pequeños seres para que desde hace casi una década la ciudad invadiera su hábitat y, con soluciones insuficientes, se autoconvenciera de que el deber estaba cumplido? Este es un recuento de los sucesos que desde entonces venían alertando sobre lo que se avecinaba. Más que para denunciar, para no olvidar

Para entenderlo todo hay que empezar por la construcción de la vía. La idea nació en 1997 como una iniciativa de la Gobernación del Atlántico, que buscaba mejorar la conexión entre el departamento y dar un impulso a los municipios alejados de la ciudad con la promesa de fortalecer el turismo y dinamizar la economía local. El proyecto fue aprobado en 2012 y desde el principio las expectativas eran altas. Los medios cubrieron el anuncio como una puerta abierta al desarrollo. La vida silvestre todavía no era tema de conversación.

Las expectativas pronto se convirtieron en frustración. Tras años de anuncios, inversiones y retrasos, el proyecto empezó a ser señalado como un elefante blanco. Aun así, algunos tramos sí se construyeron. Y fueron suficientes para alterar el equilibrio del ecosistema.

El 13 de diciembre de 2018, el boletín de prensa publicado por la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI) anunció la entrega de 17 kilómetros de vía, de los 146,7 prometidos. Para ese entonces, ya existían advertencias por parte de habitantes del sector y organizaciones ambientales sobre la muerte masiva de cangrejos azules de tierra durante sus desplazamientos migratorios.

Reportajes de periódicos de la región mostraban testimonios de personas de la zona que solo podían decir: “por las noches, cuando estoy durmiendo, siento el ruido como si estuvieran aplastando cáscaras de huevo”, en referencia a los cuerpos de los crustáceos bajo las llantas.

En paralelo, el escándalo por la situación de la especie en la zona permitió visibilizar la actividad de “cangrejear”, realizada por pescadores del corregimiento de La Playa. Estos cazan al cangrejo azul para el consumo local y por su creciente valor gastronómico entre los turistas, muchas veces recolectándolos de forma indiscriminada. Cada septiembre, cuando las lluvias obligan a los cangrejos a abandonar sus madrigueras, estos se ven atrapados entre el concreto de la vía y las manos de los recolectores.

Después de una alerta enviada por la Secretaría de Medio Ambiente de Puerto Colombia, que denunció la alteración del hábitat en el tramo que une Las Flores con el corregimiento La Playa, la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) estudió las afectaciones a la fauna de la zona. El recorrido no solo encontró huellas de cangrejos, sino también de otros animales que habitan en la Ciénaga de Mallorquín.

En situaciones así, se recomienda la construcción de un ecoducto o paso de fauna: un túnel que permita a las especies transitar sin riesgo. Pero al tratarse de zonas de cacería para comercialización, estos canales podrían convertirse en objetivos para los cazadores, interrumpiendo las migraciones. Entre finales de 2019 y 2020 no hay registros de avances en cuanto a la situación, pero probablemente debido a la pandemia las operaciones se detuvieron.

Es hasta el 23 de junio de 2021 que la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI) implementó, junto con Ruta Costera S.A.S., un plan que le cedía a esta empresa privada la responsabilidad de construir, operar y mantener una vía durante un tiempo determinado. A cambio, puede recuperar su inversión, por ejemplo, con peajes o pagos del gobierno. Esta figura se llama concesión. Tuvo que pasar un año más para que, en enero de 2022, se hicieran efectivas estas medidas. Y, a pesar de lo expresado inicialmente sobre la inviabilidad de los pasos de fauna, se construyeron siete estructuras, junto con defensas de fibra de vidrio que impiden el paso de los cangrejos por la vía y los conducen hasta los túneles. Según el informe oficial, estos pasos son vigilados cada semana.

Es correcto afirmar que esto representa un avance, dada la condición a la que estaban expuestos antes, pero no es ni mucho menos una solución definitiva ni suficiente. En 2023, El Tiempo realizó un reportaje sobre la situación. Aunque se aplaudían las medidas, en la noticia la bióloga Adriana García expresaba: “Puedes hacer ciertas ayudas para que ellos pasen, pero no estás cubriendo toda el área de movilización de la especie. Se hacen acciones, pero no van a ser ciento por ciento eficientes por el tema de la especie”, dado que aún se podía apreciar que el osado peatón seguía falleciendo aplastado pese a las ayudas.

La situación de los cangrejos sigue rodeada por las mismas problemáticas de hace años. Se ha mitigado un poco su muerte masiva y la especie es considerada amenazada. Aún hoy se pueden ver noticias como la del 6 de abril de 2025, cuando la Policía recuperó 109 ejemplares que iban a ser vendidos en un mercado de Cali. Esto deja en evidencia que la caza ilegal también sigue siendo un riesgo latente.

El cangrejo azul sigue en peligro. No podemos olvidar lo que ha pasado todos estos años ni dejarnos convencer de que todo está bien. Aunque se han hecho esfuerzos, los animales siguen muriendo y su especie sigue amenazada. Solo si lo reconocemos, si nos duele y lo decimos en voz alta, evitaremos que este problema se borre de la memoria colectiva. Ya antes la atención pública logró una toma de acciones, pero no puede ser la última vez. Si de verdad queremos preservar esta especie, tenemos que seguir mirando, exigiendo y cuidando.

CAPSULA INTRODUCTORIA

En búsqueda de un hogar

Por: Santiago Goenaga

El inclemente sol barranquillero nos deja ver a un gran roedor de apariencia tierna que se asoma entre el espeso bosque seco tropical, o lo que queda de él.

Nuestro amigo se ve obligado a recorrer grandes distancias de asfalto con la intención de llegar a algún humedal, con la suerte de encontrar agua, fundamental para su supervivencia. Estos hábitats les ofrecen ventajas como protección contra depredadores, acceso a alimento y la posibilidad de adaptarse a condiciones climáticas específicas.

Los humedales que antes abundaban en este sector fueron drenados arbitrariamente por las constructoras y reemplazados por grandes edificios. El hogar del llamado Hydrochoerus isthmius, una subespecie de capibara que habita principalmente en el Istmo de Panamá y algunas zonas cercanas, fue destruido. Esta subespecie posee un cuerpo robusto, sin cola, con patas parcialmente palmeadas. Sus ojos, orejas y fosas nasales están ubicados en la parte superior de la cabeza, lo que les permite estar parcialmente sumergidos mientras respiran. El Hydrochoerus isthmius pesa entre 30 y 55 kg, mide hasta 1,1 metros de largo y 0,5 metros de alto.

La pérdida de su hogar ha puesto en riesgo su supervivencia, pues no pueden estar cerca de entornos urbanos: sus patas no están hechas para tocar el caliente asfalto y el contacto humano les supone un gran estrés.

Dos capibaras fueron avistados rondando por las calles de Alameda del Río, una de las construcciones urbanísticas más recientes de Barranquilla. Lo que parecía una escena adorable es, en realidad, evidencia de una serie de irregularidades que involucran a las constructoras Grupo Argos y SITUM S.A.S., quienes drenaron los humedales estacionales —hogar de esta especie— para la construcción de nuevas edificaciones.

Barranquilla Verde, como autoridad ambiental urbana, emitió varias resoluciones entre 2015 y 2017 autorizando el aprovechamiento forestal para el proyecto Alameda del Río. En total, 7.760 árboles en 49,04 hectáreas de bosque seco tropical fueron intervenidos para la construcción, según datos recientes, ese número aumento a 183, sin embargo, las constructoras no contaban con un permiso formal que legitimara el uso de cuerpos de agua. Es importante precisar que la Ley 357 de 1997 aprueba en Colombia la Convención RAMSAR, un acuerdo internacional que busca proteger los humedales de importancia ecológica.

Cerca de esta zona se encuentran humedales estacionales: se llenan únicamente durante la temporada de lluvias y se secan en épocas de verano. Cumplen funciones vitales dentro del ecosistema como la regulación climática y la provisión de hábitat para diversas especies de fauna y flora. Estos eran el hogar natural de familias de capibaras que encontraban allí alimento, refugio y condiciones óptimas para su reproducción.

A pesar de no contar con autorización para intervenir los cuerpos de agua, las constructoras procedieron con el drenaje para despejar el área y construir más edificios. Esto desplazó a los capibaras de su hábitat natural.

La Lista Roja de la UICN, una base de datos global elaborada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, clasifica a los capibaras como especie de “Preocupación menor” (Least Concern). Esta categoría indica que, a nivel global, no enfrentan un riesgo inmediato de extinción debido a su amplia distribución y poblaciones estables. No obstante, el desplazamiento local altera negativamente las dinámicas del ecosistema, ya que los capibaras cumplen funciones ecológicas clave como dispersores de semillas y reguladores de la vegetación en zonas húmedas.

Previo a la construcción, se elaboró un informe de control ambiental en el que se listaban las especies presentes en el ecosistema. Los capibaras no figuraban en ese listado. Esta omisión, sumada a las acciones irregulares de las compañías sobre los cuerpos de agua, podría explicar los recientes avistamientos.

En el año 2019, Barranquilla Verde cedió la responsabilidad de seguimiento y control a la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA), ya que se trata de un proyecto de gran magnitud que supera el área de Barranquilla y se extiende hasta zonas de expansión. Cuando la CRA fue cuestionada por los avistamientos de los capibaras, realizó una inspección en el sector. Su respuesta fue tranquilizadora, pero dejó de lado el problema estructural:

“Durante las visitas de inspección, que también fueron realizadas el domingo 16 de marzo, no se encontraron registros de la presencia de los individuos; los cuales posiblemente se hayan refugiado en la zona baja del sector, de acuerdo con información recolectada por funcionarios de la Corporación, quienes se encuentran a cargo del seguimiento y monitoreo de esta zona”.

La respuesta brindada por el organismo ignora el problema de fondo: Las constructoras no tienen permiso para intervenir los humedales, y esta acción constituye una falta a la ley que evidencia la negligencia sonrojante de la corporación, evidenciándose en su falta de transparencia ante la sorpresiva aparición de la pareja de roedores.

Álvaro Vallejo, Miembro de la comisión de Ecosistemas de la Union Internacional para la Naturaleza, se refirió a esta problemática:

“ Los humedales de Alameda del Río fueron desecados sin la debida licencia. Esto constituye una infracción ambiental grave, independientemente de las consecuencias para la fauna y flora local. La pérdida y fragmentación de hábitats es una de las principales amenazas para la biodiversidad urbana, y afecta particularmente a especies semiacuáticas como el capibara. Este avistamiento es una clara evidencia del impacto directo de la expansión urbana y la destrucción de humedales sobre la fauna silvestre. Es importante subrayar que los capibaras no están adaptados para sobrevivir en entornos urbanos. Al verse privados de su hábitat natural, quedan expuestos a peligros como atropellamientos, ataques de perros, estrés y desnutrición. Además, la desecación de humedales para la construcción de viviendas tiene consecuencias a mediano y largo plazo para la ciudad: los humedales actúan como zonas de amortiguación y almacenamiento de agua estacional. Su eliminación incrementa el riesgo de inundaciones, como ha ocurrido en múltiples ciudades del mundo, incluyendo casos emblemáticos en Bogotá”.

La situación de los capibaras del video en Alameda del Río es un claro ejemplo de los conflictos entre desarrollo urbano y conservación ambiental, conflictos en los cuales, casi sin excepción, pierde primero la biodiversidad, pero luego perdemos todos: los habitantes locales, la sociedad, el ambiente y el planeta. Es una historia aparentemente sin fin, pero que tendrá un final claro: cuando no haya nada más que extinguir, se extinguirá la extinción.

La situación de los capibaras del video en Alameda del Río es un claro ejemplo de los conflictos entre desarrollo urbano y conservación ambiental, conflictos en los cuales, casi sin excepción, pierde primero la biodiversidad, pero luego perdemos todos: los habitantes locales, la sociedad, el ambiente y el planeta. Es una historia aparentemente sin fin, pero que tendrá un final claro: cuando no haya nada más que extinguir, se extinguirá la extinción.

Inconsistencias en permisos y violación al marco jurídico ambiental

Por: Santiago Goenaga

La expansión urbana en el área metropolitana de Barranquilla ha generado una serie de intervenciones que ponen en peligro la integridad de ecosistemas como los humedales y el bosque seco tropical. Aunque existen normas nacionales e internacionales que amparan la conservación de estos espacios, múltiples intervenciones recientes al ecosistema como el proyecto de Alameda del Río revelan una preocupante vulneración del marco jurídico ambiental. Esta situación no solo pone en riesgo la biodiversidad local, sino que también incumple normas fundamentales de legalidad y sostenibilidad.

1. Protección de humedales: Ley 357 de 1997 y la Convención RAMSAR

Esta ley incorpora en Colombia la Convención RAMSAR, un tratado internacional que reconoce a los humedales, tanto permanentes como estacionales, como ecosistemas de importancia internacional. Su objetivo es conservar estos ecosistemas por su valor para la biodiversidad, el ciclo hidrológico y los modos de vida locales.

El drenaje de humedales estacionales (incluso si son de origen artificial) sin autorización constituye una violación directa de esta norma, dado que altera un ecosistema que debería estar protegido, impactando a especies como los capibaras que dependen de él para sobrevivir.

2. Resolución CRA No. 0000637 de 2022

“Que desde el año 1971 Colombia hace parte de la Convención RAMSAR, como iniciativa de protección de los humedales existentes en nuestro país, para lo cual se expidió la ley 357 de 1997, por medio de la cual se aprueba la "Convención Relativa a los Humedales de Importancia Internacional Especialmente como Hábitat de Aves Acuáticas”. En dicha ley se definió como humedal: “(…) las extensiones de marismas, pantanos y turberas, o superficies cubiertas de aguas, sean éstas de régimen natural o artificial, permanentes o temporales, estancadas o corrientes, dulces, salobres o saladas, incluidas las extensiones de agua marina cuya profundidad en marea baja no exceda de seis metros”.

Esta norma reconoce que aunque algunos humedales dentro del proyecto Alameda del Río son artificiales, la protección ambiental también aplica para ellos por la función ecológica que cumplen (refugio de fauna, regulación hídrica, soporte de biodiversidad). Al drenar estos humedales sin los debidos permisos ni estudios de impacto ambiental, se ignora esta resolución. Además, se pierde funcionalidad ecológica sin evaluar consecuencias, lo que representa una falta grave.

3. Tala en Bosque Seco Tropical sin autorización hídrica

Entre 2015 y 2017 se talaron 7.760 árboles en 49 hectáreas de bosque seco tropical. Según datos más recientes, el número de hectáreas aumentó hasta 183. Aunque existía permiso de tala, no se autorizó intervención en cuerpos de agua ni se otorgó permiso de uso de recursos hídricos, como lo exige la ley.

La resolución 644 de 2019 documenta esta falta.

La intervención sin permisos de cuerpos de agua rompe con el principio de legalidad y con el deber de planificación ambiental integral.

4. Función ecológica de la propiedad: Ley 23 de 1973 y Decreto 2811 de 1974

Establece que la protección del ambiente es de utilidad pública, lo que obliga tanto al Estado como a los privados a contribuir a ella.

El Decreto 2811 de 1974 desarrolla el Código Nacional de Recursos Naturales Renovables, reiterando que el uso del suelo debe estar subordinado a criterios ecológicos y sostenibles. La empresa propietaria del terreno (Argos) actúa como si la titularidad del predio los eximiera de responsabilidades ambientales. Al realizar drenajes, talas y otras intervenciones sin observar los principios de sostenibilidad y función ecológica, se desconoce el carácter social y ecológico del derecho de propiedad que consagran estas normas.

5. Transferencia de control ambiental y vacíos de seguimiento

En 2019, Barranquilla Verde trasladó el seguimiento ambiental del proyecto a la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA), argumentando que el proyecto superaba su jurisdicción.

Este cambio de autoridad coincide con un vacío de seguimiento riguroso a las intervenciones que ocurren en el terreno, facilitando vulneraciones al marco legal, especialmente durante las obras de urbanización y drenaje.

La evidencia demuestra que las intervenciones en humedales y bosques secos del proyecto Alameda del Río se han realizado en contravía del marco jurídico ambiental colombiano, evidenciando incumplimientos en los permisos requeridos y un deficiente seguimiento por parte de las instituciones responsables. Esta vulneración sistemática no solo atenta contra ecosistemas estratégicos, sino que refleja una desconexión entre el desarrollo urbano y la planificación ambiental responsable.

En datos: El impacto oculto en el bosque seco tropical de Alameda del Río

Por: Marisell Acuña, Emanuel Calderón y Santiago Goenaga

Durante años proyectos como Alameda del Río han sido símbolos de progreso barranquillero. No solo por ofrecer vivienda y nuevos espacios habitables, sino también por prometer un desarrollo urbano sostenible y respetuoso con el entorno, pero ¿cuánto saben realmente los habitantes del lugar sobre el terreno que pisan?

Alameda del Río es una urbanización masiva, ubicada en el borde nororiental de la ciudad. Para hacerla realidad, fue necesario intervenir una gran porción del ecosistema de bosque seco tropical. Con el avance de la obra y su expansión progresiva, se utilizó un área de 183 hectáreas. Para dimensionarlo, eso es el equivalente a 15 centros comerciales del tamaño de Mallplaza juntos.

Previo al mencionado proceso, las constructoras cargaban con la responsabilidad legal de llevar a cabo un informe de control ambiental donde se enlistarán a todas las especies de fauna y flora que ahí se encontraban, esto con el fin de gestionar su reubicación dentro del mismo tipo de ecosistema y así reducir el impacto ambiental. Como lo indica la ley 99 de 1993, artículo 28: “toda persona natural o jurídica que desee realizar actividades que puedan generar impactos ambientales deberá presentar un Estudio de Impacto Ambiental (EIA), y el mismo debe incluir medidas de mitigación y compensación del impacto ambiental”. Sin embargo, a día de hoy no se cuenta con información oficial que esclarezca las medidas exactas que realizaron las autoridades ambientales y la constructora para llevar a cabo dicho proceso de control.

La Corporación Autónoma Regional del Atlántico (C.R.A.) es el organismo responsable de supervisar el impacto ambiental de proyectos como Alameda del Río. En 2017, emitió varios actos administrativos relacionados con la constructora Amarilo S.A.S. En la resolución No. 695 del 28 de septiembre de ese año, impuso una medida preventiva que suspendía las actividades de construcción de la urbanización El Volador. Más adelante, mediante la resolución No. 881 del 1 de diciembre del mismo año, levantó la suspensión tras reconocer la presunción de legalidad de los actos administrativos presentados. En ese proceso, también se solicitó la remisión de los permisos ambientales correspondientes a Amarilo relacionados directamente con el proyecto urbanístico Alameda del Río.

Aunque no existe un informe público detallado sobre las especies desplazadas o afectadas por la urbanización, en 2022 la misma empresa entregó un conteo aproximado como parte de la Resolución No. 0000425. Es importante señalar que esta información no proviene de un estudio independiente ni representa un censo técnico, sino un primer acercamiento a las especies que pudieron haber sido impactadas por la obra o que aún permanecen en la zona intervenida.

A continuación, se presenta un gráfico que resume esa estimación:

La Red List de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) es una de las fuentes más reconocidas sobre el estado de conservación de la biodiversidad a nivel mundial. A partir de ella, y con base en los registros obligatorios realizados por las constructoras ya mencionados, se elaboró este listado de especies posiblemente desplazadas. Aunque la mayoría de estas figuras están clasificadas como de “preocupación menor”, su presencia actual en zonas alteradas permite inferir que formaban parte del ecosistema previo. Esta lectura no pretende ofrecer certezas absolutas, sino una aproximación sustentada en lo observable.

La ausencia de un registro oficial sobre la fauna presente antes de la urbanización no solo limita las respuestas, también revela la falta de un escrutinio ambiental más riguroso en proyectos de esta escala. A ello se suma que muchas de las especies aquí documentadas tienen registros que varían ampliamente en cuanto a su actualización. Mientras algunas han sido reportadas recientemente, otras no cuentan con un reporte oficial desde hace más de 15 años.

Esto no solo refuerza la necesidad de un seguimiento más exhaustivo, sino que también plantea un riesgo: al tratarse de datos antiguos, es probable que no reflejen el impacto que pudo haber tenido la transformación del entorno. La categoría de “preocupación menor” asignada en un periodo extenso de tiempo podría no corresponder con la situación actual de estas especies tras la intervención urbana. Véase el siguiente gráfico con las fechas de los últimos registros oficiales de cada especie:

Con base en la información presentada anteriormente y con el fin de dimensionar con mayor claridad la magnitud del impacto ambiental en esta zona urbanizada, a continuación, se incluye una tabla con el nombre científico y la fotografía de cada especie mencionada, como recordatorio de que no estamos hablando solo de listados técnicos, sino de seres vivos que formaron parte de este ecosistema.

Tablita con animales

Con base en la información presentada anteriormente y con el fin de dimensionar con mayor claridad la magnitud del impacto ambiental en esta zona urbanizada, a continuación, se incluye una tabla con el nombre científico y la fotografía de cada especie mencionada, como recordatorio de que no estamos hablando solo de listados técnicos, sino de seres vivos que formaron parte de este ecosistema.

El terreno es objeto de revisión, no solo porque constituye un hogar para estas especies, sino también corresponde al ecosistema de Bosque Seco Tropical, que en Colombia es considerado el más amenazado del país. Este desempeña funciones ecosistémicas cruciales como hogar y sustento para una gran cantidad de especies. Actualmente, solo queda entre el 1% y el 8% de su extensión inicial.

Según datos del Ministerio de Ambiente, el bosque seco tropical alberga 2.569 especies de plantas, de las cuales 83 son endémicas, además de una gran diversidad de insectos (68 especies de escarabajos, el 24% de la diversidad nacional) y anfibios (49 especies, 6% del total del país).

Adicionalmente, El Programa de Inventario de la Biodiversidad Grupo de Exploraciones y Monitoreo Ambiental (GEMA) del Instituto Alexander Von Humbolt esclarece que estos ecosistemas son fuente original de alimentos como níspero, caimito, mamoncillo y jobo, y de especies con usos agropecuarios y medicinales, lo que los hace vitales para comunidades locales y actividades económicas sostenibles

El bosque seco tropical no solo es uno de los ecosistemas más afectados de Colombia, sino también uno de los más frágiles. Según el ingeniero forestal Álvaro Vallejo, miembro de la Comisión de Ecosistemas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), esta fragilidad se debe a sus condiciones climáticas extremas, con estaciones de sequias prolongadas y lluvias intensas que lo hacen muy vulnerable frente a cualquier intervención humana. Como él mismo advierte: “la protección del bosque seco tropical es muy importante, porque este tipo de ecosistema ha sido proporcionalmente más alterado que cualquier otro tipo de ecosistemas en Colombia”.

Las constructoras hicieron lo que la ley les exigió, pero cumplir con la norma no basta cuando lo que está en juego es la vida silvestre. Las cifras de las especies desplazadas y los ecosistemas en peligro dejan partes inconclusas. Si bien existen datos sobre una reubicación inicial para mitigar el impacto de estas constructoras, pues dentro de las obligaciones estipuladas en materia medioambiental existe la resolución 1394 de 12 de septiembre de 2016: “deberá dar protección a la fauna existente en el predio que se va a intervenir, los individuos que se encuentren deberán ser reubicados en áreas aledañas”, la información suministrada por Amarilo de cómo se ejecutaron esos planes o cómo se ha desarrollado la vida silvestre tras esa reubicación es escasa o inexistente. Falta información pública verificable sobre el destino real de estas especies tras su desplazamiento. La ausencia de datos de seguimiento impide evaluar si las medidas de mitigación fueron efectivas. En un ecosistema tan afectado como el bosque seco tropical, cada pérdida cuenta y cada vacío en esa información sigue dejando abierta la pregunta de cuál es el verdadero costo ambiental del crecimiento urbano.

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