La primera vez que conocí al señor Edgardo fue en la preproducción del documental. Desde que llegamos, nos abrió las puertas de su casa como si fuéramos conocidos de toda la vida. Nos presentó a su esposa con orgullo y no paraba de hablar bien de su cocina. Ese día terminamos comiendo arepas con huevo y empanadas, y lo más chistoso es que cada vez que dábamos un bocado, él nos preguntaba si nos había gustado. Pero no una vez, sino todo el tiempo. Literal, cada bocado.
Éramos siete, y aun así trataba de aprenderse nuestros nombres. Creo que el mío nunca se lo aprendió porque siempre me decía “señorita”, pero igual se sentía bonito, como cercano.
Desde el principio me cayó bien. Se sentía como una persona muy noble, de esas que no tienen malicia.
Algo curioso es que me recordó mucho a una señora que me ayudó a criarme cuando yo era chiquita en Cartagena. No sé explicarlo bien, pero era por su forma de hablar. Decía palabras “mal dichas”, como “emprestame” en vez de “préstame”, pero no sonaba mal, al contrario, tenía como su propio estilo. Cada cosa que decía me hacía acordar a ella.
Retrato de madera, sol y sal
Físicamente, Edgardo es alto, moreno, pero más que todo por el sol. Tiene la piel como quemada de tanto tiempo trabajando afuera. Siempre anda con los ojos medio chiquitos, como entrecerrados, y tiene el pelo con canas grises, medio desordenado. Pero hay algo que no le falta nunca: la gorra. Esa gorra es parte de él. Una vez le pedimos que se la quitara y fue como si le estuviéramos quitando algo importante, no la soltaba.
También tiene algo muy particular: sonríe hacia abajo, como con calma. Y casi siempre está con las manos entrelazadas, sobre todo cuando hay cámara. Se nota que no está acostumbrado a eso. Pero cuando ya está tranquilo, cambia completamente. Se relaja, se suelta, y ahí es donde uno ve cómo es de verdad.
Es un señor súper tranquilo. No se acelera para nada. Habla con calma, camina con calma, hace todo a su ritmo.
La escuela de la atarraya
Y algo que me gustó mucho es que tiene como vibra de profesor. No de colegio, sino de esos que enseñan desde la experiencia. Cuando hablaba de la pesca, se le notaba la emoción. Y cuando me enseñó a tirar la atarraya, tuvo una paciencia increíble. No le molestaba repetir, ni explicar otra vez. Se notaba que le gustaba enseñar.
Su vida no ha sido fácil. Él mismo lo decía: hay días en los que no se gana ni para un café. Imagínate levantarte a trabajar todo el día y no conseguir nada. Aun así, sigue.
"Y todo en su vida gira alrededor del manglar. Para él, el manglar no es solo un árbol o un paisaje. Es literalmente lo que le da de comer. De ahí sale el pescado, de ahí depende todo. Y él lo sabe."
Lo cuiga porque entiende que, sin eso, no hay nada. Me impresionó mucho porque, aunque no tuvo estudios, sabe muchísimo. Sabe cómo funciona todo ahí, cómo se mueve el agua, cómo crecen las cosas. Lo explica a su manera, pero uno entiende perfectamente.
Mientras él hablaba, yo pensaba en cosas totalmente distintas. Por ejemplo, en cómo hacen para tocar peces crudos como si nada, o caminar descalzos en el manglar sin asco. Para mí eso era dificilísimo. Pero para él es normal, es su día a día.
El eco de la resiliencia
Hubo momentos en los que me quedé callada, sobre todo cuando hablaba de su familia. Ahí se le notaba algo diferente, como más suave.
También cuando hablaba de las cosas malas, como cuando los sacaron de donde estaban antes, no gritaba ni nada, pero se le sentía la tristeza. No era una rabia fuerte, era más como resignación. Como cuando ya te tocó aceptar algo que no querías.
Y, aun así, siguió.
Eso fue lo que más me marcó de él. No solo lo que ha vivido, sino que nunca se quedó ahí.
Si tuviera que describirlo en una frase, diría que Edgardo es una persona que, a pesar de todo lo que le ha pasado, sigue adelante sin rendirse.












































