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Trabajadora del hogar
Crédito: Alcaldía de Bogotá

Cocina · Crónica

Manos que sostienen

Nereida despierta antes de que el día mismo lo haga.

Lleva haciendo el exacto recorrido alrededor de 30 años: de su municipio al norte de Barranquilla, donde la familia que la recibe ya sabe que, cuando ella llega, la casa empieza a funcionar. Cocina, limpia, organiza. Peina a los niños con una paciencia que sus propios muchachos, dice, nunca entendieron del todo. Los sábados vuelve a su casa. Los domingos descansa. O algo parecido al descanso, porque tiene tres hijos y varios nietos que también necesitan de ella.

Nereida lleva tres décadas en el mismo hogar. Conoce cada rincón de esa casa mejor que algunos de sus propietarios. Si se le pregunta por su experiencia en el oficio, su perspectiva al respecto, baja un poco la voz. Vacila.

"Gracias a Dios yo he tenido suerte, no muchas la tienen."

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Hay una pregunta que los datos sobre trabajo doméstico en Colombia responden con brutalidad: ¿cuánto vale el trabajo de sostener la vida de otros? La respuesta es que el 82 % de las aproximadamente 700.000 personas que ejercen este oficio en el país lo hacen desde la informalidad: sin contrato escrito, sin pensión garantizada, sin acceso completo a la seguridad social, según datos del DANE y la Organización Internacional del Trabajo. Lo que se naturaliza no se paga. Lo que no se paga no se protege.

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Nereida es de Baranoa, un municipio del Atlántico donde creció entre familia numerosa y pocas opciones. Cuando era joven, el trabajo doméstico no fue exactamente una elección: fue lo que había.

"Las puertas que se abren para uno no son las mismas que para otros."

Aunque sin amargura, mirándose las manos. Pensó en viajar. Recorrer el mundo. Pensó en hacerlo. Pensó, también, en ser maestra. En un momento, mientras le prepara el tinto de las tres de la tarde al patrón, me atrevo a preguntarle si hay algo que siente que dejó ir. Se encoge de hombros con una sonrisa que no sé cómo descifrar.

Los sábados, cuando Nereida llega a su propia casa, continúa. Hay nietos que atender, cosas que organizar, una vida doméstica propia que quedó parcialmente en pausa durante la semana. Y aquello cabe exactamente dentro de lo que el DANE midió: 13 horas y 3 minutos de carga diaria para las mujeres colombianas. Para Nereida, esa cifra no es una estadística. Es ritmo.

Los datos del DANE son precisos: según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2020–2021, las mujeres colombianas tienen una carga global de trabajo —remunerado más no remunerado— de 13 horas y 3 minutos diarios. Para una trabajadora doméstica, esa cifra se amplía todavía más. Lo que queda al final del día —el tiempo propio, el tiempo para descansar, para existir fuera del trabajo— es poco.

Asimismo, hay algo que distingue al trabajo doméstico de casi cualquier otro empleo: se realiza en el espacio más íntimo del empleador. Una trabajadora doméstica conoce los secretos de la casa, cría a los hijos, acompaña a los enfermos, sabe qué hay en la nevera y qué se discute en la cena. Y sin embargo, con frecuencia entra y sale por la puerta de servicio.

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Treinta años en la misma casa producen algo difícil de nombrar. Nereida crió a los hijos de esa familia. Los vio crecer, los regañó cuando fue necesario —ese regaño suyo que viene cargado de amor y que los niños aprendieron a distinguir del regaño que duele—, los cuidó cuando estaban enfermos.

"Uno les coge cariño."

¿Pero puede ese cariño generar confusión o límites difusos?

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En junio de 2025, el Congreso colombiano aprobó la Ley 2466, la reforma laboral más ambiciosa hasta la fecha para el sector doméstico: contrato escrito obligatorio, jornada máxima de ocho horas, seguridad social desde el primer día. Para las organizaciones de trabajadoras domésticas que llevan décadas exigiendo estas medidas, fue un avance real.

No obstante, esos modelos requieren más que legislación. Requieren que la sociedad reconozca que quien cuida el hogar de otro hace un trabajo, y que ese trabajo tiene valor económico, emocional y social. La dignidad, en este contexto, no es un concepto abstracto. Es un contrato escrito. Es cotizar a pensión.

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Si Nereida pudiera cambiarle algo a sus treinta años, no dice lo que uno esperaría. No habla de salarios ni de contratos ni de leyes. Habla de los niños que crió: que ya están grandes, que tienen sus vidas, que a veces la llaman. Hay orgullo en eso, y también algo más difícil de nombrar. Y cuando se le pregunta cómo imagina su vejez, hace una pausa. Tiene tres hijos. Tiene nietos. Tiene treinta años de trabajo y, una gran porción de ellos, no aparecen en ningún registro de pensión.

"Uno confía."

Y vuelve a lo suyo.

Cuando Nereida va de regreso a casa, sabe que, paradójicamente, el día volvió a empezar.

En el bus piensa en sus hijos, en lo que falta pagar, en si podrá conseguir el permiso para el cumpleaños de su nieta menor el mes que viene. Cuando llega, abre la puerta de su casa. Y comienza, de nuevo, a cuidar.

Por: Juliana Navarro