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Sala de TV · Documental

Casas de familias

El teaser del documental que da nombre a este especial. Una mirada íntima a las manos que sostienen hogares que no son los suyos.

Teaser — Casas de familias · El Punto

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Lo que no cabe en el documental, lo contamos desde nuestras redes. Dos momentos del detrás de cámaras.

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Oficina: La realidad tras los números

El mapa de la precariedad

Explora la radiografía sobre las condiciones laborales de las trabajadoras del hogar.

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El cuidado del tiempo

Un análisis profundo sobre cómo el tiempo de cuidado impacta la vida de estas mujeres.

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Cifras que no pueden ignorarse

83%

no tienen acceso a la seguridad social

1M

mujeres en Colombia son trabajadoras del hogar

Parte 1 de la infografía
Parte 2 de la infografía
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Introducción del tema

El trabajo doméstico remunerado es una de las actividades más importantes para el funcionamiento cotidiano de la ciudad, pero también una de las menos visibles. Miles de mujeres sostienen hogares ajenos mientras enfrentan condiciones laborales marcadas por la informalidad y la desigualdad. Este especial transmedia busca explorar esa realidad desde una perspectiva humana, social y laboral.

Explicación del proyecto

Nuestro proyecto transmedia se centra en las experiencias de las trabajadoras domésticas en Barranquilla. A través de distintos formatos narrativos, buscamos visibilizar sus historias, sus desafíos y las transformaciones que han vivido sus derechos laborales.

Contexto

Barranquilla es una ciudad atravesada por profundas diferencias sociales y económicas. En este escenario, el trabajo doméstico ha estado históricamente ligado a dinámicas de clase, género y raza. Muchas trabajadoras recorren largas distancias cada día para sostener hogares que no son los suyos, enfrentando jornadas extensas y condiciones laborales que aún presentan altos niveles de precarización.

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Trabajadora del hogar
Crédito: Alcaldía de Bogotá

Cocina · Crónica

Manos que sostienen

Nereida despierta antes de que el día mismo lo haga.

Lleva haciendo el exacto recorrido alrededor de 30 años: de su municipio al norte de Barranquilla, donde la familia que la recibe ya sabe que, cuando ella llega, la casa empieza a funcionar. Cocina, limpia, organiza. Peina a los niños con una paciencia que sus propios muchachos, dice, nunca entendieron del todo. Los sábados vuelve a su casa. Los domingos descansa. O algo parecido al descanso, porque tiene tres hijos y varios nietos que también necesitan de ella.

Nereida lleva tres décadas en el mismo hogar. Conoce cada rincón de esa casa mejor que algunos de sus propietarios. Si se le pregunta por su experiencia en el oficio, su perspectiva al respecto, baja un poco la voz. Vacila.

"Gracias a Dios yo he tenido suerte, no muchas la tienen."

✦ ✦ ✦

Hay una pregunta que los datos sobre trabajo doméstico en Colombia responden con brutalidad: ¿cuánto vale el trabajo de sostener la vida de otros? La respuesta es que el 82 % de las aproximadamente 700.000 personas que ejercen este oficio en el país lo hacen desde la informalidad: sin contrato escrito, sin pensión garantizada, sin acceso completo a la seguridad social, según datos del DANE y la Organización Internacional del Trabajo. Lo que se naturaliza no se paga. Lo que no se paga no se protege.

✦ ✦ ✦

Nereida es de Baranoa, un municipio del Atlántico donde creció entre familia numerosa y pocas opciones. Cuando era joven, el trabajo doméstico no fue exactamente una elección: fue lo que había.

"Las puertas que se abren para uno no son las mismas que para otros."

Aunque sin amargura, mirándose las manos. Pensó en viajar. Recorrer el mundo. Pensó en hacerlo. Pensó, también, en ser maestra. En un momento, mientras le prepara el tinto de las tres de la tarde al patrón, me atrevo a preguntarle si hay algo que siente que dejó ir. Se encoge de hombros con una sonrisa que no sé cómo descifrar.

Los sábados, cuando Nereida llega a su propia casa, continúa. Hay nietos que atender, cosas que organizar, una vida doméstica propia que quedó parcialmente en pausa durante la semana. Y aquello cabe exactamente dentro de lo que el DANE midió: 13 horas y 3 minutos de carga diaria para las mujeres colombianas. Para Nereida, esa cifra no es una estadística. Es ritmo.

Los datos del DANE son precisos: según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2020–2021, las mujeres colombianas tienen una carga global de trabajo —remunerado más no remunerado— de 13 horas y 3 minutos diarios. Para una trabajadora doméstica, esa cifra se amplía todavía más. Lo que queda al final del día —el tiempo propio, el tiempo para descansar, para existir fuera del trabajo— es poco.

Asimismo, hay algo que distingue al trabajo doméstico de casi cualquier otro empleo: se realiza en el espacio más íntimo del empleador. Una trabajadora doméstica conoce los secretos de la casa, cría a los hijos, acompaña a los enfermos, sabe qué hay en la nevera y qué se discute en la cena. Y sin embargo, con frecuencia entra y sale por la puerta de servicio.

✦ ✦ ✦

Treinta años en la misma casa producen algo difícil de nombrar. Nereida crió a los hijos de esa familia. Los vio crecer, los regañó cuando fue necesario —ese regaño suyo que viene cargado de amor y que los niños aprendieron a distinguir del regaño que duele—, los cuidó cuando estaban enfermos.

"Uno les coge cariño."

¿Pero puede ese cariño generar confusión o límites difusos?

✦ ✦ ✦

En junio de 2025, el Congreso colombiano aprobó la Ley 2466, la reforma laboral más ambiciosa hasta la fecha para el sector doméstico: contrato escrito obligatorio, jornada máxima de ocho horas, seguridad social desde el primer día. Para las organizaciones de trabajadoras domésticas que llevan décadas exigiendo estas medidas, fue un avance real.

No obstante, esos modelos requieren más que legislación. Requieren que la sociedad reconozca que quien cuida el hogar de otro hace un trabajo, y que ese trabajo tiene valor económico, emocional y social. La dignidad, en este contexto, no es un concepto abstracto. Es un contrato escrito. Es cotizar a pensión.

✦ ✦ ✦

Si Nereida pudiera cambiarle algo a sus treinta años, no dice lo que uno esperaría. No habla de salarios ni de contratos ni de leyes. Habla de los niños que crió: que ya están grandes, que tienen sus vidas, que a veces la llaman. Hay orgullo en eso, y también algo más difícil de nombrar. Y cuando se le pregunta cómo imagina su vejez, hace una pausa. Tiene tres hijos. Tiene nietos. Tiene treinta años de trabajo y, una gran porción de ellos, no aparecen en ningún registro de pensión.

"Uno confía."

Y vuelve a lo suyo.

Cuando Nereida va de regreso a casa, sabe que, paradójicamente, el día volvió a empezar.

En el bus piensa en sus hijos, en lo que falta pagar, en si podrá conseguir el permiso para el cumpleaños de su nieta menor el mes que viene. Cuando llega, abre la puerta de su casa. Y comienza, de nuevo, a cuidar.

Por: Juliana Navarro

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Marta, trabajadora del hogar
Foto: Marta, trabajadora del hogar

Cocina · Crónica

Las necesidades invisibles de las trabajadoras del hogar en Colombia

En muchas casas de Colombia, el día empieza antes de que salga el sol para miles de mujeres que sostienen hogares que no son los suyos. Cocinan, limpian, cuidan niños y adultos mayores, pero sus propias necesidades laborales siguen siendo ignoradas o minimizadas. Las trabajadoras del hogar, históricamente invisibilizadas, enfrentan hoy múltiples desafíos que evidencian una deuda social aún pendiente.

El trabajo doméstico es una de las labores más importantes dentro de la sociedad, pero también una de las más precarizadas. Según datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), la mayoría de personas que ejercen este oficio en Colombia son mujeres, muchas de ellas en condiciones de informalidad laboral.

Esto significa que no siempre cuentan con prestaciones sociales, seguridad en salud o pensión, a pesar de que la ley colombiana establece estos derechos. La falta de contratos formales sigue siendo una de las principales problemáticas. María, trabajadora del hogar en Barranquilla desde hace más de 20 años, cuenta que en varios de sus empleos no ha tenido acceso a seguridad social.

"Uno hace de todo: cocina, lava, cuida niños… pero a veces ni siquiera le pagan lo justo o le dan descanso."

En Colombia, la legislación reconoce los derechos de las trabajadoras domésticas. La Ley 1788 de 2016 estableció el derecho a la prima de servicios para este sector, un avance importante en términos de equidad laboral. Sin embargo, el Ministerio del Trabajo de Colombia ha señalado que aún hay un alto nivel de incumplimiento, especialmente en empleos informales.

A partir de testimonios y datos recopilados, se pueden identificar algunas de las principales necesidades de las trabajadoras del hogar:

  • Formalización laboral: acceso a contratos legales y estabilidad.
  • Seguridad social: afiliación a salud, pensión y riesgos laborales.
  • Salarios justos: pagos acordes a las horas y funciones realizadas.
  • Respeto y dignidad: mejores condiciones humanas y trato adecuado.
  • Capacitación: oportunidades de formación para mejorar sus condiciones laborales.

Expertos coinciden en que mejorar las condiciones de las trabajadoras del hogar no solo depende del Estado, sino también de la conciencia de los empleadores. Formalizar el trabajo doméstico es un paso clave para reducir la desigualdad y dignificar esta labor.

Como sociedad, reconocer el valor de este trabajo implica ir más allá del agradecimiento: significa garantizar derechos.

Por: Juan Mario Guzmán

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La jornada de cuidar a otros

Cocina · Crónica

La jornada de cuidar a otros

Viviana tiene 39 años. Se levanta a las 4:40 a.m., prepara una bolsa con ropa y productos de limpieza y sale. Vive en un barrio periférico de Barranquilla y mantiene sola a su hijo de 11 años. Su jornada suele ser de tres trabajos: limpieza profunda en una casa del norte, planchado en un apartamento céntrico y cuidado de una persona mayor en la tarde. En total pasa cerca de diez horas fuera de casa; no tiene contrato ni cotiza de forma regular. Cuenta que cobra por día y que los pagos cambian según la voluntad del empleador. Cuando se enferma, a veces le pagan parcial o no le pagan. No tiene seguridad social estable.

Para ella, el trabajo es la forma de garantizar la escuela, la comida y la ropa del hijo.

"Trabajo para que él no falte a clases."

No ha logrado ahorrar lo suficiente para emergencias; pospone consultas médicas y arreglos urgentes en la casa. Describe pequeñas reglas que marcan distancia: en una de las casas no le permiten usar el baño después de cierta hora; en otra le dan órdenes por teléfono. Ha recibido comentarios discriminatorios por su forma de hablar y su aspecto. Esas situaciones, más que un solo episodio, son tensiones constantes que afectan su ánimo. Aun así, mantiene disciplina: llega puntual, cumple tareas específicas y revisa al final que todo esté en orden antes de irse.

En la tarde va a un grupo de capacitación en el barrio donde le enseñaron a pedir recibos, a documentar pagos y a informarse sobre derechos laborales. Valora ese apoyo, pero dice que la verdadera mejora exige cambios en las condiciones: contratos, salarios estables y acceso a salud. Organizaciones locales han ofrecido asesoría y cursos; los avances han sido puntuales. Al terminar la jornada vuelve a casa, ayuda con las tareas del hijo y organiza lo que falta para el día siguiente. Su prioridad es evitar que la falta de ingresos impida la continuidad escolar del niño. Su situación resume problemas frecuentes entre trabajadoras del hogar en la ciudad: informalidad, jornadas largas, ingresos inestables y exposición a trato desigual.

En Barranquilla, como en muchas ciudades del país, el trabajo doméstico sigue siendo una labor esencial pero silenciosa. Se desarrolla detrás de puertas cerradas, en apartamentos amplios y casas familiares donde el cuidado, la limpieza y la cocina sostienen la rutina de otros. Sin embargo, quienes realizan estas tareas suelen quedar fuera de las conversaciones públicas sobre empleo digno.

La mayoría son mujeres. Muchas son madres cabeza de hogar. Algunas migran desde municipios cercanos o desde zonas rurales buscando ingresos que no encuentran en sus lugares de origen. Otras han heredado el oficio de sus madres y abuelas, como si el servicio doméstico fuera una cadena invisible que se transmite de generación en generación.

Viviana recuerda que empezó a trabajar a los 16 años. Su primera experiencia fue en una casa donde debía cocinar, barrer y cuidar dos niños pequeños.

"Me decían que yo era como de la familia, pero a la hora de pagarme siempre me hacían sentir que me estaban haciendo un favor."

Con el tiempo entendió que esa frase, repetida por distintos empleadores, muchas veces servía para disfrazar la desigualdad.

En el discurso, la cercanía emocional parece borrar la distancia social. En la práctica, la división permanece intacta. Algunas trabajadoras hablan de vajillas separadas, horarios restringidos para comer o instrucciones que llegan sin mirarlas directamente. Son gestos pequeños que revelan una jerarquía profunda: la del cuerpo que limpia y cuida, pero que rara vez es visto como igual.

El problema no es solamente económico. También es cultural. Durante años, el trabajo doméstico ha sido considerado una extensión "natural" del rol femenino, una obligación asociada al cuidado y no una ocupación que requiere habilidades, tiempo y reconocimiento. Esa mirada ha contribuido a normalizar salarios bajos, jornadas indefinidas y vínculos laborales informales que dejan a miles de mujeres sin protección.

Viviana no habla de lucha en términos grandes. No menciona revoluciones ni discursos políticos. Habla de cosas concretas: poder enfermarse sin miedo a perder el pago del día, regresar más temprano para compartir con su hijo, no sentir vergüenza cuando pregunta por sus derechos. Su resistencia ocurre en lo cotidiano. En subirse cada mañana a un bus lleno antes de que amanezca. En seguir trabajando aun cuando el cansancio se acumula en la espalda. En sostener una casa propia mientras ayuda a sostener las de otros.

Cuando cae la noche y por fin cierra la puerta de su casa, Viviana se quita los zapatos en silencio para no despertar a su hijo. A veces se queda unos segundos sentada en la cama antes de levantarse a preparar la ropa del día siguiente. Dice que ese es el único momento del día en el que siente el peso completo del cansancio.

La ciudad, mientras tanto, sigue funcionando.
Muchas veces gracias a mujeres como ella.
Mujeres que limpian lo que otros ensucian.
Que ordenan la vida de otros mientras intentan sostener la propia.
Mujeres que, aunque pocas veces sean nombradas, sostienen con sus manos una parte invisible de Barranquilla.

Por: Isabella Emiliani

Crédito foto: Viviana · Trabajadora del hogar

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Oficina · Datos

El Mapa de la Precariedad

En las calles de Riohacha, Sincelejo o Cartagena, miles de mujeres salen de sus casas antes del amanecer para sostener los hogares de otros. Sin embargo, detrás de la limpieza, la cocina y el cuidado, se esconde una realidad estadística alarmante: el trabajo doméstico en la región Caribe colombiana es uno de los sectores más vulnerables y desprotegidos del mercado laboral. El 80% de las trabajadoras del hogar en el Caribe operan bajo la sombra de la informalidad.

A pesar de que Colombia ratificó el Convenio 189 de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), que busca garantizar condiciones dignas para este gremio, y de los avances en materia de legislación en el Congreso, las cifras aún demuestran que las leyes no llegan a las puertas de las casas.

El Caribe es uno de los epicentros de la informalidad en el país. La región no solo enfrenta retos climáticos y sociales, sino que lidera los índices de informalidad. Mientras el promedio nacional ronda el 55.8%, ciudades como Sincelejo y Riohacha superan ampliamente esta cifra, dejando a la mayoría de su fuerza laboral sin un contrato que respalde su labor.

Visualización · Informalidad por ciudad

Informalidad laboral por ciudad — Región Caribe colombiana

En este gráfico se observa cómo ciudades como Sincelejo (68.2%) y Riohacha (62.4%) presentan los niveles más críticos de desprotección laboral en la región. Esta falta de formalización no es solo un trámite administrativo; es la barrera que impide que las mujeres que nos cuidan no puedan acceder a una pensión o a un permiso de salud cuando más lo necesitan.

El muro de la seguridad social

La precariedad se manifiesta con mayor crudeza al analizar el acceso a las prestaciones sociales. Según los datos procesados por el Observatorio Betsabé Espinal, la brecha entre el trabajo realizado y los derechos garantizados es un abismo. Aproximadamente solo 1 de cada 10 trabajadoras del hogar en el país realizan cotizaciones a pensión, lo que anticipa una vejez en condiciones de pobreza para miles de mujeres.

Visualización · Acceso a prestaciones sociales

Acceso a prestaciones sociales — trabajadoras del hogar en Colombia

Al mismo tiempo, la situación sigue siendo grave en otros ámbitos de la seguridad social. Solo una cuarta parte de estas mujeres tiene acceso a los servicios de salud a través del régimen contributivo; a un tercio se les paga la prima de servicios; y a poco más de una décima parte se les reconocen las cesantías.

El panorama se torna aún más complejo al analizar el ingreso mensual. En 2024, el salario mínimo en Colombia se fijó en $1.300.000, pero la realidad del DANE refleja que el ingreso promedio de una trabajadora doméstica apenas alcanza los $901.647. Esta cifra no solo está por debajo del mínimo legal, sino que suele ser inferior a la que perciben los hombres que realizan labores similares.

Visualización · Ingresos y brecha salarial

Ingresos promedio vs. salario mínimo — sector doméstico

La invisibilidad de este trabajo, considerado históricamente como una "ayuda" y no como un empleo formal, perpetúa un ciclo de pobreza. Sin inspecciones laborales efectivas dentro de los hogares y sin una cultura de formalización por parte de los empleadores, el mapa de la precariedad seguirá extendiéndose.

Cada porcentaje en estas tablas representa a una mujer con una historia, una familia y un derecho vulnerado.

Los datos son claros: el trabajo doméstico en el Caribe y en todo el país es un motor económico que funciona sin seguro, sin ahorros para la vejez y, a menudo, sin el reconocimiento legal mínimo. La pregunta que queda para la sociedad y las autoridades es: ¿hasta cuándo el cuidado de la vida seguirá siendo el trabajo menos cuidado por la ley?

Por: Isaac Madrid Alcalá

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Oficina · Datos

El cuidado del tiempo

El concepto de «pobreza de tiempo» no aparece en los índices de desempleo ni informes tradicionales. No tiene cotización ni columna en el análisis nacional. Sin embargo, para más de 680.000 personas que ejercen el trabajo doméstico remunerado en Colombia —de las cuales el 93% son mujeres— ese concepto es la descripción más precisa de su vida cotidiana.

Las cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) revelan una tendencia estructural: las mujeres colombianas trabajan más horas que los hombres en términos globales, pero gran parte de ese trabajo es invisible para la economía oficial. Según la Cuenta Satélite de Economía del Cuidado (CSEC) del DANE —creada en cumplimiento de la Ley 1413 de 2010— durante el periodo 2022 provisional–2023 provisional, las mujeres aportaron 54.902 millones de horas anuales al trabajo total, frente a los 41.245 millones de los hombres. Es decir, las mujeres trabajaron 1,3 veces más tiempo que los hombres ese año. Y una proporción aplastante de esa diferencia se explica por algo que no figura en ninguna nómina.

Visualización · Distribución de horas de trabajo

Horas de trabajo remunerado vs. no remunerado — mujeres y hombres en Colombia · DANE

Del total de horas trabajadas por las mujeres en Colombia, el 65% corresponde a Trabajo Doméstico y de Cuidado No Remunerado (TDCNR) —labores como cocinar, limpiar, cuidar a menores o adultos mayores— y solo el 35% restante corresponde a trabajo remunerado. Para los hombres, la proporción es casi exactamente la inversa: el 76,5% de su tiempo corresponde a trabajo remunerado y apenas el 23,5% al cuidado no remunerado.

Para las trabajadoras del hogar, esta doble carga se convierte en una triple jornada: la jornada en el hogar ajeno, el desplazamiento, y su jornada en el propio hogar.

Este desequilibrio de tiempo no ocurre en un vacío: sucede dentro de un sector laboral con características específicas. Según datos del DANE citados por la OIT, el trabajo doméstico remunerado es ejercido por más de 680.000 personas en Colombia, de las cuales un 93% son mujeres y un 82% lo hacen desde la informalidad, sin acceso a la protección social, y con mayor exposición a violencia y acoso. Además, el 62% de las trabajadoras domésticas reciben un salario mínimo o menos, y solo el 20% están afiliadas a salud y pensión.

Visualización · Tiempo de cuidado diario

Horas diarias dedicadas al cuidado no remunerado — DANE, Encuesta Nacional de Uso del Tiempo

La situación no aparece como una anomalía pasajera, sino como el resultado de patrones persistentes en el mercado laboral. De acuerdo con la Gran Encuesta Integrada de Hogares del DANE, el trabajo doméstico remunerado continúa siendo uno de los sectores con menores niveles de formalización y estabilidad contractual. La mayoría de las trabajadoras del hogar tienen vínculos laborales verbales o informales, lo que dificulta la exigibilidad de derechos como vacaciones pagadas, primas o indemnizaciones.

A esta fragilidad estructural se suma la distribución desigual del tiempo fuera del empleo. Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo, las mujeres en Colombia dedican en promedio más del doble de horas que los hombres al trabajo de cuidado no remunerado, incluso cuando participan en el mercado laboral. Los hombres dedican en promedio unas 3 horas diarias al trabajo no remunerado; las mujeres, 7 horas y media.

En el caso de las trabajadoras del hogar, esto implica que, tras completar su jornada remunerada, continúan asumiendo responsabilidades similares en sus propios hogares, sin descanso efectivo. El tiempo libre se reduce a una fracción mínima o inexistente. La mayoría de las mujeres que desempeñan este rol suelen cuidar a otros más que a los suyos y a ellas mismas.

Finalmente, la pobreza de tiempo no solo limita el descanso, sino que restringe las trayectorias de vida.

La imposibilidad de acceder a educación continua, capacitarse o buscar mejores oportunidades laborales perpetúa un ciclo de desigualdad difícil de romper. Las cifras del DANE evidencian que una proporción significativa de trabajadoras del hogar tiene niveles educativos bajos o incompletos, lo que reduce su movilidad ocupacional. Así, el tiempo —lejos de ser un recurso neutral— se convierte en uno de los principales factores de exclusión social en este sector económico que sostiene a la sociedad.

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Baño

El Baño

El rincón más privado de la estructura doméstica. Tras estas puertas se desvelan las líneas más marcadas de la desigualdad y los relatos de quienes limpian la intimidad ajena.

Las criadas también existen aquí

Las criadas también existen aquí

Imagen: tomada en cuenta oficial de Min Trabajo.

Hay una escena en El cuento de la criada, la novela distópica de Margaret Atwood, que es difícil de ignorar: la de una mujer que cuida a un niño que no es suyo, que lo ama con una intensidad que el sistema nunca reconocerá y que sabe, en el fondo, que ese niño no le pertenece. Gilead, la república teocrática que Atwood creó en 1985, asignaba a las mujeres roles fijos y les negaba los derechos básicos. Cuatro décadas después, no hace falta imaginar una distopia para encontrar estructuras similares. Basta con solo mirar adentro de los hogares colombianos.

En Colombia, el trabajo doméstico es una labor realizada por más de 680.000 personas, de las cuales el 93% son mujeres y el 82% lo hacen en la informalidad, sin acceso a protección social y, por ende, mayor exposición a la violencia y acoso en sus entornos laborales. Según cifras del DANE citadas por la Organización Internacional del Trabajo: nueve de cada diez personas que limpian, cocinan y crían en casas ajenas son mujeres y la mayoría lo hacen sin contrato, sin pensión, sin seguridad.

Lo que Atwood narró como ficción: mujeres relegadas a funciones domésticas y reproductivas, insignificantes ante la ley, dependientes del capricho de la familia que las aloja, tiene una cercanía a la cotidianidad de las trabajadoras del hogar en este país. La coincidencia no es literaria sino estructural.

Uno de los nudos más sensibles que la novela desarrolla es el afecto como trampa. Offred, la protagonista, desarrolla lazos con la hija de sus empleadores que no puede reclamar ni nombrar. En los hogares colombianos, esta tensión también es real. Las trabajadoras del hogar crían niños desde que nacen, los cuidan por las noches y los llevan al colegio durante años; así, se encuentran en un limbo emocional: son figuras maternas para estos niños, pero su relación con ellos no tiene ningún reconocimiento social. Cuando este vínculo se rompe debido a una mudanza, porque prescinden de sus servicios o el niño crece, la pérdida es unilateral.

"Extrañamente, la cercanía afectiva convive perfectamente con la explotación económica."

La relación con la familia empleadora reproduce, a su vez, otra dinámica que Atwood relató con precisión: la de una jerarquía que se disfraza con familiaridad. En la República de Gilead, las Esposas tratan a las Criadas con una mezcla de dependencia y desprecio. En los hogares colombianos, la trabajadora del hogar suele ser nombrada como "parte de la familia" mientras se le niega las garantías que cualquier trabajador formal tiene. El 62% de las trabajadoras domésticas del país reciben un salario mínimo o menos, y solo el 20% está afiliada a salud y pensión según la Organización Internacional del Trabajo.

Las jornadas, otro punto de la novela, tampoco escapan del paralelo. Atwood describe cómo el tiempo de las criadas nunca es propio, cuya disponibilidad es total. Antes de la reforma laboral de 2025, muchas trabajadoras del hogar internas en Colombia cumplían jornadas laborales que superaban las 60 horas semanales sin compensación. La nueva ley (la Ley 2466) establece un máximo de ocho horas diarias y obliga a pagar horas extras, sin embargo, su cumplimiento sigue siendo incierto. La Escuela Nacional Sindical afirma que menos del 23% de estas trabajadoras cotiza pensión, y solo 2 de cada 10 reciben las garantías totales de la legislación laboral. La brecha que existe entre lo que dice la ley y lo que pasa puertas adentro ha sido, históricamente, un espacio libre para la desigualdad.

Lo que separa la Colombia de hoy de la Gilead de Atwood no es la ausencia de estas lógicas, sino el hecho de que aquí nadie las estableció. Surgieron por la normalización cultural del trabajo doméstico como algo que se hace por vocación o necesidad y no por elección libre y bien remunerada.

La pregunta que deja la comparación no es si las trabajadoras del hogar viven en una distopia, sino porque hemos tardado tanto en reconocer que sus condiciones merecen el mismo nivel de indignación que nos genera la ficción. Atwood no escribió un manual de denuncia, pero su ficción revela lo que los datos confirman: ignorar las condiciones de quienes sostienen los hogares no es accidental, sino una decisión colectiva que aún estamos a tiempo de revertir.

Por: Valeria Marquez Almario

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La que está, pero no existe

La que está, pero no existe

Imagen proporcionada por "Unisplash"

Hay una prueba sencilla que siempre me gusta hacer mentalmente: ¿sabes el apellido de la señora que trabaja en tu casa? ¿Sabes cuántos hijos tiene? ¿Sabes qué estudió, si estudió, o qué soñó con hacer? La mayoría de nosotros no sabemos. Y eso dice más de nuestra sociedad que cualquier estadística.

En Colombia hay más de 703.000 personas empleadas en el trabajo doméstico remunerado, y cerca del 91% son mujeres, según el Observatorio Laboral de la Universidad Javeriana. Son parte del paisaje de millones de hogares. Están en la mañana cuando uno se levanta, en la tarde cuando uno llega del colegio o la universidad, y sin embargo existe una extraña habilidad colectiva para no verlas realmente.

No me refiero solo a los derechos laborales, que también son un problema. Me refiero a algo más cotidiano y más difícil de legislar: el trato. La forma en que muchas familias colombianas se relacionan con la mujer que les cuida la casa revela una jerarquía social que preferimos no nombrar.

Está, por ejemplo, el asunto del plato aparte. En muchos hogares de clase media y alta todavía se usa una vajilla diferente para "la empleada". Un vaso distinto, una cuchara que no va con el juego de cubiertos bueno. Es un gesto pequeño, casi inconsciente, pero cargado de significado: usted come aquí, pero no es de aquí. Está, también, la costumbre de no presentarla cuando llegan visitas, o de hablar de ella en tercera persona estando en el mismo cuarto. Como si no tuviera nombre, como si no estuviera escuchando.

El trabajo doméstico ha sido históricamente invisibilizado y minimizado, a pesar de ser una actividad esencial para el funcionamiento de la sociedad, como lo ha señalado CARE Colombia. Pero la invisibilización no es solo económica. Es también simbólica, y ocurre todos los días, en gestos que nadie registra y que casi nadie cuestiona porque siempre han sido así.

"La familia no cobra horas extras, no exige contrato, no se queja cuando le tocan el día libre. 'Como de la familia' muchas veces es una frase bonita que encubre una relación desigual."

El trabajo doméstico es la principal fuente de empleo urbano para las mujeres en Colombia, y aun así seguimos tratándolo como si fuera un favor que alguien nos hace, no como el trabajo que es. Esa contradicción me parece fascinante y preocupante al mismo tiempo: dependemos enormemente de estas mujeres para que nuestra vida funcione, y al mismo tiempo las convertimos en invisibles dentro de nuestros propios hogares.

Lo curioso es que cuando uno habla con la gente sobre esto, la respuesta casi siempre es la misma, por ejemplo, la de: "Yo con la mía tengo muy buena relación, la trato como de la familia." Y puede que sea cierto. Pero ser tratada "como de la familia" no es lo mismo que ser tratada con dignidad laboral. La familia no cobra horas extras, no exige contrato, no se queja cuando le tocan el día libre. "Como de la familia" muchas veces es una frase bonita que encubre una relación desigual donde el afecto reemplaza los derechos.

Las trabajadoras domésticas afrodescendientes e indígenas enfrentan barreras adicionales de estigmatización social y exposición al racismo cotidiano, lo que añade otra capa a esta invisibilidad. En Colombia, el trabajo doméstico tiene cara, y esa cara tiene raza y clase. No es casual quién termina en ese rol y quién no.

Cambiar esto no depende solo de una ley. Depende de algo más incómodo: de que cada familia decida cómo va a tratar a la persona que tiene en su casa. Aprenderse su apellido. Preguntarle cómo está de verdad. Presentarla cuando lleguen visitas. Dejar de hablar de ella como si no estuviera en el cuarto.

Por: Juan Mario Guzmán

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