
A veces, los recuerdos más vívidos no provienen de una fotografía ni de un viaje, sino de una película que se proyecta en una pantalla que ya no existe. Para Catalina, esa pantalla fue la del televisor pequeño de su infancia, donde Alicia en el país de las maravillas desbordaba color, música y una lógica absurdamente perfecta. “Me gustaba el instrumental, la historia y la fotografía; se me hace hermosa”, recuerda. Y lo dice con la misma naturalidad con la que uno habla de un viejo amigo que jamás ha dejado de estar.
A veces, los recuerdos más vívidos no provienen de una fotografía ni de un viaje, sino de una película que se proyecta en una pantalla que ya no existe. Para Catalina, esa pantalla fue la del televisor pequeño de su infancia, donde Alicia en el país de las maravillas desbordaba color, música y una lógica absurdamente perfecta. “Me gustaba el instrumental, la historia y la fotografía; se me hace hermosa”, recuerda. Y lo dice con la misma naturalidad con la que uno habla de un viejo amigo que jamás ha dejado de estar.
Cuando llegó la adaptación en live action, sintió una mezcla de curiosidad y cautela. ¿Cómo trasladar el exceso expresivo de la animación, sus colores imposibles, su física sin reglas? “Considero que el color y la forma de animar ciertas cosas se pierden”, reflexiona. Y tiene razón. Hay una magia propia en lo caricaturesco, un encanto que solo funciona en ese territorio donde los personajes pueden estirarse sin romperse y los mundos se sostienen en leyes que solo entienden los soñadores. Sin embargo, también admite otra verdad: lo real puede tener su propia magia. Lo tangible, lo corpóreo, lo que puede sentirse como posible, ofrece una belleza distinta.
A diferencia de quienes ven en estas adaptaciones un intento forzado por actualizar lo que nunca necesitó actualización, ella percibió naturalidad en los cambios. “Los cambios se ven orgánicos”, asegura, sin dudas. De hecho, se permite una confesión que sorprendería a cualquier purista del cine animado: le gustó más la versión live action. Le gustó su estética, su tono, su reinterpretación. Allí, en esos matices más oscuros y complejos, encontró una profundización inesperada de la historia que la acompañó desde niña.
Lejos de desmitificar su amor por el original, la adaptación lo potenció. La llevó a revisitar la primera película, a compararlas, a descubrir matices que antes le pasaron inadvertidos. Como si la versión más nueva más adulta, más imperfecta, más real hubiera iluminado rincones que su yo infantil no había logrado ver.
Sin embargo, cuando piensa en la historia desde los ojos de un niño, su decisión es clara. Si tuviera que recomendar una versión para quienes están descubriendo el mundo ese mundo donde aún es posible creer en gatos que desaparecen o en relojes que corren sin sentido elegiría la animada. “El live action puede ser un poco aterrador”, admite. Y no lo dice como crítica, sino como advertencia cariñosa. Un niño no piensa en la fotografía, ni en las actuaciones, ni en el diseño sonoro; un niño vive de colores, formas, exageraciones. Vive en la lógica misma del dibujo animado.
Al final, para Catalina, Alicia es un puente entre dos mundos: el de la imaginación desbordada de la infancia y el de la interpretación profunda de la adultez. Un puente que no reemplaza un extremo con el otro, sino que los une. Y mientras habla, uno entiende que su fascinación no es por una película, sino por la capacidad que tiene el cine en cualquier formato de regresar a los lugares en los que fuimos felices.Porque cada versión, animada o real, le recuerda algo que quizá nunca dejó de creer: que el país de las maravillas no está en la pantalla, sino en la mirada con la que uno decide entrar.
