Por: Victoria Torres

A pleno sol del medio día en la ciudad de Barranquilla, el tráfico, los vendedores y el bullicio al pasar por las calles avisan la llegada a uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad el centro. Pasando por la calle 38 con carrera 43, donde todos se cruzan y pocos se detienen, está la esquina del marquetero: un rincón donde la memoria suena en vinilo y el tiempo parece girar al ritmo de la salsa.

En el primer piso se encuentran diferentes locales que ofrecen variedades de espejos, marcos y decoraciones para el hogar, pero el segundo piso es una demostración viva de las raíces musicales que marcaron la época de los 70 en nuestra ciudad. Al ritmo de Bobby Cruz almorzaban muchos de los trabajadores en cada restaurante, pero la música provenía nada más y nada menos que de el “Bembé de Alonso”.

Un lugar que no solo te recibe con buena música al entrar, sino que te envuelve al son de la época que deseas recordar con un clásico de la salsa puesto en tocadiscos por el señor Alonso. Quien lleva 22 años vendiendo discos de vinilos de diferentes ritmos musicales y quien es el encargado de la atención del local en la calle 38.

La vibrante energía del lugar y sus colores se ve en cada una de las paredes que además adorna con las diferentes caratulas de los discos o como él les llama “LP”. Entrar a su pequeño local en donde solamente guarda los éxitos de la salsa es como entrar a una biblioteca en este caso llena música en donde cada caratula cuenta una historia y tiene un recorrido hasta llegar a sonar para quienes aprecian y saben de buena música.

Hay varios estantes y entre tantos tiene CD, Casetes, parlantes, una mochila cubana y una mesa de madera larga en la que reposan sus dos preciados tocadiscos desde hace años y en los que aun suena la magia.

Más que un sustento: una vida hecha de Salsa y Memoria

Para él señor Alonso Jiménez la salsa no es simplemente música, él afirma que vende y colecciona arte. Como buen barranquillero creció rodeado de música desde pequeño y como si fuera poco nació en uno de los barrios más populares de la ciudad en donde los parlantes no descansan.

“Yo soy del 71 y desde niño en el barrio Rebolo escuchaba los picos en la cuadra y la gente tomando en la esquina feliz” mencionaba recordando aquellos tiempos sentado en una silla. Aunque, su interés por la música y la salsa llegó cuando él comenzó a vivir en el centro de Barranquilla y ya era un adolescente.

“Mi amor por la salsa empezó cuando transcurría el año 87 y tenía en ese entonces 16. Un amigo me llevó a que hiciera limpieza en un almacén de discos, porque aquí en Barraquilla eran muy populares estos almacenes. Así como tú ves ahora la cantidad de ópticas en el centro de Barranquilla, así fueron los almacenes de disco en su época” resaltaba él.

Desde niño le gustó el trabajo, tanto así que se amañó limpiando los discos, una labor muy importante en aquel entonces. Su jefe era estricto: “A él no le gustaba que le mostraran al cliente un LP y que el cliente tuviera que limpiarse las manos por el polvo y así aprendí a mantener y cuidar los discos de vinilo”, mencionaba don Alonso. Limpiando por secciones se fue enamorando de las caratulas.

El auge en ese entonces era la salsa. “Barranquilla es capital de la música, capital de la salsa, por aquí entraba mucha música. Acuérdate que tenemos un puerto y venía mucha gente de Estados Unidos con LP, además los picos impulsaron más este movimiento”, dijo mientras me mostraba uno de los primeros discos que la industria salsera a nivel internacional “Live at the Cheetah, Vol.1”.

En su lugar de trabajo lo enseñaron a poner discos también y varias de esas melodías quedaron guardadas en su memoria, con cantantes como Héctor Lavoe que empezaron a llamar su atención. Ayudas no faltaron, contaba el señor Alonso al recordar las enseñanzas de su amigo José Pacheco en aquel local.

“De ahí yo salté. Había una calle aquí en Barranquilla que en ese entonces era la calle musical de Barranquilla, que era la calle 31 entre 40 y 41. La llamaban la calle de picapica, porque ahí había varias papelerías llamadas así. Allí monté un kiosquito con mi compadre Mario Pérez”.

Al pasar dos años emprendió su propia marca y quiso comenzar desde cero pero con algo propio. Don Alonso salía a vender sus LP en las calles o a veces lo dejaban poner en lugares más seguros, hasta llegar al parqueadero de la calle 38 donde montó su kiosquito y los grandes coleccionistas venían a buscarlo.

“No fue fácil, pero el trabajo de vender música y en especial salsa siempre lo vi con amor porque era el que me daba el sustento para ayudar a mi mamá y a mi familia”, mencionó.

Un día, mientras Don Alonso trabajaba en el almacén de discos, su padre apareció. “Me dijo: tú sabes que yo compro música”. No sabía que su papá tenía una colección ni que compartían esa misma pasión. Desde aquel encuentro, los discos se volvieron un puente entre ambos.

Así comenzaron a verse más, a compartir tragos, conversaciones y canciones en lugares que aún conserva en la memoria: el Taboga, el Ipacarí y otros sitios viejos de salsa.

Los abrazos nunca más volvieron a faltar; la música marcó una conexión entre ellos más valiosa que hoy en día perdura.

“La música y la salsa para mí es mi vida y aquí en mi puesto solo quiero que encuentres ese pedacito de la tuya en la música, en lo que escucharon tus abuelos o en aquello que te hace feliz así sea coleccionándolos”, menciona el señor.

Ese día no solo recorrí la historia de la salsa en Barranquilla y sus discos. Con el señor Alonso entendí que cada vinilo es un pedazo de vida: guarda el eco de los que amaron, de los que bailaron y de los que aún creen en la música como refugio.

Más allá del trabajo, lo que suena en “El Bembé de Alonso” se comparte, se recuerda y se honra. En cada disco hay esfuerzo, identidad y ese amor que mantiene viva la historia de quienes siguen creyendo que la salsa nunca deja de girar.